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domingo, 11 de enero de 2026

La voz del corazón


[Relato]

El alumno aventajado marcaba la diferencia. Finalizada la exposición del día, le preguntó al profesor de Filosofía sobre la diferencia entre virtudes y valores. Perplejo, el educador, no supo en principio qué decir, pero su capacidad de pensamiento y sus buenas dotes pedagógicas acabaron imponiéndose al comprometedor silencio. 

—¡Buena pregunta, Ricardo! Podríamos decir que la virtud es una cualidad positiva, contraria al defecto, que sería la negativa. Y el valor también tiene el sentido de cualidad positiva, como la virtud, pero dependiendo de una ética determinada. Es decir, una sociedad puede sustentarse en unos valores determinados que no tienen por qué ser los de otra. Me explicaré… 

Y mientras don Gonzalo daba múltiples ejemplos, comparando Oriente y Occidente, Norte y Sur, Antigüedad y Modernidad, Ricardo Amatis se perdía en su pensamiento disperso. Miraba las gesticulaciones y los aspavientos de su profesor, que en un postrero intento esclarecedor simulaba deslizar el arco de un violín sobre sus cuerdas, tratando de diferenciar el virtuosismo de los músicos y el valor de la música. Miraba sin ver, y oía sin discernir, cegado en su abstracción. 

—¿Comprendes Ricardo? —le interrogó don Gonzalo. 

El alumno aventajado asintió titubeante después de la insistencia del profesor de filosofía, educador sensible, que se había apercibido del adormecimiento del alumno despierto. Echó un vistazo general al aula y se detuvo sobre cada una de las almas inocentes. Jóvenes almas que estaban absortas, dubitativas o en el limbo.

—¿Comprendéis todos? —inquirió el profesor mientras agitaba el imaginario arco, conocedor de la negativa respuesta—. Bueno, con el tiempo habréis de entenderlo; conforme vayáis madurando, adquiráis responsabilidades y tengáis que acatar las normas de la comunidad en que viváis. Se me ocurre un ejemplo para finalizar: el de un médico que tiene virtudes adecuadas a su profesión, como la de ser muy hábil en la exploración clínica y un buen comunicador con sus pacientes, y que además cuenta con valores éticos, entre ellos el de tratar por igual a todos (sin hacer distinciones por condición social o nivel económico) y procurar no dañarlos, por el principio hipocrático del primum non nocere, del que alguno habrá oído hablar —las caras de extrañeza de la mayoría evidenciaban que pocos comprendían—. Y por hoy, este tema queda zanjado.

***
Al sonar la señal deseada, los alumnos salieron en tropel, sin atender a reglas, despreocupados de virtudes y valores. Sus espíritus se sentían liberados de obligaciones y mandatos. Y sus cuerpos corrían hacia espacios de luz, de aire reconfortante, de libertad extinguible. Volvían a demostrar sus virtudes con la pelota, la peonza y las canicas. Lo habitual en la lejana década de los sesenta del siglo XX. Entretenimientos hoy sustituidos, que no sobrepasados, por los ubicuos videojuegos.

—¡Lánzamela, Pedro!

—¡Agárrala, Luís!

—¡Verás cómo baila este trompo, Juan!

—¡Me lo has roto, Indalecio!

—¡Toma! Me gano dos.

—¡Te cambio la de colores por la negra!

Menuda animación tras horas de solemnidad. Y eso que Gonzalo Cantarero, don Gonzalo, era ameno y divertido. Pero la sangre de los chicos, todavía segregados del bello sexo, bullía en otra dimensión. Solamente Damián Ruiz y Leopoldo Garcés mantenían una seriedad desacostumbrada para rostros de trece y catorce años. Sus intereses quedaban limitados al estudio, más allá incluso del programa educativo; para los demás compañeros eran dos chapones repelentes. Por supuesto, sus calificaciones eran excelentes; no bajaban de sobresaliente, excepto en gimnasia, donde ambos flaqueaban (tan listos y olvidaban el antiguo precepto mens sana in corpore sano).

Por más que Ricardo Amatis pusiera interés en el estudio no lo hacía con exclusividad; ni siquiera como prioridad. Respirar a pleno pulmón e indagar los secretos de la Naturaleza era su principal ansia. Correr, batallar sin intención cruenta, competir sin inconfesable ganancia y, sobre todo, observar la vida que en derredor palpitaba –sin perjuicio de sus quehaceres de estudiante–, llenaban su espacio existencial. No era díscolo ni conformista; no era serio ni desenfadado; no era infantil ni se sentía todavía hombre. Era un adolescente, responsable y divertido, que soñaba un paraíso dentro de su temporal edén. Lo cual no era óbice para asentar los pies en la tierra, integrarse en el equipo de fútbol improvisado en su barrio y, en vanidosa disputa, enfrentarse a púberes de otros barrios (enemigos al cabo) en pro de una efímera gloria. 

