Un monumento natural es un elemento natural de valor, ya geológico, geográfico o biótico, que merece una protección especial para conservarlo. Y como ejemplos ilustrativos, traigo algunos monumentos naturales de carácter geológico, sin importar que hayan sido calificados como tales o que tengan un carácter oficioso.
La importancia del médico en el sistema sanitario es indiscutible; es tanta que cuando cualquier ciudadano habla del uso que hace de la sanidad pública suele decir: «Fui al médico», «Voy al médico», «Tengo que ir al médico»...
Una incuestionable aseveración sobre la cual dice la IA:
Esa metonimia —donde el médico representa a todo el sistema— refleja no solo una costumbre lingüística, sino la base misma de la atención sanitaria por varias razones:
El rostro de la confianza: Para el paciente, el sistema no es un conjunto de protocolos o infraestructuras, sino una relación personal. El médico es quien valida su dolor, da un diagnóstico y ofrece esperanza.
La puerta de entrada: En la mayoría de los sistemas, el médico de familia es el "gestor" de la salud del ciudadano, decidiendo quién necesita pruebas, especialistas o medicación.
Responsabilidad última: Aunque el sistema es un trabajo en equipo (enfermería, celadores, técnicos, administrativos), el médico suele ser quien asume la decisión clínica final, lo que le otorga ese peso simbólico.
Es curioso cómo, a pesar de la digitalización y la burocracia, la figura humana del doctor sigue siendo el eje sobre el cual el ciudadano construye su seguridad vital.
Valga como contrapeso frente a quienes en la actualidad minusvaloran la figura del médico, teniéndolo como igual a cualquier sanitario o no sanitario con muchísima menos preparación y responsabilidad. Porque el tango Cambalache sigue vigente.
El mejor instrumento de exploración con el que cuenta el médico es la silla.
Gregorio Marañón
Muchos médicos especialistas actuales se olvidan de la anamnesis, la entrevista clínica, que tanto aporta a la historia clínica. Supone preguntar y escuchar activamente para obtener datos relevantes del paciente que encaucen el diagnóstico clínico. En lugar de darle el valor que tiene, que es enorme, se centran más en cualquier prueba complementaria alterada, o dudosa, que a menudo lleva a otra u otras pruebas complementarias, tal vez más agresivas. Incluso un hallazgo casual en un análisis rutinario, suele inducir a los especialistas a pedir otras pruebas a discreción. Porque se ha ido perdiendo el enfoque clínico clásico en favor de la tecnología médica. Suponemos que es consecuencia de la nueva formación, que insiste más en protocolos técnicos que en el factor humano, y del peso creciente de la medicina defensiva. Lo cual favorece decisiones de más riesgo y más costosas que hacer el simple interrogatorio clínico, las adecuadas preguntas de rigor, analizarlas y decidir con mayor sensatez lo mejor para el paciente.
El ricercar (o ricercare) es una forma musical instrumental de los siglos XVI y XVII, precursora de la fuga, caracterizada por ser una pieza ‘‘de búsqueda’’, investigación o exploración intelectual de un tema contrapuntístico. Originada en Italia, su estilo serio y técnico alterna pasajes imitativos con tocatas rapsódicas.
Es el eslabón que une la libertad de la tocata con el rigor de la fuga.
El más famoso es el Ricercar a 6 voces de la Ofrenda Musical (BWV 1079) de Johann Sebastian Bach. Esta obra cumbre del contrapunto barroco fue escrita sobre un tema propuesto por Federico II el Grande de Prusia y es célebre por su complejidad, belleza sonora y su histórica orquestación por Anton Webern.
