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miércoles, 7 de enero de 2026

Esa alma de médico


Sobre la dificultad de afrontar el ejercicio de la medicina en todo tiempo y, por supuesto, en los tiempos que corren, nos hace reparar en el alma de médico. Porque para ejercer la profesión médica con la necesaria dignidad y la entrega que va más allá de cualquier ganancia material, es necesario un compromiso ético que no todos están dispuestos a asumir. Y para eso hace falta un espíritu especial. No valen la debilidad ni la inquietud; son precisas una fortaleza interior y una paciencia infinita. Pensamos en esto como tantas veces, de la misma forma y de diferente manera, en un mundo cambiante que no lleva un rumbo claro.

Joseph Haydn: Cuarteto op. 76 n.º 3. II: Poco adagio; cantabile

sábado, 3 de enero de 2026

Conversión condicionada (Segunda parte)

Foto de autor del blog
 

Isabel Saldaña llegó al centro hospitalario con un hálito de vida. Los cirujanos intentaron mantener sus constantes vitales mediante aporte intravenoso de líquidos y transfusiones de sangre, respiración artificial y cardiotónicos. Adolfo Nedar se lamentaba de que su condición de dermatólogo no le permitiese ser útil, aguardando con fe junto al incrédulo Luis Bagasi a que se abriese la puerta de acceso al quirófano y les diesen la noticia que, impacientes, deseaban. Lamentablemente, al salir del quirófano uno de los cirujanos les anunció lo peor con el movimiento de su cabeza. 

El desgraciado Bagasi lloraba desconsoladamente, como nunca antes. Nedar apoyaba su mano diestra en la espalda del amigo, transmitiéndole su hondo pesar y tratando de aminorar su indescriptible dolor. Un duro e inesperado golpe para quienes poco antes tenían el ánimo alegre, dispuesto para la diversión y el deleite. 

Remontando esta dolorosa escena, no cuesta adivinar lo que habrá pasado por algunas cabezas. Los más castos habrán emitido su particular censura, por el hecho de que un hombre casado y otro en ciernes hubieran salido de pendoneo. Habrán visto en ello una conducta pecaminosa y, posiblemente, habrán sentido piedad junto al reproche. Y cualquier malpensado habrá supuesto, maliciosamente, que Isabel Saldaña tampoco estaba en el lugar del crimen por casualidad. Pero no dejan de ser especulaciones.

Lo cierto es que ella había regresado anticipadamente. Tras su última interpretación, recibida con un éxito sin precedente, el director de una gran compañía teatral la había contratado, publicitándola como una de sus principales actrices. Quería darle en persona la gran noticia a su marido, por eso adelantara su regreso. Así de simple. Había llegado a la ciudad sobre las once y media, y ya pasaba de la medianoche cuando la encontraron malherida. Buscaba un taxi que la acercase hasta la casa que ella y Luis habían arrendado en el pueblo de Valdovirio, en tanto no concluían las obras de la propia (ya a punto de estar habitable), en Ferrulia, la ciudad próxima donde se encontraban y Adolfo residía, cuando un salteador nocturno la obligó a desviarse hasta un estrecho callejón, solitario y lúgubre. Isabel estaba dispuesta a darle lo que llevaba consigo, pero aquel desalmado pretendía algo más. Al oponerse con firmeza a sus lascivos deseos, sufrió la terrible agresión que acabaría con su último aliento.

Duro golpe para sobreponerse, imposible de olvidar. Su amor era verdadero. Comprensible el odio engendrado en el compañero desposeído de su mejor prenda, que le impedía perdonar como el buen cristiano debe. Adolfo Nedar, bueno en el sentido literal de la bondadosa cualidad, trataba de aplacar inútilmente la furia que Luis Bagasi esperaba descargar tan pronto conociese la identidad del criminal.

—¡Lo mataré con mis propias manos! —afirmaba soliviantado el viudo reciente.

—Debes dejar todo en manos de la justicia –aconsejaba el prudente Nedar, tratando de aquietar su cólera—. Y, por supuesto, de Dios.

—¿De qué justicia me hablas? ¿De ésa que deja al criminal sin castigo y a la víctima sin consuelo? ¿Y de qué dios? ¿De ése que consiente el sufrimiento y el dolor de los débiles? —se encaraba Bagasi a su bienintencionado amigo, que bajaba la cabeza con soberana humildad—. Si antes tenía algunas dudas, ahora ya no creo en nada.

