domingo, 18 de diciembre de 2016

La magia reconquistada (I)


Nota introductoria.- Este relato, que editamos en dos partes, está inspirado en la celebración de la Reconquista de Vigo y gira en torno a la figura de Julio Verne, sin que falten los ingredientes definidores de este blog: la medicina y la música. Es un pequeño homenaje a mi ciudad y espero que entretenga a quienes lo lean.




Bajo un cielo esplendoroso se produjo nuestro mágico reencuentro. En el aeropuerto de Peinador solo faltaban fuegos de artificio para festejar tan resplandeciente día. Igual de radiante se pronosticaba el siguiente, sábado, señalado por la celebración del bicentenario de la Reconquista de Vigo. El 28 de marzo de 1809 se lograra expulsar a las tropas de Napoleón de la entonces pequeña villa marinera, que tras su liberación sería elevada de categoría poblacional. Y doscientos años después, Sabela y yo íbamos a disfrutar juntos en la ciudad cuyo mar cantara Martín Códax, su egregio trovador.
–He leído en el avión la increíble noticia –me dijo ella después de besarnos.
–¿Qué noticia, Sabela? –le pregunté extrañado.
–La desaparición de la estatua de Julio Verne. ¿No estás enterado, Roi?
–¡Ah, sí! Nadie en la ciudad se lo explica.
No manifesté demasiada sorpresa; me preocupaban más otros asuntos. Pero en efecto, la prensa hablaba del suceso. En el Faro de Vigo podía leerse: «La noche pasada desapareció misteriosamente la escultura del autor de Veinte mil leguas de viaje submarino. La policía investiga…». Situado en el puerto de la Ciudad Olívica, el monumento a Julio Verne había sido inaugurado en 2005, como homenaje al escritor en el centenario de su muerte, pues en un capítulo de la mentada obra, titulado «La bahía de Vigo», refiere un hecho histórico acaecido en el estrecho de la ría viguesa: la batalla de Rande. Ahora quedaba el pedestal de piedra y la representación del calamar gigante, sin el creador de los Viajes extraordinarios que, broncíneo, coronaba la escultórica obra.


Sabela había llegado con la Orchestre de Paris, de la que formaba parte como instrumentista de violonchelo, para unirse a los fastos conmemorativos. ¡Qué paradoja! Una agrupación sinfónica francesa venía a celebrar la expulsión de sus compatriotas. Nada sorprendente en 2009; sus miembros eran músicos profesionales sin reparos. En cambio, había vigueses que, enfrentados a los más patriotas, se lamentaban de no haber permanecido bajo su bandera. Y aunque yo me alegraba de que mi novia tuviese la fortuna de ser titular de tan importante conjunto sinfónico, me dolía del obligado alejamiento. Desearía ser también músico y viajar a su lado. Pero mis obligaciones profesionales estaban en Vigo, no en París.
La víspera del día grande fue de recíproca entrega. Éramos una pareja enamorada. Me tomé el viernes libre para dedicárselo a Sabela, y ella se olvidó del cuerpo de su violonchelo para abrazar el mío. Nos echábamos en falta. Llevábamos más de cinco meses sin vernos, desde principios del pasado octubre, en pleno otoño parisino amarillo y ocre, que hermoseaba más si cabe la Ciudad de la Luz. En la urbe galaica del sur no teníamos el bello Sena ni la magnífica Torre Eiffel, pero la esplendorosa ría y las majestuosas Islas Cíes compensaban esas carencias, satisfaciendo plenamente nuestras retinas. Y sin secretos por descubrir en el lugar que nos vio nacer, decidimos alejarnos de distracciones naturales o urbanísticas.
Nos bastaba el nido de amor para colmar las urgentes ansias...


(Continuará. ¿Sabremos en la II parte qué pasó con la estatua de julio Verne?)

Ciudad de Vigo

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