Ricercar a 6 from de la Ofrenda musical BWV 1079 de J. S. Bach
Cerró la puerta con inusitado ímpetu, y el estruendo dejado tras de sí seguía retumbando en sus oídos. Cruzaba la calle con paso apurado y rostro abotargado, colérico, mascullando exabruptos y dispuesto a poner fin a su relación con Berta. Nueve años de convivencia heterogénea, pasables los tres primeros, infaustos y mortificadores los restantes. «No seguiré ni un día más a su lado. ¡Ya está bien! Se ha colmado el vaso. Mañana mismo iniciaré los trámites de divorcio…», eran sus expresiones menos atroces, casi ligeras y por eso audibles. Los pensamientos de Ramiro Vasio convergían en una firme decisión, irreversible: romper el absurdo vínculo que mantenía con su esposa. Quebrado el amor, el odio campeaba. Si de la atracción a la aversión hay sólo un paso, de la vida en grata compañía a la soledad más espantosa el espacio temporal es nimio. Pero siendo elección libre, Ramiro se oponía al desaliento y al drama, diciéndose con aparente entereza que mejor solo que en mala compañía.
Y al día siguiente, con premeditación veloz, maletas presurosas y un cargamento de inquietud, el esposo desencantado partía para su pueblo natal, dejando los trámites correspondientes para mejor ocasión, para cuando pudiese pensar con frialdad. Abandonaba familia, amigos y trabajo (en realidad éste no exactamente), dispuesto más bien a desligarse de un sin vivir que a comenzar una nueva vida. No porque hubiese por medio alguna buena mujer –o una mala hembra engañosamente bienintencionada–, como pudiera presuponerse, sino por no hallar en la oficialmente suya lo que buscaba desde hacía años con ingenuidad de adolescente inveterado. Como orgulloso macho, no sólo estaba seguro de que no recibía las atenciones y el cariño de los que, inmodesto, se consideraba merecedor, sino que, por encima, se creía víctima de dejadez e incluso de afrentas por parte de Berta. «¡Qué diferente cuando la conocí! No hay rastro de lo que era. Lo que fue narciso, hoy es cardo. Le he dado lo que ningún hombre podrá darle. Y mi amor sincero con desprecio lo ha pagado», se torturaba con su propia adulación.
En aquel inicio de primavera, casi doce años atrás, su aparente fragilidad, su donaire y, sobre todo, su fresca sonrisa, cautivaron su corazón noble y por entonces humilde. Nada comparable al resplandor de sus ojos garzos sobre esa fuente de luz destellante. Los reunió el azar, y al hablarle fue correspondido por la dulzura de una voz melodiosa y cristalina que lo encandiló al momento. Entonces, ¡qué suave en el decir! Ahora estaba en la antípoda: estentórea y opaca, un rodillo de púas girando dentro de un pozo negro; más que hacer uso de un lenguaje comunicador ajustado a las reglas de la cortesía, emitía gruñidos y vomitaba reptiles nauseabundos. Venida más que a menos, relegada a las cavernas por una personalidad distorsionada. Todo a tenor, claro, de las apreciaciones subjetivas de Ramiro, cansado, dolido, impaciente, ahíto, infausto, mohíno, quejumbroso... y, pese a todo, quizás enamorado todavía de Berta.
–¡Me marcho!...
–¡No vuelvas!... (¡Pum!)
Él amenazante, ella orgullosa… y el portazo.
En su cabeza seguía retumbando el golpe de la madera habitualmente maltratada, después de rotar bruscamente en sus goznes, en tanto el autocar lo iba alejando felizmente de lo que aborrecía. Con rumbo fijo, y unas ocho horas de rodadura por delante, visionaba con detalle lo pasado...
***
–¡Perdón caballero! Está cargando su cuerpo sobre el mío –le advirtió el viajero que estaba a su vera, en el asiento del pasillo.
–¿Qué?... ¡Cuánto lo siento! Me estaba adormeciendo. No he pegado ojo en toda la noche ¿sabe usted? –se disculpó Ramiro parpadeando por el fulgurante colorido que percibía a través de la ventanilla. Unos pastizales enmarcaban una laguna azul y plata donde se reflejaban amorosas escenas engullidas por el tiempo inmisericorde.
