lunes, 5 de septiembre de 2016

Las edades de la vida


He pedido prestado el título del libro a don Santiago Ramón y Cajal por no haber encontrado otro mejor […]  
Hay tres cumpleaños claves en la vida humana: los veinte, los cuarenta y los ochenta. Podría intercalar los sesenta, pero el rapidísimo aumento de las expectativas de vida los ha relativizado, excepto a efectos de jubilación, posponiendo la ancianidad hasta los ochenta años. […] 
Cumplir veinte años significa convertirse en adulto, dejar atrás la adolescencia con sus sueños, anhelos y frustraciones, e iniciar la ardua, compleja, fascinante tarea de convertirnos en nosotros mismos. […] 
Los cuarenta significan el vuelco. «La mitad de la vida», según Dante. Se deja atrás la aventura de crear nuestra personalidad y de comernos el mundo, para llegar a un compromiso con él. […]  
Saltándonos, como queda dicho, los sesenta, que hasta hace no mucho era el comienzo de la vejez y hoy es el comienzo de la jubilación con sus infinitas variedades, desde la mejora de la calidad de vida a su empeoramiento según la salud, economía y carácter de cada uno, la ancianidad comienza a los ochenta años y se caracteriza por dos rasgos principales: la desconexión con la sociedad circundante —«Este ya no es mi mundo» es la frase más común entre los octogenarios— y la dependencia cada vez mayor del estado de salud, pues pese a todos los avances de la medicina, el organismo humano llega «gastado» a esa edad, como un coche con más de doscientos mil kilómetros en el tacómetro. Claro que, como en un coche, dependerá de la marca y de cómo se le ha cuidado. Pero los doscientos mil kilómetros no se los quita nadie de encima. 
Es también el momento en que comenzamos lo que los norteamericanos llaman our way out, nuestro camino de salida. Tenemos infinitamente más pasado que futuro. En realidad, nuestro futuro es no tenerlo, ya que la única cosa cierta e inexcusable es la muerte, que se aproxima. En cada aniversario, no cumplimos un año más. Cumplimos un año menos. 
Eso, que de entrada es amenazador, tiene, como todo, un lado bueno siempre que sepamos aprovecharlo, lo que dependerá de la actitud que se adopte. Si se goza de cada día, de cada hora, de cada minuto con un deleite desconocido en la juventud e incluso madurez, en las que se malgasta lo más precioso que tenemos, el tiempo, o si nos quejamos de todo, unas veces con razón, otras, sin ella. En cualquier caso, a partir de los ochenta somos mucho más conscientes de que el día, la hora, el minuto que se va no volverá, lo que impone y en cierto modo asusta, aunque también anima a sacarle el máximo provecho posible. 
Varía no solo nuestra posición en el mundo —ya no somos protagonistas, sino más bien espectadores—, como nuestra perspectiva del mismo. ¿Y qué perspectiva es esa? Depende, como queda dicho, del temperamento de cada uno. No reacciona lo mismo el optimista que el pesimista, el reflexivo que el impulsivo, el creyente que el agnóstico, el avaro que el generoso. Pero hay unos rasgos comunes en esa edad, que empiezan por dos contrapuestos, aunque solo en apariencia: el primero es el escepticismo. Se ha visto tanto, se han vivido tamaños desengaños, cambios, sorpresas, que ya pocas cosas nos asombran. Empezando por seguir cometiendo los mismos errores y tropezando en la misma piedra. Esa actitud del deja-vu es característica de esa edad y sirve de colchón ante las malas noticias, que no cesan de venir. 
Pero al mismo tiempo, crece la indignación ante el hecho de no poder hacer nada contra ello. Se habla mucho de la rebeldía de los jóvenes, pero la de los ancianos es tanta o mayor, aunque mucho más sorda. De ahí les viene, nos viene, a los viejos, la fama de regruñones y, curiosamente, una cierta afinidad con los jóvenes, contestatarios por naturaleza, al querer abrirse paso en la vida, tropezando con sus padres. Contra esa generación intermedia arremeten el hijo y el abuelo, y no es casualidad que el líder del movimiento de «indignados» haya sido un escritor de más de noventa años. El que viejos y jóvenes tengan muy poco poder en la sociedad, regida por personas en la edad intermedia, provoca tan dispar connivencia. Es, en fin, la frustración la que los mueve. Lo que no impide que uno de los deportes favoritos de los viejos sea echar pestes de los jóvenes, y el de los jóvenes, hablar mal de los viejos. […]
“Las edades de la vida”, de El mundo visto a los 80 años, por José María Carrascal
***
Es éste el comienzo de la mirada retrospectiva que el conocido periodista y escritor José María Carrascal hace desde el sereno equilibrio. Una contemplación del mundo desde ese tercer cumpleaños clave, según él, de los ochenta, desde el que se vislumbra un futuro que, a decir del poeta, se va adelgazando, pero que puede ser intensamente aprovechado. Una mirada personal, dolorida y esperanzada. Una mirada como la de Cicerón, superadora de la despreciada vejez. Una mirada serena que, desde nuestra óptica médico-humanista, nos conduce hacia la antropología del envejecimiento.