Después de descargar lágrimas de duelo y aligerar momentáneamente su pena, el que acababa de enviudar consiguió controlarse. Respirando más calmado, comprendía la buena voluntad del médico dermatólogo y le daba muestras de gratitud.

—Perdóname, Adolfo… Nunca olvidaré tu apoyo, amigo mío.

—Sé que tú harías lo mismo.

***
Durante unos minutos el aire fue benigno y las respiraciones cadenciosas. Pasados los cuales, de súbito, Bagasi, enrojecido y abotargado, comenzó a sudar profusamente, adentrándose en un insólito delirio febril.

—Contra mis ansias de venganza —decía el viudo de Isabel Saldaña— vienen a mí las palabras de San Manuel Bueno...

De esta manera, comenzó a referir pasajes del relato que tanto le había impresionado, como si tuviese sus páginas abiertas ante sí, y haciendo las consideraciones que le parecían oportunas en su infinita desgracia. 

—Me pongo en el lugar del personaje receloso de esa singular novelita, quien tras la muerte de su madre cambia la suspicacia previa por admiración hacia el cura, protagonista de la narración, al que acaba viendo como un santo. ¡Los acontecimientos cruciales hacen cambiar nuestra existencia! Ahora entiendo su cambio repentino... «Es un hombre maravilloso», le comentaba el receloso a su hermana, la más ferviente admiradora del religioso, don Manuel, que en el fondo era un descreído. Parecía haberse convertido sin esperarlo. El cura, dubitativo, sentía la llamada suicida; y el otro, antes desconfiado y ahora converso, se llenaba de alegría… 

—Ya ves, Luis, el que parecía creyente en función de sus votos no lo era tanto, y el impío resultó convertido —dijo Nedar, sin pretender un parangón con don Manuel. 

—A mí no me gusta el fingimiento –continuó Bagasi, con voz más impostada y trascendente–. Estoy harto de falsedades y de engaños. Don Manuel confesaba: «Cualquier religión es verdadera en cuanto haga vivir espiritualmente a los pueblos y consuelen a los individuos, en su sufrimiento y en el trance inevitable de morir. Mi creencia me sustenta y marca mi cometido: consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío». Lo suyo parecía sacrilegio, una actitud hipócrita y un engaño a sus parroquianos. Estaba seguro de que la gente creía sin querer, por hábito, por tradición. «Y que viva en su pobreza de sentimientos para que no adquiera torturas de lujo. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu!», decía. ¿Te das cuenta, Adolfo? Aconsejaba creer sin complicarse con inútiles razonamientos.

Absorbido por su propia perorata, se detuvo brevemente para enjugarse el sudor. Luego, con un sonoro esfuerzo, tomó aliento y recapituló.

—¿Te das cuenta? Lo importante es hacer felices a los demás, aunque vivan en la ignorancia. Y en eso radica la propia santidad, independientemente de que la creencia sea mera apariencia, de que sea fingida. Sí, eso es lo que importa, ser santos…

Adolfo Nedar escuchaba el delirante discurso de su desgraciado amigo, sin osar siquiera hacer ningún inciso. Fuera de contexto habría de suponer que estaría alienado, y aun sabiendo que no era así se sentía incómodo y albergaba cierto temor, pues es sabido que de la cordura a la locura hay un insignificante trecho. Callado y resignado, seguía con atención el doloroso soliloquio del desafortunado.

—Enlazados en intimidad, paseaban los dos a orillas del lago… Ya sabes, el lago de Sanabria, el mismo que según la leyenda inundó la aldea de Villaverde de Lucerna por castigo divino, por no cobijar sus gentes a un peregrino que resultó ser Jesucristo. Pues por allí paseaban el recién retornado, y convertido, y el santo varón. Don Manuel reconocía su tentación mayor, la del suicidio, heredada de su padre. «¡Y cómo me llama esa agua con su aparente quietud –la corriente va por dentro–, espeja al cielo! Mi vida es un combate contra el suicidio», declaraba al viento. Y decía también entre otras cosas: «A la cabecera del lecho de muerte de los enfermos terminales he visto toda la negrura de la sima del tedio de vivir. ¡Mil veces peor que el hambre! Sigamos suicidándonos… y que el pueblo sueñe su vida como el lago sueña el cielo».

