viernes, 30 de enero de 2009

Enseñanza y Atención sanitaria


Leyendo un artículo de opinión sobre la comprensión lectora de los estudiantes, me doy cuenta de la similitud de dificultades que tienen educadores y profesionales sanitarios, y en particular maestros y médicos generales, como consecuencia de errores de planificación y organizativos en sus respectivos sistemas, educativo y sanitario.

Me quedo con los puntos esenciales que atañen a maestros y alumnos:
  • No debiera plantearse el objetivo de leer más, sino mejor.
  • El sistema (educativo) sigue empeñado en afrontar nuevas materias y conocimientos, aunque el alumno no tenga la base imprescindible.
  • Retrocedimos en comprensión lectora.
  • Hay una obsesión por todo menos por lo esencial.
  • Muchos libros y mucha tecnología con horarios apretados.
  • Poco tiempo para la lectura pausada, la comprensión y la asimilación.
  • Las presiones de los padres y de la Administración dificultan la labor de los buenos maestros.
  • Sin entender, el alumno avanza a trancas y barrancas… hacia el fracaso.
Y los parangono con la actividad médica y su repercusión en el paciente:
  • No debiera plantearse el objetivo de atender a más usuarios, sino adecuadamente.
  • El sistema (sanitario) sigue empeñado en aumentar la cartera de servicios, por más que algunos servicios básicos sean insuficientemente brindados.
  • Retrocedimos en comunicación médico-paciente.
  • Hay una obsesión por obtener datos y no por resolver los problemas.
  • Mucha formación continuada con escasa aplicación práctica.
  • Poco tiempo para satisfacer las necesidades de cada paciente.
  • Las presiones de los usuarios y de la Administración dificultan la labor de los buenos médicos de familia.
  • Sin eficacia ni eficiencia, se avanza a duras penas... hacia la insatisfacción general.

En definitiva, la calidad se ve mermada en ambos casos –con diferencias intercomunitarias–, y en el primer nivel sanitario tal vez más por una rémora creciente: la burocracia; una cuestión palpitante que, lejos de resolverse, se redobla (se ha estimado que el papeleo supone al menos un 40% del tiempo disponible en consulta de Atención Primaria). Educación y Sanidad, dos pilares sociales básicos, precisan en Hispania de voluntad política y eliminación de barreras partidistas; probablemente las mejoras hayan de venir propiciadas por pactos estatales. Si esa voluntad no llega, ambas seguirán yendo a la deriva.
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Fuente de inspiración:
Currás C. Lectura, lectura, lectura. La Voz de Galicia 2008; Sec. Opinión: Nuestra escuela; p. 17.

jueves, 29 de enero de 2009

Atención Primaria versus Especializada


Parece estar en el ánimo de la autoridad sanitaria aliviar las listas de espera hospitalarias (de Atención Especializada o Secundaria) derivando pacientes a la Atención Primaria. Como desvestir a un santo para vestir a otro, pero en este caso al revés. ¡Esperpéntico, surrealista y triunfalista! Un despropósito sanitario para asombrarse primero, estremecer después y encolerizar finalmente. Aquí alguien está ciego, o ha perdido totalmente el rumbo, o vive en otro planeta.

El actual agobio en las consultas de los centros de salud es tal que de ninguna manera procede tomar medidas destinadas a sobrecargar todavía más a profesionales que están trabajando a contrarreloj –¡a las carreras!– y cada día más quemados. Por el contrario, procede liberar a médicos y enfermeros, de ambos sexos, de algunos quehaceres, en pos de la eficacia y la eficiencia. La Atención Primaria de Salud no puede, ni debe, abarcarlo todo y sin límite; ya sería el colmo adentrarse en áreas especializadas, porque se ahogaría definitivamente el primer nivel asistencial.

El usuario del sistema sanitario público sabe bien de la sobrecarga de su médico de cabecera (general o de familia), no desconoce su aislamiento y constata normalmente cómo ha de asumir el trabajo de otro, teniendo más que suficiente con su propio cupo de pacientes. Hasta se compadece de la mala cara que a menudo se le pone a quien ha de velar para que la suya mantenga un color de rosa. ¡Ay, Señor…!

Los cometidos de Atención Primaria y Especializada difieren, aunque el paciente sea uno y el fin de la sanidad el mismo. Por eso me pregunto: ¿a dónde se pretende ir o qué se desea alcanzar? ¿Acaso la desaparición del médico general y, por tanto, de la Atención Primaria? ¿Quizás el objetivo de Atención Primaria vs. Especializada, en el primitivo sentido latino de versus (“hacia”) o en el espurio actual (“contra o frente”)? ¿Tal vez la utópica creación de un supermédico? Percatémonos de que andamos muy escasos de galenos y no hay visos de que la situación vaya a mejorar. Muchos han optado por la emigración (especialmente a Portugal) en busca de mejores condiciones, y se duda que retornen. El panorama es preocupante.

Entonces, ¿por qué no buscar fórmulas sensatas o copiar del exterior? Si los médicos generales trabajasen en unas mínimas condiciones de dignidad, podrían cumplir mejor sus objetivos y satisfacer las expectativas de los usuarios. Por muchas aptitudes y actitudes que atesoren, por más ilusión y buena voluntad que demuestren y aunque deseen lo mejor para sus pacientes, si no dan abasto y tienen que asumir lo que no les corresponde… mala cosa. Así que, como dice mi amigo Laureano: ¡Sentidiño!
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Inspirado en artículo de La Voz de Galicia, de 24 de julio de 2006, encabezado con este titular:

miércoles, 28 de enero de 2009

Que es un soplo la vida


Pues
es la vida corta, ¿de dónde viene la esperanza larga? (Horacio)

Nicolás acaba de nacer y ya tiene el nombre que le eligieron, quizás al gusto de su madre, de su abuela o de su tía. Y llora con los párpados cerrados con firmeza, ignorante de su desnudez.

Nicolás es un niño que contempla el mundo con ojos de besugo, entusiasmado y ávido de conocer, absorto y boquiabierto ante lo desconocido, al ver cada fenómeno por vez primera.

Nicolás es un chaval que juega en la calle y en el patio del colegio, incansable con los amigos y compañeros, sin dejar por ello de aprender con mayor o menor dificultad.

Nicolás es un adolescente prendido a la pantalla que navega sin moverse de su asiento, que duda de continuo, que se enoja con facilidad y que, con todo, se estremece al sentir la nueva emoción.

Nicolás es un joven que se divierte, que aparenta indiferencia al no atisbar su futuro, que disimuladamente sueña y que oculta tras la risa las amorosas cuitas de su pensamiento.

Nicolás es un adulto que aún estudia, que temporalmente trabaja, que va y viene sin destino, que aspira a la estabilidad, que sigue insatisfecho, que sufre los puyazos de la frustración.

Nicolás es un jubilado que no se ha dado cuenta del gran cambio, que ha dejado atrás sus ideales, que ha visto incumplidas mil promesas, que bien comprende la verdad de la mentira.

Nicolás es un anciano que camina sin apuro, que en las charlas se repite día a día, que a menudo gruñe, que arrastra su sombra por el parque, que ya no hace sino ver pasar el tiempo.

Nicolás es un muerto que no sabe si ha vivido, que se ha ido en cierto modo indiferente, que ha marchado con dudosa mueca, que tampoco ha comprendido el misterio existencial.