—¡Despierta, Ricardo! —le gritó Tomás Quinín, un auténtico botarate—. El balón te ha pasado rozando la cabeza. Por poco no te la lleva. ¡Ja, ja, ja!

Al jovenzuelo discreto, prudente y reflexivo (no carente de deportivo entusiasmo y de bravura), le recriminaba Quinín, verdadero arquetipo de aspirante prematuro a adulto, descarado, atolondrado y tarambana. Buena pieza. Su voz tenía una gravedad desacostumbrada para su edad, si bien era algo mayor que los demás y bastante más corpulento. Repetidor del curso anterior, estaba a punto de cumplir los quince. 

—¡Vale, vale! —respondió cansino el alumno aventajado, abstraído en su lejana nube, mientras el otro rechiflaba socarrón y con aires de superioridad.

Quinín era guasón, presuntuoso y grosero; le gustaba pavonearse, sobre todo con las chicas, y se refería a ellas como a las fregonas, con espíritu machista. Parecía seguir el mal ejemplo del padre, dominador y borrachín. Malísimo estudiante, su mejor calificación en el segundo trimestre la había obtenido en gimnasia: un notable, a la baja por la parte teórica; del resto, un aprobado alto en Religión (y eso que se burlaba continuamente del profesor, el padre Rufino), otro raspado en dibujo (al fin y al cabo, otra maría) y las cinco asignaturas restantes suspensas. ¡Qué desastre! Y sin embargo tenía la generosidad y el compañerismo entre sus virtudes, aunque no se detuviese en cuestiones filosóficas tratando de discernir la diferencia entre ellas y los valores. ¡Y qué bien le pegaba a la bola! Con un toque elegante, era un gran organizador del juego, no exento de agresividad atacante; un medio punta nato. Cuando Ricardo Amatis volvió a entrar en el juego futbolero lo buscó antes de desmarcarse.

—¡Ahí te la dejo, Tomás! —pronunció Ricardo con tono chirriante mientras galopaba desde el centro del campo hacia el extremo derecho.

Y el habilidoso Quinín, que sin embargo no era un chupón, le envió un pase medido a Amatis que éste controló perfectamente. Sin frenarse, consiguió regatear sin dificultad a dos defensores del equipo contrario, en un alarde de cintura digno de un Ronaldinho. Se plantó delante del guardameta, Cirilo Delfín, un muchacho pálido y espigado, con buenas trazas de cancerbero, que parecía intuir las intenciones del atacante. Pero el alumno aventajado, ahora futbolista virtuoso, logró engañar al larguirucho portero mediante un amago y colocar la pelota entre los tres palos.

¡Qué delirio! Las exclamaciones de gol inundaban los campos y las casas adyacentes. El soberbio tanto suponía el dos a uno; la victoria de los de Calaria sobre los de Roquedal, sus eternos rivales, casi imbatibles. Tomás, boquiabierto, corrió a abrazar a su compañero, y a continuación los demás cayeron literalmente sobre Ricardo. En el suelo, bajo tanto humano peso, Amatis creyó quedar sin aire. Además de virtuoso, tenía el valor de aguantar sin rechistar. Sintió uno de los mayores alivios de su corta vida después de liberarse del último cuerpo amigo (¡quién lo diría en esa situación!). Sudoroso y jadeante, escuchó el silbato que anunciaba el victorioso final.

***
Al abandonar el terreno de juego, Ricardo Amatis cruzó tímidamente la mirada con un grupo de chicas (algo más centrado en una que le atraía, delgadita, rubia y de ojos azules) que había presenciado la reglada contienda. Ajeno a los cuchicheos, recompuso el porte y trató de hacerse el interesante al pasar delante de ellas. Su seriedad contrastaba con la de Tomás Quinín, que se acercó sonriente y con naturalidad a las damitas, enredándose en una conversación que Amatis, tan cohibido y formal, prejuzgó estúpida, al tiempo que sentía envidia de su compañero. Él, que sentía que su figura (en esos momentos más atlética que nunca) era el blanco de las femeninas miradas, y que en el fondo esperaba una llamada que lo sacase de su turbación, experimentaba como pocas veces la desazón del desdén, derrotado por la simpatía y la galanura del intrépido Quinín. Y volvió a sopesar el significado de la virtud y del valor. Valor, no en sentido ético, sino de coraje, era precisamente lo que le faltaba para romper algunas barreras.

