Partimos del término decadencia, aplicado por primera vez a la caída del Imperio romano de Occidente, entendido como cambios sociales y culturales considerados negativos: deterioro, corrupción, ruina. Pero en todas las épocas parece haber habido sensación de decadencia de las sociedades, a juzgar por los escritos literarios más que por datos objetivos de la ciencia histórica.
En el exitoso libro de Ross DouthatLa sociedad decadente, la decadencia se concreta en una sociedad rica y poderosa que detiene su avance, con hechos que se concretan en: estancamiento, esterilidad, esclerosis y repetición. El estancamiento es económico, cultural e intelectual (agotamiento). La esterilidad se refiere al declive demográfico. La esclerosis es el anquilosamiento que afecta instituciones (deterioro institucional, parálisis política) y empresas, públicas y privadas. La repetición de modelos se impone a la innovación. En definitiva, la sociedad decadente es víctima de su propio éxito.
Y el autor, distanciado de optimistas –que sólo ven prosperidad y felicidad– y pesimistas –que esperan el colapso inminente–. Dice que vivimos en una ‘‘decadencia sostenible’’ y se pregunta cuánto tiempo podría durar la era de la frustración y cómo, mediante el renacimiento o la catástrofe, podría acabar nuestra decadencia.
Cabe una pregunta general: ¿Somos una sociedad decadente? Respecto a la estadounidense, Ross Douthat opina que la decadencia comienza con la llegada del Apolo 11 a la Luna. Un éxito, un triunfo, que lleva a detener el avance, al estancamiento y a los otros inconvenientes: esterilidad, esclerosis, repetición.
En cualquier caso, cabe señalar las causas de la decadencia, en Occidente en general y en España en particular. Unas indiscutibles, otras admitidas o negadas. El empobrecimiento educativo* debe ser relevante (pobreza intelectual y cultural). Y la globalización** (pérdida de identidad nacional). Y la comunicación en RRSS (Douthah critica que la cultura digital “ha creado un mundo de hinchas, pornografía, mediocridad y paranoia”). Y la corrupción política (desafección ciudadana). Y el deterioro democrático (rumbo al despotismo). Y la inseguridad ciudadana*** (legislación ‘‘buenista’’). Y el feminismo radical (lucha de sexos). Y la inmigración irregular (conflicto social). Y el parasitismo social (carga pública). Y el aburrimiento (generador de todos los males, según Kierkegaard). Y otros factores, quizá tan importantes, que nos dejamos en el tintero.
Con todo, hemos de esperar que no se produzca la catástrofe social, el colapso social, y que avancemos hacia el renacimiento de la sociedad que hemos heredado.
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*La mala educación lleva a la idiotización de la sociedad y, en su concepción más amplia, a la fragilidad emocional (se habla incluso de ‘‘generación de cristal’’).
***Asistimos a un aumento de la la delincuencia y del incivismo, fruto de una dejadez política que coexiste con un control social que atenta contra libertad.
Se especula que si un marciano viniera a nuestro planeta se asombraría de nuestra sociedad actual, de su desconcertante evolución, de sus contradicciones y de sus estupideces (cuestionándose a estas alturas, después de tantos siglos, la definición de mujer). Y quizá compadecería a los humanos por su decadencia.
Siempre es bueno reír, incluso de uno mismo –nunca de otros–, como contrapunto al dolor y el sufrimiento. Es conveniente por su efecto saludable, y ya sabemos de las bondades de la risoterapia. Y a propósito, una escena desternillante de la película de los Hermanos Marx Un día en las careras, en la que Groucho hace de médico, nos sirve para relajar tensiones y desconectar por un momento de problemas propios y calamidades ajenas. Ríanse a gusto, o lloren de alegría...
Nos planteamos una encuesta dirigida a médicos de familia (MF) sobre la burocracia médica en Atención Primaria (AP), con una única pregunta, «¿Habéis notado la desburocratización prometida [por los políticos] en los últimos años?», y cuatro opciones de respuesta (máximas permitidas), «Algo, Mucho, Bastante o Nada», siendo el resultado final que el 83% de los MF participantes no ha visto ninguna disminución de su carga burocrática (algunos incluso manifiestan incremento), el 13% algo y una minoría bastante o mucho.
Si damos por bueno este sondeo, concluimos que el problema de la burocracia en AP no se ha solucionado, pues sigue ahí para desgracia de quienes la sufren.
Me imagino aquí a Jerry Lewis que, creyéndose presidente de un consejo de administración, ensaya sus argumentos para tratar de convencer a los consejeros de que hay que acabar con la burocracia, con la burocracia inútil.
Desburocratizar una consulta de atención primaria es un oxímoron. Es más realista proponer como objetivo principal optimizar la burocracia y como secundarios aprender a filtrarla, priorizarla, derivarla y minimizarla. No conocemos con precisión la carga de trabajo que la burocracia implica para los diferentes profesionales sanitarios. Existen estimaciones (sobre un 30%). Podemos dividir arbitrariamente los procedimientos burocráticos en primarios (incluiremos recetas, informes, partes de interconsulta, [partes de IT] pruebas diagnósticas y demás), y secundarios que incluirían los registros en el núcleo de la historia clínica (anamnesis, exploración, protocolos).
Para reducir la burocracia es fundamental evaluar, señalar ineficiencias, proponer mejoras y aprender a decir no. [v. tabla 2]
El trabajo burocrático o administrativo que asumen actualmente los médicos de familia españoles está sobredimensionado por mal diseño institucional de los circuitos y sistemas, presión social y por una atávica herencia de buenismo sanitario que tiende a conceder al paciente todo lo que pide. Es fundamental repasar lo que un sinnúmero de profesionales de a pie y diferentes grupos de trabajo han ido proponiendo en los últimos años. Está casi todo dicho ya, el reto radica en implementarlo para conseguir un cambio progresivo de la mentalidad y los circuitos institucionales, sociales y personales de cada profesional. Trasladar estas mejoras a la ciudadanía es fundamental para que se corrijan ciertos procesos.