September Song (by Kurt Weill) - Willie Nelson

6 comentarios:

  1. Interesante, profundo -y como siempre- lúcido análisis reflexion, el que nos expones querido amigo José Manuel.
    El libro de Don Santiago y posiblemente también el de José María Carrascal deben ser testimonios únicos pues están hechos en primera persona y desde la lucidez y clarividencia de la experiencia vital y sin la limitación del deterioro intelectual.
    Como bien dices, existen factores condicionantes, algunos positivos entre otros uno muy importante tal vez sea la Fe, lo que puede dar un sentido mas trascendente a la vida. Y también el entorno familiar y social de valorización de la vejez.
    Y como factor negativo y letalmente destructivo: las denominadas “residencias de ancianos” con todo lo que conlleva de desecho y desvalorizacion social , donde el deterioro intelectual y general del anciano es obvio y a veces galopante, hasta el extremo de parecer “zoombis” ( ¿por reacción instintiva de evasión o desconexión de una realidad insoportable? por efectos de neurolépticos?
    Lo cierto es que la vejez se vive totalmente diferente, no solo las limitaciones de la salud, sino quizás tambien según el entorno familiar y social que nos toca.

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    1. Son testimonios de una vejez aceptada y relativamente bien llevada, desde una admirable sabiduría que conlleva un apropiado equilibrio emocional. Desde luego, par ello la fe ayuda. Son ejemplos de vejez saludable.
      Por cierto, en su día ya hicimos aquí un pequeño apunte de la vejez saludable, desde el punto de vista mental y físico:

      http://medymel.blogspot.com.es/2009/04/la-vejez-saludable.html

      Gracias, amigo Juan, por tu preciso y estimulante aporte.

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  2. Lo mismo, excelente reflexión.
    Gracias por quitar los 60. Los inicio el año que viene.
    Veo los 80 tal cual lo presentas y un periodo donde desde mi perspectiva actual quiero seguir tomando mis decisiones y quiero seguir viviendo en mi entorno.
    Dado que tendré un tiempo más limitado, no deseo estar perdiendo ese tiempo en defenderlo.

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    1. Aunque ahora la vejez comienza a edad más tardía que en el pasado, creo que sigue siendo válido el ensayo "De Senectute" de Cicerón, una obra de aprendizaje para la vejez e incluso para saber disfrutarla. Sobre todo ahora que se contempla el envejecimiento como mera decrepitud. Hay que procurar, con sabiduría, huir de inútiles angustias por el simple paso del tiempo. Bueno, es fácil aconsejarlo y no tanto llevarlo a la práctica. En cualquier caso, Juan Antonio, sigues siendo joven.
      Gracias por el comentario.

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  3. Lo mismo, excelente reflexión.
    Gracias por quitar los 60. Los inicio el año que viene.
    Veo los 80 tal cual lo presentas y un periodo donde desde mi perspectiva actual quiero seguir tomando mis decisiones y quiero seguir viviendo en mi entorno.
    Dado que tendré un tiempo más limitado, no deseo estar perdiendo ese tiempo en defenderlo.

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  4. Lo mismo, excelente reflexión.
    Gracias por quitar los 60. Los inicio el año que viene.
    Veo los 80 tal cual lo presentas y un periodo donde desde mi perspectiva actual quiero seguir tomando mis decisiones y quiero seguir viviendo en mi entorno.
    Dado que tendré un tiempo más limitado, no deseo estar perdiendo ese tiempo en defenderlo.

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