[v. Primera parte]
Isabel Saldaña llegó al centro hospitalario con un hálito de vida. Los cirujanos intentaron mantener sus constantes vitales mediante aporte intravenoso de líquidos y transfusiones de sangre, respiración artificial y cardiotónicos. Adolfo Nedar se lamentaba de que su condición de dermatólogo no le permitiese ser útil, aguardando con fe junto al incrédulo Luis Bagasi a que se abriese la puerta de acceso al quirófano y les diesen la noticia que, impacientes, deseaban. Lamentablemente, al salir del quirófano uno de los cirujanos les anunció lo peor con el movimiento de su cabeza.
El desgraciado Bagasi lloraba desconsoladamente, como nunca antes. Nedar apoyaba su mano diestra en la espalda del amigo, transmitiéndole su hondo pesar y tratando de aminorar su indescriptible dolor. Un duro e inesperado golpe para quienes poco antes tenían el ánimo alegre, dispuesto para la diversión y el deleite.
Remontando esta dolorosa escena, no cuesta adivinar lo que habrá pasado por algunas cabezas. Los más castos habrán emitido su particular censura, por el hecho de que un hombre casado y otro en ciernes hubieran salido de pendoneo. Habrán visto en ello una conducta pecaminosa y, posiblemente, habrán sentido piedad junto al reproche. Y cualquier malpensado habrá supuesto, maliciosamente, que Isabel Saldaña tampoco estaba en el lugar del crimen por casualidad. Pero no dejan de ser especulaciones.
Lo cierto es que ella había regresado anticipadamente. Tras su última interpretación, recibida con un éxito sin precedente, el director de una gran compañía teatral la había contratado, publicitándola como una de sus principales actrices. Quería darle en persona la gran noticia a su marido, por eso adelantara su regreso. Así de simple. Había llegado a la ciudad sobre las once y media, y ya pasaba de la medianoche cuando la encontraron malherida. Buscaba un taxi que la acercase hasta la casa que ella y Luis habían arrendado en el pueblo de Valdovirio, en tanto no concluían las obras de la propia (ya a punto de estar habitable), en Ferrulia, la ciudad próxima donde se encontraban y Adolfo residía, cuando un salteador nocturno la obligó a desviarse hasta un estrecho callejón, solitario y lúgubre. Isabel estaba dispuesta a darle lo que llevaba consigo, pero aquel desalmado pretendía algo más. Al oponerse con firmeza a sus lascivos deseos, sufrió la terrible agresión que acabaría con su último aliento.
Duro golpe para sobreponerse, imposible de olvidar. Su amor era verdadero. Comprensible el odio engendrado en el compañero desposeído de su mejor prenda, que le impedía perdonar como el buen cristiano debe. Adolfo Nedar, bueno en el sentido literal de la bondadosa cualidad, trataba de aplacar inútilmente la furia que Luis Bagasi esperaba descargar tan pronto conociese la identidad del criminal.
—¡Lo mataré con mis propias manos! —afirmaba soliviantado el viudo reciente.
—Debes dejar todo en manos de la justicia –aconsejaba el prudente Nedar, tratando de aquietar su cólera—. Y, por supuesto, de Dios.
—¿De qué justicia me hablas? ¿De ésa que deja al criminal sin castigo y a la víctima sin consuelo? ¿Y de qué dios? ¿De ése que consiente el sufrimiento y el dolor de los débiles? —se encaraba Bagasi a su bienintencionado amigo, que bajaba la cabeza con soberana humildad—. Si antes tenía algunas dudas, ahora ya no creo en nada.
Después de descargar lágrimas de duelo y aligerar momentáneamente su pena, el que acababa de enviudar consiguió controlarse. Respirando más calmado, comprendía la buena voluntad del médico dermatólogo y le daba muestras de gratitud.
—Perdóname, Adolfo… Nunca olvidaré tu apoyo, amigo mío.
—Sé que tú harías lo mismo.
***
Durante unos minutos el aire fue benigno y las respiraciones cadenciosas. Pasados los cuales, de súbito, Bagasi, enrojecido y abotargado, comenzó a sudar profusamente, adentrándose en un insólito delirio febril.
—Contra mis ansias de venganza —decía el viudo de Isabel Saldaña— vienen a mí las palabras de San Manuel Bueno...
De esta manera, comenzó a referir pasajes del relato que tanto le había impresionado, como si tuviese sus páginas abiertas ante sí, y haciendo las consideraciones que le parecían oportunas en su infinita desgracia.
