sábado, 14 de febrero de 2009

Amoroso espacio


El enamoramiento pone en los ojos del enamorado una negra banda que oculta del otro los defectos; al que ve, lo vuelve ciego. Dígase con otras palabras, con otra construcción sintáctica, pero no hay quien niegue la evidencia. Que lo oscuro es claro, blando lo duro, hermoso lo feo, dulce lo agrio, melodioso el ruido, sonoro el silencio, armonioso lo desentonado. ¿Qué que no sepáis? La naturaleza así lo ha convenido, para bien o para mal. Viviendo en su hechizo, arrullan los broncos sones del –o de la– amante temperamental. Mientras no impera la rutina, todo es dulce, delicioso espacio.

El amor no se deja controlar y se vuelve incontrolable. El amor llama a la puerta, entra, queda, marcha, vuelve, vive, muere, resucita, se transforma. Por más que se rechace, se hace necesario. Si hombre o mujer cambian el ritmo, dejan de ser dos corazones y un solo latir. Alguien dijo que el amor es como un pájaro: si lo aprietas muere y si no vuela. Cualquiera que lo haya probado sabe de su efecto ambivalente: el amor place, el amor duele; uno lo goza, uno lo sufre. No es suficiente la luz del amanecer, no bastan los cambios estacionales, ni los vulgares placeres terrenales…

El poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer supo expresar la humana necesidad en su Rima LXVII:

¡Qué hermoso es ver el día
coronado de fuego levantarse,
y, a su beso de lumbre,
brillar las olas y encenderse el aire!

¡Qué hermoso es tras la lluvia
del triste otoño en la azulada tarde,
de las húmedas flores
el perfume aspirar hasta saciarse!

¡Qué hermoso es cuando en copos
la blanca nieve silenciosa cae,
de las inquietas llamas
ver las rojizas lenguas agitarse!

¡Qué hermoso es cuando hay sueño,
dormir bien... y roncar como un sochantre…
y comer... y engordar...! ¡Y qué desgracia
que esto sólo no baste!

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