Nicolás es y no es, es hombre y es mujer. Nicolás es del presente, del mañana y del ayer.


Volver - Eugenia León

martes, 27 de enero de 2009

La música tradicional en nuestro tiempo


Portando el espíritu de los ancestros, nuevos músicos recogen el testigo de padres y abuelos, revalorizando la música tradicional o, mejor, las músicas tradicionales, para no dejar en el olvido tanta maravilla sonora. Reproducidas en instrumentos originales, a veces con añadidos que aportan riqueza expresiva sin adulterar las bases melódicas y rítmicas, permiten deleitarnos con grandes tesoros melódicos, propios y de otras culturas, menos extrañas con el transcurrir de los tiempos. Cierto que muchos compositores de formación clásica elaboraron complejas partituras, en lo armónico y contrapuntístico, inspiradas en elementos folklóricos (pensemos en los compositores rusos del siglo XIX), pero estamos refiriéndonos a la música folklórica reproducida en estado “puro” por agrupaciones instrumentales y/o vocales tradicionales. O en todo caso, a música de raíz folklórica. No obstante, me permito la licencia de englobar en la música tradicional algunas músicas urbanas que han arraigado y adquirido la calificación de étnicas.

La denominada música celta, aun cuestionando la legitimidad del término, identifica a los países de ese ámbito: Irlanda, Escocia, Bretaña, Galicia y otros. Danzas populares como la giga o la muiñeira forman parte de una tradición genéricamente celta que, sin embargo, no se circunscribe a su territorio de origen. Esta música fue ampliamente difundida, en especial durante la década de 1990, y músicos de la otra orilla atlántica han experimentando con sus líneas esenciales. Y si no siempre las piezas interpretadas son tradicionales, el respeto por las pautas de la tradición suele ser la constante.

El flamenco tiene un espacio reconocido por su riqueza y hondura. Universalmente difundido –y mal entendido durante mucho tiempo por comunidades vecinas a su ámbito–, transmite un sentir, sencillo y hondo a un tiempo, nacido en lo popular y marginal, en una mixtura étnica de árabes, judíos, cristianos y gitanos, de los que estos últimos fueron principales difusores. Y esa música colectiva y anónima, como toda la tradicional o folklórica, se fue poco a poco individualizando y personalizando. Guitarra –o “toque”– y cante como fundamentos, y baile como exaltación estética, para erigir los diversos “palos”: soleá, seguiriya, bulerías...

¿Qué decir del fado portugués, un signo de identidad de la cultura del país vecino? Para no variar, su origen está poco esclarecido. Se le atribuye una procedencia afro-brasileira, árabe o incluso provenzal, pero posiblemente sea una síntesis de una evolución secular de todas las influencias musicales que afectaron al pueblo de Lisboa y que convergieron en esta expresión sonora nacida de la marginalidad (como el tango o el rebético griego), cuya etimología es el “fatum”. Pero, aunque la desesperanza frente al implacable destino envuelve de tristura los cantares, a veces el fado no es ni alegre ni triste.

El esplendor de la música cubana, expresión del mestizaje afro-hispano, nos ha ido llegando de la mano de viejos soneros, afortunadamente redescubiertos antes de la hora de marchar con sus ritmos hacia la misteriosa dimensión. Otros con más futuro no se duermen en los laureles y mantienen viva la llama de la “cubanía”. Son montuno, danzón, rumba, guajira, guaracha, bolero... se suceden en los temas de siempre, en un fluir inacabable.

Otra gran referencia iberoamericana es la música brasileña. En Brasil, el choro –derivado del Fado portugués– y el ritmo de samba condujeron a la Bossa-Nova, un nuevo sentir musical relativamente reciente y ya un “clásico” de lo popular que identifica una comunidad. La Bossa-Nova parece fundir el colorido tropical y el desenfreno del carnaval con la más profunda saudade, en un remanso de paz hecho de sensualidad. La música brasileira ha alcanzado un rango de universalidad bajo la denominación de Música Popular Brasileña (MPB), término que podría inducir a confusión, al ser urbana y no rural, no propiamente popular o tradicional (ver "Preludio musical: Sonoridades”).

Nuestra relación con el referido continente americano nos obliga a resaltar otras músicas, de orígenes difusos en la mistura de ritmos ibéricos con otros europeos, nativos y africanos. Por ejemplo, la cumbia, nacida en Colombia y trasladada a México, como danza bien conocida. Y por supuesto el tango rioplatense, argentino y uruguayo, de Buenos Aires y Montevideo, que además de danza es un lamento urbano nacido en los arrabales, generalmente expresado en cuidados textos arropados por guitarra y bandoneón. El tango, engendrado en las dificultades suburbiales, identifica tanto a una comunidad que, sin la condición de rural, podemos considerarlo étnico. Lo que no ha impedido su aceptación en países tan lejanos, física y culturalmente, como Finlandia, donde ha surgido un tango propio.

No nos son extrañas otras músicas tradicionales, como el rebético griego (comparable a fado y tango), la canzone napolitana, la czarda húngara o los cantos del Tirol (jodler), que guardamos mayoritariamente en la memoria a través del cine, un modo imaginario de viajar. Desde hace unos años, la música africana –si es lícito englobar bajo este epígrafe la diversidad del África negra– se ha ido introduciendo en Europa; ya se ha puesto de manifiesto su influencia en el desarrollo de la música americana. No hemos de olvidar tampoco la riqueza sonora de la música árabe. Ni la importancia de la música asiática, otra generalización vana para áreas geográficas que abruman por su inmensidad territorial, como India o China; su vastedad presagia sonoridades diversas. Exponer las peculiaridades de tantos grupos humanos y referir personalidades significativas requiere artículos específicos y autores especializados.

lunes, 26 de enero de 2009

Folklore musical


El entorno ha condicionado la vida de los pueblos y marcado diferencias en las manifestaciones artísticas y musicales. Cada etnia posee su propio folklore y, en consecuencia, su particular música folklórica, ayer obligadamente recluida y hoy con amplios cauces para ser universalizada, aun con sus imprecisos límites. El folklore musical fue decisivo en la génesis del nacionalismo musical decimonónico y sigue estando presente, de manera más o menos patente, en composiciones contemporáneas. Es preceptivo preservar el acervo musical que la tradición nos ha legado; supone un esfuerzo, pero un esfuerzo placentero.

Partimos del término inglés folklore (de folk, gente o pueblo, y lore, saber popular o tradiciones), introducido por William J. Thoms en l846, que incluye los aspectos literario, musical y danzario; se puede decir que es el conjunto de las tradiciones, creencias y manifestaciones artísticas populares. Y desde esa voz foránea, en su vertiente musical, se puede deducir el significado de la música folklórica (MF), que es lo que nos interesa.

La MF es la que se transmite por tradición oral –carece de notación escrita– y se aprende de oído, siendo en su mayoría de individuos anónimos o de nombre olvidado; se desconocen los autores de baladas y romances, de canciones de soldados, marineros y cazadores, de siega y vendimia, de bebida y boda, de Navidad y romería, que constituyen el auténtico tesoro musical de cada país, y su persistencia a través de los siglos es un inescrutable misterio. Ni siquiera puede advertirse si los cantos proceden de un creador individual o son obra de un grupo. En definitiva, viene a ser la expresión sonora de las masas preferentemente rurales y no educadas de unas sociedades donde también hay una clase con mejor formación musical (la música de ésta sería la denominada clásica o “culta”). Además, puede definirse como la música con la que la comunidad étnica se identifica mejor a sí misma.

