sábado, 11 de abril de 2009

Autoestima


La estimación que uno hace de sí mismo
es hoy mi recalada. El psicólogo emplea el término y el profano lo usa hasta el desgaste. Porque no hay nada mejor que encontrarse bien con uno mismo, a gusto, en paz con la propia conciencia, lo que en el fondo supone sentirse apreciado por los demás. De acuerdo que hay individuos “sin conciencia”, egoístas en grado sumo, orgullosos, engreídos, que se aman a sí mismos y desprecian lo ajeno, pero su sobreestimación no significa bienestar.

La autoestima equivale al amor propio, con matices. Podríamos precisar que el amor propio se relaciona con el éxito y la valía, que está más próximo al reconocimiento social y al orgullo que al satisfactorio estado de conciencia. Pero no siempre se ven las diferencias, si las hay; en la edad adulta tal vez, pero en la niñez… El niño que se siente querido, alabado o elogiado, goza de ese bienestar que lo eleva; el no querido o censurado sufre un malestar que lo menoscaba. Y la sensación de bienestar parece necesaria para alcanzar la quimérica felicidad.

(Al hilo, permitidme un pensamiento aforístico: La autoestima no da la felicidad, pero no hay felicidad sin autoestima)

La autoestima es sensible a la autocrítica, la voz interior que nos ataca y descalifica. La voz crítica es voraz en las personas humildísimas que en poco se valoran, que se subestiman, que tienen una imagen distorsionada de sí mismas. El censor interior agranda defectos o debilidades y reduce virtudes o cualidades. ¡Ay de los pensamientos deformados! ¡Ay de las conflictivas imágenes interiores! ¡Ay de las personas poco pagadas de sí mismas! ¡Ay de la falta de confianza, de la inseguridad continua que merma la autoestima!

No es fácil hallar el punto medio entre subestimación y sobreestimación, entre baja y alta autoestima, que en extremo llevan al complejo de inferioridad y al narcisismo, destructores ambos. En pos de la justa autoestima, digámonos: ni tan inútiles, ni tan perfectos. En busca del equilibrio, no apocarse, ni lanzarse al vacío; ni envanecerse por aprobaciones y elogios (o con el éxito), ni hundirse por la crítica y el lastre de sentimientos de culpa (o de poca valía). No somos tan inútiles como creemos, ni tan extraordinarios como pensamos.

La autoestima es fruto del análisis de nuestro pensamiento; interpuesto entre acontecimiento y emoción, interpreta la realidad, la juzga. Y juzgarla o estimarla es juzgarnos o estimarnos a nosotros mismos. La clave de la superación personal está en reconocer los propios errores y crecer con ellos; el quid de la mejora de la autoestima en actuar con seguridad y conciencia, sin debilidad y con ética... Valga un proverbio de Séneca, el filósofo romano: El hombre más poderoso es el que es dueño de sí mismo.

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