–Pues no, no, ¿cómo lo voy a saber? Yo he dormido esta noche a pierna suelta, pero de cómo la ha pasado usted no tengo ni idea.
–¡Perdóneme! Soy un estúpido –se desperezó discretamente y dispuso su mente en actitud de confesión, liberada e ingenua–. La cuestión es que tuve una discusión con mi mujer. Mejor dicho, una batalla decisiva en una guerra interminable.
El vecino echó una rauda mirada al exterior, como descargando su sorpresa y sopesando las palabras de Ramiro. Tenía un engañoso aspecto de hombre serio, de ser un tipo reflexivo y taciturno. Se atusó el negro y afilado bigote, casi daliniano, y enseguida dio muestras de su caluroso espíritu y de su verbo fácil.
–Hombre, las discusiones de pareja se dan a menudo. Todos tenemos enfrentamientos, alguna que otra vez. Sin ir más lejos, la semana pasada mi esposa y yo nos peleamos por la compra de un sofá... –la desenfrenada lengua daba fe de su extroversión con este preludio íntimo. Para corroborar la sospecha, escuchemos lo que siguió hilvanando–. Yo tenía decidido el modelo, y Marta estaba de acuerdo conmigo. ¡Qué sorpresa cuando llego a casa y compruebo que habían traído uno diferente! Era horripilante. Como casi siempre, se había entrometido la foca de mi suegra. ¿Qué digo?, es algo así como una mezcla de hipopótamo y ornitorrinco, de jabalí africano y sapo común, de cachalote y erizo espinoso. ¿Se hace a la idea? Esa pécora supo influir, como de costumbre, sobre su apocada hija. ¡Ay!, pero de ninguna manera lo iba a consentir; si usted me conociera... Al final me salí con la mía y el sofá retornó a su expositor. En su lugar está el que elegimos en un principio. ¡Faltaría más! Un hombre debe dejar claro cuál es su lugar y hacerse respetar. ¿No le parece, amigo, que obré en consecuencia?
El rostro ancho y afable de su interlocutor, que contrastaba con la desabrida delgadez del suyo, le daba confianza a Ramiro, que seguía un tanto apagado, dominado por un cansancio más espiritual que físico. Tardó un poco en reaccionar. Entonces, asiéndose al interrogante del otro, habló largo y tendido.
–Sí... sí... Yo no tengo una suegra entrometida. Por suerte vive a más de tres mil kilómetros. Y mi madre, con la que voy a encontrarme en Balobia, es el símbolo de la discreción. No, lo nuestro no es una simple confrontación estética. Es algo más importante. Tan grave que he decidido abandonar el hogar conyugal. Verá… –se despegó un poco del respaldo del asiento para hablar con más comodidad–. Nuestras disputas no son las de un matrimonio normal. Nuestra relación es un perpetuo desacuerdo, un tormento insufrible. Llevamos aguantándonos nueve años. Poco o mucho, según se vea, de relación marital; en mi caso, una mortificadora eternidad. Bueno, si he de ser justo debo decirle que los tres primeros podría calificarlos de aceptables; durante ese tiempo fuimos... no sé si felices, pero al menos su compañía me era agradable. Después, un infierno. Un verdadero infierno el que he vivido a su lado.
En este punto, el otro se sobresaltó, como si se percatase de que un vehículo viniese de frente a colisionar con el autobús o hubiese tenido una visión terrorífica de quitar el hipo. Acaso por escuchar la palabra llameante. El ánimo de Ramiro estaba tan afectado que desahogaría sus desdichas con cualquiera, y lo estaba haciendo sin reticencias con un desconocido, el cual se mostraba receptivo ante las liberadoras confesiones, e interesado –acaso morbosamente– por saber más de la vida de Vasio.
–¿No han tenido hijos? –inquirió el compañero de viaje.