Rodeados de montañas, en las praderas, entre los árboles, respirando aire puro y escuchando el canto de los pájaros, se llenará nuestro corazón de alegría y nos sentiremos más vivos. Y la naturaleza vivirá más con nuestro canto...
The hills are alive with the sound of music
With songs they have sung for a thousand years.
Las colinas están vivas con el sonido de la música
Con canciones que han cantado durante mil años.
The Sound of Music (El sonido de la música)
Esta bellísima canción, de una magnífica película con el mismo título (The Sound of Music, 1965), traducida como Sonrisas y lágrimas, supuestamente por las emociones contrapuestas que se suscitan en el film, siempre me ha maravillado en la voz de Julie Andrews, la protagonista femenina.
Hay que cultivar nuestro jardín; el mundo es imposible cambiarlo.
Voltaire
Muchas veces hemos hablado aquí de los problemas de nuestro sistema de salud, en particular de la atención primaria. Y en consecuencia, de la necesidad de cambios para mejorarlo. Incluso de la conveniencia de una refundación de la atención primaria, de darle una vuelta a lo existente, de una auténtica revolución sanitaria. Un noble objetivo que mueve a los espíritus ilusionados, que confían en un futuro mejor, sin el desánimo de los que piensan que todo ha de seguir igual, porque tienen un motivo para luchar por ello y están comprometidos.
Y he vuelto a pensar en esto después ver la película Los profesionales (1966), de Richard Brooks, ambientada en la Revolución Mexicana (1910-1917), por un diálogo entre un revolucionario (Jack Palance) y un profesional o mercenario (Burt Lancaster). Una plática entre la confianza y el escepticismo, entre la ilusión y el desencanto, sobre la necesidad de un objetivo, de una causa por la que vivir o morir.
—Nada es para siempre, excepto la muerte... Pregúntales a aquéllos del cementerio de los hombres sin nombre.
—Ellos murieron por algo en lo que creían.
—¿La revolución? Cuando cesa el tiroteo los muertos se entierran y los políticos entran en acción, y el resultado es siempre igual, una causa perdida.
—Tú quieres la perfección o nada. Eres demasiado romántico, compadre. La revolución es como la más bella historia de amor. Al principio, ella es una diosa, una causa pura. Pero cada amor tiene un terrible enemigo.
—El tiempo.
—Tú la ves tal como es. La revolución no es una diosa, sino una puta; nunca ha sido pura, ni virtuosa, ni perfecta. Así que huimos y encontramos otro amor, otra causa, pero sólo son asuntos sórdidos. Lujuria, pero no amor. Pasión, pero no compasión. Sin amor, sin una causa, no somos nada. Nos quedamos porque creemos. Nos marchamos porque estamos desilusionados. Volvemos porque estamos perdidos. Morimos porque estamos comprometidos.
La toma de decisiones médicas puede ser muy complicada.
[Relato]
Durante el tiempo que estuve ausente no tuve noticias de su evolución clínica. Y al regresar a Valdovirio pude comprobar en su persona el humano drama que todo lo reduce al ser y no ser. Por circunstancias vitales que no viene a cuento explicar, me había desligado de mis habituales funciones profesionales, dejando de ejercer la medicina durante casi cinco años; un largo periodo para una actividad que requiere de la práctica continua, si uno no quiere perder las habilidades aprendidas y la capacidad de afrontar el sufrimiento humano. Antes del retorno, tuve que repasar algunos temas y refrescar conocimientos casi olvidados; necesitaba aquietar mi conciencia. Hube de ponerme al día con prontitud para volver a la cotidianidad que dispone al terapeuta frente al doliente, al experto bendecido por la vara de Esculapio ante el enfermo que espera lo mejor de su arte. Me pidieron que fuese a visitarlo porque había empeorado; algo esperado del progresivo mal que le aquejaba. El doctor Roberto Siles, el joven médico saliente, me había puesto al tanto de los enfermos encamados. Llegué en cuanto pude, después de una larga jornada en la que me reencontraba con pacientes que todavía me recordaban y en la que tenía el primer contacto con otros nuevos, jóvenes desconocidos que veía en una primera consulta agotadora que suponía el reinicio de mi ejercicio profesional (un desempeño que se diferencia de cualquier otro, basado en una singular relación humana que entraña un peculiar intercambio emocional).
Y allí estaba él, el viejo Serafín.
Yacía ante mí, transido, casi inerte. Ni balbuceaba siquiera; sólo emitía breves y lastimeros gemidos. La escasa mímica era su lenguaje. Y sus ojos... Sus ojos hablaban incesantes; su candidez se clavaba suplicante, implorando ayuda sin convicción; su hondura ascendía doliente, mientras se ahogaba el clamor del sufrimiento.
—No es urgente, doctor Lintres, pero si usted pudiese...
Casi un lustro. ¡Cómo iba a negarme al ruego de su mujer! Acudí sin tardanza y la hija mayor me dio información detallada. Había estado hospitalizado tres meses por una crisis respiratoria de la que salió de milagro. En el informe que me proporcionó se concluía un diagnóstico novedoso para mí. Una parálisis idiopática hiperestésica, una enfermedad rara que debuta en la edad adulta y que afecta la actividad motora, respetando la sensibilidad. Reconocía mi ignorancia, antes de averiguar que se trataba de una afectación de la neurona motora; en esencia lo mismo que la esclerosis lateral amiotrófica pero no exactamente igual. Al pensar en enfermedades del sistema nervioso, aparecía la enfermedad de Parkinson con su inquietante temblor de manos y su característica rigidez; también venían a mi mente procesos desmielinizantes como la esclerosis múltiple, que afecta las sensaciones, la movilidad y las funciones intelectuales, y, ¡cómo no!, la demencia de Alzheimer que, cebándose con la memoria y el intelecto, hace perder las habilidades aprendidas y avanza irremisiblemente hacia la absoluta pérdida funcional, hasta contemplar al individuo que la sufre sin ver ni rastro de lo que fue. No era el caso. Serafín conservaba su capacidad cognitiva y su sensibilidad; tampoco temblaba; su mal parecía reducirse a un peculiar trastorno del movimiento. Su cuerpo, atrapado en sí mismo, desobedecía las órdenes de su cerebro.
