miércoles, 22 de agosto de 2012

Atrapando el tiempo de la consulta

Saturno (Cronos) devorando a un hijo, de Francisco de Goya, 1819-23

La mayoría de médicos generales/de familia del sistema público hispano (o, mejor dicho, de los diecisiete servicios de salud autonómicos que, inconexos, conforman un totum revolutum), probablemente todos, hemos ido desarrollando una habilidad especial para el control o la gestión del tiempo.

Es una cuestión de adaptación. Desde que se trabaja en solitario, sin la colaboración de personal auxiliar en la consulta, es decir desde la implantación -hace ya seis lustros- del llamado todavía Nuevo Modelo (en contraposición al Viejo, que sí disponía auxiliares) es necesario meter una velocidad extra.

Esto no es bueno para una actividad basada en la relación humana, en la que se marcan diferentes ritmos y pausas, alejada de la rigidez de una fría cadena de montaje. Y sin embargo las isocronas establecidas en las agendas diarias, que fijan un asegurado cada 5-7 minutos tienen esa perversa intención.

Al profesional no le es permitido establecer diferentes espacios temporales en función de cada caso, se le impide gestionar su propia agenda. Desgraciadamente se pondera la cantidad y se ignora una calidad difícil de medir. Es una cuestión de desconfianza entre los gestores y sus recursos humanos. 

Uno puede establecer un premeditado ritmo, dejarse ir sin apuros tratando de resolver concienzudamente los asuntos, acelerarse por momentos al sentirse tensionado por el alboroto de la sala de espera... Depende de cada personalidad, de las circunstancias, de la necesidad de aprovechar el teórico descanso...

Pensemos que en el primer nivel asistencial es habitual que un paciente venga con diferentes motivos de consulta en una misma sesión, puramente médicos y/o burocráticos, algo que muchos cuestionan como inconveniente. De modo que puede ser harto dificultoso ir a la hora.

Se producen retrasos por diferentes motivos. Puede ser a causa del propio profesional, que actúa con lentitud o que piensa mucho sus actuaciones. Del paciente, por dificultad para deambular, por no llegar a su hora, por plantear múltiples cuestiones. O del medio, caso de fallo eléctrico o de bloqueo del sistema informático.

Hay quien se lo toma con mucha calma y quien se siente agobiado al ir fuera de hora. No digamos cuando se producen frecuentes interferencias o surgen urgencias inesperadas, que pueden obligar a dejar el centro de salud y salir a la calle. Incluso los más tranquilos pueden llegar a mostrarse inquietos en algún momento. 

Lo cierto es que la situación general dista mucho de la ideal. No es bueno que los médicos corran detrás del tiempo. Sería lógico poder gestionar la agenda médica, disponer del tiempo de la manera más útil, repartiéndolo racionalmente entre asistencia individual, instrucción grupal y burocracia imprescindible. Hoy por hoy, una quimera.

viernes, 17 de agosto de 2012

Sin ilusión, no hay producción


Un músico,  ya sea instrumentista, cantante o director de orquesta, no ilusionado con lo que hace, no habrá de llegar al público que escucha. Podrá ejecutar movimientos técnicos muy precisos, alcanzar las notas exactas o mover los brazos con destreza para que sus órdenes sean ejecutadas, pero faltará ese pulso capaz de atraer y emocionar.

Del mismo modo, un profesional de la Medicina que ha perdido la ilusión por su trabajo no habrá de ser eficaz ni eficiente. Podrá seguir protocolos al pie de la letra, alcanzar diagnósticos correctos o aplicar tratamientos aceptables, pero faltará la calidez necesaria para persuadir y satisfacer a los usuarios, y además el tino preciso para evitar el despilfarro. Se resentirá la calidad.

En el día a día, compruebo grandes carencias en la comunicación, repeticiones analíticas vanas e indicaciones de exploraciones complementarias improcedentes que, más que por actitud connatural o excesivo celo, tengo casi la certeza de que se deben a la desmotivación, a la desgana, a la frustración profesional, a la pérdida de la ilusión. Esto induce a errores, provoca daños y genera gasto innecesario.