En la MF el ritmo se relaciona en ocasiones con la versificación (estructura métrica de la poesía), y en la ejecución instrumental tiende a ser repetitivo. La mayor parte de la MF es monofónica, es decir, consiste en melodías sin acompañamiento: generalmente una canción popular se reduce a melodía, sin armonía; cuando la tienen, puede afirmarse que fue añadida por “arreglistas” para hacerla más grata al oído. No obstante, los ritmos suelen ser complicados e irregulares.

Pese a estar vinculada a comunidades rurales, de tradición oral, la MF fue avanzando desde su estadio primigenio al de arte diferenciado, con autores y profesionales, en una constante relación recíproca entre lo tradicional –anónimo– y lo individual, teniéndose la constatación máxima en las “escuelas nacionalistas” del siglo XIX. De hecho, los lindes entre lo tradicional y lo culto, lo colectivo y lo individual, son frecuentemente borrosos. Se vuelven más nítidos cuando la música se hace más abstracta –o, si queremos, más pura–, cuando va adoptando un lenguaje propio, producto de esquemas organizados y de una técnica elaborada según sus propias reglas, empleada por músicos especializados y desligados de los usos populares.
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Esta es una parte de un ensayo publicado en Filomúsica (revista electrónica de música culta), al que puedes acceder si te interesa el tema:

domingo, 25 de enero de 2009

Aforismos médicos


Me parece apasionante lo que otros detestan: las paremias. Es decir, proverbios y refranes, enunciados breves sentenciosos e ingeniosos. En Hispania, los proverbios latinos cultos fueron suplantados por los refranes castellanos, de los que hay para dar y tomar. Son dichos populares, agudos y con fines educativos, que forman parte de un patrimonio cultural anónimo del que Cervantes supo sacar partido en su gran obra. En las paremias también se incluyen aforismos, adagios, apotegmas, citas, máximas y sentencias, por lo general de autoría conocida; no dejan de ser proverbios con matices. El estudio de las paremias le corresponde a la paremiología.

El término aforismo fue utilizado por primera vez por Hipócrates como una serie de proposiciones relativas a los síntomas y al diagnóstico de las enfermedades. Después se extendió a otros ámbitos. Por eso es válido emplear este término para referirnos a todas las paremias (proverbios y refranes especialmente) relativas a la medicina; y si queremos, específicamente como aforismos médicos, aunque sea redundancia. A los aforismos de mi cosecha –perdonad el atrevimiento– los denomino "tics del pensamiento fugitivo". De momento me los reservo y prefiero dejaros ahora el pensamiento ajeno en una docena de sentencias, algunas irreverentes pero todas significativas:

  • Primum non nocere: lo primero es no hacer daño. (Hipócrates)
  • La salud es la justa medida entre el calor y el frío. (Aristóteles)
  • La posesión de la salud es como la de la hacienda, que se goza gastándola y si no se gasta no se goza. (Quevedo)
  • El médico que más vale es el que cura con menos rigor. (Lope de Vega)
  • Muchas veces empeoran los males con los remedios. (B. Gracián)
  • La medicina sólo puede curar las enfermedades durables. (Prov. chino)
  • Los mejores médicos del mundo son los doctores Dieta, Reposo y Alegría. (J. Swift)
  • El miedo, en todas sus formas imaginables, es un factor fundamental que mina la salud del hombre moderno. (K. Lorenz)
  • Más vida puede escapar del hombre a través de sus pensamientos que por una herida abierta. (T. Hardy)
  • Si no podemos dar días a la vida, demos vida a los días. (C. Bernard)
  • La medicina es la más humana de las ciencias y la más científica de las humanidades. (E. Pellegrino)
  • El médico que sabe sólo de medicina, ni medicina sabe. (J. Letamendi)
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    De los aforismos de Hipócrates, un total de 415, el primero es reseñado frecuentemente en latín con su comienzo (Ars longa, vita brevis), que en su integridad dice: “Corta es la vida, el camino largo, la ocasión fugaz, falaces las experiencias, el juicio difícil. No basta, además, que el médico se muestre tal en tiempo oportuno, sino que es menester que el enfermo y cuantos lo rodean coadyuven a su obra”. Una reproducción de una edición clásica de los aforismos hipocráticos puede verse AQUÍ.

    sábado, 24 de enero de 2009

    Grandeza del médico general



    El médico general (MG), de cabecera o de familia, en otro tiempo muy reconocido socialmente, admirado e incluso venerado, está hoy bastante desprestigiado en un sistema público de salud burocratizado y despersonalizado, donde impera una tecnología al alcance del médico especialista (ME). Y sin embargo hay suficientes razones para considerar al MG como elemento esencial del sistema sanitario.
    • El MG no trata la enfermedad, como el ME, sino al individuo en su integridad. Por supuesto, sabe menos de cada parcela concreta que el ME concreto –sería imperdonable lo contrario– pero sabe lo suficiente de cada especialidad. 
    • El MG es, de algún modo, el coordinador de los MMEE; hallándose en la encrucijada, es siempre el punto de convergencia, el orientador del enfermo desvalido y el receptor de todos los problemas, sanitarios y de otra índole.
    • El MG acude al domicilio del paciente, el ME no. Conoce de primera mano las condiciones de la vivienda del enfermo, su medio y sus hábitos de vida, adentrándose en el campo de la sociología. Y es quien lo atiende en su fase terminal.
    • El MG realiza la educación sanitaria integral y muchas veces complementa prescripciones del ME, por ejemplo instruyendo en la administración de determinados fármacos y detectando incompatibilidades o contraindicaciones.
    • El MG tiene incluso que validar oficialmente prescripciones del ME, por descuido de éste o, en ocasiones, por desdén. Asume con humildad hasta lo que no le corresponde.
    • El MG afronta problemas psicosociales que el paciente no cuenta al ME, excepto al psiquiatra. Realiza funciones de confesor y consejero.
    • El MG es el elemento básico dentro del dispositivo de control epidemiológico y el principal valedor en la promoción y protección de la salud. Imprescindible.
    • El MG tiene que realizar una ingente labor de escribanía que en otros ámbitos correspondería al personal auxiliar.
    • El MG tiene que poner medios privados al servicio público, como el transporte para la atención domiciliaria.
    • El MG que trabaja en el sistema público se ve obligado a colaborar con el sector privado (mutuas, accidentes de tráfico, accidentes laborales), sin contraprestaciones.
    • El MG es receptor directo de la inoperancia de organismos ajenos al sistema sanitario. Soporta lo más ingrato sin compensaciones, ni siquiera morales.
    • El MG, además de asumir tareas burocráticas, funciones asistenciales, de educación sanitaria, de confesor, sociales y de salud pública, debe estar preparado para las urgencias y emergencias que se presenten.
    Con la responsabilidad derivada de todo lo anterior, el MG debiera tener una consideración social de primer orden, lejos del acostumbrado desprecio de algunos gestores. Su capacitación, su entrega y su importancia social lo justifican. Nadie debiera ignorar el sacrificio de su quehacer diario, a veces sin interrupción, y de su constante puesta al día mediante la formación continuada. El MG es un puntal irremplazable de la sanidad.

    viernes, 23 de enero de 2009

    Romántica estulticia


    Creyéndome ya sin capacidad de asombro, me tropiezo todavía con interrogantes de sufrientes médicos del Sistema Público de Salud que llevan lustros dejándose engañar o aprisionados en la maraña del autoengaño. Se preguntan: ¿en qué se ha mejorado?, ¿qué se ha conseguido desde el hito de Alma-Ata?, ¿realmente se ha verificado un cambio sustancial?, ¿a dónde ha llegado la bendita Atención Primaria?, ¿qué podemos esperar atrapados en un largo inmovilismo sanitario?