—Está así desde hace un par de años —me dijo la primogénita—. Su estado es lamentable, ya lo ve. Se consume día a día y sus quejidos son continuos. Las últimas noches han sido interminables. Nadie descansa en esta casa; estamos agotadas, don Cándido; sobre todo mi madre… ¡Mejor sería que Dios se lo llevase!
Al decir esto se detuvo como avergonzada, o aturdida por esa peculiar ambivalencia de querer a alguien y desearle la muerte. Callaba con el piadoso deseo, bajando la mirada, en resignada actitud de suprema impotencia. Y el silencio se prolongó expectante hasta que la compungida esposa del moribundo tomó la palabra.
—Luisa habla así porque ama a su padre. Por mi pensamiento también ha pasado la idea de acabar definitivamente con su sufrimiento. Son dos años postrado en esa cama. De nada ha servido la rehabilitación, y la medicación no ha logrado mejorar su aspecto. Ahora sólo cabe el apoyo moral que nosotras le podemos dar y los analgésicos que mitigan su agonía. Fue un hombre tan activo… Usted bien lo sabe.
Sí, yo lo sabía. Diez años atrás le había encargado una estantería y un armario de roble, para ordenar mis muchos libros y mi poca vestimenta en la casita que tenía alquilada en el pueblo, y poco tuve que esperar, a pesar de los muchos encargos que le hacían. Era un extraordinario carpintero, jovial, cumplidor, entregado a su oficio, y además buena persona. Verlo en tal estado era contemplar el paradigma de la salud; alto, robusto, enhiesto, lozano, vital. Y observar en un ángulo de la alcoba el acordeón que tocaba en sus días saludables, olvidado de su dueño, me agrandaba su drama.
—Se fue apagando poco a poco —continuó la esposa—. Y ahora... Ahora precisamos un calmante eficaz. Los analgésicos que le prescribió el doctor Siles, su suplente, son demasiado suaves. O puede ser que Serafín no responda a ellos. Y que conste que no me quejo de don Roberto. Es un buen médico, un médico joven que hizo todo lo que estaba en su mano durante estos últimos años. Deseo que le vaya bien, allá a donde le corresponda ir. Él nos explicó que los calmantes más potentes le impedirían respirar y que convenía reservarlos para un futuro. Ha llegado ese futuro, doctor Lintres, y no queremos verlo sufrir más. ¿No cree que es hora de administrarle…?
La hija menor fue rotunda en el relevo: «¡Morfina! Sin duda la necesita». Lo habían hablado entre ellas, sabían que era lo más potente. Berta se expresaba con menos parsimonia que las otras dos mujeres; le bullía la sangre adolescente. A un tío que falleció de un cáncer óseo se la habían inyectado durante varios meses. Estaba justificado y no sería yo quien le negase al pobre Serafín la droga de Morfeo, cuyo único obstáculo eran las absurdas trabas administrativas. Para la dispensación de opiáceos en la farmacia era preciso realizar una doble prescripción. Aunque parezca incomprensible para las mentes pragmáticas, así era: había que cubrir una receta ordinaria y otra especial de estupefacientes que en ese momento no llevaba conmigo.
—Precisa ayuda para todo —refería Berta—; tenemos que asearlo y alimentarlo, hemos de velarlo de continuo y consolarlo a cada instante. Sus dolores deben ser atroces; no pronuncia palabra, pero por su mirada intuimos... Estoy segura, pide que demos fin a su padecimiento. Nosotras no sabemos cómo aliviarle, y nos sentimos tan frustradas que también nos duele. Nos duele el alma. Mamá sufre, Luisa sufre y yo..., yo me muerdo desesperada. ¿Qué podemos hacer? Se ha convertido en un vegetal, en un cadáver con un corazón que late, en un muerto en vida. ¡No es justo vivir así!
El enfermo estaba increíblemente desfigurado y la fotografía de la mesilla de noche lo confirmaba. No era antigua; estaba junto a su mujer, saludable, ufano y sonriente. Al lado, un platito de porcelana conmemorativo: «Vigésimo quinto aniversario». Y dos nombres dorados: «Mercedes y Serafín». No, su envejecimiento no era el natural; se había transformado totalmente; era un cuerpo abandonado.
Substraído, escuché la voz de la hermana mayor, que corroboraba.
—Lo que Berta ha dicho, doctor Lintres. ¡Un muerto en vida!
Luisa volvió a insinuar la drástica posibilidad y no salió reproche de la madre, ni tampoco de mi parte. Todos desearíamos una muerte dulce y tranquila, una muerte serena, sin grandes sufrimientos; era mi reflexión mientras centraba la atención en el encamado. Su semblante inexpresivo, a pesar de los lamentos, conmovía el ánimo; estaba rígido, frío, cetrino, delgadísimo. Y aquellos ojos, hundidos por la caquexia, querían saltar desde la profundidad de sus cuencas; vertían su súplica, su anhelo. «Por favor, mitigue mi padecimiento o apláquelo para siempre», creían oír mis oídos desacostumbrados a los gemidos de los moribundos. El aire se llenaba de desconsuelo por aquella vida vegetante sin rayo de esperanza, y frente a la tétrica figura, pálida, osuda, cadavérica, yo meditaba. ¿Dónde está la crueldad? ¿En dejar que el padecimiento siga su curso o en liberar del sufrimiento? Mercedes me sacó del estupor. —¿Qué me dice, don Cándido? Usted ya ve cómo está; es digno de compasión. Ha estado recibiendo más medicación que alimentos. ¡Mire lo que hay aquí!
