domingo, 11 de octubre de 2009

Amanuenses y teclistas


Contaré una anécdota significativa. A finales de 2008, un paciente acudió porque el cardiólogo le había hecho cuatro recetas tradicionales –o sea, de las que se cubren manualmente– y en la oficina de farmacia se las habían rechazado por no tener clara la fecha. Concretamente, el dígito final del año se insinuaba: el “ocho” era incompleto o era un cero que renegara de su insignificancia, pretendiendo desdoblarse sin éxito. ¿2000 o 2008? This Is the Question!

De poco vale que, por fin, el segundo nivel haga las primeras recetas si el resultado es nulo, por descuido, desmotivación o desastre caligráfico (acaso por excesivo celo del boticario). Pero lo más lamentable no es esto, sino que vayamos por diferentes derroteros y hablemos distinto lenguaje. El primer nivel emite recetas en modelo informático, deja constancia de la prescripción y elude de paso el problema de la mala letra. El nivel especializado no aprovecha el novedoso programa informático y le carga al primero la prescripción, cuando actúa simplemente como emisor.

¡Qué desastre! ¿Quién coordina este sistema? Me refiere al propio, uno de los diecisiete existentes, no ya al sueño imposible de la interconexión total. Evidentemente nadie... En cualquier caso, mi preciosa letra también degeneró por las opresivas circunstancias y, aunque en consulta soy teclista de ordenador, de ello dejo diaria constancia en mi obligada labor de amanuense.

Dicho todo esto, consigo olvidarme de los pequeños contratiempos. Alguien me recuerda que este país es diferente y que no tiene remedio, que asuma la realidad y que no le dé más vueltas; de lo contrario, a la deformación estética se le añadirá el desequilibrio emocional. Ya sabes: si quieres pasar ratos felices, no analices… Always Look on the Bright Side of Life!



Este fue el comentario –con pequeñas variaciones– al artículo de opinión Mala letra y mala leche (7DM, nº 765, 24 octubre 2008), de Ana de Santiago Nocito, quien clamaba por la burocracia infinita en la consulta que deforma la letra y hasta el carácter. No pensaba editar este post burocrático, tras otro de la misma índole, pero el intercambio de correspondencia y otras lecturas en la Web me impulsaron a ello. Sé que algunos médicos, por principios, eluden el teclado en la consulta y persisten en la escritura manual, a pesar de los avatares. Pero aun aplicando al límite la inteligencia para no caer en actitudes mecánicas, continuamos (in saecula saeculorum?), en contra de nuestra voluntad, como amanuenses y teclistas, burocráticamente hipotecados, sin tiempo para lo que sanitariamente importa. De modo que se hace imposible una atención de calidad y menos integral; el modelo biopsicosocial permanece aquí como concepto teórico.

The typewriter (La máquina de escribir), de Leroy Anderson
por Jerry Lewis en Lío en los grandes alamacenes

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