    Suplican tiempo para pensar con calma y decidir con acierto. Exigen desburocratización (ver burocracia médica) para no acabar definitivamente descerebrados. Solicitan un mínimo de calidad, por dignidad. Reclaman el protagonismo y la actuación comunitaria que les pertenece. Alertan porque sufren el imparable aumento de la carga asistencial, se ven cada vez más agobiados por papeles inútiles y, limitados en su capacidad resolutiva, advierten que la degradación del sistema perfora un fondo que se había tocado hacía mucho.

    Promueven una
    formación continuada a sabiendas de que para poco sirve, exceptuando la autocomplacencia, imposibilitados de llevar a la práctica tanta sapiencia científica, en tanto el agobio de la consulta, la novedosa “intersustitución”, la disponibilidad para todo (¡ay!, las necesidades del servicio) y el machaque continuo, los atolondra y mortifica en grado extremo. Sabedores de que la cantidad se opone a la calidad, no pudiendo aplicar los protocolos y perdiendo en eficacia y eficiencia, exclaman: ¡cuánta energía disipada!, ¡qué desaprovechamiento de talento!... ¡qué negación absoluta de la inteligencia!

    Apelan a una relación entre niveles o
    integración asistencial, en tanto el alejamiento entre profesionales se hace más patente con cada declaración de intenciones. Procuran la mejora de la relación médico-paciente y asisten a un aumento de reclamaciones y a una oleada de agresiones, en medio de una “psiquiatrización” social y de continuas quejas por lo más banal, consecuencia de la debilidad y el desconcierto, en un largo ciclo de aparente progreso que habrá de tener, como todo, su final.

    Incluso llegan a añorar un pasado que se hace idílico en su memoria, pero que no fue mejor, ni mucho menos, excepto acaso por la afabilidad de trato, tal vez por un ambiente de consideración o respeto, y por tratarse de los años jóvenes. Constatan que el endiosamiento médico de antaño, la limitada cobertura asistencial, la total desinformación y la dificultosa accesibilidad se han convertido en ninguneo del galeno, universalización, bombardeo mediático y “barra libre”.

    Súbitamente crispados, envenenados, claman a los cielos; rabiosos ante la exasperante debacle, apelan a sus derechos y demandan una urgente
    reorganización de la asistencia, con inclusión del copago como medida de racionalización extrema –a imitación del entorno europeo–. Y tras el desvarío callan para volver a su silencioso cautiverio. Son conscientes del gerencialismo hipertrofiado que han promovido los iluminados de la nueva gestión, saben del dislate gestor en la aplicación de modelos de la empresa privada americana, padecen en silencio los abusos y, atrevidos, llegan a tildar a algunos directivos de talibanes. Pero regresan a su actitud sufriente, procuran adaptarse y en su interior se desangran.

    Con todo, aguardan inocentes soluciones llovidas del cielo y que la situación cambie por arte de birlebirloque o por milagro mesiánico, pacientemente resignados. Despreciando a los escépticos, confían estúpidos en un futuro que va adelgazándose. Esperan los frutos de un indefinido “efecto llamada” que atraiga a los médicos foráneos y haga retornar al redil a los que han emigrado en busca de mejores perspectivas profesionales y laborales. Permanecen chamuscándose mientras contemplan boquiabiertos cómo los decididos –o inteligentes– huyen raudos del sinsentido hacia otros ámbitos más gratos, acaso en busca del necesario hálito, de la racionalidad de otros países en los que el menos común de los sentidos todavía subsiste.

    Aspiran a que un buen día, aunque sea al borde mismo de la vida productiva, al fin dispongan de los diez minutillos por usuario, del apoyo auxiliar que les proporcione un respiro, del necesario oxígeno moral, de una receta a la europea donde plasmar todo el tratamiento farmacológico de cada individuo, de unos formularios simples que les permitan reflejar en un único acto el estado de salud de sus pacientes, de un medio de transporte oficial para la atención pública domiciliaria que ahora prestan con sus propios medios, de unas consultas adecuadas al uso para las que teóricamente van destinadas y que no atenten contra su propia salud. Sueñan con una empresa concordante con el país avanzado, social y económicamente, en el que se supone que están viviendo, y muriendo, porque soñar los hace revivir.
    Romántica estulticia

    Y sumidos en su inconveniente sueño, prosigue imparable su desgaste, se acrecienta calladamente su sufrimiento, se alarga indescriptible su impotencia.

    (Reflexión crítica de un día de diciembre de 2007)

    Periodismo y crítica musical


    La asistencia a un debate sobre periodismo y crítica musical me abrió ventanas hacia una nueva luz. De entrada, un músico ponente manifestaba su preferencia por una actividad meramente informativa, difusora de acontecimientos y estimuladora de conciertos, frente a otra profanadora que osaba adentrarse en el arte de juzgar. Junto a otros miembros de la mesa (otro músico, un productor musical, un director de escena y un locutor de radio), daba la bienvenida a una comunicación simple, afable y sonriente, denostando la opinión reveladora, desagradable y agria. Los rostros de las mujeres y los hombres del público se encendían por el interés. Y siendo la contradicción frecuente manifestación humana, el mismo músico impetuoso que descalificaba a los críticos, porque cuestionaban la capacidad del intérprete sin ponderar su trabajo y su esfuerzo, pasó sin dilación a considerar que la crítica musical habría de hacerse con rigor y con pasión. En su monólogo acabó admitiendo a un tiempo la imparcial objetividad y la subjetividad emotiva. Negaba a la crítica, pero, ya que existía a su pesar, instaba a los críticos a que hiciesen su trabajo con seriedad y ecuanimidad, y a que no se olvidasen del necesario ardor expresivo. El músico relator dejaba entrever cierto resentimiento con algún crítico que le hubiese perjudicado, y en irracional respuesta lanzaba su animadversión contra la generalidad. “Nadie tiene derecho –decía– a echar por tierra el esfuerzo continuado de un músico o de un colectivo por una actuación o una producción más o menos desafortunada”. ¿Pero era justo en su apreciación enardecida?

