lunes, 20 de julio de 2009

¡Milagro!


Acudí a visitar a sor Angustias, una hermana del convento que llevaba dos semanas en cama sin poder moverse. ¡Noventa y dos años de nada! Me salió al encuentro sor Teresa y crucé el umbral de la comunidad de clausura tras la campanada de rigor. Esta religiosa y diplomada en enfermería me explicó, mientras avanzábamos por el inacabable corredor, que lo habían probado todo, pero en vano. Yo ya concebía lo peor: “accidente cerebrovascular irreversible, demencia ultrasenil, arteriosclerososis terminal, atrofia cerebral extrema... poco que hacer”. Llegamos por fin a la celda, donde otra hermana, sor Elena, estaba velando por la creyente anciana, yacente en su lecho. Tan frágil, tan enjuta y con una expresión de infinita inocencia, sor Angustias clavaba la mirada en el austero techo.
–No puede moverse desde hace quince días -recalcó sor Elena.
Acercándome a la enferma, reclamé su atención… Y sus ojos y su efímera sonrisa me alcanzaron. Embargado de seguridad y espíritu nazareno, la invité a que se sentara al borde de la cama… Y como si de una orden divina se tratara, obedeció al punto. Después le indiqué que se pusiera en pie… Y, sin ayuda, así lo hizo. Quedaba comprobar la deambulación… Y sor Angustias no sólo comenzó a caminar, sino a apurar el paso alrededor de la celda, desplazando sincrónicamente brazos y piernas, flexionando codos y elevando rodillas, en actitud atlética. Hubo que detener su ímpetu.
–¡Milagro! ¡Milagro!...–exclamaron al unísono sor Teresa y sor Elena, al tiempo que me hacían efusivas reverencias.
Las monjas, agradecidas, no me dejaron marchar sin un par de cajas de sus sabrosas pastas. Salí reconfortado, meditando sobre la importancia de la voluntad humana (sin negar la de la Providencia) y comprendiendo el valor de la persuasión. Pensar que a veces basta una palabra…

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