Me mostró una caja de cartón con envases de diversos fármacos, algunos vacíos: analgésicos, antiinflamatorios, ansiolíticos, hipnóticos, antidepresivos, neurolépticos...; todo el arsenal terapéutico que había penetrado en el cuerpo del pobre Serafín. La atribulada mujer retiró el muestrario farmacéutico, perseverando entre sollozos.
—Le ruego que le administre una dosis compasiva de morfina.
Por mi cabeza de médico rural pasaron las recomendaciones de mis mejores maestros, el juramento tácito de todo profesional de la medicina y los principios de la ética médica. Hipócrates y Maimónides condicionaban las decisiones y los actos de su humilde discípulo. Quise ponerme en el lugar del doliente, figurarme sus particulares demandas, considerando la máxima hipocrática de que no hay enfermedades, sino enfermos. Porque cada caso merece atención diferente; alrededor de cada cual gira un mundo propio de pensamientos y emociones; cada esencia es inalienable e incomprensible a los demás. Acudió a mi mente la inconfesable dicotomía: ¿prolongar la vida o darle fin? No podía quebrantar los éticos preceptos, así que opté por las medidas lenitivas. Abrí mi maletín e hice lo que debía: exploración, reflexión, sedación, prescripción y oportunos consejos. Después me despedí sin mucha convicción.
Allí quedaban tres mujeres hermosas velando a un ajado moribundo.
Me fui convencido de que había hecho lo adecuado, dar consuelo a la familia del enfermo y aliviar a éste en la medida de lo posible. Había estado con ellas hasta la caída de la corta tarde, y la Luna ya imponía su misteriosa presencia en la noche invernal de Valdovirio. Recogí el talonario de estupefacientes y hablé con Saturnino, el boticario. Por la mañana, su mancebo habría de llevar a la casa de Serafín el pertinente mórfico. Luisa estaba entrenada para administrarlo. ¡Oh, Luisa!, una mujer cautivadora.
De pronto fue ella la que acaparó mi pensamiento de soltero; de vuelta desde la botica, su bella imagen me turbaba de tal modo que mi corazón palpitaba ardorosamente y mi piel se estremecía como pocas veces. Tenía un difuso recuerdo de cuando dejara el pueblo, porque su padre, entonces tan saludable, la había traído a la consulta, supongo que por algo banal; pero de sus catorce o quince años de entonces a los diecinueve o veinte actuales se había producido una gran transformación y, aun en las dolorosas circunstancias, resplandecía como una auténtica diosa; sus deliciosas facciones, su larga cabellera dorada, su armonioso cuerpo, a la vez insinuante y recatado, y sus hechizantes ojos de amatista no eran fáciles de olvidar. Aparté de mí ideas alocadas de amante repentino y exaltado, y centré la conciencia en el deber profesional.
Llegué a casa muy cansado, verdaderamente agotado por el vapuleo emocional, y me dormí prontamente. Mi mente dejó de pensar, se alejó de dolores y placeres, y enseguida fui enteramente prisionero del imprevisible dios de los sueños…
***
¿Qué me estaba pasando? Deseaba hablar y mi garganta enmudecía, intentaba moverme y no respondía mi cuerpo. En cambio, veía y oía, y pensaba, y sentía; me llegaban estímulos y los interpretaba. Pero, ¡ay!, no podía darles respuesta. Era realmente querer y no poder; la más grande impotencia. Trataba de reflexionar en aquella inefable oscuridad y del esfuerzo me agotaba. Después escuché una voz lejana y me pareció la de Roberto Siles, el joven galeno que yo había desplazado al volver al pueblo. A continuación, dos voces más, masculina y femenina, una tras otra; no me eran conocidas, pero se revelaron como pertenecientes a un enfermero y a una trabajadora social. Entonces comprendí que tenía una enfermedad grave, una patología de evolución prolongada incurable que me martirizaba.
¿Me encontraba en coma? ¿Estaba anestesiado?
No sé; tenía la sensación de estar semimuerto. Supuse que habría de ser una gran carga para mi familia, hasta que caí en la cuenta de que vivía solo. Mis padres habían fallecido y mi hermana vivía felizmente casada allende el océano; de conocer mi estado, seguramente vendría a verme, como el resto de parientes, que acaso ya habían acudido y, sin poder hacer nada, retornado a sus ocupaciones. Sabía que los servicios sociales habían mejorado mucho en los últimos años, pero también que la economía del país no estaba tan boyante como para atender a un mayor número de enfermos crónicos dependientes que crecía día a día, por el envejecimiento poblacional que acarrea la mayor expectativa de vida. Y aunque yo era un hombre todavía joven, indudablemente suponía una carga social. Desde el insondable interior me veía hecho un viejo prematuro. Para colmo, un médico inservible que poco antes se sentía en plenitud de facultades y alardeaba de su inquebrantable salud, bruscamente retirado por mor de una dolencia imposible de combatir. ¡El doctor Lintres hecho una piltrafa! Para echarse a llorar. Inmóvil en aquella metálica y fría cama de hospital, sentí en un flanco una intensa algia que me atravesaba en puñalada. Creo que emití un grito lastimero. El dolor fue cediendo poco a poco, e imaginé que me habrían administrado una bendita dosis analgésica. Se me apareció la dulce imagen de Luisa… y soñé que soñaba.
«¡Enfermero! Si es necesario auméntele la dosis. Y usted, Mercedes, vea lo que se puede hacer», pronunció el médico que hablaba como el doctor Siles.
«Le doblaré la dosis si es preciso», respondió el enfermero.
«Haré lo que permita la ley», dijo Mercedes.