    Tomó la palabra el segundo músico y, con aire más sereno, habló de
    malos críticos que vierten en el papel sus frustraciones y su ira, que no tienen en cuenta las circunstancias, que no saben refrenarse, que manifiestan sus desacuerdos sin elegancia, que son meramente destructivos. De aquellos que generan la repulsa de los músicos honestos y que, por el contrario, enaltecen la labor de aquellos otros que, desde la ética y amor a la música, orientan, aconsejan y atraen aficionados. El productor musical, por su parte, consideraba que tampoco era cuestión de aplaudirlo todo de modo pelotillero, en pos de una ganancia y en detrimento de la sana información que lectores y oyentes merecen. Sentenció que el engaño es malo en cualquier sentido, que debemos recelar tanto de los excesos de entusiasmo como de los ataques furibundos, ya que pueden conllevar adulación o inquina. El locutor de radio advirtió que hay que desconfiar igualmente de las valoraciones insulsas que hacen sospechar compromisos forzados, por no decir que quienes las suscriben hablan o escriben de oídas. Una mujer del público apuntó que en ocasiones se malinterpreta la opinión del crítico, como acontece con análisis operísticos, en los que una desaprobación de la escenografía se recoge como un desacierto interpretativo, a lo que asintió el director de escena. De manera que, alertados por hechos precedentes, según ella debiéramos ser cautos y extraer nuestras propias conclusiones, constatando lo que se ha escrito y no dejándonos llevar como papanatas por juicios ajenos, presuntamente ilustrados. O sea, que deberíamos fiarnos de nuestras propias lecturas.

    Periodistas y críticos musicales plasman sus informaciones y pareceres en periódicos y revistas, especializadas o no, de ámbito local, nacional o internacional. Prensa diaria y publicaciones periódicas recogen entrevistas, biografías, reflexiones, acontecimientos, crónicas, estrenos, grabaciones…; tratan de instrumentistas, cantantes, orquestas, directores, grupos de cámara, corales…; contienen artículos divulgativos y eruditos, dirigidos a profanos y a expertos en la materia. 

    Se hicieron comentarios al respecto, y varias intervenciones de espontáneos, algunas ciertamente intensas, fueron enriqueciendo el crítico debate, mixturando lo admirativo y lo burlón. Un enterado censuró la escasez de medios especializados, audiovisuales o escritos, en la buena música, y el locutor de radio le dio la razón. El mismo que hizo saber lo ya sabido: “en los medios de comunicación de masas priman los intereses mercantiles y económicos; la música ligera acapara más del noventa por ciento del mercado, ya que la música con mayúsculas es poco rentable, se vende poco, es sólo para una minoría sensible”.

    Respecto a la
    crítica musical local, los ponentes escogidos manifestaron unanimidad: su inexistencia en la periférica ciudad marítima de mis entretelas. Y el resquemor que se entreveía hacía patente otra vez la paradoja: la información de prensa se limitaba a someras reseñas de conciertos (la de radio y televisión era todavía más escueta o ignoraba tales acontecimientos culturales). Se echaban de menos, ¡ay!, los dilatados comentarios críticos, habituales en otras latitudes.

    Crítica sí y crítica no. Crítica moderada y crítica profunda. Crítica elemental y crítica trascendente… La visión era poliédrica. Finalmente, los dos músicos presentes coincidieron en que lo fundamental estriba en la
    educación musical, creyendo conveniente su comienzo en la enseñanza primaria, a fin de despertar la sensibilidad sonora desde la tierna infancia. Posteriormente, si fuese el caso, habría de reforzarse mediante estudios musicales en escuelas de música y conservatorios. Todo ello desde el impulso gubernamental, con las pertinentes inversiones establecidas por una adecuada política educativa, y esperanzados en recoger en un futuro excelentes frutos sonoros. El productor musical y el director de escena asintieron. Nada que objetar. Pero, como bien dijo el segundo músico, lo más difícil es educar. Y la enseñanza musical se hace primeramente dando a conocer la gran música, haciéndola asequible mediante la oferta de conciertos y difundiéndola a través de los medios; imposible que algo despierte sensibilidad si no se conoce. A fin de cuentas, ningún nuevo descubrimiento. Y sin gran originalidad, fueron interesantes los interrogantes que trajo a colación el dinámico locutor de radio:

    “¿Por qué no reconocer la labor periodística y crítica, por lo que supone de pedagógica? ¿Acaso el acercamiento de la musicología no contribuye a la formación musical? ¿No son los buenos críticos asimismo educadores que van más allá de la simple labor informativa? ¿Alguien pone en duda su dimensión educativa?”

    Tras un silencio, hubo murmullos. Y se esparció una
    reflexión crítica… Es posible que haya que priorizar la información, la crónica y la reflexión artística sobre la sanción crítica. Pero ésta también debe tener cabida, siempre que no entrañe ensañamiento o mala fe. Hecha con tino, supone una guía conveniente para los desorientados y un sabroso alimento para los melómanos versados. A juicio de los profesionales, preferiblemente realizada por no profesionales; opinan ellos que no son los más idóneos para hacer crítica, quizás porque piensan que las cosas se ven mejor desde afuera, tal vez por no estar mediatizados por prejuicios u otras lacras de índole psicológica. En mi opinión, tampoco en esto debe haber normas estrictas ni asunción de verdades absolutas.

    Cuando el intérprete musical de la apertura –u obertura– criticaba a los críticos, ¿no estaba haciendo a su vez extrema crítica de la crítica, metacrítica destructiva? Eso parece. Y parece conveniente que, en las opiniones artísticas, como en general en otros ámbitos, prime siempre la
    moderación (¡reparemos en la humana imperfección y en la relatividad de las cosas!). 

    Entre un allegro vivo y un adagio lamentoso suele haber un moderador scherzo burlesco; es saludable distenderse de exacerbadas penas y extremas alegrías, mostrando entremedias irónicas sonrisas. De igual modo, es plausible el razonable equilibrio crítico, sin demonizar ni endiosar a la crítica, viéndola en su justa medida: como analizadora del arte supremo, con aciertos y desaciertos en su afán constructivo. ¿No os parece la postura más inteligente? Siempre que entrañe honesta voluntad, la crítica musical debiera ser merecedora de un mínimo reconocimiento.
    ***
    La asistencia a ese debate celebrado en 2005 en la ciudad olívica, me llevó a expresar mis impresiones en forma de un análogo de este escrito editado en Filomúsica (revista electrónica de música culta):

    jueves, 22 de enero de 2009

    Ensalada musical y otras mezclas

    En el ámbito musical, “ensalada” es el nombre que daban los músicos españoles del s. XVI a una composición vocal polifónica en la que se mezclaban los géneros religioso y profano, idiomas o dialectos y otros componentes. De modo que en la ensalada musical, en lugar de ingredientes gastronómicos, se mixturan estilos y lenguas, amalgamando además lo cómico, lo serio, lo erótico y lo épico. El resultado es un género literario-musical –y quizás escénico– propiamente hispano. Los estudiosos la relacionan con el quodlibet (del latín quod, qué, y libet, placer), composición polifónica alemana que combina diferentes textos y melodías populares en contrapunto, haciéndose también referencia a un estilo madrigalesco con elementos heterogéneos.


    Hemos de situarnos en el Renacimiento (aproximadamente de 1400 o 1450 a 1600), musicalmente una época de ideas renovadas, en la que prima el contrapunto imitativo y se prefiere la sencillez, la suavidad melódica y la elegancia. Un período entre la Edad Media o de la música antigua, predominantemente religiosa, y el posterior Barroco, que habría de llevar su mirada hacia la Grecia clásica. En el Renacimiento cobró gran importancia la “misa”, composición heredada del Medioevo, con la novedad de que se comienzan a introducir elementos profanos, siendo además bien recibida la herencia de “baladas” de Francia y “madrigales” de Italia. Pues bien, es aquí donde se desarrolló la singular mezcla que supone la ensalada musical, si bien debemos apuntar que nuestro principal músico renacentista, Tomás Luís de Victoria (1548-1611), sólo escribió profundas piezas religiosas, eludiendo la vulgaridad de la música profana y la liviandad de las mixturas.