El marido insatisfecho permaneció unos instantes ensimismado, sin responder, con la mirada perdida en los campos y en el río que los atravesaba, con la cabeza apoyada en la ventanilla; unos críos combatían en el agua la tórrida temperatura que anunciaba el inminente estío. Imágenes dulces y agrias se mezclaban en la mente de Ramiro Vasio. El otro, le repitió la pregunta, y el cónyuge huido salió del semiletargo.
–Tenemos un hijo, Carlos, que el mes próximo cumplirá ocho años. Está interno en un colegio de las afueras de Vizana. ¡No me mire con extrañeza! No es crueldad, es lo mejor para su formación, apartado de las disputas paternas. ¡Menos mal que sólo hemos tenido este hijo! Lo quiero y lo echo mucho de menos...
Los ojos de Ramiro se humedecieron y el acompañante se dio cuenta. Éste, a punto de contagiarse, le dio una palmadita de consuelo; fue suficiente para que Ramiro recuperase la entereza y pudiese continuar su sentida declaración.
–Soy un mal padre, lo reconozco; pero mi mujer tampoco está preparada para asumir las normas de comportamiento que delimitan la condición de madre. Antes de internar al niño, se mostraba tan brusca con él como conmigo. Es demasiado temperamental. Es una competente auxiliar de enfermería, pero en casa pierde la paciencia… ¡Oh Dios!, nunca llegué a comprender por qué cambió tan de repente. Aunque dicen que traemos el modo de ser en los genes, yo he sido testigo de una transmutación. O tal vez fue siempre así su carácter y no me he dado cuenta.
El compañero de viaje buscó rápidamente argumentos afectivos.
–A nosotros el enamoramiento nos ciega tanto que no vemos los defectos de las féminas. Ellas nos pierden… Son el mayor misterio que hay bajo los cielos; bajo una apariencia divina pueden encerrar una esencia brujesca. Imposible conocerlas. ¡Y que no me oiga ninguna feminista o me descalabra! Pienso que la liberación de la mujer ha hecho cambiar los papeles tradicionales y en la actualidad son ellas las que ordenan. No se les puede llevar la contraria o te levantan la voz, incluso la mano. Y, además, lo que más me fastidia es que disfrutan humillándote delante de cualquiera.
Ramiro dejó claro varias cosas. Que él no estaba en contra de la emancipación femenina, ni sentía un impulso hominista, y que colaboraba en las tareas del hogar, sin disgusto. Que había que tener en cuenta que ambos trabajaban, Berta en un hospital de Vizana (ya le había hecho saber que era auxiliar de enfermería) y él en una gestoría; aunque su oficina acababa de cerrar las puertas y estaba percibiendo el subsidio oficial (le quedaban unos meses para que también se cerrase el grifo de la ayuda legítima). Y que jamás su brusquedad lo habría de llevar a reaccionar de manera brutal.
Después de estas explicaciones remachó drásticamente:
–No, no soy de los que pretenden que la mujer se pliegue a los mandatos del marido, un machista retrógrado, por decirlo llanamente. En este sentido creo, ¡y no se ofenda!, que soy más liberal que usted... Por cierto, ¿cuál es su nombre?
–Eligio me llaman. Eligio Santisteban.
–Ramiro, Ramiro Vasio... (Apretón de manos.) Pues le diré, Eligio, que, aunque no soy de los que condenan a la mujer a estar entre pucheros y a dedicarse en cuerpo y alma al cuidado del esposo y de los hijos, tampoco admito que me pasen por encima. Soy medianamente tolerante. ¡Ay!, pero cómo me engaño… En realidad, me he dejado pisotear estos años, hasta que decidí tomar esta drástica decisión, este gesto de hombría, de lo poco que me iba quedando ya de masculinidad. De la ruptura con mi mu..., ¿qué digo?, exmujer, usted es el primero que conoce mi decisión, aparte de mi madre.