¡Mercedes! ¡Qué casualidad! Se llamaba como la mujer de Serafín. ¿Y si fuese ella? Por su timbre vocal no me lo parecía. Negué con vehemencia y quise dejar la mente en blanco, pero era incapaz de descansar. Experimenté un horrible escalofrío. Me preguntaba si sería víctima de la venganza del doctor Siles, por haberlo desplazado; o de la otra Mercedes, por haberme mostrado tan distante; o de Luisa, o de Berta, por la misma razón. De Luisa me costaba pensar mal, claro, por el cegador flechazo.
Aparté las ideas peregrinas y me puse a considerar cuántas cronicidades se habrían podido evitar con un mínimo de actuaciones preventivas destinadas a concienciar a la población de un cambio de hábitos de vida, o de una vuelta a la alimentación saludable. Sin necesidad de proponer medidas extremas, que a nada bueno conducen, explicando sencilla y llanamente las ventajas de un modo de vida, de un estilo, como en estos tiempos se dice, que no supone más que valerse del sentido común, evitando los excesos sin prohibir las fiestas conmemorativas, los banquetes o las pequeñas juergas que rompen la monotonía y nos permiten sobrellevar la dureza existencial. En cambio, ¿cómo frenar el curso de enfermedades genéticamente predispuestas que avanzan hasta adueñarse completamente de la voluntad? ¿Qué hacer con las víctimas de enfermedades raras, de las que poco o nada se sabe? ¿De qué forma lograr que las mentes crónicamente enajenadas retornen al mundo de lo sensato? Dejaba estas cuestiones en el aire de mis tinieblas y concluía que siempre existirían enfermos crónicos y, en consecuencia, una mayor o menor gran carga social, tanto desde el punto de vista económico como de la perspectiva de dependencia personal.
«El informe de dependencia ya está tramitado, doctor», le escuché decir a la trabajadora social. Desde luego le van a reconocer el grado máximo.
«Bien, bien», asintió el médico, mi médico en ese trance.
Ahora percibía la profunda punzada en el costado contrario. Un grito semejante al de antes se siguió de parecida placidez post-analgésica. Y, consciente de mi penosa situación, continué meditando (me sorprendía de mi poder mental) que cualquier enfermedad crónica podría cebarse con cualquiera de los mortales; desde un proceso infeccioso, como una hepatitis vírica que evoluciona hacia una insuficiencia hepática, a un tumor maligno de cualquier aparato o sistema orgánico, incluida la sangre, pasando por un trastorno cardiovascular limitante, como una miocardiopatía o un ictus cerebral, ya sea éste por obstrucción arterial o hemorragia encefálica, o una enfermedad degenerativa o lesiva del sistema nervioso central, como la del pobre Serafín u otras que, en mi recién finalizada actividad asistencial de médico rural, acababa de repasar, concretamente al atenderlo a él, al carpintero que llegué a vislumbrar como suegro. ¡Ah!, su deliciosa hija no abandonaba mi enamorado y gozoso pensamiento. Luisa se había adueñado de miss células y reinaba sobre mi adormecida voluntad.
«¿Cuál es el diagnóstico definitivo, doctor?», preguntó el enfermero.
«Hemos concluido que padece una parálisis idiopática hiperestésica», sentenció el heredero de Hipócrates, mientras registraba la dolencia con su código internacional.
¡Parálisis idiopática hiperestésica! ¡Lo mismo que Serafín! ¿Cómo era posible, siendo una enfermedad tan extraña? Maldije mi mala suerte, pero un tiempo después (no sabía si pasaran minutos, horas o días) ya me daba igual. Mi médico se estaba refiriendo a una de tantas alteraciones que condicionan la vida, que provocan incapacidad, que imposibilitan la actividad habitual, que incluso impiden el disfrute de actividades lúdicas y suponen la necesidad de ayuda para realizar las tareas cotidianas más elementales, como asearse o vestirse. Quedaban al margen enfermedades comunes de todos conocidas, sobrellevadas en parte con algunos cambios higiénico-dietéticos y con la ayuda de fármacos en su justa medida. La mía era uno de esas dolencias menos comunes, de etiología incierta y de tratamiento limitado, de muy diversa índole, inmunológicas, endocrinas, del tejido conjuntivo o multifactoriales, incluyendo las que no dejan huella orgánica, que afectan a la mente, destruyen la integridad del individuo y, en definitiva, son invalidantes. Otros enfermos de larga evolución podían disponer de tratamientos paliativos para mejorar su calidad de vida; valga el ejemplo de los que presentando insuficiencia renal crónica son desintoxicados mediante diálisis. Para mí no existían semejantes medidas reconfortantes. Algunos eran tratados quirúrgicamente, aun a riesgo de sufrir graves secuelas o de necesitar posteriores cuidados especiales; basta reparar en los traqueostomizados, gastrostomizados, colostomizados o trasplantados de órganos. Y lo mío no era cuestión de cirugía. Con mi rara enfermedad entre las enfermedades raras —y largo es el listado—, tan rápidamente progresiva, nada cabía esperar de ninguna terapia conocida. Así que decidí resignarme.
Pero la conformidad no llevaba aparejada la paz y un arrebato me sustrajo del feliz reposo. Creí que deliraba, o que me hallaba en otro planeta. En el aislamiento más atroz, en la soledad más angustiosa, hallé tres pares de ojos que impasibles me miraban. Dos hombres y una mujer que tras cruzar sus miradas volvían a contemplarme fríamente. Después, en medio de las sombras interiores, me pareció que discutían.
