Digamos de entrada que en el debatido asunto de la automedicación es clave la aplicación del sentido común, de la prudencia o la sensatez.
Tomar una decisión terapéutica motu proprio, sin consejo médico, no implica necesariamente administración de fármacos, pues la mayoría de las veces bastan medidas físicas o higiénico-dietéticas, incluidos los intemporales “remedios de la abuela”. En una diarrea, en una tos irritativa, en una fiebre inicial sin síntomas de gravedad, en tantos procesos menores que alarman a nuestros desvalidos pacientes, por los que acuden a diario a consulta y no pocas veces “de urgencia”.
Pero los tiempos han cambiado. El mercado ha ido introduciendo el factor miedo como estrategia de inducción al consumo, incluyendo el de fármacos. Nada que no se sepa. Compruébese el bombardeo publicitario y los flases alarmistas en los medios. Con ello ha ido disminuyendo o perdiéndose la capacidad de decisión individual, lo que al cabo significa merma de la autonomía personal. Se crean necesidades y aumenta la venta de productos farmacéuticos a costa de los incautos ciudadanos. Y un consumo medicamentoso irresponsable puede ser peligroso.
Respecto a la emisión de un juicio sobre la automedicación fuera de lo que se entiende o admite como fármacos de obligada prescripción médica, creo que no hemos de ser inflexibles. No es conveniente de modo absoluto, como tampoco lo es la dependencia extrema de los profesionales de la medicina. La automedicación responsable pasa por la información juiciosa, la educación general, la seguridad individual y el fortalecimiento del propio criterio. Un reto de cara a la comunidad y una noble aspiración, aunque parezca utópica.
Recomiendo la lectura de un artículo que me parece muy válido, aunque sea el capítulo de un libro informativo dirigido a profanos y avalado por la industria farmacéutica: “fármacos sin prescripción médica”. En este asunto, como en otros, procuremos ser responsables.
