Metió aquí freno a su discurso y entornó los ojos. Fueron unos breves instantes de eternidad en los que se escuchaba la paz del silencio. Un silencio que no era música. Enseguida tomó aliento y pronunció con el mayor ímpetu: 

—¡Ay, Adolfo! ¡Expulsemos el menor atisbo de egoísmo y entreguémonos al prójimo! ¡Creamos ciegamente por el ajeno bien! ¡Sacrifiquémonos, suicidémonos por nuestros semejantes! ¡Por todos, sin excepción! ¡Incluso por los asesinos!


El dermatólogo seguía impertérrito comprobando hasta qué punto se había desquiciado su mejor amigo. No sabía bien cómo actuar para confortarlo; ahora deseaba con toda el alma ser especialista de la mente. Su pecho albergaba un molesto sentimiento de culpa, y anhelaba que Bagasi diese fin de una vez a su desahogo verborreico, al tiempo que comprendía la necesidad de que siguiese desfogando su inmensa pena y buscase una compensación anímica en la caritativa entrega a los demás. Por eso escuchó con atención lo que le faltaba por decir al doliente viudo. 

—Ya en el ocaso de su vida, recordaba don Manuel la fatalidad: «Dice la Escritura que el que le ve la cara a Dios, que el que le ve al sueño los ojos de la cara con que nos mira, se muere sin remedio para siempre». Y llegó el último día de aquel santo varón, de aquel San Manuel Bueno, de aquel mártir. Y entonces el convertido le hablaba a su hermana como un recién iluminado: «Él me hizo un hombre nuevo, un verdadero Lázaro, un resucitado. Él me dio la fe. Él me curó de mi progresismo... –hizo una pequeña pausa para deglutir y continuó–. Porque hay dos clases de hombres peligrosos y nocivos: los que convencidos de la vida de ultratumba, de la resurrección de la carne, atormentan, como inquisidores que son, a los demás, para que, despreciando esta vida como transitoria, se ganen la otra; y los que no creyendo más que en ésta...». 

Se detuvo otra vez para coger un nuevo impulso y espetar sañudamente:

—Sí, como él mismo. Y como don Manuel. ¡Y tal vez como yo! Y, seguramente, como tú mismo, Adolfo. ¿No es así? ¿Acaso no perteneces a estos últimos, lo mismo que yo? ¿Lo niegas? ¡Oh, Satanás!... ¡No te calles! ¡Responde!

Agarrando al desconcertado Adolfo por la solapa de su americana, lo zarandeaba tratando de obtener una respuesta a su demanda, con tal ansiedad que el sudor le corría raudo por el hinchado y encendido rostro. En el aprieto, el dermatólogo se vio obligado a responder para sosegar aquel mar embravecido que estaba a punto de ahogarlo.

—Claro, claro... Yo soy como tú, Luis, de los que creen solamente en este mundo, que fingen no creer en el otro y se congratulan sabiendo que otros creen de verdad en lo que no ven –dijo esto apresuradamente y se sintió aliviado como pocas veces en su vida.

Y Bagasi, complacido en parte con la contestación de Nedar, prosiguió, moderadamente sosegado, con el hilo de la cuestión ya en su tramo final.

—Además, don Manuel le había revelado al converso su incertidumbre: «Creo que más de uno de los grandes santos, acaso el mayor, ha muerto sin creer en la otra vida». Y llegó también su propia hora, creyendo no creer. Y, rizando el rizo, me pregunto nuevamente: ¿Y yo creo? ¿Y tú, Adolfo, crees? ¿Verdaderamente creemos?...

En este punto, Luis Bagasi volvió a llorar amargamente, mientras Adolfo Nedar mantenía un angustioso silencio. Se alegraba éste de que aquél no tuviera hijos, porque habrían de sufrir por la pérdida de la madre y viendo al padre destrozado. También se identificaba el dermatólogo con las palabras del pragmático trabajador de banca, del hombre engañosamente duro y realmente sensible que acababa de perder a su esposa, a la que tanto amaba y por la que ese día derramaba más lágrimas que en toda su existencia, mientras balbucía: «Ya nunca la volveré a besar». 

Aquí el introspectivo especialista del tegumento, empapado en lo poético, se hacía cargo de un pensamiento valeriano: «Lo más profundo es la piel».

El doctor Nedar, afortunado de poder seguir compartiendo su vida con Elena, trataba de analizar los párrafos que su pobre amigo había extraído de la lectura del patético libro, debatiéndose con el principal interrogante, que a la mayoría nos desplaza, a uno y otro lado, sin cesar: «¿Yo creo?». Y se respondía con ambigüedad: «Sí y no». Finalmente, repetía su autoconsuelo: «Tengo la ilusión, vivo con el bello sueño de la inmortalidad». Lo mismo que el desdichado Bagasi, que creía escuchar el «Lacrimosa» del Réquiem de Mozart, que a él tanto le gustaba y cuya interrupción había sentido, sin querer reconocerlo, como si se tratase de una oscura premonición. 

