miércoles, 16 de diciembre de 2015

La salud robada


–¡Hum! Veo esto muy mal, señor Expropiado –le dijo el médico, con un inquietante gesto de severidad, al ver los resultados del análisis y de otras pruebas complementarias que le había pedido. 
–Pero si yo me encuentro bien, doctor Infalible –respondió el paciente contrariado, sin poder ocultar su inquietud.
–¡A callar! El médico soy yo y, por su bien, usted ha de obedecer sin rechistar –sentenció rotundo. Y después, meneando la cabeza, fue refiriendo–: lípidos algo altos, PSA dudoso, densidad ósea en el límite...
El señor Expropiado no sabía qué decir. Como profano no se atrevía a llevarle la contraria a aquel galeno que tenía por una eminencia. 
–Me va usted a tomar este medicamento… y también éste… y además este otro –le iba diciendo el doctor Infalible mientras escribía los nombres de diferentes fármacos. 
Los ojos del señor Expropiado languidecían, tratando de asumir lo que el doctor Infalible le había prescrito. Estaba asintomático, pero las pruebas preventivas parecían contradecir su aparente estado de normalidad. Emitió un suspiro de aflicción. Se sentía extraño, enfermo repentino, como si le hubiesen robado la salud en un plis-plas. 
–Gracias, doctor –le dijo al médico, mientras le daba la mano, sin estar seguro si lo hacía por agradecimiento o por temor. 
El señor Expropiado se marchó silencioso, con una carga de preocupación inesperada. Era un paciente sumiso, para nada empoderado, que había llegado sano y salía enfermo. Y el doctor Infalible, desprovisto de humildad y humanidad, vanidoso y severo, quedaba inflado de saber biométrico y poder medicalizador. 
Esta dramatización de lo que Gérvas & Pérez-Fernández han concretado en el concepto de “expropiación de la salud”, muestra el poder médico mal empleado, desprovisto de límites, inflexible, excesivo y deshumanizado. Un poder concretado o ejemplificado aquí en el profesional de la medicina, pero que emana de superiores intereses económicos, intensa y extensamente favorecidos por el influjo mediático. Un poder antiético que, apoyándose en el principio del miedo, consigue dañar, aun sin proponérselo. Un poder perverso que convierte a un individuo sano en enfermo, desequilibrando su estado mental y hundiéndolo con preocupaciones. Un poder imparable, con diversa graduación de efectos perniciosos, según la propensión de cada personalidad individual a dejarse influir por los demás y la mayor o menor tolerancia al sufrimiento. Un poder maligno que indignaría a Esculapio.

Es preciso un humoroso giro sanitario hacia la honestidad. Y en ese cambio de rumbo, contrario a la medicalización, hay que ir des-enfermando....


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