—Me pongo en el lugar del personaje receloso de esa singular novelita, quien tras la muerte de su madre cambia la suspicacia previa por admiración hacia el cura, protagonista de la narración, al que acaba viendo como un santo. ¡Los acontecimientos cruciales hacen cambiar nuestra existencia! Ahora entiendo su cambio repentino... «Es un hombre maravilloso», le comentaba el receloso a su hermana, la más ferviente admiradora del religioso, don Manuel, que en el fondo era un descreído. Parecía haberse convertido sin esperarlo. El cura, dubitativo, sentía la llamada suicida; y el otro, antes desconfiado y ahora converso, se llenaba de alegría…
—Ya ves, Luis, el que parecía creyente en función de sus votos no lo era tanto, y el impío resultó convertido —dijo Nedar, sin pretender un parangón con don Manuel.
—A mí no me gusta el fingimiento –continuó Bagasi, con voz más impostada y trascendente–. Estoy harto de falsedades y de engaños. Don Manuel confesaba: «Cualquier religión es verdadera en cuanto haga vivir espiritualmente a los pueblos y consuelen a los individuos, en su sufrimiento y en el trance inevitable de morir. Mi creencia me sustenta y marca mi cometido: consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío». Lo suyo parecía sacrilegio, una actitud hipócrita y un engaño a sus parroquianos. Estaba seguro de que la gente creía sin querer, por hábito, por tradición. «Y que viva en su pobreza de sentimientos para que no adquiera torturas de lujo. ¡Bienaventurados los pobres de espíritu!», decía. ¿Te das cuenta, Adolfo? Aconsejaba creer sin complicarse con inútiles razonamientos.
Absorbido por su propia perorata, se detuvo brevemente para enjugarse el sudor. Luego, con un sonoro esfuerzo, tomó aliento y recapituló.
—¿Te das cuenta? Lo importante es hacer felices a los demás, aunque vivan en la ignorancia. Y en eso radica la propia santidad, independientemente de que la creencia sea mera apariencia, de que sea fingida. Sí, eso es lo que importa, ser santos…
Adolfo Nedar escuchaba el delirante discurso de su desgraciado amigo, sin osar siquiera hacer ningún inciso. Fuera de contexto habría de suponer que estaría alienado, y aun sabiendo que no era así se sentía incómodo y albergaba cierto temor, pues es sabido que de la cordura a la locura hay un insignificante trecho. Callado y resignado, seguía con atención el doloroso soliloquio del desafortunado.
—Enlazados en intimidad, paseaban los dos a orillas del lago… Ya sabes, el lago de Sanabria, el mismo que según la leyenda inundó la aldea de Villaverde de Lucerna por castigo divino, por no cobijar sus gentes a un peregrino que resultó ser Jesucristo. Pues por allí paseaban el recién retornado, y convertido, y el santo varón. Don Manuel reconocía su tentación mayor, la del suicidio, heredada de su padre. «¡Y cómo me llama esa agua con su aparente quietud –la corriente va por dentro–, espeja al cielo! Mi vida es un combate contra el suicidio», declaraba al viento. Y decía también entre otras cosas: «A la cabecera del lecho de muerte de los enfermos terminales he visto toda la negrura de la sima del tedio de vivir. ¡Mil veces peor que el hambre! Sigamos suicidándonos… y que el pueblo sueñe su vida como el lago sueña el cielo».
Metió aquí freno a su discurso y entornó los ojos. Fueron unos breves instantes de eternidad en los que se escuchaba la paz del silencio. Un silencio que no era música. Enseguida tomó aliento y pronunció con el mayor ímpetu:
—¡Ay, Adolfo! ¡Expulsemos el menor atisbo de egoísmo y entreguémonos al prójimo! ¡Creamos ciegamente por el ajeno bien! ¡Sacrifiquémonos, suicidémonos por nuestros semejantes! ¡Por todos, sin excepción! ¡Incluso por los asesinos!
El dermatólogo seguía impertérrito comprobando hasta qué punto se había desquiciado su mejor amigo. No sabía bien cómo actuar para confortarlo; ahora deseaba con toda el alma ser especialista de la mente. Su pecho albergaba un molesto sentimiento de culpa, y anhelaba que Bagasi diese fin de una vez a su desahogo verborreico, al tiempo que comprendía la necesidad de que siguiese desfogando su inmensa pena y buscase una compensación anímica en la caritativa entrega a los demás. Por eso escuchó con atención lo que le faltaba por decir al doliente viudo.