Y ahogada su rabia, cobijado en la música, Luis sintió cierto consuelo con el mejor recuerdo de Isabel, que desde una lejana cercanía le sonreía. Por eso no se abismó en las aguas del lago. Por eso no se entregó al cercano mar espoleado por el norteño viento. Por eso logró sobreponerse a su dolor y, a pesar de todo, continuó viviendo.

[1997, 31 oct.-4 nov.]
[Fragmentos del poema «Misterio»: 1994, nov.]

«Lacrimosa» del Requiem de Mozart

viernes, 2 de enero de 2026

Conversión condicionada (Primera parte)

Foto de autor del blog
 
[Relato, editado en dos partes]

...como se quedan los lagos y las montañas y las santas almas sencillas asentadas más allá de la fe y de la desesperación, que en ellos, en los lagos y las montañas, 
fuera de la historia, en divina novela, se cobijaron. 
MIGUEL DE UNAMUNO, San Manuel Bueno, mártir

Dejó el libro en un estante y permaneció meditabundo unos instantes. El grave cántico del viento norte, que sonaba poderoso y amenazante, en sus más agudas estridencias emitía un pavoroso lamento al colarse por huecos y rendijas. Inmerso en la tempestuosa y plomiza tarde, se amedrentaba su voluble espíritu. No siendo hombre cobarde, era consciente del galope de su corazón, sensible al espoleo de las fuerzas de la naturaleza. De niño, los timbales del trueno le empequeñecían, y aún de adulto se sentía insignificante y frágil, abrumado por la magnitud de los fenómenos meteorológicos, por más que cíclicamente pareciese agrandarse y fortalecerse. No se estremecía por el temor a ser despedazado por un rayo, sino por las desazonadoras reflexiones que le llevaban a considerar las metafísicas preguntas, las mismas con las que ha lidiado la razón humana desde que la evolución –o el divino designio– así lo ha permitido. El joven Luis Bagasi experimentaba un temor de infancia al contemplar las rompientes de un mar envuelto en brumas, oscurecido por el gris que lo abrazaba hasta tornarse todo negra noche prematura. Y la música del viento acompañaba adecuadamente aquel marco sombrío, que visionaba tras la ventana de un hogar de circunstancias.

El timbrazo le hizo salir de la honda abstracción en la que se hallaba.

—¡Ah!, eres tú Adolfo. Anda, pasa, que el día está para quedarse en casa.

—¡Qué manera de llover! ¡Es un auténtico diluvio! Creí que no daba llegado... ¡Uf! –exhalaba el visitante, mientras se aligeraba dejando en el perchero de la entrada un chorreante impermeable amarillo.

—No sé cómo se te ha ocurrido venir hoy a Valdovirio —le espetó Bagasi con tono de reproche, más de velado contento por la visita del amigo, llegado a este pueblo desde la ciudad de Ferrulia, a unos treinta kilómetros de distancia.

Adolfo Nedar, un melómano extremo, habría acudido a la cita en cualquier condición, habiendo ocasión para sumirse en su mayor debilidad. Era un médico humanista, especializado en dermatología y apasionado por las sonoridades.

—¿Acaso no habíamos quedado? —reaccionó con suave entonación.

—Es verdad, pero... Bueno, ¡da igual! Pasa al salón y acomódate.

Con extremada delicadeza, el comedido Nedar tomó asiento y desenvolvió sin dilación un paquete que contenía media docena de discos musicales. Los manipulaba como si de un preciado tesoro se tratase.

—Traigo las obras que te prometí —dijo el recién llegado.

—¡Déjame ver! —expresó su emocionado deseo el anfitrión, iluminado el rostro al comprobar que el amigo le brindaba algunas de las piezas grabadas que anhelaba escuchar—. ¡Ah, sí! ¡Qué maravilla de composiciones! Y los intérpretes son de primer orden... Voy a poner esto inmediatamente.

Luis Bagasi puso en funcionamiento el reproductor de discos y comenzaron a sonar las notas celestiales y armoniosas de la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach. En su opinión, jamás se había escrito nada más sublime. Bajo el embrujo de las voces y la orquesta permanecieron ambos, con los ojos entornados, inmersos en otro espacio, ausentes de la realidad, dejándose mecer por melódicas sensualidades, siendo la enorme partitura reflejo del más excelso sufrimiento. 