«¿Qué hacemos con él?», era el interrogante general, que se reiteraba en su variante. «¿Vida o eutanasia?». Y yo expectante, sin capacidad de decisión. Los escuchaba abatido, atado a una rígida cama de hospital, como singular prisionero, incapaz de movilizar las extremidades y de articular palabra; absolutamente paralizado de cuerpo y de alma, supeditado a otros. En la negrura, un hombre pretendía mantener mi cuerpo vegetal; el otro, optaba por dar fin a mi penoso estado; y la mujer se mostraba indecisa. Sus compañeros trataban de inclinarla hacia su posición respectiva; el femenino titubeo me inquietaba. Tras una eternidad, ella se decidió. «Me he convencido: la vida es sagrada.»
¡Oh Dios! Estaba de parte de los bondadosos. De quienes portan el piadoso estandarte, la discutible piedad. Entonces, me fijé en su rostro: ¡Mercedes! En concesión de agradecimiento, me fui hacia el discrepante: ¡Serafín!, el de la foto; él era el enfermero. ¿Y el primero, el cabronazo? Estaba de espaldas, se giró y... ¡mi alter ego! La voz del médico que había escuchado no era la del doctor Siles, sino la de mi otro yo. Señor, tenía derecho a seguir gozando de mi vida, de mi fatal condena. ¡Condenado a vivir! Si a los ojos salvadores suponía el triunfo de la bella existencia, con todo el goce y atractivo que cabría esperarse de un mundo tenebroso en inequívoca postura horizontal, en mis entrañas sentía la aprisionadora sentencia que me encadenaba a mi propio tiempo interminable. Creí escuchar un grito de desesperación y…
¡Fin de la alucinación angustiosa!
***
Jadeante y sudoroso me sobresalté, emití un grito de espanto y precisé de largos minutos para recuperar la entereza. Pocos saben lo que es estar al borde de la muerte y volver felizmente a la vida, después de haber entrado en el trance del que ya no se espera salir. Aquello no era verdadero, pero me lo parecía. El sufrimiento que mi mente había experimentado no tenía nada de ficticio. Creo que lloré al percatarme de mi realidad. Estaba en mi lecho, no en una gran institución, y además completamente sano. «¡Señor, qué suerte la mía!», me dije. Elevé mi gratitud al cielo, cerré los párpados y me entregué a un sosiego renovador, hasta alcanzar el goce supremo. Misteriosamente, me llegó la alegre sonoridad de un viejo acordeón, la bendición de su música. Era hora de levantarse y de emprender la segunda jornada en Valdovirio, en el lugar que había acogido mi regreso. Respiré hondo, muy hondo, sabiendo lo grande que era mi fortuna. El doctor Cándido Lintres podía valerse por sí mismo, tenía capacidad para decidir, era autosuficiente. ¿Qué más podía desear? Nada. Nada, excepto el amoroso y necesario reencuentro con Luisa.
Finalizada la sesión de la junta directiva del Colegio de Abogados, el tesorero torció el gesto. Fue el primero en advertir la falta de la valiosa figura dorada que se exhibía en una urna. Representaba al orador Pericles; todo un símbolo. El presidente, el secretario y los demás miembros pensaron en un mismo sentido. Tras comunicar el hecho al personal del Colegio, sin esclarecer nada, denunciaron el supuesto robo. Investigar era competencia de la policía; lo suyo era abogar. Para evitar disgustos, decidieron no enviar ningún mensaje a los colegiados, aunque podrían enterarse por cualquier lengua suelta. Pocas semanas después, el análisis de restos biológicos hallados en la caja acristalada señaló un culpable. ¡El tesorero! Mudó nuevamente de semblante y se desvaneció… El ladrón, diagnosticado de incontrolable cleptomanía, fue absuelto. Lógicamente, perdió su cargo. Y la áurea figura de Pericles luce en su lugar. Pero… ¿qué no quedaría por recuperar?
[2019, may]
Siempre lo que tiene valor material o el dinero de por medio...
No son pocos los médicos que se están jubilando anticipadamente, hastiados de un trabajo insatisfactorio y agotador. Se van después de muchos años con un mal sabor de boca. Y me temo que sin gesto alguno de preocupación por parte de los gestores, ni por supuesto de afecto. Pero incluso médicos jóvenes acaban renunciando al doloroso ejercicio de la medicina.
En el ámbito sanitario el optimismo se hace necesario para mantener un buen estado de ánimo con el que poder hacer frente a tantas adversidades. Un médico optimista, lo mismo que un enfermero optimista, sea hombre o mujer, dispone de mayor fuerza terapéutica que otro desilusionado, por muchas aptitudes técnicas que posea. Y la medicina es seguramente el más digno oficio.
Más de uno ya se habrá percatado de que el título de esta entrada es la inversión del de una famosa película musical en su versión española: Sonrisas y lágrimas. Por lo demás, nada que ver con el séptimo arte. Nuestro enfoque se dirige a la expresión emocional de tristeza y alegría de los médicos respecto a su vida laboral. Cada profesional de la sanidad tiene su personalidad, sus circunstancias y su modo particular de contemplar su espacio de desempeño de su actividad diaria. Hay quienes lo ven todo blanco, o negro, o en una variopinta escala de grises.
Destacando los extremos, reproducimos manifestaciones contrapuestas de algunos facultativos que hemos recogido de las RRSS.
Dice un veterano galeno quemado:
—Queridos aspirantes al MIR: probablemente dentro de 30 años os encontréis con vuestra vida personal y familiar arrasada y preguntándoos si realmente ha merecido la pena el esfuerzo. Eso por no hablar de que vuestra salud física y mental estará tocada y tal vez seáis adictos al alcohol o alguna otra droga y/o necesitéis tratamiento con psicofármacos. Y a la empresa, pública o privada, le va dar igual si os ocurre algo. Al día siguiente, habrá otra persona haciendo vuestro trabajo.
Dice un joven galeno entusiasta:
—A pocos meses de hacer el MIR, tengo claro que quiero ser médico de familia. Soy un tío con las cosas bastante claras y siempre he tenido la especialidad de familia entre mis prioridades, pese a saber de la excesiva carga de trabajo, el desprestigio y las mil y una carencias a las que tienen que enfrentarse diariamente estos especialistas. Pese a las opiniones en contra de familiares y amigos.