Al reunirse Tomás con el grupo y revelar que una de las muchachas (en concreto la escuetamente descrita) era prima suya, el pensamiento de Ricardo restó injustamente mérito a quién, repentinamente, estimara como rival y, de paso, a una forma de proceder que, con pacata mentalidad, consideraba atrevimiento. En realidad, le atenazaban infundados celos, víctima de cierto encorsetamiento personal, de un encarcelamiento interior del que quería y no podía liberarse, fruto quizás de sinuosas complejidades que a los estudiosos de la mente correspondería desentrañar. Se desinhibió, no obstante, para ojear la revista de mala nota que el pícaro Quinín sacó de su bolsa de deporte. 

Los amigos del barrio de Calaria, y en algún caso compañeros de colegio, como sucedía con nuestros dos protagonistas, se fueron marchando desenfadadamente. Los de Roquedal hicieron lo propio. Y el ambiente se entristecía con un enorme vacío sin la vitalidad luminosa; el jovial movimiento y el gozoso vocerío daban paso a un ámbito de desolación extrema que provocaba estremecimiento, comparable a lo de esos pueblos fantasma que se han quedado sin gente. Nada que ver con el bullicio de las aulas a las que los estudiantes estaban condenados durante el resto del definitivo trimestre.

***
En la siguiente clase de Filosofía, don Gonzalo comenzó por escudriñar los rostros interrogantes de sus alumnos y se detuvo en el de Tomás Quinín. Un rostro para nada interrogante el suyo, presunto conocedor de respuestas o indiferente a ellas. 

—Dígame usted, señor Quinín; usted que es un hombre chispeante… ¿Comprende bien la diferencia entre virtudes y valores? –preguntó con cierta inquina.

—Pues… —respondió titubeante el alumno no precisamente brillante, que se hacía el despistado—, yo creo que son totalmente diferentes.

Tras su vacilante comienzo, Tomás parecía muy seguro de sí mismo, tal vez porque la ignorancia impulsa la osadía. Se permitió el descaro de decir que él era un individuo muy poco virtuoso pero que tenía el valor suficiente para reconocerlo; el alumno remolón y díscolo sólo estimaba una acepción para el segundo término. Los demás estaban estupefactos o se reían entre dientes; al margen, los eruditos Damián Ruiz y Leopoldo Garcés portaban semblantes severos y críticos. 

El profesor propició el debate y Ricardo Amatis entró dando una opinión complementaria a la disertación que aquél había hecho. Se le ocurrió el ejemplo del futbolista virtuoso que además juega limpio, con deportividad. Las dos lumbreras, ¡cómo no!, pusieron de manifiesto su capacidad dialéctica. Otros se fueron animando e hicieron razonamientos algo más elementales. Al final, la mitad seguía sin ver la diferencia entre virtudes y valores. Hubo un breve rifirrafe y cada cual eligió a mano alzada una de las opciones enfrentadas: una, virtud y valor son conceptos diferentes; dos, virtud y valor significan lo mismo. La clase quedó dividida en dos bandos inestables. Nuevas preguntas fueron suscitando nuevas dudas y cambios de parecer. 

Y Gonzalo Cantarero, don Gonzalo, que había hecho discurrir la jornada por las veredas de la mayéutica, concluyó con estas palabras: “Queridos alumnos: Niccolò Paganini fue un virtuoso del violín que tocaba con inteligencia, ateniéndose a las reglas de la música. Era ése su principal valor. Era sensible y tocaba con el corazón, pero sobre todo con la cabeza; daba las notas justas y precisas, siguiendo la escala musical. ¿Comprenden ustedes la necesidad de seguir una escala? Pues, a tenor de lo dicho, ¡vayan ustedes por la vida escuchando la voz de la razón antes que la del corazón!». 

Al final, la mayoría de alumnos se dejó persuadir por el categórico mensaje. Para después continuar dudando; porque comenzaban a sentir, cada día con más fuerza, la misteriosa llamada. Y Amatis no podía quitarse de la cabeza la imagen angelical, rubia y celeste, de la prima de Quinín. La voz del corazón se le imponía, por entonces, con una fuerza inusitada. Sonaba como música; tal vez sin harmonía, pero con una embriagadora melodía. Hasta que se hizo el silencio, y volvió la confusión, cuando entró el padre Rufino a dar su clase de Religión. Ricardo se preguntaba qué pensaría el cura, un hombre supuestamente virtuoso y con valores, del amor mundano.

Esa y otras cuestiones emanadas del corazón habrían de quedar en el aire, sin una respuesta bien fundamentada. Y algunas habrían de provocar heridas por la decepción causada. ¡Tribulaciones de la vida incierta!

[2006, 30 jun.-1 jul.]

Nicolò Paganini: Capricho n.º 2

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