Al finalizar la selección de la gran obra bachiana, una muestra suficiente de su sonora inmensidad, profirieron al unísono: «¡Soberbio!».

Disfrutaban como si fuese una audición en vivo. Los dos amigos diferían en ideas, hasta casi el extremo del antagonismo, y sin embargo se sentían cautivados por el supremo arte de los sonidos. Y aunque se complacían con la música en general, la saboreaban de diferente manera. Bagasi era más afín a las aparatosidades sonoras decimonónicas y a las disonancias postrománticas que a la serena armonía barroca y al perfecto equilibrio clásico. Lo contrario que Nedar. Pero independientemente de épocas o estilos, ambos reconocían su incontinente goce melódico.

Tras una obligada pausa para dar a los cuerpos el aporte calórico que demandaban (jamón, queso, dátiles y almendras) y el líquido oportuno (cerveza y vino), estuvieron de nuevo dispuestos a recrearse en otra escucha, esta vez elegida por Adolfo: El Réquiem de Mozart, la controvertida obra póstuma del genio inigualable. Y cuando principiaba a desvelar el disco las ricas armonías que albergaba, al poco de los primeros compases del «Introitus», quedó frustrada la velada por un inesperado apagón. 

—¡Vaya por Dios! —exclamó Nedar con resignación—. Nos quedamos sin luz.

—¡Mierda! –fue la vulgar reacción de Bagasi, manifiestamente indignado–. Está pasando con demasiada frecuencia; van tres veces este mes y estamos a día nueve. Ya pasa de la raya. ¡Mañana mismo voy a presentar una queja formal!

—Pero si mañana es domingo...

—Pues el lunes. ¡El lunes sin falta!


A oscuras, había que alumbrarse con primitivos medios, socorridos en fastidiosos momentos como éste. A la luz de las velas, se lamentaban de la fatalidad, y Bagasi lanzaba imprecaciones contra la compañía eléctrica. «Cada vez cobran más y dan peor servicio», fue lo más delicado que dijo. El temporal había amainado; el viento no soplaba con el vigor que había mostrado unas horas antes y ya apenas llovía. No existía una aparente justificación para el corte del suministro eléctrico. Eso irritaba al dueño de la casa. El visitante, bien diferente en temperamento, sabía asumir serenamente los contratiempos, y en este caso no hacía excepción. 

—Es mejor tomar las cosas como vienen —decía con voz apacible el flemático Nedar—. Hemos de conformarnos. Si es la voluntad de Dios, debemos acatarla.  

—Querido Adolfo, me parece que estás muy imbuido de religiosidad; o quizás de estupidez. Sometes tu voluntad a la de un ser que yo todavía no he logrado desentrañar. Según veo, tú lo tienes claro, y a mí me cuesta creer. ¿Por qué?

Antes de responder, el aludido se tomó una pausa reflexiva, sosegadora para él y enojosa para el colérico Bagasi. Con tono paternal dejó caer su abrasadora calidez:

—Porque no te esfuerzas en tener fe, Luis; placentera y luminosa fe. Si lo hicieses, verías las cosas de otra manera, con sosiego y alegría.

El aire de bondadosa ternura de Adolfo Nedar, no exento de afectación, contrastaba fuertemente con la réplica inmediata.

—¡Anda, no seas idiota! ¿Pretendes que me entregue como tú, sin saber del más allá, como un ignorante que boquiabierto traga todo cuanto le cuentan? ¡No! A mí me puede gustar la música religiosa, como etérea belleza que transita el espacio y se disipa, dejando acaso una huella imborrable en el alma, pero no un estigma de convencimiento de que dependo de la voluntad de un dios. No soy tan simple.

—Yo en ocasiones también dudo —prosiguió Nedar con el mismo tono dulce y embaucador—. Pero lucho y me convenzo, reiterando el amor cristiano que le tengo a Dios. Al verdadero Dios. Al de mis padres y al mío. Que también puede ser el tuyo.

—Hablas como un predicador trasnochado. Parece mentira, Adolfo, que seas tan dado al mundano materialismo (buen coche, magnífica casa, grandes viajes...) y me largues un discurso colmado de misticismo. A mí no me engañas… ¡Entiéndeme! Yo no niego, pero tampoco creo ciegamente lo que no puedo constatar.

