lunes, 20 de febrero de 2017

Comunicar una enfermedad fatal

-¿Que tengo, doctor?  
-Tiene usted un cáncer...

Cuando hablamos de la toma de conciencia de muerte, reparamos en la cuestión de la comunicación de las malas noticias en medicina: ¿es mejor callar y ocultar una enfermedad grave? Decíamos que varios estudios confirman el hecho de que se hace más daño callando (o mintiendo) que comunicando la verdad al paciente. Y objetábamos que puede condicionarnos el temor a una mala reacción de afectado y a sentirnos culpables, lo cual no debiera bloquearnos. Si el enfermo llora, el médico no debe sentirse culpable; es más tiene derecho a jactarse de la confianza depositada por su paciente. Además, por muy grave que sea su proceso, no hemos de quitarle la esperanza, teniendo en cuenta que el enfermo sufre en el curso de su dolencia una alternancia cíclica de esperanza y desesperanza. 

Con todo -apuntábamos- hay dos posiciones. Una mantiene que comunicar el diagnóstico o el mal pronóstico de una enfermedad fatal es una inútil crueldad. Otra defiende una relación basada en la franqueza y la confianza. La primera postura está reforzada a veces por la familia que, en una conspiración de silencio, intenta auto-protegerse y proteger al paciente, evitándole malestar y sufrimiento y previniendo un intento de autolisis, si bien la segunda no parece entrañar el teórico peligro. Vuelvo a decir que soy de los que piensan que debemos individualizar cada caso; no habiendo verdades absolutas, habrá que tomar en consideración la personalidad del enfermo y las circunstancias. Y nos reafirmamos en que, ante todo, es preciso habilidad y tacto al comunicar una mala noticia.

Valga como complemento esta secuencia de una película de Akira Kurosawa.

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