—Ya en el ocaso de su vida, recordaba don Manuel la fatalidad: «Dice la Escritura que el que le ve la cara a Dios, que el que le ve al sueño los ojos de la cara con que nos mira, se muere sin remedio para siempre». Y llegó el último día de aquel santo varón, de aquel San Manuel Bueno, de aquel mártir. Y entonces el convertido le hablaba a su hermana como un recién iluminado: «Él me hizo un hombre nuevo, un verdadero Lázaro, un resucitado. Él me dio la fe. Él me curó de mi progresismo... –hizo una pequeña pausa para deglutir y continuó–. Porque hay dos clases de hombres peligrosos y nocivos: los que convencidos de la vida de ultratumba, de la resurrección de la carne, atormentan, como inquisidores que son, a los demás, para que, despreciando esta vida como transitoria, se ganen la otra; y los que no creyendo más que en ésta...».
Se detuvo otra vez para coger un nuevo impulso y espetar sañudamente:
—Sí, como él mismo. Y como don Manuel. ¡Y tal vez como yo! Y, seguramente, como tú mismo, Adolfo. ¿No es así? ¿Acaso no perteneces a estos últimos, lo mismo que yo? ¿Lo niegas? ¡Oh, Satanás!... ¡No te calles! ¡Responde!
Agarrando al desconcertado Adolfo por la solapa de su americana, lo zarandeaba tratando de obtener una respuesta a su demanda, con tal ansiedad que el sudor le corría raudo por el hinchado y encendido rostro. En el aprieto, el dermatólogo se vio obligado a responder para sosegar aquel mar embravecido que estaba a punto de ahogarlo.
—Claro, claro... Yo soy como tú, Luis, de los que creen solamente en este mundo, que fingen no creer en el otro y se congratulan sabiendo que otros creen de verdad en lo que no ven –dijo esto apresuradamente y se sintió aliviado como pocas veces en su vida.
Y Bagasi, complacido en parte con la contestación de Nedar, prosiguió, moderadamente sosegado, con el hilo de la cuestión ya en su tramo final.
—Además, don Manuel le había revelado al converso su incertidumbre: «Creo que más de uno de los grandes santos, acaso el mayor, ha muerto sin creer en la otra vida». Y llegó también su propia hora, creyendo no creer. Y, rizando el rizo, me pregunto nuevamente: ¿Y yo creo? ¿Y tú, Adolfo, crees? ¿Verdaderamente creemos?...
En este punto, Luis Bagasi volvió a llorar amargamente, mientras Adolfo Nedar mantenía un angustioso silencio. Se alegraba éste de que aquél no tuviera hijos, porque habrían de sufrir por la pérdida de la madre y viendo al padre destrozado. También se identificaba el dermatólogo con las palabras del pragmático trabajador de banca, del hombre engañosamente duro y realmente sensible que acababa de perder a su esposa, a la que tanto amaba y por la que ese día derramaba más lágrimas que en toda su existencia, mientras balbucía: «Ya nunca la volveré a besar».
Aquí el introspectivo especialista del tegumento, empapado en lo poético, se hacía cargo de un pensamiento valeriano: «Lo más profundo es la piel».
El doctor Nedar, afortunado de poder seguir compartiendo su vida con Elena, trataba de analizar los párrafos que su pobre amigo había extraído de la lectura del patético libro, debatiéndose con el principal interrogante, que a la mayoría nos desplaza, a uno y otro lado, sin cesar: «¿Yo creo?». Y se respondía con ambigüedad: «Sí y no». Finalmente, repetía su autoconsuelo: «Tengo la ilusión, vivo con el bello sueño de la inmortalidad». Lo mismo que el desdichado Bagasi, que creía escuchar el «Lacrimosa» del Réquiem de Mozart, que a él tanto le gustaba y cuya interrupción había sentido, sin querer reconocerlo, como si se tratase de una oscura premonición.
Y ahogada su rabia, cobijado en la música, Luis sintió cierto consuelo con el mejor recuerdo de Isabel, que desde una lejana cercanía le sonreía. Por eso no se abismó en las aguas del lago. Por eso no se entregó al cercano mar espoleado por el norteño viento. Por eso logró sobreponerse a su dolor y, a pesar de todo, continuó viviendo.
[1997, 31 oct.-4 nov.]
[Fragmentos del poema «Misterio»: 1994, nov.]
«Lacrimosa» del Requiem de Mozart



No hay comentarios:
Publicar un comentario