Permanecían en la estancia sentados, uno al lado del otro, en la posición que los sorprendiera el cese del suministro eléctrico. La incredulidad junto a la confianza plena. Aquella semioscuridad era propicia para la reflexión y para la expresión de elevados pensamientos; también para la liberación de los fantasmas íntimos, provocadores de conflictos, de pugnas interiores, de inacabables batallas de la mente, o del espíritu. Así que, pasada la ligera pelotera, acabó por imperar un relajante silencio reflexivo en la negrura que, en unos minutos, el abanderado del escepticismo acabó por romper.

—Por cierto, Adolfo, ¿habéis puesto fecha para la boda?

—Todavía no. Elena prefiere que mi puesto en el hospital esté asegurado. Y yo también pienso que es lo mejor. Debemos esperar…

—¡Bah! A ti ya no hay quien te eche. Eres un buen profesional, y después de diez años de servicios prestados seguramente serás inamovible.

—No creas que es tan sencillo. La dedicación y entrega no bastan. Debo pugnar con otros aspirantes para formar parte del staff.

—¡Staff, staff! —casi escupía burlonamente Bagasi—. Di plantilla, que tenemos en nuestro idioma palabras suficientes. Los de ciencias, siempre con neologismos. 

—Es la costumbre, Luis. Tu mujer también peca de este defecto —en boca de Nedar, esta frase suponía un inusitado reproche cargado de insolencia.

—¿Y qué? ¡Estupidez de muchos, consuelo de ignorantes! Ya sé que dice: el rol, el cachet, el manager... Pero Isabel es actriz de teatro, y los comediantes tienen su jerga particular. De todos modos, también a ella le reprendo su lenguaje.

—No lo he visto hasta la fecha —continuó aguijoneando el galeno. Parecía haberse transmutado su carácter circunspecto y comedido.

—¿Qué te pasa hombre? Te veo demasiado inquieto. O estás cabreado por haberse malogrado la audición o yo ya no te conozco.

—Déjalo, Luis...

—Sí, dejemos esta absurda discusión. Callemos o cambiemos de tema. Y tú habla como quieras, en ruso o en chino, que no te voy a importunar. Por cierto, creo que debieras haberte hecho otorrino y no dermatólogo.

El aludido no captaba del todo la indirecta; no tenía claro si Luis lo decía por su oído musical o como crítica a la «superficialidad» de lo cutáneo. Se impuso una cortante hoja silente, dañina como una honda incertidumbre, que probablemente se hubiese mantenido si Bagasi no retomara la palabra, pues la extraña y súbita hosquedad de Nedar no hacía presagiar un diálogo conciliador. 

—Isabel está de gira por el sur y tu prometida Elena preparando su tesis en la Universidad de Bonasor. Y nosotros aquí, solos. ¿Te das cuenta? Podemos disfrutar sin límite, a nuestras anchas. ¿Qué te parece si nos acercamos a la ciudad e indagamos los secretos de la noche? ¿Eh?... ¡Veo que brillan tus ojitos, golfo!

—¿Qué? No sé qué decías; me estaba entrando el sueño —tardó en reaccionar Nedar, haciéndose el despistado—. ¿Hablabas de la ciudad? Bien, de acuerdo.

***
Los dos treintañeros se pusieron en marcha con la premura de alocados jovenzuelos. Había dejado de llover y se había quedado una noche agradable.

De camino a Ferrulia, Adolfo Nedar, al volante de su espectacular Audi rojo, mantenía ese aire distraído que tienen muchos miopes, ausente tras unas anticuadas gafas graduadas de pasta negra; en la década de los 90, parecía provenir de los 50. Era mucho el contraste entre el relumbrante cochazo y su mohíno y esmirriado propietario. Y el alto y atlético Luis Bagasi, a su vera, adquiría un aire demasiado trascendente, ciertamente cómico en un individuo poco dado en apariencia a grandes meditaciones; su aspecto de crápula y bohemio combinaba mejor con el vehículo de línea deportiva. 

Éste era el inusitado discurso de Bagasi:

—Poco antes de que llegaras había concluido el libro que me recomendaste, esa novelita titulada San Manuel Bueno, mártir. Hacía mucho tiempo que pensaba leerla, pero no lo había hecho, tal vez por pereza o por falta de estímulo. Pero hace unos días, no sé si llevado por el instinto o por un arrebato incontenible, cogí ese libro y lo leí de un tirón. El misterioso impulso me adentró en esa eterna lucha en la que el hombre se debate desde sus orígenes; el creer o no en lo imperceptible, el entregarse o no a la fe ciega. Paladeando cada página, fui tomando notas sobre reflexiones que el autor pone en boca del santo... –se detuvo unos segundos y concluyó–: Reconozco que he sido duro contigo al reprocharte tu creencia. Y de veras lo lamento. Yo, no es que niegue, más bien considero que soy un agnóstico.

