viernes, 30 de julio de 2010

Violencia, violencia, violencia


La violencia no es sino una expresión del miedo.

Algunas consideraciones sobre la violencia emanadas de diversas fuentes:

Se suele asociar la violencia con la agresividad, aunque pueden producirse actos violentos –engendrados en la fuerza en vez de la razón– y no agresivos, sin ataque o provocación personal (p.ej. violencia callejera o vandalismo, materialmente destructivo). Cuando conlleva agresividad, la violencia puede provocar daño físico o psicológico (violencia directa, maltrato infantil, violencia doméstica), a otros o a uno mismo (autolesiones, suicidio).

Se constata un aumento de la violencia callejera y especialmente de la femenina, por imitación del comportamiento violento masculino (equiparación de roles); y no sólo en la individuos marginales de familias desestructuradas. Siendo evidente la influencia de las redes sociales en Internet, los expertos recomiendan la “vigilancia” paterna de sus hijos adolescentes.

Se comprueba un incremento de la violencia de los hijos hacia sus padres, que aconseja una revisión de la Ley del menor, reguladora de la responsabilidad jurídica de los menores. Su adecuada protección no ha de impedir la necesaria protección de los progenitores, en una sociedad con exceso de derechos y carencia de deberes.

Se ha ido perdiendo la autoridad paterna y la de los enseñantes, desde el momento en que los padres se consideraron amigos de sus hijos y los maestros colegas de sus alumnos. Las posturas abiertamente comprensivas no han podido cambiar las conductas y se han estrellado contra la firme estructura de la humana naturaleza.

Se pone de manifiesto en los jóvenes la ley del mínimo esfuerzo, el ansia de ganar dinero enseguida y de vivir intensamente en poco tiempo y la dificultad para reconocer sus errores y pedir perdón, posiblemente como respuesta a unos padres inseguros y permisivos que no han sabido transmitir una aceptable escala de valores sustentada en la axiología.

Se critican ahora las malas consecuencias de un progresismo mal entendido, en vista del inadecuado rumbo, de la desobediencia filial y del fracaso escolar. Por si fuera poco, a los desastres familiar y educativo se une el desastre social, expresado en brotes de violencia que hacen lamentarse hasta a los más tolerantes.

Se reconoce la carencia de centros de reclusión de menores y parece no admitirse la locura, en un desconcertante juego de confrontación mental. La realidad social genera vaivenes de opinión: tras un rechazo frontal de los centros de corrección/educación de menores y de los manicomios, llegan a replantearse ideas tachadas de obsoletas o perjudiciales.

Se han de plantear conjuntamente medidas educativas, terapéuticas y correctivas, como prevención, tratamiento y freno de la violencia. De nada valen propuestas sancionadoras sin tener en cuenta los orígenes de las conductas agresivas, condicionadas por las circunstancias o genéticamente determinadas. Así que habrá que actuar en los tres frentes, encauzando la educación de los jóvenes, tratando adecuadamente a los enfermos y aplicando apropiados castigos cuando es necesario.
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Temas relacionados en el blog:
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Suicidio

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Violencia y agresividad

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