[v. Primera parte y Segunda parte]
III
Hace mucho que dejé de ser niño y de hacer perdonables niñerías, pero aún siento pavor al rememorar la experiencia de la Masneda. Igual que a mí me superó la imaginación, sigo creyendo que al viejo Armando lo aterrorizaron las mismas fuerzas naturales que había sobrellevado en su dilatada vida y que, por algún motivo, acabaron sobrepasándolo. No puedo saber qué fue lo que trastocó su razonamiento, si la reciente muerte de su esposa –que algunos apuntaban–, una hiriente frustración existencial u otra causa insuperable. Cualquiera pudo ser el desencadenante de complejas reacciones en su cerebro que le hicieran ver lo inexistente. Bebía demasiado, y es sabido que el alcohol desordena las neuronas. Especular es fácil; y también reírse.
Este verano coincidí en Melibel con el estudiante de derecho que se había burlado del relato de Armando Cardoso. Era uno de los más escépticos. Se llama Rodolfo Gobierna y ahora es un prestigioso abogado. Como hombre juicioso sigue manteniendo su escepticismo. Razonando sobre el asunto, me dijo:
—No sería difícil desentrañar el misterio. Primero porque de la desaparición de Doín y del ganado se pueden dar explicaciones convincentes. Y porque no siempre acertamos a interpretar fenómenos naturales, por desconocimiento o por desconcierto. Sirva un ejemplo ilustrativo. Los indios americanos, por la ignorancia y el miedo, vieron a los conquistadores como dioses barbados; pero cuando se percataron de que eran simples mortales como ellos, ya sin temores infundados, se vino abajo el mito, igual que se derrumba un edificio sin sólidos cimientos. Al hilo de esto, en una pretérita comunidad occidental de hombres blancos, los negros africanos o los orientales de ojos rasgados fueron vistos en un principio como seres exóticos, hasta que se habituó la mayoría a la minoría y ésta se integró de forma natural. Siempre ha habido recelo ante lo diferente. Si hubiese un drástico rechazo, odio acérrimo o absoluta incomprensión, aparecerían dragones u otros saurios fabulosos. Sucedería lo propio si extravagantes extraterrestres se presentasen de pronto ante los asustadizos terrícolas.
—De eso tenemos testimonios de afirmación... —dije por lo bajo, con discreción y humana inseguridad, sin cortarle el hilo letrado.
—Se entendería la repulsa —continuó— por el temor a lo desconocido. Más tarde, en actitud serena, acostumbrados a lo novedoso, se conseguiría superar ese miedo irracional. Finalmente, podría lograrse un entendimiento mutuo, una relación amistosa, o incluso desde la diferencia llegar a quererse.
—Supongo que tienes razón, Rodolfo —le dije convencido—. Yo era un niño y creí el relato de Armando. Por eso fui en busca de su verdad, no de la mía. Y descubrí el engaño que él, inocente, con seguridad se llevó a la tumba. Comprendí que no debemos conformarnos con las apariencias, ni ver, sin más, lo desconocido como amenaza. En una primera impresión el desasosiego puede perturbar nuestra interpretación mental, pero como individuos inteligentes tenemos capacidad de acomodación. Por eso la automática sorpresa cede paso al filtro de la razón. Pero solemos ver con ojos escrutadores y deformamos lo existente.
—Acaso no nos baste lo real —respondió Gobierna—; o no nos guste, e indaguemos por inciertos derroteros en busca de satisfacción o de poético consuelo. Sabemos del poder de la mente, pero también de su debilidad. Como seres pensantes, nos maravilla y nos abruma el mundo; nos encandilan las criaturas que el planeta alberga y recelamos de ellas; pasa otro tanto con nuestros semejantes. Vivimos en la ambivalencia. Nos hallamos a gusto y gozamos con un paisaje; sentimos extrañeza en la propia piel y, para colmo, la naturaleza se revela, en ocasiones hiriendo nuestro cuerpo o alterando nuestro espíritu. Más allá de terremotos, inundaciones, huracanes o erupciones volcánicas, hay cosas que nos asombran y nos espantan. Extraños seres, inorgánica materia que cobra vida, fantasmas que forja el magín en medio de la alucinación o del delirio, nos fascinan y nos aterran como la misma muerte. Y lo diferente nos atemoriza… y nos atrae.
Ahí finalizó la interesante plática. Nuestras inteligencias concordaban en lo sustancial, aunque mi mente fuese más fantasiosa.
Rodolfo y yo intercambiamos nuestras señas, suponiendo que, en nuestra establecida rutina, habríamos de volver a coincidir en Melibel el próximo verano. En tanto, los colores del otoño se me mostraban propicios para poetizar con los recuerdos o para fantasear con lo visible. Es agradable dejarse sugestionar por la cromática atmósfera sin llegar al límite del aturdimiento enloquecedor.
***
Y ahora, sin regocijo ni desagrado, ¿por qué no dejar que la mente retroceda otra vez hasta los años de la confusa adolescencia?
En cierta ocasión eché una ojeada a una de esas novelitas rosas a las que mi hermana Juana era tan aficionada. La abrí al azar y leí:
Isabel se enamoró de Torblik, un ser de otra galaxia cuyas características morfológicas distaban mucho del canon de belleza terrena. No era atrayente para los ojos humanos, pero había algo inexplicable en él que a ella le satisfacía plenamente.
Supuse que ese Torblik habría llegado en una nave interplanetaria, entre robots y artilugios tecnológicos; la ciencia ficción de los tebeos había azuzado mi imaginación. Pasé la hoja y me detuve en un fragmento dialogado en el que la protagonista le declaraba su amor al amado, muy distinto a otros, que correspondía.
—Me gusta lo que veo en ti y lo que alberga tu interior; todo tú me agradas. Eres un ser adorable… Y no me importa nada lo que digan los demás.—Sé que soy grotesco a los ojos de tu gente; e igual de raros les parecen a los míos los de tu raza. Y, sin embargo, Isabel, nosotros vemos más allá de lo aparente; sentimos mucho más que aquellos que no intentan comprender.—¡Ah, Torblik!, te amo como no amé jamás —pronunció ella, apoyando su sonrisa en el pecho del llegado de siderales confines.
En ese relato trivial, lo mismo que en algunas historietas de comic, a las que soy tan aficionado, había más sensatez que en muchas obras enjundiosas. ¡Quién lo diría! Me llenó de contento... Se daba por posible una relación no destructiva –y la amorosa lo es en ocasiones– entre dos seres distintos y distantes, pero parecidos y próximos.
***
Dicho lo cual, no me queda más que confesar con inquietud.
Yo, Jacinto Balboa, arquitecto licenciado, reconozco el límite de la dialéctica y, desde la modestia de mis treinta y nueve años de terrenal historia, dudo todavía. ¿Armando Cardoso era un embustero? ¿Tuvo un delirio transitorio, etílico o motivado por su soledad? ¿Estaba enfermo, padecía demencia senil, sufrió un ataque vesánico? ¿Fue acaso víctima de una pesada broma carnavalesca? ¿Vio realmente el viejo de Melibel lo que creyó ver? Me pregunto todo esto tratando de hallar una respuesta. Si hablase y estuviese vivo, tal vez me la daría León, mi viejo can de palleiro.
No estoy ebrio. No soy mentiroso. No vivo en soledad. No estoy loco. Y no me dejo engañar fácilmente. Lo afirmo creyendo que la Masneda encierra algún secreto. ¡Ríase quien quiera! Y si no, intenten comprender la verdad del engaño.
[1997, 3-5 mar.]
Neptuno «el místico» (de Los planetas), Gustav Holst











1.jpeg)







