viernes, 26 de junio de 2009

Paradoja andante


Una pobre señora, afecta de un dolor lumbar que no mejoraba con ningún fármaco, reclamaba el tratamiento más potente para combatir su dolor lumbar. Al parecer, con nada le cedía. Se había atiborrado de analgésicos, antiinflamatorios y relajantes musculares, por todas las vías posibles. Y se suponía que había atendido a los habituales consejos: adecuadas posturas, evitación de pesos, cama dura..., en fin, las clásicas medidas destinadas a descargar la parte baja de la columna vertebral, además del necesario reposo. Pero nada, su lumbalgia no cedía. De modo que decidí administrarle un inyectable intramuscular, una de esas fórmulas que combinan un complejo vitamínico B con un corticoide a dosis bajas, que se usan no pocas veces, a pesar de las dudas respecto a su modo de acción y su adecuada indicación. Normalmente me resisto a prescribir estos preparados de incierta farmacodinamia, y sólo caigo en la tentación en casos inveterados como éste. Pauté una inyección diaria durante cinco días y después, suponiendo el consiguiente alivio, otras cinco ampollas a días alternos; extendí la preceptiva orden de tratamiento para que Genaro, el practicante, la ejecutase. Al cuarto día, le pregunté oportunamente a éste que tal iba Manuela. Y no se demoró su respuesta:

–¡Asómate a la ventana y mira tú mismo! Acabo de pincharla y por ahí va, renqueante camino de su casa. Me dijo que no tiene quien la traiga ni quien la lleve, por lo que siempre viene y se marcha caminando. Está claro que así no mejora… ¡Ver para creer!

De regreso, la paciente tenía seis kilómetros de suplicio, para añadir a los mismos de venida. El reposo podía ser discutible, pero desde luego el sobreesfuerzo no era conveniente. Manuela se alejaba con su dolor a cuestas, tal vez momentáneamente aliviada, desatendiendo las recomendaciones de Genaro y, por supuesto, las mías. Al momento comprendí que no es fácil que los pacientes sigan nuestras recomendaciones; a menudo los médicos nos olvidamos de las circunstancias que rodean sus vidas. Comprendí que debemos comprenderlos y, en cualquier caso, aliviar su sufrimiento.

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