Un tercer galeno experimentado corrobora:
—Somos muchos los que hicimos lo mismo hace muchos años, elegir esta maravillosa profesión. Cerca de la jubilación, te confirmo que no me arrepiento y que he visto satisfechas mis ambiciones profesionales y sociales.
Un cuarto galeno rodado critica la gestión de los RRHH en el sistema sanitario:
—Hace años me esforzaba en cumplir objetivos, todo lo que me trazaban; quería ser un buen chico, apreciado por la organización. Pero nunca nada parecía suficiente, nunca nada estaba bien hecho y nadie valía lo suficiente. Algo falla; algo falla por ahí arriba, donde gestionan —o manejan— los recursos humanos. Porque no podemos ser todos unos mediocres, unos vagos, unos incompetentes... ¡Tengo cicatrices de esta prolongada guerra llamada vida profesional!
—Vemos al paciente como un todo... Te permite diariamente sorprenderte, ilusionarte y emocionarte... Solucionamos muchos problemas de los pacientes... Medicina de Familia no es una especialidad, es LA ESPECIALIDAD.
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Médicos de atención primaria o de atención hospitalaria, enfermeras, auxiliares..., de cualquier nivel asistencial, pueden verter lágrimas por su infortunio. O, por el contrario, exhibir sonrisas de satisfacción por el servicio que brindan y caras alegres por su realización personal. Y aunque algunos se sientan profesionalmente crucificados, cabe ver la parte buena de la vida y, en vez de llorar, cantar y silbar.
Always Look on the Bright Side of Life (Mira siempre el lado bueno de la vida)
En un escenario calamitoso, muchos sanitarios son incapaces de sonreír y se plantean dejar la profesión. Los telediarios lo repiten. Las malas condiciones laborales y, en atención primaria, la burocracia aplastante (hasta la gestión de las bajas por covid-19 que sufre el médico de familia nos distancia de otros países de Europa), son factores decisivos. También hay un descontento hospitalario que está llevando a un desgaste profesional (*) e incluso al abandono del ejercicio, sobre todo en especialidades con mayor presión asistencial. Y sin embargo, esta grave cuestión de la «huída» de nuestros profesionales no parece ser merecedora para los políticos ni de una triste sesión parlamentaria. Así que nos tememos que lleguen más lágrimas, aunque nos quede en el fondo el deseo inmenso de lucir sonrisas.
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(*) Es interesante el artículo Why are doctors so unhappy? [v. entrada «La pérdida de identidad del médico»], de Richard Stmith, que refiere la causas de la infelicidad de los médicos. Una revisión posterior de la GP Rammya Mathew, deseosa de saber por qué tan pocos médicos recomiendan la medicina o incluso la desaconsejan activamente (algo sorprendente para quienes fuera del ámbito médico perciben la medicina como una carrera profesional muy solicitada y prestigiosa), señala el excesivo papeleo, que distancia del principal propósito de la medicina, y concluye resaltando la necesidad de volver a poner a las personas en el centro de todo lo que hacemos, por el bien de los pacientes y por nuestra propia felicidad’’.
La mala situación económica tiene efecto negativo en la salud.
Capítulo 6 de La encrucijada del galeno. Párrafo: Economía y salud. [Carlos Abré, protagonista de la novela, se lamenta de los malos efectos de la crisis económica.]
La mala evolución económica había agudizado los males existentes y provocado otros nuevos. Cefaleas tensionales, ataques de vértigo, zumbidos de oídos, dermatitis por estrés, enfermedades cardiovasculares, infecciones respiratorias y otras patologías se habían incrementado de una manera alarmante, lo que redundaba en empeoramiento de la crisis (¡necesidad de más recursos sanitarios para atajar los males!) y en beneficio de negociantes que, como él, podían sacar tajada. Sin embargo, eso no le satisfacía. Lo que estaba pasando le disgustaba sobremanera, aunque no lo desquiciaba hasta el punto de lanzarse a hacer cualquier locura o tirarse a la bebida; de momento no iba a arremeter contra el mundo ni a convertirse en un alcohólico abocado al delirio, como el personaje de Jack Lemmon en Días de vino y rosas, el inolvidable drama de Blake Edwards. Con innegable esfuerzo, mantenía un mínimo control de sus emociones, sin echar mano del whisky, del brandy, del ron, de la ginebra o del vodka. En su situación de privilegio se le veía entristecido, sin estar desesperado; se aplicaba la lógica oriental: no desesperar por lo que tiene o no tiene solución. Y serenaba su ánimo en cualquier espacio natural, o contemplando los reflejos del sol en el agua de un estanque.
Los efectos a corto plazo de las crisis sobre las familias se producen fundamentalmente por tres vías: la emigración, el empobrecimiento (efecto renta) y el desempleo... Los niños y los ancianos son los grupos más vulnerables... El desempleo se ha asociado con un aumento de la mortalidad por suicidio... Las crisis económicas pueden tener efectos positivos sobre la salud allá donde las necesidades mínimas estén garantizadas. El periodo de desempleo se puede emplear para capitalizar la salud, mejorando los estilos de vida y el nivel educativo.
El hambre es un problema mundial que tiene diferentes causas:
pobreza, guerras, desastres naturales...
Cuando el alimento escasea o falta, el hambre se declara. Hablando en plural, cuando los alimentos escasean, se aprecian en todo su valor y se come cualquier cosa. Por el contrario, cuando se tienen en abundancia, quizá algunos se deprecien.
—Ahora hay mucho vicio... —comentaba un abuelo porque su nieto no quería comer la sopa, las lentejas o un plato cocinado de manera casera.
El niño estaba ya acostumbrado a la comida rápida con alto contenido en azúcares y sobrealimentado con chucherías. Todo lo contrario habría de suceder si tuviese hambre de verdad: no quedaría en el plato ni un resto de lo que le pusieran.