    Entre los compositores de ensaladas, todos ellos hispanos, destaca Mateo Flecha “el Viejo” (1481-1553?) como principal representante del género y posible inventor (mérito éste que acaso corresponda a Francisco de Peñalosa o a Garcimuñós). Se sabe que elaboró once piezas, de las cuales se conservan diez, aunque completas sólo seis: El jubilate, El fuego, La bomba, La guerra, La justa y La negrina. Y en gran medida gracias a su sobrino Mateo Flecha “el Joven” (1530-1604), asimismo compositor de ensaladas y gran madrigalista, que se encargó de recopilar ocho de ellas y de publicarlas en Praga en 1581, en un libro titulado Las ensaladas de Flecha. Otras piezas del viejo Flecha y de otros autores de ensaladas se han conservado en cancioneros (C. de Palacio, C. de Medinaceli) y en la biblioteca de Catalunya.

    Las ensaladas se cantaban en Navidad y otros momentos de celebración religiosa, para diversión de los cortesanos, que habrían de disfrutar enormemente de la alternancia de ritmos, pasando de lo dramático a lo cómico y de lo pícaro a lo épico; y por supuesto con su representación escénica, si es que se representaban. Como género musical navideño, el de la ensalada viene a ser el más complejo jamás concebido. Además, las ensaladas solían contener una carga alegórica y un sentido irónico, pretendiéndose erradicar las malas costumbres ridiculizándolas. Considerando este aspecto, transcendían el simple entretenimiento con su mensaje crítico.

    ***
    Hasta aquí la primera parte de Ensalada musical y otras mezclas, artículo publicado en OpusMusica (revista electrónica de música clásica), al que puedes acceder si te interesa leerlo completo.

    miércoles, 21 de enero de 2009

    Atención a la salud bucodental


    La atención a la
    salud bucodental en el sistema público de salud debiera hacerse extensible a todos los ciudadanos, sin distinción de edad, cubriendo un porcentaje de los gastos (por supuesto no todo, por imposible e inconveniente), como sucede en otros países de nuestro entorno. Claro que, para financiar esta importantísima prestación, habría que adoptar serias medidas de control del gasto sanitario, evitando abusos y despilfarros por cuestiones menores.

    En su defecto, los gastos particulares de odontólogo deberían poder desgravarse en la Declaración de la Renta, y desde luego también los referidos a lentes correctoras. Debemos recordar que en estos apartados los trabajadores que cotizan a la
    Seguridad Social –la mayoría– no perciben ayuda alguna, privilegio restringido a los funcionarios que cotizan a la Mutualidad General de Funcionarios Civiles del Estado (Muface).

    Me extraña que no se levanten voces ciudadanas, individuales o grupales, reclamando la cobertura (parcial) de lo que supone una necesidad y no un lujo, ni que se apunte la pertinencia de desgravar por gastos necesarios para la preservación o mejora de la salud. O si se alzan, no se escuchan. En cuanto a la voz profesional, recientemente el
    Consejo General de Odontólogos la ha alzado: "Dentistas piden más prestaciones en el SNS".

    ¿Decidirá algún día el Ministerio de Sanidad (y Consumo) ampliar las prestaciones en salud bucodental? ¿O seguiremos siendo diferentes, cubriendo lo superfluo y obviando lo necesario?

    martes, 20 de enero de 2009

    Medicamentos y accidentes de tráfico


    Es bien conocido el riesgo de conducir bajo los efectos de muchos medicamentos, y sin embargo esta cuestión ha sido poco –o nada– valorada en este bendito país, donde habitualmente sólo se relaciona el alcohol, y acaso drogas ilícitas, con la tragedia circulatoria. En Francia han estimado en un 10% los accidentes de tráfico debidos al consumo de fármacos; un porcentaje significativo que hace reflexionar y sospechar que tal vez aquí pueda ser más elevado. Porque asistimos en nuestro tiempo a un consumo desmedido de los medicamentos más implicados: psicofármacos, especialmente ansiolíticos (benzodiacepinas), en muchos casos de manera continua y por tiempo indefinido, incluso sin expresa recomendación médica. Pero también analgésicos narcóticos (opiáceos).

    La información al ciudadano sobre las repercusiones de estos medicamentos –y de otros, como antihistamínicos, a veces formando parte de compuestos antigripales– en la conducción de vehículos ha sido hasta el momento muy deficiente. No se ha advertido con claridad de los riesgos (disminución de reflejos, embotamiento mental, somnolencia) y la venta en farmacias ha estado basada en el puro negocio (compruébese el bombardeo publicitario en los medios), a pesar de las buenas intenciones que parecen anunciarse. Tengo constancia de pacientes “polimedicados”, incluso profesionales del volante, que afirman desconocer el peligro que suponen en la carretera para ellos mismos y para los demás.

    Por diferentes razones, vamos a la cabeza en muertos y lesionados graves por accidentes de tráfico. Cualquiera puede comprobar las trampas existentes en muchas de nuestras carreteras, deficientemente conservadas, penosamente señalizadas o ridículamente iluminadas, pero no creo que seamos tan pésimos conductores. Sin duda, los medicamentos forman parte de los factores causales. Por ello debiera afrontarse seriamente este problema, informando adecuadamente, desaconsejando la automedicación y prohibiendo la publicidad perniciosa y/o engañosa.

    Las diversas cadenas televisivas nos brindan todos los días interminables horas de cotilleo, pero ni unos minutos para tratar cuestiones importantes como ésta. Que es Hispania poco dada a la prevención y a la educación ciudadana… O lo ha sido hasta la fecha, porque el Ministerio de Administraciones Públicas (MAP) ha decidido que los envases de los medicamentos incluyan un símbolo informativo o pictograma de advertencia a los conductores. Algo es algo. El MAP anuncia textualmente: “los envases de los medicamentos que puedan afectar a la conducción incluirán un símbolo informativo”. Desde aquí puedes acceder a esta información.

    ***
    Dos puntualizaciones. Ya hace muchos años, los países escandinavos se adelantaron en la prevención de accidentes por medicamentos, advirtiendo en los envases sobre el peligro de la conducción con psicotropos. Por otra parte, la OMS ha considerado 7 grupos principales de medicamentos que amenazan la seguridad del tráfico: 1) psicotropos como antidepresivos y diacepam, 2) somníferos, 3) antihistamínicos, 4)  analgésicos, 5) estimulantes, 6) antiepilépticos, 7) antihipertensivos.
    Continuación en:
    Medicamentos y accidentes de tráfico (2)

    Entrada a la música


    E
    l lenguaje sonoro, como inabarcable tronco que imparable se ramifica, o como creciente río al que inacabables variaciones afluyen, despertó los apetitos y los fue saciando, para acrecer de nuevo la apetencia en su fluir continuo de ritmos, melodías y armonías, mientras el gusto cambiaba y persistía, las sonoridades salían o se quedaban, desde la ligereza a las complejidades de la música clásica, del desnudo canto al sinfonismo orquestal, de la cuerda al viento, del folklore musical al jazz, del sonoro clímax a las profundidades del silencio.

