viernes, 2 de agosto de 2013

Desmayos en la sala de espera


No son raros los casos de pérdida de conocimiento de un apaciente que aguarda en la sala de espera. Lo obstáculos a la atención de estas situaciones –y de otras, de mayor o menor relevancia–, solemos encontrarlos en la mala disposición de muchas salas de espera (algunas sofocantes en verano), que además pueden actuar como factores causales o coadyuvantes, ya por el agobio del hacinamiento, ya por una deficiente climatización, pero también en la disminución de efectivos humanos (consecuencia de irracionales recortes que persiguen un ahorro despiadado, no de una aplicación sensata de la economía de la salud): un profesional sanitario puede quedarse solo en una zona del centro de salud, de modo que no dispone de nadie que pueda echarle una mano.

Generalmente estos eventos son desmayos o síncopes pasajeros; raramente se prolongan hasta el estado de coma, que hará pensar primeramente un trastorno del metabolismo de la glucosa (hipo o hiperglucemia), en un problema cardiaco (arritmia, infarto) o neurológico (accidente cerebrovascular), o en efectos secundarios de medicamentos. El síncope puede ser desencadenado por esfuerzos (p.ej. tos repetida), dolor intenso, aumento de la temperatura ambiental u otras causas que inducen hipotensión o disminuyen la oxigenación cerebral (p.ej. anemia), pero la mayoría de las veces se producen por un sufrimiento emocional, es decir, por un estado de ansiedad que desemboca en una crisis de pánico o angustia.


Entonces, prevalece el factor psicógeno; en el fondo casi siempre subyace un estrés emocional sustentado en el temor, en el miedo a algo. Por lo tanto el episodio sincopal suele ser autolimitado y el paciente se recuperará completamente. Bastarán medidas generales, posicionales y de ventilación del ambiente, para que se recupere, y después unas recomendaciones básicas para evitar que los desmayos se repitan. Y todo esto me impulsa a traer unos párrafos iniciales del libro Viva en paz con sus nervios, del Dr. W.C. Álvarez, que recalcan la importancia de las emociones como origen de muchas alteraciones orgánicas:
Aun después de cincuenta y tres años de ejercicio de la Medicina, sigo maravillándome al ver que tantísimas personas cuyas dolencias tienen un origen nervioso, hayan dejado de comprender que existiese la menor relación entre sus enfermedades orgánicas y las severas crisis emocionales que han atravesado. (Pág. 13) 
Da pena pensar que existen miles de personas que van de un médico a otro, de una clínica a otra, en busca de un medicamento o de una operación, cuando todo lo que necesitan es que las ayuden a resolver un problema emocional. (Pág. 14)  
Bastante malo es cuando una persona no sabe reconocer la relación existente entre sus dolencias orgánicas y sus tensiones emocionales; pero es peor cuando, por vergüenza o reticencia, esconde a su médico el conflicto mental que sufre, y se obstina en negar que tenga motivo alguno de inquietud. (Pág. 17)

Vence tus miedos

2 comentarios:

  1. Muy perspicaz observación, amigo José Manuel, y muy ciertos los párrafos que transcribes pero es más penoso que la relación entre dolencias orgánicas y disturbios emocionales sea soslayada precisamente por muchos de nosotros los médicos y tantas veces.
    Un abrazo.

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    1. Lo que dices supone una inexcusable desatención a la medicina psicosomática que tanto defendió Rof Carballo. Creo que debemos volver a los buenos planteamientos de los sabios del pasado.
      Un abrazo, amigo Lizard

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