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| Saturno (Cronos) devorando a un hijo, de Francisco de Goya, 1819-23 |
La mayoría de médicos generales/de familia del sistema público hispano (o, mejor dicho, de los diecisiete servicios de salud autonómicos que, inconexos, conforman un totum revolutum), probablemente todos, hemos ido desarrollando una habilidad especial para el control o la gestión del tiempo.
Es una cuestión de adaptación. Desde que se trabaja en solitario, sin la colaboración de personal auxiliar en la consulta, es decir desde la implantación -hace ya seis lustros- del llamado todavía Nuevo Modelo (en contraposición al Viejo, que sí disponía auxiliares) es necesario meter una velocidad extra.
Esto no es bueno para una actividad basada en la relación humana, en la que se marcan diferentes ritmos y pausas, alejada de la rigidez de una fría cadena de montaje. Y sin embargo las isocronas establecidas en las agendas diarias, que fijan un asegurado cada 5-7 minutos tienen esa perversa intención.
Al profesional no le es permitido establecer diferentes espacios temporales en función de cada caso, se le impide gestionar su propia agenda. Desgraciadamente se pondera la cantidad y se ignora una calidad difícil de medir. Es una cuestión de desconfianza entre los gestores y sus recursos humanos.
Uno puede establecer un premeditado ritmo, dejarse ir sin apuros tratando de resolver concienzudamente los asuntos, acelerarse por momentos al sentirse tensionado por el alboroto de la sala de espera... Depende de cada personalidad, de las circunstancias, de la necesidad de aprovechar el teórico descanso...
Pensemos que en el primer nivel asistencial es habitual que un paciente venga con diferentes motivos de consulta en una misma sesión, puramente médicos y/o burocráticos, algo que muchos cuestionan como inconveniente. De modo que puede ser harto dificultoso ir a la hora.
Se producen retrasos por diferentes motivos. Puede ser a causa del propio profesional, que actúa con lentitud o que piensa mucho sus actuaciones. Del paciente, por dificultad para deambular, por no llegar a su hora, por plantear múltiples cuestiones. O del medio, caso de fallo eléctrico o de bloqueo del sistema informático.
Hay quien se lo toma con mucha calma y quien se siente agobiado al ir fuera de hora. No digamos cuando se producen frecuentes interferencias o surgen urgencias inesperadas, que pueden obligar a dejar el centro de salud y salir a la calle. Incluso los más tranquilos pueden llegar a mostrarse inquietos en algún momento.
Lo cierto es que la situación general dista mucho de la ideal. No es bueno que los médicos corran detrás del tiempo. Sería lógico poder gestionar la agenda médica, disponer del tiempo de la manera más útil, repartiéndolo racionalmente entre asistencia individual, instrucción grupal y burocracia imprescindible. Hoy por hoy, una quimera.


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