jueves, 13 de octubre de 2016

Autoflagelación del médico de familia


Todos los que parecen estúpidos lo son, y lo son la mitad de los que no lo parecen. Francisco de Quevedo
Es tan difícil verse a uno mismo como mirar para atrás sin volverse.
Henry David Thoreau

Los médicos de familia suelen -solemos- tirar piedras contra el propio tejado, como no lo hace ningún trabajador de cualquier otro sector público. "Somos trabajadores de lo público y no queremos ninguna ayuda de terceros interesados", manifiestan con orgullosa firmeza. Es el suyo un sentido de la ética y de la nobleza de espíritu encomiable, que no admite contaminaciones externas. A pesar del maltrato al que se ven sometidos por la Administración Sanitaria, mediante recortes de sueldo y de derechos. Mantienen con firmeza la honestidad propugnada por Osler y un aguante frente a las adversidades profesionales que a veces raya el masoquismo.

Si uno de ellos se mueve, aunque sea el más honrado, lo crucifican.

Desean que toda la formación continuada corra a cargo de la empresa pública, cicatera con sus múltiples demandas (para ellos ni agua), y se sienten incómodos porque la industria farmacéutica colabora con inscripciones a cursos o congresos. Algunos se rasgan las vestiduras. No digamos ya cuando son invitados a comer, porque las comidas de trabajo, pagadas por particulares o por el erario público, son para otros, pongamos por caso políticos o sindicalistas. De modo que se proponen congresos independientes, levantándose aislada alguna voz discrepante.

Casi se sienten agradecidos cuando Hacienda pretende la fiscalización de esos pagos, como potentados a los que el dinero les sobra, aun obligados al abono de cuotas colegiales desarrollando en exclusiva una actividad pública.

Preocupados por promover la ética y la transparencia en las relaciones con la Industria Sanitaria son críticos con ella y alertan de sus abusos. Se asquean de la medicina como negocio, o de la psiquiatría meramente recetadora (¡en qué polo opuesto ha quedado olvidada la “antisiquiatría”!), generadora de medicalización -y gasto- como pocas especialidades. Y previenen de la publicidad engañosa en salud.

"Por encima de todo está la deontología", repiten. Su espíritu es admirable. Cualquiera que los contemple con neutralidad podrá ver sus aureolas de santidad.


Pero esos mismos médicos de familia, simples asalariados, incompatibilizados para el ejercicio privado, ven con impotencia como los centros sanitarios concertados (hospitales privados, clínicas rehabilitadoras, ópticas y otros servicios de salud) o las mutuas colaboradoras (en realidad mutuas de accidentes de trabajo) compatibilizan el servicio privado con el público; y no ignoran tampoco que las farmacias comunitarias (favorecidas por la ausencia de liberalización) se benefician de lo público, e incluso del Colegio Médico con la venta de certificados médicos, sin descuidar, por supuesto, el negocio privado. Advierten las distintas varas de medir y evitan, seguramente por orgullo, quejarse de maltrato.

Tal vez vean con extrañeza que todo esto pase delante de sus ojos y acaso se contengan de clamar al verse continuamente fiscalizados. Ante la imposibilidad de mejora laboral, sobrecargados de funciones, resisten como pueden para no quemarse. Y ante la imposibilidad de mejora profesional, con una carrera bloqueada o limitada, se esfuerzan en no caer en una desmoralización extrema.

Se les hace duro navegar en un mar de desconfianza y contradicciones.

Enarbolando la bandera de la honestidad y la entrega se autoflagelan día a día, sabiendo que al final solo les habrá de quedar el agradecimiento de algunos pacientes. ¡Menos da una piedra!, ciertamente. Se dañan a sí mismos y perjudican a otros, de modo que, si nos atenemos a su conducta tan extrema, les sería de aplicación la teoría de la estupidez de Carlo Maria Cipolla (aunque su panfleto Allegro ma non troppo bien podría titularse Adagio lamentoso). Habría entonces que señalarlos como estúpidos, por más que nos mueva a lástima su patetismo.

Desprestigiados y ninguneados, los inmaculados médicos de familia mirarán hacia atrás con cierto resquemor. "Lo que pudo ser y no fue", dirán con el sentido del deber cumplido y con la insatisfacción por el escaso reconocimiento. Acudirán o no a la despedida oficial, impersonal y no sentida. Y llorarán por dentro por lo que han dejado de hacer para cambiar la degradante situación de los últimos tiempos. En fin... Pero, del mismo modo que la verdad es poliédrica, todo tiene su lado bueno. Olvidarán los errores, las críticas indebidas y los aplausos brindados inmerecidamente. Ya no tendrán absurdos objetivos que cumplir ni se verán forzados al fingimiento. Y sonreirán porque, al fin y al cabo, si lo miran bien, no les ha ido tan mal en su camino vital, pues a mayor mal pudieron haber llegado (G.V.). Así que, dando gracias a la vida, se irán colmados de felicidad.

Y aunque digas lo que digas, o hagas lo que hagas, siempre serás criticado, los más iluminados creen distinguir perfectamente el cielo del infierno...

Wish you were here (Desearía que estuvieses aquí)
David Gilmour, miembro del mítico grupo Pink Floyd

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