En la película Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973)*, calificada de «fábula futurista» o de «profecía malthusiana» y situada en 2022 (prácticamente en nuestro presente), hay una escena en la que los protagonistas masculinos (Charlton Heston y Edward G. Robinson) comen con un deleite contagioso. Y es que no había suficientes alimentos para toda la población, que había crecido de manera desorbitante, de forma exponencial, y para combatir el hambre se había creado un alimento sintético, el «soylent green», que da título original al film. Al fin y al cabo, unas pastillas sin sabor, que nutrían pero no complacían los sentidos (y para nuestro asombro, resultan estar hechas con cadáveres humanos procesados). Los alimentos, digamos naturales, estaban reservados para la élite. Entonces se comprende como estos dos hombres disfrutan de la comida de un tiempo pasado...
Hambre y sobrealimentación: las dos caras alimenticias de la humanidad; lo poco y lo mucho confluyendo en la desnutrición de forma opuesta. Por otro lado, anorexia (nerviosa) y obesidad, dos males aparentemente contrarios de nuestra civilización.
El ser humano tienen derecho a no padecer hambre. (*)
Si quienes tenemos capacidad económica nos pusiéramos de acuerdo, podríamos acabar con el hambre en el mundo. (Plácido Domingo)
Ahora resulta que la culpa de que decenas de millares de etíopes se mueran de hambre la tenemos los occidentales. (Manuel Blanco Tobío)
El hambre también es un negocio. (Felipe L. Aranguren)
El hambre espía en la casa de los pobres, pero si la habitan personas trabajadoras no se atreve a entrar. (Benjamin Franklin) [La pereza acarrea miseria y hambre]
Unos mueren de hambre, a otros los matan de hambre.+
El hambre colectiva es hambruna. (**)
[Hambre y educación o creatividad]
Educa a tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío. (Confucio)
El hambre suele producir poemas inmortales. La abundancia, únicamente indigestiones y torpezas. (Hipólito Taine)
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(*) «Todos los hombres, mujeres y niños tienen derecho inalienable a no padecer hambre y desnutrición». (Conferencia Mundial de la Alimentación, 1974)
(**) La hambruna suele deberse a falta de recursos alimenticios por problemas climáticos, pero también se produce por guerras o estrategias de presión política. Se discute todavía la causa del Holodomor (1932-1934), la hambruna en la República Socialista Soviética de Ucrania durante el régimen estalinista.
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—Hambriento
Un pueblo hambriento no atiende razones, ni se pacifica con la justicia, ni se doblega ante ninguna súplica. (Séneca)
Estómago hambriento no escucha razones. (Cervantes)
Las hambres históricas modifican para siempre el pensamiento de los hambrientos. (Antonio Gamoneda)
A la gente «normal» le asusta lo diferente. Y más todavía la presencia de seres que, por alguna gran deformidad, se consideran monstruosos. Pero, como queda reflejado en un comentario cinematográfico, «la verdadera monstruosidad no se encuentra en el físico de las personas, sino que va más allá de las apariencias, en el interior de las personas». Eso es lo que refleja la película Freaks, de 1932, traducida como La parada de los monstruos (prohibida en su momento y mitificada posteriormente, convertida en película de culto). «Defiende que el verdadero monstruo es aquel que es capaz de hacer cualquier cosa para conseguir sus propios intereses, sin importar el daño que cause a los demás». Los monstruos no son aquí las personas que aparecen con deformidades físicas debidas a enfermedades (enanismo, ausencia congénita de extremidades –síndrome de tretraamelia–, microcefalia, síndrome de Seckel –«cara de pájaro»—, siamesas, mujer barbuda, etc.), sino las otras perversos y crueles de aspecto saludable. Aquéllas pueden inspirar temor o ser objeto de burlas («Poca cosa separa lo horrible de lo cómico», dijo Eugen Ionesco), pero pueden llegar a ser amadas; éstas sólo pueden inspirar repulsa. Verdaderamente, este film invita a la reflexión.
Mientras Tod Browning se afanaba en mostrarnos a los freaks como seres llenos de dignidad, bondad y ternura, los humanos a uno y otro lado de la pantalla abominaban de ellos.
...reflexiones sobre cómo la sociedad percibe la diferencia y cómo, a partir de su mirada, aquella se constituye y se construye como un problema social que afecta a unos pocos...
La pintura española tiene retratos de seres humanos bajo la etiqueta de «fenómeno de la naturaleza» o «monstruo de la naturaleza». El ejemplo más famoso es La mujer barbuda (Magdalena Ventura con su marido, 1631), de José de Ribera. Otros ejemplos significativos: La monstrua vestida y La monstrua desnuda (retratos de Eugenia Martínez Vallejo, ambos de 1680), de Juan Carreño de Miranda, que retrata a una niña de seis años con síndrome de Prader-Willi, que le causaba obesidad extrema; y los bufones de Diego Velázquez, enanos o personas con deformidades, que el pintor dignifica mediante una profundidad psicológica nunca vista, siendo los retratos más famosos Bufón con libros (El bufón don Diego de Acedo, 1636-1645), retratado como intelectual entre libros, y El bufón el Primo (El bufón Don Sebastián de Morra, 1645), con mirada desafiante y postura contenida.
Lo que nosotros llamamos monstruos no lo son a los ojos de Dios, quien ve en la inmensidad de sus obras la infinita variedad de sus formas. (M. de Montaigne)
Los monstruos existen porque son parte de un plan divino y en las horribles características de esos mismos monstruos se revela el poder del creador. (U. Eco, El nombre de la rosa)
No hay serpiente ni monstruo odioso que el arte no sea capaz de hacer grato a los ojos. (N. Boileau)
Los monstruos devoran al hombre en soledad. (C. Baudelaire)