miércoles, 9 de noviembre de 2016

Reconocimiento a la labor del médico de cabecera



En otro tiempo, menos tecnológico, los médicos generales eran merecedores de que sus nombres figurasen en algunas calles de pueblos y ciudades. Incluso fueron levantados monumentos en su honor. Entonces ejercían libremente, gestionaban su esfuerzos a voluntad -sin verse sometidos a presiones institucionales- y, por su entrega, eran reconocidos socialmente. Ya lo hemos expresado en la introducción al apartado específico de este blog médico-melódico, sin necesidad de música para marcar la diferencia con la realidad actual de los médicos de familia. 

Pero no hemos de pasar por alto la realidad de ese tiempo en que la población más humilde solo estaba amparada por la Beneficencia Municipal, el paciente no estaba empoderado y la decisión del médico era incontestable. Tampoco la realidad actual de un sistema de salud sin posibilidad de elección de prestación sanitaria, no demasiado satisfactorio para los usuarios contribuyentes, sometido a las leyes del mercado -y grupos de poder-, limitado y condicionado por su propia sostenibilidad, donde el nivel primario actúa básicamente como filtro de acceso al hospitalario.

Ahora, totalmente condicionados, el esfuerzo y los servicios de los médicos de familia son contemplados como simples obligaciones funcionariales, en un modelo sanitario paternalista de cobertura universal. Con el cambio de paradigma de una medicina general convertida por decreto en familiar y comunitaria, los médicos extrahospitalarios han perdido en gran medida la estimación de la comunidad y hasta el respeto de sus colegas hospitalarios. Al menos de aquellos que, al decir de un residente, "no dan a la [Atención] Primaria el valor que se merece". 

¡Vaya paradoja! Cuando el médico que entendía un poco de todo trabajaba individualmente, sin formar parte de un equipo de salud, sin que su labor se contemplase de forma expresa en un nivel primario, sin que se definiese a sí mismo como especialista en personas, aun siéndolo y ejerciendo como tal, era digno de admiración popular y del respeto de los especialistas hospitalarios. Tal vez porque era visto como un médico capaz de decidir por sí mismo y no como simple "gatekeeper" o portero del sistema sanitario, dependiente de decisiones ajenas. 

He podido escuchar, años ha, frases de elogio hacia algunos médicos generales, rurales y urbanos, pronunciadas por clínicos hospitalarios y cirujanos. Entonces no eran, como ahora, ordenanzas sanitarios ni desfacedores de entuertos. En la actualidad sería impensable, o extraordinario. ¿Y una calle con el nombre de un médico de familia? Sería algo insólito, un hecho realmente excepcional. Tan excepcional como la remota posibilidad de la existencia del médico perfecto, que en nuestra defectuosa humanidad es un ideal inalcanzable.
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Y para acabar, veamos a un médico general ideal, que ve 4 o 5 pacientes por hora, que disfruta con su trabajo y ayudando a la gente... 

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