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La sociedad “civilizada” ha evolucionado de tal modo que se hacen necesarios planteamientos dirigidos a salvaguardar la integridad de sus miembros. No sólo las barreras arquitectónicas obstruyen el libre movimiento de los individuos con minusvalía, también los de plenas facultades físicas se ven amenazados por el ambiente. En este hábitat humano que hemos creado, no son los árboles que caen ni los animales que acechan los que engendran peligro, sino las moles de hormigón y acero, el asfalto, los contaminantes químicos y el ruido artificial los que agreden a los humanos organismos y a los espíritus que albergan. No hablemos de inseguridad vial, provocada por señalización deficiente, iluminación escasa o inexistente y peligrosos guardarraíles o “quitamiedos”. Mientras se buscan raudos beneficios y ventajismo social, se desatiende la estabilidad físico-mental de las personas. Las urbes llegan a hacerse molestas y agobiantes.
Por lo general se urbaniza sin atender al regocijo visual y a la relajación saludable; muchas construcciones son dañinas a la vista, impactantes en sentido negativo (los centros de salud no son excepción). Parecieran sabios los arquitectos de tiempos pretéritos, atentos al equilibrio de las formas, proyectistas de urbanizaciones armónicas y acogedoras. No encomiando lo pasado ni despreciando lo presente, si prestamos atención a cualquier gran ciudad nos daremos cuenta de que los encantos que se realzan para atraer a los foráneos se deben mayormente a pioneros, a diseñadores que en un inicio erigieron hermosos edificios, equilibradas plazas y acogedores jardines. Hoy se construyen gigantescas áreas residenciales, con sus hipermercados adyacentes, sin considerar la creación de zonas verdes o alamedas en razón al número de habitantes que albergan. Sí, hay nuevas áreas recreativas y parques infantiles, pero ¿no son en gran medida meros golpes de efecto populistas de algún gobernante caradura?
Una ciudad, pongamos de 50.000 habitantes, que dispone de un gran espacio verde, si llegase a los 100.000 debería disponer al menos de dos; y por esa misma relación, si alcanzase los 300.000 cabría esperar que fuese merecedora de al menos seis. Desgraciadamente no suele ser así en el territorio patrio. Si en un principio contaba con una modesta población y poseía un parque ajardinado, al ir creciendo probablemente seguirá con el mismo, o, si surge el milagro, le concederán la gracia de otro atavío natural, y gracias. Parece un mal congénito. Además, hay barrios que tienen un parque que no es parque ni es na…
Continúa: 2ª parte
El parque - Víctor y Diego
¡Caminamos por nuestras calles y ciudades y no gritamos de vergüenza ante tales desiertos de fealdad! Walter Gropius
***
Y como complemento, un poema propio sobre un descuidado parque infantil.
EL PARQUE
A ese parque infantil arrinconado en una sucia esquina
como cualquier desecho, feo, triste, sombrío,
sangre joven que por su seno bulle y unas voces alegres
lo han tornado lozano, inmaculado ante mis ojos críticos.
Sobreviven en él columpios oxidados,
deforme arco gimnástico y oscuro tobogán descolorido,
por inquietos infantes, sudorosos, maltratados
en las ruidosas horas, cuando el dios de la luz presta su brillo.
Tiene un surtidor de agua que atrae a los pequeños,
donde perdidas fuerzas recuperan de continuo;
al ser utilizado de arma acuática –¡qué máquina artillera!–
también de juego sirve a los traviesos niños.
Desde los sobrios bancos las madres vigilantes, bien atentas,
disparan las miradas a distancia velando por sus hijos.
¿Y qué más? Pues arena, piedras, charcos, inmundicias,
matas, maleza, abrojos,
hojas muertas en un aire empobrecido.
Parece basurero más que parque; pero entre giros,
balanceos y saltos, risas tiernas lo convierten en jardín florido.
Con la luz desvaída
poco se escucha... Se hace el silencio.
Palidece la tarde
y el parque se enturbia, el parque marchito.
Los dedos de la noche lo deforman…
Qué macabras
ahora las inmóviles siluetas
de artilugios malheridos
por el tiempo.
Qué horribles al perderse entre las sombras
se ven, aun más dañadas por la mano
del olvido.
[1995, sep]
Ciertamente hemos sido auténticos expertos en el arte de arruinar muchas de nuestras bellas ciudades y en el destrozo y el mal hacer urbanístico. No obstante, hay que romper una lanza en favor de los intentos, cada vez más numerosos, de construir racionalmente y de humanizar y conservar los entornos urbanos. (Aunque también es verdad que esos intentos se suelen topar siempre con el politiqueo y la codicia).
ResponderEliminar¡Qué preciosa la canción de Víctor y Diego! Nosotros todavía la cantamos mucho (cuando vamos a nuestro antiguo barrio a visitar a la abuelita y vemos su viejo parque) No lo podemos evitar ¡qué sentimentales nos vamos volviendo con la edad!
Muchos besos, mi querido José Manuel.
Por aquí, querida Lola, se dice "humanizar las calles" por el hecho de peatonalizarlas. Después de haber "automovilizado" los espacios urbanos se pretende el retorno a poblaciones más vivibles, en un intento casi imposible sin derribar manzanas enteras. Hubo mucho ladrillazo y ahora, en medio del asfalto, se añora el verde natural circundante. En fin, no quiero volverme sentimental cuando aún resuenan en mis oídos los últimos compases de la 5ª Sinfonía de Tchaikovksy, que acabo de escuchar en una impresionante interpretación de Celibidache al frente de la Filarmónica de Munich, grabada en concierto.
EliminarHumanos bicos.