–Desde luego, Ramiro, examinando su argumentación, no dudo que su proceder sea acertado. Pero supongo que usted se alejará una temporada, se apaciguarán los ánimos, cobrarán nuevo impulso y retornará al nido, donde le aguardará una compañera que también habrá reflexionado. Hallará otro trabajo, encontrarán la estabilidad emocional y volverán las aguas a su cauce... –insinuó Santisteban, con cierta intención perversa por saber más de lo que le importaba. Su bigotillo pícaro apuntaba al cielo.
–Está muy equivocado. ¡No regresaré jamás a su lado! No volveré al nido, en este caso de víbora –afirmó Vasio con rotundidad–. Habré de verla para tramitar la separación legal, pero lo nuestro se acabó definitivamente.
– ¿Y su hijo Carlos?
–Sé que el juez ha de decretar la custodia materna, como es habitual, pero reclamaré el derecho a estar junto a él el tiempo que me corresponda.
En este punto, Ramiro Vasio mostraba una expresión de rabia contenida, marcando un silencio más significativo que sus palabras. Sus ojos decían que de ningún modo renunciaría a su hijo, por el amor que le tenía y, sobre todo, por despecho.
–De ninguna manera habría de dejar que me privase de Carlos.
–No merecería que le mirasen a la cara si no lo luchase por su derecho –dijo Santisteban con severidad–, ¡y perdone el atrevimiento! Un niño precisa de un padre. Yo –prosiguió Santisteban, ahora con un tono inequívocamente amargo– me crié sin el mío, que murió al poco de mi nacimiento. Siempre lamenté ese vacío...
Callaron para entregarse a la introspección y retomaron la conversación, interrumpida a ratos y aderezada con otros temas, desde políticos a deportivos. Eligio se permitió algún chascarrillo: «Leí en uno de esos azulejos humorísticos: ¡Viva el amor libre! Dame a tu esposa y toma a mi suegra... ¡Ja, ja, ja!». Sonaron también las carcajadas de Ramiro, que tomó el relevo. En un abanico variopinto y liberador de chistes e historietas fueron aligerando las horas del rodante viaje.
***
Llegados a la pequeña población de Balobia, Vasio bajó del autobús, no sin antes haberse intercambiado las señas. Eligio Santisteban Fuentes, representante de instrumentos musicales, decía la tarjeta de presentación que se llevaba Ramiro. Sin poder corresponder de igual modo, éste escribió en un trozo de papel las suyas.
–Cuando vuelva a pasar por aquí no dude en visitarnos, Eligio –le decía Ramiro, con los pies en el asfalto, ya cerca del hogar materno que iba a recobrar–. Le dejé anotada la dirección de la casa y el teléfono de mi madre, Antonia. ¡Ha sido un placer!
–Lo mismo digo. ¡Hasta la vista, y suerte!
–¡Adiós! ¡Buen viaje!
El que quedaba en tierra daba su saludo de despedida agitando su mano derecha, al pie de las dos maletas medianas y oscuras, azorado con el entremetido recuerdo de la blanca y delicada mano de la Berta de antaño, deseándole suerte desde el andén mientras él se alejaba en el tren humeante que lo llevaba al cumplimiento del servicio patriótico. Difícil desprenderse de aromas y colorido ausentes.
***
Ramiro tomó un taxi para aproximarse a la casa de mamá Antonia, que le aguardaba. No restó emoción al encuentro el hecho de haberla advertido de antemano. Ella lo recibió llorosa y alegre, por esa dualidad emocional de la que nadie escapa.
–¡Hijo!... ¡Pasa, pasa!... ¿Cómo habéis podido llegar a este extremo, querido?
–Debió de haber pasado mucho antes, madre. Nos hubiéramos evitado muchos sinsabores. Tenlo por seguro. Lo nuestro era un continuo sinvivir.
–En fin... Te he preparado algo de cenar. Come y luego descansa. Mañana ya hablaremos con calma... ¿Y perdiste el puesto de trabajo? Bueno, no digas nada, y cena con tranquilidad. Mañana..., mañana hablaremos de eso.