    La irrupción volcánica de
    Beethoven dejó honda huella. Llegaron vientos eslavos con los vibrantes acentos de Dvorak y Tchaikovsky. Se impuso Mozart con su clasicismo inalcanzable. Me detuve en las líricas aguas de Schubert y de Schumann. El fascinante impresionismo de Debussy y Ravel no halló en mí la indiferencia. Arraigó la inmensidad de Mahler y se abrió el oído a la de Bruckner. La luminosidad de Falla y el universo de Stravinsky me colmaron. Y en la singularidad de Sibelius hoy reposo.

    El mundo extraño de los ritmos sincopados penetró por los poros musicales más transigentes, abiertos y flexibles a combinaciones no academicistas. Poco a poco… hasta hacerse necesario como el agua. Desde los equilibrados pioneros de Nueva Orleáns y el gran
    Louis Armstrong, comedido y melodioso, hasta las disonancias del Free Jazz. Y entremedias, Swing, Bebop, Cool… Negros y blancos con el innovador lenguaje de la negritud. Parker, Gillespie o Monk, y Baker, Mulligan o Getz. Suprema improvisación, ya inmortal, del arte sonoro.

    Entré a la
    música sin percatarme… y entró ella en mí para quedarse.

    lunes, 19 de enero de 2009

    Grandes compositores y desequilibrio emocional (1): Introducción


    Muchos creadores de arte han dado muestras de poseer un talante no del todo equilibrado, quizás por imperativo genético, por las circunstancias ambientales o por ambos factores asociados. Rebasar el umbral de lo admisible, de lo establecido como norma, en fin, de la medianía, distingue en ocasiones al artesano del artista, la obra simplemente aceptable de la excelsa o sublime. Adversidades y contratiempos parecen significar más bien acicate que rémora; aunque el dolor o el sufrimiento –debido mayormente a carencias básicas– no es un caldo de cultivo favorable para el desarrollo de las artes, que florecen mejor en situaciones de paz y prosperidad, a menudo espolean la imaginación de los humanos. El escritor Sthendal definió la enfermedad como “inventora de sensaciones” y Baroja, escritor y médico, escribió que “sufrir es pensar”. Sin embargo todo es relativo, porque en los períodos de postración psíquica la inspiración de los artistas suele ahogarse en territorios de sequía.

    Si escritores y poetas son bien conocidos en cuanto a sus desequilibrios no lo son menos los constructores de la magia sonora, del arte más excelso que nace y muere de continuo, y cada vez de modo diferente. Ciertamente hubo casos significativos de músicos aparentemente equilibrados que, a pesar de su juicio, alcanzaron gran altura creadora. Baste citar a Johann Sebastian Bach (1685-1750), que ha pasado a la historia como un extraordinario músico, de magna obra concebida durante una larga trayectoria vital –si la comparamos con otros grandes compositores que murieron a edad temprana– que no sufrió grandes desórdenes emocionales, considerando que quedó huérfano de padre a los diez años y que diversos avatares obstaculizaron su camino; pero se nos antoja paradigma del equilibrio formal y de la estabilidad emocional. O a Félix Mendelssohn (1809-1847), que tuvo todo a su disposición, en el seno de una familia adinerada e influyente, sin entregarse por ello a lo frívolo o intranscendente; en una corta vida, sin sobresaltos ni hundimientos significativos, logró una obra creadora digna de encomio. O a Johannes Brahms (1833-1896), enérgico, exigente consigo mismo, soltero vocacional, continuador de la tradición clásica en pleno romanticismo, con la suficiente frialdad para desechar sin reparo “las notas sobrantes”, controlador de su música y su espíritu, aun presenciando dolorosamente el deterioro y la muerte de su protector y amigo Robert Schumann, de cuya mujer, Clara, probablemente estaba enamorado, sin aspavientos discordantes con su natural discreción.

    Pero aquí nos interesan aquellos compositores cuya vida está plagada de conflictos interiores, que rayaron la locura o se adentraron en su oscuro reino, que de algún modo salieron de la norma y reflejaron sus cuitas o su amargura en el pentagrama. Y aunque reza el dicho que “de poetas y de locos todos tenemos un poco”, admitiendo como normal cierta dosis de extravagancia, en la historia de la música hay casos dramáticos de personajes que rebasaron la admisible y benefactora “locura”; algunos intentaron el suicidio y fueron recluidos. Hemos de considerar también como representativos de la destemplanza a compositores en extremo preocupados por la existencia, obsesionados con la muerte o con el trasmundo. ¿Qué hay allende lo visible?, se preguntaban con abrumadora insistencia, angustiados en el filosófico cuestionamiento que limita al hombre pensante desde remotos tiempos.
    Con alguna de las peculiaridades referidas podrían tener cabida muchísimos músicos, pero en una muestra representativa debemos ser selectivos.
    ***
    Hasta aquí una larga introducción a los grandes compositores de la música occidental que presentaron algún tipo de desequilibrio emocional, incluso trastornos psíquicos graves, en contraste con una labor creadora plena de equilibrio. Músicos que tuvieron relación con médicos y psiquiatras de su tiempo, que dejaron huella en su correspondiente época y cuyo interés todavía persiste, por sus vidas y por sus obras, perdurables como legado intemporal. Por si te interesa el tema, dejo el enlace al artículo completo publicado en Filomúsica (revista electrónica de música culta):  

    Burocracia médica


    La burocracia médica en Atención Primaria de Salud es un factor determinante de la presión asistencial y del tiempo disponible para cada paciente. ¿Por qué?, se dirá el profano. Pues porque los preceptivos trámites burocráticos (renovación de recetas, partes de incapacidad laboral, informes y formularios diversos) provocan aumento de la demanda y, en consecuencia, merman sustancialmente el tiempo disponible para la atención a los pacientes.

    Frente al exceso de burocracia en AP, se habla de desburocratizar el sistema, de simplificar el innumerable papeleo. La respuesta a este problemático apartado incidiría positivamente disminuyendo la presión asistencial, al reducir la demanda por cuestiones no médicas.

    De cualquier manera, hay una burocracia médica útil, imprescindible, y otra burocracia médica inútil, prescindible (rutinaria y fastidiosa). Un hecho indiscutible que, de entrada, me impulsa a realizar las siguientes propuestas sensatas.

  • Mantener sólo documentos ineludibles: hojas de interconsulta, hojas de solicitud de pruebas complementarias, partes de enfermedades de declaración obligatoria.
  • Reconsiderar documentos discutibles (prescindibles o mejorables): partes de incapacidad temporal (IT), informes sociales, formularios de solicitud de material ortopédico.
  • Desestimar documentos inútiles o improcedentes (no pertenecientes a la atención pública de salud): informes para “visados”, “justificantes” para empresa, certificados específicos (deportivos, patroneo de yate y otros).

        • En buena lógica, habría que mantener únicamente la burocracia realmente útil, por el bien de todos y por la buena salud del sistema sanitario. Pero es tal el problema hispánico del exceso burocrático, está tan arraigado, que parece consustancial a la condición ibérica (excluyendo Lusitania), y tildado por los más críticos de burrocracia. Los médicos han clamado durante años y los dirigentes sanitarios, en general, han preferido mirar para otro lado, como si no les incumbiese o ebrios de eficiencia, sin reparar en el aforismo de Peter Drucker: “No hay nada más inútil que hacer eficientemente aquello que no debería hacerse de ninguna manera”. 