Nedar permanecía callado, escuchando la perorata de Bagasi durante todo el oscuro trayecto. Ahora era distinto: la ciudad de Ferrulia mostraba ya en sus inicios otro artificio. Luces de neón y elevaciones de hormigón daban engañosa seguridad y protección, causaban la sensación de civilidad. Incluso la lluvia y el viento parecían domesticados dentro del ámbito metropolitano. En ese estado de climatológica serenidad, un atrayente letrero luminoso llamó su atención. Y decidieron hacer allí una primera parada. Y con intención de entrar en calor, los dos amigos se metieron en el moderno bar de copas en los prolegómenos de la noche placentera.

Bagasi pidió en la barra un gin tonic, y Nedar solicitó lo mismo con un gesto. Seguidamente, tomaron asiento para disfrutar el popular cóctel.

—¡Caramba, Luis, te estás haciendo un filósofo! —dijo Nedar quebrando su mudez—. Quién lo diría en un hombre de la banca, que navega entre el vil dinero.

—¿Y acaso no es tuya la culpa? Tú me has adentrado en el ontológico laberinto, ¡cabronazo! Sabes que siempre fui hombre pragmático y que mi lema es disfrutar los cuatro días que nos concede la puñetera existencia. Pero pasan los años y uno se hace más reflexivo y trascendente. Incluso escribo algunas cosas. ¡Mira!

Luis desplegó una hoja de papel, manuscrita con letra minúscula por las dos caras, que había extraído del bolsillo interior de su chaqueta. Miró de soslayo, cerciorándose de que no había conocidos en la cercanía, y, con la advertencia de que no se lo contase a nadie –reforzada con una intimidatoria mirada de gánster–, se la entregó a Adolfo para que la leyese. Y éste comenzó a leer en silencio, mudando el rostro a cada paso; expresiones de sorpresa y admiración quebrantaban su flema. 

Se trataba de un extenso poema en cinco partes, encabezado con el título de «Misterio», del que Nedar retuvo algunos extractos significativos.  

De lo humano a lo divino,
del Infierno terrenal
al Empíreo celestial,
¡qué largo se hace el camino!
……………………….....
Vacilantes,
crédulos sin condición,
agnósticos no expectantes 
o ateos por negación,
un paraíso quisieran.
Si el Edén 
ante sus ojos pusieran,
todos lo verían bien.
……………………….....
Divinidades múltiples 
nuestra mente ha creado 
con propia cualidad 
o con poderes varios. 
Se adoraron montañas 
y se loaron astros. 
Se idolatraron dioses 
que los hombres forjaron.
……………………….....
¡Cuán insignificantes,
qué poca cosa somos!
Tan empequeñecidos
en el inmenso Cosmos,
demandamos ayuda
a ese santo patrono,
al Sol... o al Dios supremo.
¡Nos sentimos tan solos!

—¿Esto es de tu cosecha, Luis? No te conocía esta faceta. Algo prosaico y desaliñado, pero veo que has leído poesía y que conoces la métrica. Lo que no sé, y perdóname por dudar, es si escribes con sinceridad o, ¿cómo decirlo…?, si solo has pretendido hacer un juego de palabras, un mero divertimento.

—¡Vaya con el crítico que me ha salido! Te seré franco: ¡ni yo mismo lo sé! Veo en derredor y no puedo admitir la existencia de un dios que haya creado tanta miseria junto a tanta belleza. No puedo entender que los nacidos con grandes limitaciones, físicas o psíquicas, estén privados de antemano del disfrute pleno. No puedo concebir que los desheredados de la tierra solo tengan la posibilidad de redención en un incierto paraíso celestial. No comprendo tantas injusticias y barbaridades terrenas.

—Yo tampoco, Luis. Es difícil explicarnos este complicado mundo. Pero creo que todo lo que existe tiene su razón de ser, por más que se escape a nuestra comprensión.

—Entonces, ¿debemos resignarnos y creer sin más?

—Tal vez —articuló Nedar con desgana, sin añadir ninguna contundente coletilla.

