miércoles, 2 de febrero de 2011

Médico de familia: Satisfacción y desgaste


La satisfacción de ser médico de familia/general/de cabecera no es garantía para evitar el desgaste profesional; el que hoy está satisfecho puede llegar mañana a quemarse. Y el proceso evolutivo no depende únicamente de la personalidad individual –de factores endógenos o motivaciones intrínsecas–, también y sobre todo de la organización asistencial, de las (malas) condiciones, de factores exógenos o motivos extrínsecos. Uno podrá afirmar que le gusta mucho lo que hace, pero si es honesto tendrá que admitir a su vez que no le gusta lo que le obligan a hacer, salvo que se engañe a sí mismo o sea masoquista. Es fácil ordenar “¡hazte cargo de tu trabajo y de tus emociones!”, ignorando el desempeño de funciones dentro de una organización que establece normas irracionales.

“Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás” es sentencia consabida, pero no por ser voluntariosos hemos de resignarnos a sufrir eternamente las consecuencias de nefastas gestiones sanitarias. Las habilidades comunicacionales no valen, o sirven de poco, cuando hay obstáculos impuestos desde fuera; en definitiva barreras del medio derivadas de la organización externa (a unir a las del entrevistador y del paciente); aparte de que al paciente le interesan más los resultados que el modo de alcanzarlos. Quede claro que una cosa es amar la profesión y otra las condiciones sociolaborales, y dudo que algún médico de familia en Hispania pueda comulgar con ellas, a no ser que no tenga los pies en el suelo o sea presa del delirio (o, como alguien dijo, que afronte la situación con estrategias de idealismo en vez de asir las de negación del polo opuesto, realistas si se quiere).

Es muy difícil mantener la ilusión y es fácil caer en el desaliento, hundirse o quemarse; u ondular en función de la “hartura”. Cuando las condiciones no satisfacen y los estímulos favorables son pocos, cuando por encima se penaliza económicamente y no se facilitan medios necesarios para el buen desarrollo laboral, cuando hay que asumir la carga de trabajo de los compañeros ausentes (¡reducción del concepto de Equipo de Atención Primaria!), sin compensación alguna, cuando a la autoridad sanitaria le da lo mismo que se hagan las cosas bien o mal y poco o nada le preocupa la calidad asistencial, ¿qué ilusión cabe mantener y qué claridad puede atisbarse en el horizonte sanitario, particularmente médico? Los resultados dependen de la estructura y del proceso, y si aquélla falla…

La satisfacción médica ha de entenderse como la sensación placentera experimentada con la labor sanitaria bien hecha, el cumplimiento de un servicio a los pacientes dentro de un marco de racionalidad asistencial, con tiempo suficiente, sin presiones desmedidas, sin cargas ajenas a los cometidos que definen la esencia de los profesionales de la salud. El desgaste médico, en el otro extremo, indica el deterioro, el debilitamiento o la extenuación consecuente a la insatisfacción de no poder trabajar a gusto en la consulta, abrumado el galeno por mil cuestiones no sanitarias y esclavizado a una tecnología de la información proyectada como un fin en sí misma. “Buscar la satisfacción y procurar eludir el desgaste” es el conveniente mensaje cargado de optimismo, pero la realidad nos lo destruye cada día. Oscilamos entre el desencanto y el orgullo profesional, en la tesitura de querer y no poder.

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