miércoles, 2 de abril de 2014

Nueva oración de Maimónides


En estos tiempos de crisis –no sólo económica– se hace más necesario que nunca creer en algo para no caer en el abatimiento. En el caso de un profesional de la medicina, obligado éticamente a cumplir el juramento hipocrático, uno puede aferrarse además a la plegaria del buen médico de Hutchinson (final del texto) o, sobre todo, a la oración de Maimónides. Pero en la compleja sociedad actual, que disfrutando del logro de la universalización asistencial ve peligrar el general y público sistema sanitario –con sus particulares servicios de salud–, por el envejecimiento poblacional y el mayor número de pacientes crónicos, entrando incluso en acalorados debates cuando se propone algún pago por la atención al bien más preciado, es preciso una renovación de la famosa oración. Por eso me he planteado un nuevo texto basado en ella y que bien podríamos denominar nueva oración de Maimónides. Obviando el preámbulo (sobre la creación del cuerpo humano, los desórdenes causantes de enfermedad y la sabiduría del curador) y toda connotación divina, propongo lo que sigue.

Monumento a Maimónides en Córdoba
(foto del autor del blog)

Con las innegables y crecientes dificultades en el desempeño de la labor médica, y con la más firme voluntad de mejora profesional y humana, es mi deseo para combatir el dolor y el sufrimiento que causan las dolencias del cuerpo y del alma:

Que pueda tener el temple necesario para el ejercicio de mis funciones en cualquier ocasión y lugar, y que pueda ejercer con espíritu generoso y no movido por el interés, tratando a todos los pacientes por igual y sin distinción alguna.

Que pueda conservar la propia salud para poder atender la de los demás en las mejores condiciones, y que mi capacidad de comunicación no se vea mermada por las circunstancias o el ambiente donde desempeñe mi labor.

Que mi mente esté siempre lúcida, dispuesta para el buen juicio clínico, y no se vea perturbada por ningún obstáculo burocrático, ni por agresiones externas, ni por la indeseable sobrecarga asistencial que propicia el sistema sanitario.

Que aprenda a escuchar lo que los sufrientes me transmiten, sin desestimar aquello que subyace tras sus palabras y comprendiendo sus miedos, que pueda reconocer los errores y que la experiencia me sirva para evitarlos en el futuro.

Que los dolientes me vean como benefactor y nunca como enemigo, que sepa responder sus dudas, así como reconocer mi ignorancia cuando proceda, y que en todo momento impere un propicio clima de respeto.

Que pueda centrarme en mi trabajo, sin interferencias que lo impidan, y que la buena gestión sanitaria promueva una organización asistencial que favorezca las consultas sin prisas, no viéndome obligado a resolver varios problemas a un tiempo.

Que no se me penalice por prescribir lo que considero mejor para mis pacientes y que, en esto como en otras cuestiones que perturban la asistencia médica, la cordura se imponga entre los dirigentes del sistema sanitario.

Que la relación médico-paciente sea de mutua confianza, observando los principios de la comunicación, desde el respeto a la escucha activa, evitando incomprensiones y egoísmos, y teniendo como primera máxima la hipocrática de no dañar.

Que reciba ayuda y consejo de quienes tienen más conocimientos, que trate de mejorar en el día a día mediante una formación continuada y que, pletórico de saber, me sienta agradecido por recibir las oportunas enseñanzas.

Que no me sienta herido por críticas o rechazos y que afiance las virtudes de humildad, honestidad, humanidad y humor, las mismas que en otro tiempo y con sabio criterio propugnó Osler para el buen ejercicio de la medicina.

Que la relación con los compañeros de profesión, hospitalarios y de atención primaria, sea cordial, reconociéndonos colaboradores y no rivales, con el objetivo común de procurar beneficio de los pacientes a quienes nos debemos.

Que, en definitiva, la ciencia médica, que también es arte, me sirva a veces para curar, a menudo para aliviar y siempre para consolar a quienes padecen enfermedades, y sin desfallecer, con la alegría y la modestia de un pobre mortal.

Y, ¿por qué no?, que se reconozca mi labor cuando el esfuerzo y los aciertos la hacen meritoria (igual que se me censura por lo contrario), sin que ello suponga engreimiento, sino saludable estímulo para continuar con mi hermosa tarea.


Sobre el sabio Maimónides

2 comentarios:

  1. Muy interesante y adecuada a los tiempos que corren, esta versión tuya de la oración de Maimónides. Un abrazo, amigo José Manuel.

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    1. A algo hay que aferrarse, querido Lizardo, y yo al menos necesito balsas de salvamento como ésta para no ir a pique.
      Un fuerte abrazo y gracias por venir a compartir la oración conmigo.

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