—¡Bah! –exclamó Bagasi tras el último sorbo de su gin tonic—. Dejémonos de tanta seriedad y vayamos en busca de las sensualidades que la noche nos brinnnn…da.

Luis dejó sostenida la primera sílaba de la última palabra, en tanto sus ojos se perdían al fondo, al otro lado de la barra del local, hasta acabar interrogando:

—¿Te has fijado en el bombón que hay allí? Para quitar el hipo. ¡Vaya hembra! ¡Qué busto! ¡Qué talle! ¡Qué piernas! ¡Qué...!

Bagasi hizo especulaciones vanas sobre cómo trataría en la intimidad a la bella que había atraído su atención en grado sumo. Su variabilidad era muestra de lo fácil que es pasar de la meditación filosófica a lo mundano, de lo más elevado a las bajas pasiones; al fin y al cabo, reflexiones y emociones conforman la condición humana. 

—¡Olvídate! —le dijo Adolfo—. ¿No ves al gorila que la acompaña?

La bella abandonó el bar de copas del brazo de su fornido acompañante. Y los ojos de Nedar, de cándida apariencia, también mostraron su avidez rastreando cada curva de su sensual y esplendorosa anatomía. Poco después, los dos amigos también salieron de allí, locos por echarse en brazos de la noche misteriosa. Subieron al Audi rojo y partieron hasta el centro de la ciudad. Aparcaron el coche y se pusieron a andar. 

***
Caminaban despacio, sin un objetivo predeterminado. 

A su paso, algún viandante solitario, parejas en actitud cariñosa, un borracho discursivo, música propicia en el trasfondo, voces complacientes y recriminatorias, un gato maullando como si estuviese en celo y diversos ruidos indescifrables. 

Deambulando tranquilos, se introdujeron en una estrecha calle, escasamente iluminada, tétrica y silenciosa, de temer para un viandante solitario. Estando en compañía, el temor se amortiguaba. Nada se decían y nada escuchaban. Era excesiva, casi asfixiante tanta tranquilidad. Y de pronto, se sobresaltaron al oír unos gritos quejumbrosos. Nadie más pasaba por la zona en ese momento. 

Se miraron extrañados, sin decir palabra, y corrieron hacia el lugar de donde provenía la dolorida y femenina voz. El fino oído de los dos hombres jóvenes no les engañaba. Les llevó un tiempo sortear una intrincada red de callejones hasta volver a escuchar a la mujer que clamaba, ahora más próxima pero menos intensa. Cruzaron nuevamente sus miradas. Con seguridad, se encontraba muy cerca. 

Enseguida percibieron los pasos presurosos de alguien que se alejaba. Volvieron a mirarse para comunicarse su sospecha, mientras sus lenguas seguían contraídas. Y sin dilación se apresuraron a socorrer a la que, indudablemente, precisaba ayuda. 

Al fin llegaron al punto donde la mujer se hallaba, echada sobre el húmedo pavimento. Yacía boca abajo, sin dar señales de vida, y la giraron con delicadeza. Su revuelta melena rubia le cubría la cara, y en el brazo y en la pierna izquierdos presentaba sendos cortes sangrantes. Pero lo peor era la profunda herida, de arma blanca como las otras, que en lo alto del pecho alguien le había ocasionado. 

Apartaron los cabellos para verle el rostro y...

No daban crédito a lo que estaban presenciando.

—¡Dios mío! —exclamó Nedar con espanto—. ¡Es Isabel!

—¡No puede ser! —balbuceó Bagasi, abriendo al límite sus ojos.

Ella reconoció a su marido, a pesar de que sus párpados apenas permanecían entreabiertos. Con la mirada opaca, en abismal silencio, le comunicaba su angustia.

—Debemos trasladarla enseguida al hospital o acabará desangrándose —sugirió el doctor Nedar como única autoridad sanitaria allí presente—. No debemos perder tiempo.

—¡Esto no es real! ¡Es solo un sueño! —decía Bagasi queriendo engañarse a sí mismo—. Si estaba de gira por el sur... ¡Isabel mía!

—Deja las suposiciones para más tarde, Luís; ahora hay que solicitar urgentemente una ambulancia —dictaminó el que más entendía de urgencias sanitarias—. Está a punto de entrar en shock hipovolémico.

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Fin de Primera parte. Continúa y finaliza en: Segunda Parte

Pasión según San Mateo: Aria «Apiádate de mí, Dios mío», J. S. Bach
Erbarme dich, mein Gott