El retornado mascaba con dificultad el filete preparado amorosamente por Antonia, y escuchaba la inquietud materna, precisando apurar un vaso de vino para deglutir. No era la carne la que no pasaba sino el mal trago existencial. Se acostó a una hora desacostumbrada, antes de que su hijo Carlos lo hiciese en el internado. «Poco más de una semana para las vacaciones», pensó entre brumas. Contempló la foto del hijo que llevaba en la billetera y a continuación dirigió la mirada al retrato que había en la pared del cuarto: su padre, en actitud solemne, le brindaba su sonrisa transmundana y tierna, que se iba apagando conforme entraba en la dimensión de los sueños. Y su cuerpo entrelazado, sumergido en las aguas gozosas de un mar de amor contradictorio: con el hablar callado que dice tanto, jadeando en el placer inefable, la danza de las inquietas lenguas y las pieles ardorosas descargando la energía que mueve el mundo; totalmente entregado, rendido, consintiendo la dulce derrota en las honduras de la mente jubilosa.
***
Al día siguiente, Antonia descubrió con asombro la ausencia de su único vástago. Se había ido sin aviso, con los primeros rayos de la mañana, dejando sobre la cama una nota de despedida que comenzó a leer temblorosa.
Me voy lejos, madre. Lo he pensado bien y he decidido huir de lo que me es cercano, no de ti sino de las gentes que me conocen y que me señalarían con el dedo. No podría soportar habladurías. Que si dejé a mi mujer por otra, que si soy un tarambana, que si me despidieron de la empresa, que si soy un mal padre, que si huyo de la justicia, que si me he quedado en la ruina, que si tal, que si cual. No podría vivir en Balobia. No podría respirar en ningún lugar provinciano. Me pondré en contacto contigo, descuida. No te preocupes por mí. Tu hijo que te quiere, Ramiro.
La madre rompió en un sollozo liberador, entornó lastimosa sus rugosos párpados y acercó el escrito contra su viejo pecho cansado, repitiendo quedamente el nombre del vástago e interrogándose: «¿A dónde habrá ido mi pequeño?».
No nos extrañemos de lo humanamente comprensible. Sin necesidad de estar atrapadas por la demencia, las madres verán siempre a sus descendientes directos como los niños que fueron, y a fin de cuentas siguen siendo. Y Antonia no era excepción.
La ciudad en la que residía Eligio Santisteban, no tan populosa como Vizana, pero igualmente industrial y abierta, se apuntaba como destino. Ramiro tenía conocimientos, estaba bien preparado, y con un poco de suerte encontraría un empleo. Doble era la ruptura. En el lugar del representante de instrumentos musicales nadie más le conocía; allí no habría de ser zaherido por comadreos y críticas. En su mente llevaba la mirada interrogante de su vieja. Y la de Carlos, con una sonrisa apagada. Por lo demás, caminaba hacia la incertidumbre, rumbo a la aventura. A otra arriesgada aventura vital que sonaba a música; no a un simple golpe de timbal, o a un rudo portazo.
El diseño de un sistema sanitario, la atención pública de la salud ciudadana, se contempla en el marco de un Estado avanzado. Pero después de idearlo, hay que ir a lo menudo y esencial. Y lo principal es cómo disponer de los recursos humanos, del personal sanitario adecuado, teniendo presente la conveniencia de dejar que cada profesional de la salud despliegue toda su potencialidad, sin cortapisas ni coacciones. En el caso del sistema nacional de salud hispano no ha sido así, particularmente en el primer nivel, la atención primaria de salud. Por eso el nuevo modelo ha envejecido mal y ya es un modelo envejecido y decrépito. Se han hecho propuestas de cambio durante los últimos años que han caído en saco roto.