No estamos en el mejor momento, son malos tiempos para muchas cosas y, sin duda, también para el ejercicio de la Medicina. Hay recortes presupuestarios, sí, recortes salariales y de derechos laborales. Pero lo peor es el gigantesco recorte espiritual que nos está llevando al hundimiento moral. Los (malos) dirigentes se empeñan, conminando y degradando, en seguir favoreciendo el progresivo desgaste de sus recursos humanos.

La ética profesional obliga a mantener el tipo y a cumplir con el deber. Se han de acatar los principios de la ética médica, desde el primum non nocere al de igualdad, pasando por los de beneficencia y autonomía. Se ha de respetar el juramento hipocrático y las demás normas del código deontológico. Pero no se le pueden pedir peras al olmo. Penalizando por trabajar e imponiendo criterios disparatados, no se pueden exigir actitudes heroicas.

Una vida de héroe (Ein Heldenleben), de Richard Strauss
Parte 4: El campo de batalla del héroe (Des Helden Walstatt)

lunes, 13 de agosto de 2012

La razón y la mirada

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Fuente
Sobre la importancia de mirar a los ojos, ha escrito en su blog “Desde el manicomio” mi amigo y sabio psiquiatra Lizardo Cruzado, permanente fuente de inspiración y a quien echábamos mucho de menos por su largo silencio bloguero.

Apunta el Dr. Cruzado una reflexión de Thomas Szasz: “La tragedia de la medicina moderna "científica" es que los médicos han ganado en competencia tanto como han perdido en compasión. Antes los médicos podían curar poco y por tanto debían consolar más... Hoy pueden curar algo más y por ende confortan menos.”

Una rotunda obviedad que nos distancia de la medicina clásica en su mejor sentido. Nos distancia en la forma y en el fondo, en la aplicación práctica del conocimiento médico y en la misma esencia hipocrática.

No hemos de olvidar que el arte de la medicina prioriza el diálogo y la observación sobre la técnica (exploraciones complementarias), en el contexto de la anamnesis y la exploración física, enmarcados en la historia clínica, y todo ello con el rigor de la ciencia.

Sin embargo, la deseable entrevista clínica pausada y la observación detenida del paciente se van al traste por condicionantes adversos o inadecuados comportamientos profesionales. La desinformación, los prejuicios, las prisas… son rémoras para un correcto diagnóstico.

Entonces se impone el método de diagnóstico para, en definitiva, poder aplicar un adecuado tratamiento, curativo o al menos lenitivo: aliviar y consolar son los fines ineludibles. Y en el campo de la psiquiatría la observación de la mirada es especialmente decisiva para el diagnóstico.
***
Fuente
Me permito anexionar un intento poético sobre la razón y la mirada

En el inabarcable iris todo un mundo.
Enrevesadas y hondas las pupilas
que afuera no veían.

En gran concavidad –que me sorbía–
pretendía robar sus pensamientos.
¡Profanación indigna entrando en alma ajena!

¿Algo allende la razonable barrera?

Tras del ceñudo rostro –¡prietos labios!–
el amor contenido sucumbiendo.
En lóbrega caverna luz tenue se apagaba.

Decía sin hablar... “Creo que fui feliz entonces
mientras la voluntad me obedecía.
Ahora atónito muñeco en la corriente”.

¿Algo allende la razonable barrera?

Callaba por temor... “Rompí la norma,
y ya no soy como vosotros”.
(Recelaba sufrir algún castigo)

Comprobé la cordura... Estaba.
Aflojé riendas para traspasar la razón
e ir a los confines… Mas sigo sin saber.

¿Algo allende la razonable barrera?

...y como libre complemento melódico, una mirada llena de fascinación.

Can't Take My Eyes Off You (No puedo apartar mis ojos de ti)