          El malestar suscitado por la imposibilidad de atender con un mínimo de calidad a los pacientes, por la falta de tiempo en consulta, fue razón suficiente para la creación, en el año 2000, de la Plataforma 10 Minutos, con el lema de 10 minutos por paciente, 25 pacientes por día y 1200 personas por médico. Además de esta plataforma estatal, se han formado más recientemente otras organizaciones específicas contra la rémora burocrática, autonómicas y provinciales, como el Grupo AntiBurocracia de Madrid, activo desde enero de 2008.

          La lucha antiburocrática es ardua, agotadora y, muchas veces, desmoralizante, cuando la justa aspiración se torna utópica. Hasta ahora ha sido una guerra de guerrillas; no se ha planteado una batalla general y coordinada. Por eso la recompensa ha sido escasa: quizás pequeños logros, útiles en un ámbito geográfico determinado, pero no en la globalidad del territorio. Y pese a todo, los médicos de familia no se rinden. LA LUCHA CONTINÚA.

          domingo, 18 de enero de 2009

          Decálogo para el buen médico general


          Hace tiempo, se me ocurrió elaborar un decálogo de breves recomendaciones, a modo de paremias, con la finalidad de que me sirviese de permanente recordatorio en mi actividad como médico general; una cuestión de ética profesional. Creo que podría serle útil a otros colegas, e incluso a otros profesionales, por eso lo hago ahora público. ¡Que lo aproveche quien lo desee!
          1. Ten presente que es imposible saberlo todo de todo.
          2. Esfuérzate en conocer lo fundamental y ser razonablemente competente.
          3. Procura tener las ideas claras en vez de un batiburrillo en la sesera.
          4. Abstente en todo caso de actuar si tienes dudas.
          5. Considera cada amanecer que “estar al día” no significa estar en lo cierto.
          6. Tus habilidades caerán en saco roto si no las empleas.
          7. Admite las carencias con humildad y pide consejo si es preciso.
          8. Actúa en todo momento con discreción y despréndete de la soberbia.
          9. Recuerda que una sonrisa puede romper la mayor de las barreras.
          10. Reconoce tus humanos errores si deseas alcanzar la terrenal sabiduría.
          RESUMIENDO: Piensa siempre que no eres imprescindible, pero sí necesario.

          El poder de la música


          Nadie puede negar el efecto que sobre los hombres producen las melodías y los ritmos musicales. Los propios sonidos de la Naturaleza influyen en el estado anímico, habitualmente acariciando y llenando de sosiego, pocas veces enardeciendo los humores y cargando el espíritu de inquietud. Por el contrario, los ruidos ambientales de los que difícilmente podemos escapar, ejercen otro tipo de influjo, mayormente negativo, que perturba, solivianta y desasosiega. Y para contrarrestar lo que nos amenaza y desequilibra, contamos con el poder de la terapia sonora…
          ***
          Ésta es la introducción a El poder de la música y a los beneficios de la Musicoterapia, artículo de un servidor publicado en OpusMusica (revista electrónica de música clásica), al que puedes acceder desde AQUÍ.

          Preludio musical: Sonoridades


          Sonidos de la Música, de la misteriosa forma del tiempo, del arte supremo que nace y muere de continuo en un pasar efímero, y sin embargo eterno cuando queda el aire embriagado de su mágica fuerza benefactora

          Sabemos de melodías, envueltas o no en complejas armonías, que enjugan amargas realidades. Esas gratas sonoridades son más una necesidad básica que un fenómeno pernicioso –como, creo recordar, consideraba Goethe– que obceca la razón e impide el desarrollo de otras tareas. Si bien la música de consumo que atruena a todas horas, mecánica e intranscendente, se hace torturadora y despreciable, aquella libremente elegida y dosificada supone un hálito vivificador y un estímulo para nuestras mentes.

          Las múltiples sonoridades pertenecen al mundo común de la música, sin calificativos añadidos. Una división simple de la ars sonora llevaría a calificarla coma buena o mala, bajo criterios técnicos objetivos. Pero la diversidad obliga a hacer diferencias según concepciones estéticas, sin que sea necesario realizar múltiples y confusas parcelaciones. En este sentido, el gran virtuoso de la guitarra portuguesa Carlos Paredes, en su faceta musicológica, consideraba la división de la música en tres clases: Erudita, Popular y Ligera.

          La música Erudita o culta coincidiría con la extendida denominación, en el mundo occidental, de Clásica. La Popular sería la de raíz, rural, de autor generalmente desconocido, es decir Tradicional o Folk (Étnica, si queremos, o incluso englobada en el término anglosajón de “World Music”). Finalmente, la Ligera, sin ningún matiz peyorativo, sería la Urbana, bien difundida por los medios y principal fuente de negocio. Esta última abarcaría el Pop, el Rock y demás músicas urbanas expandidas especialmente desde la segunda mitad del siglo XX.

          Pero ¿dónde meteríamos el Jazz, verdadera revolución musical del pasado siglo? Este emocionante lenguaje (¡su magnetismo alcanzó a músicos clásicos!), basado en un tratamiento original del material sonoro resultante de la introducción de elementos africanos en la música culta americana de herencia europea –expresión de una tradición negra a través de los medios que el blanco le proporcionó–, rompió moldes y transgredió las reglas que encorsetaban la creación académica. Por ello el Jazz, cuya esencia es la improvisación, el desarrollo de variaciones melódicas y el ritmo, tiene entidad propia.

          Entonces, podríamos concluir con esta sencilla y práctica división de la música: Clásica, Tradicional, Urbana, Jazz. Cuatro grupos que no impiden subdivisiones; la clásica, por ejemplo, podemos subdividirla según épocas y géneros: antigua, renacentista, barroca, romántica, contemporánea, camerística, pianística, sinfónica, vocal, etc. Con todo, hoy en día se experimenta con las combinaciones más extrañas y se habla abiertamente de “fusión”; un término, rechazado por los puristas, que pretende la unión manteniendo un equilibrio.

          Dejemos aquí la anecdótica fusión… para evitar la confusión. Quedémonos con el arte resultante de la armonización de sonoridades y, enlazando con el comienzo, dejémonos embriagar por su mágica fuerza benefactora.

          Atención Primaria de Salud: razones de los médicos para quejarse


          Los
          jueces se quejan de que carecen de medios, materiales y humanos, y de que los juzgados están sobrecargados. Los educadores de que se invierte poco en la enseñanza y de que han perdido su autoridad. Y hasta el presidente del Real Madrid se queja ahora, desde su posición de privilegio; dice que está sometido a una gran presión y que ya no puede más. Quejas desde dos pilares básicos de la sociedad, Justicia y Educación, y desde el principal soporte del entretenimiento de masas, el Fútbol.

          Y el otro pilar básico, la
          Sanidad, y particularmente los médicos de su primer nivel, ¿de qué se quejan? Los facultativos de la Atención Primaria de Salud (médicos generales, de cabecera o de familia) se lamentan de lo mismo… y de algo más. Como los jueces, de que carecen de medios y de que los centros de salud están sobrecargados. Como los educadores, de que se invierte poco en salud pública y de que han ido perdiendo su autoridad, en el buen sentido. Como algún presidente futbolero, pero sin prebendas, de que están sometidos a una presión asistencial cada vez mayor y que, por ello, ya no pueden más. Y además, porque la creciente burocracia médica acelera su queme profesional.

          Indudablemente, los médicos tienen razones bien fundadas para quejarse. Por su propio bien y, sobre todo, por el bien de los
          pacientes a los que se deben.