El nuevo modelo de atención primaria (iniciado en 1984: Real Decreto 137/84, de 11 de enero, sobre estructuras básicas de salud) supuso un cambio ilusionante en su momento, pero falló por una mala planificación. Hubo médicos de familia antes que centros de salud (aunque la denominación es lo de menos). Luego se funcionarizó la actividad del médico de cabecera, convirtiéndolo en burócrata de alta cualificación. Y hoy falla hoy por improvisación, chapuza y manipulación interesada.
De esto ya hablamos hace años en la entrada Anotaciones sobre la atención primaria. Por hablar que no quede; del algún modo hay que desahogarse. Del triunfalismo inicial hemos llegado, a través de lustros con problemas crecientes, a un estado de absoluto desencanto. Esperar un renacer mejorado parece ahora un sueño, una utopía; nuestros mandatarios no están por la labor. Las ilusiones de los profesionales de la salud se han ido disipando y el cansancio hace mella en los profesionales de la salud. Ahora sólo cabe un milagro.
Esta viñeta de la doctora Mónica Lalanda me sugiere un título: La sanidad construida por el tejado. Y me suscita una reflexión:
Una Atención Primaria ‘remendada’ favorece el brillo de la Organización Nacional de Trasplantes, el último escalón, tan bien cuidado. No siendo eficaz el primero, llegarán al final muchos casos que podrían haber sido evitados.
Aunque no existe una cuantificación del número de trasplantes que se evitarían con una Atención Primaria eficaz, es deducible que un gran porcentaje de los prevenibles podría ser evitado, sobre todo renales, hepáticos y cardíacos.
Este poema es didáctico y equilibrado, destacando por su defensa de la formación integral. Un breve análisis de sus puntos fuertes:
Temática: Celebra el humanismo universal, la idea de que no debe existir una barrera infranqueable entre las "ciencias" y las "letras". Reivindica el concepto del "hombre del Renacimiento" que busca el conocimiento total.
Referencia histórica: El uso de los términos trivio (gramática, dialéctica y retórica) y cuadrivio (aritmética, geometría, astronomía y música) es muy acertado. Evoca las siete artes liberales de la educación clásica, reforzando la idea de que el saber es una unidad.
Estilo: Es de lectura clara y directa. El uso de la exclamación "¡Vivan trivio y cuadrivio!, aunque hayan muerto" le aporta un toque de ironía y vitalidad, sugiriendo que, aunque el sistema educativo haya cambiado, su esencia sigue siendo necesaria.
Mensaje: Su conclusión es poderosa: saber es "absorber cuanto se pueda". Define la curiosidad intelectual como un acto de apertura sin prejuicios hacia ninguna disciplina.
Un día de primavera, tormentoso y lóbrego, conocí a un verdadero superhombre. Fue en Pontelia, un pueblo no muy distante de Vizana, la ciudad donde vivo y trabajo. No se diferenciaba de los vulgares por su apariencia, por lo que, en un principio, no fui atraído por su aura vital. Imaginemos un gran recinto ferial plagado de tenderetes: puestos de ropa, de bisutería, de alimentación, de flores, de aperos de labranza, de objetos decorativos, etc., con sus respectivos vendedores, y un ambiente de algarabía contrastando con un cielo gris y amenazante. En ese ámbito, un tratante de ganado recababa el interés de los viandantes, con eficaz estilo de charlatán, indocto pero ilustrado por la vida, para que observasen un ejemplar de vacuno de impresionante estampa, único, según él, en toda la comarca, quizás en todo el país, y garantizando una producción de leche sin parangón. Prestaba yo atención, embelesado ante la contemplación del animal, entre el gentío que se apretujaba contra el vallado que resguardaba el raro ejemplar y una veintena de reses más. Y allí se encontraba aquel hombre, en el margen izquierdo, a gran distancia de mi posición, esbelto, edad indefinida, barba bien arreglada, aspecto respetable, de intelectual, boina que no menoscababa su elegancia, traje claro, mostrando similar asombro.
—¡Señoras y señores, admiren a la increíble Estrella! —proclamaba el feriante con poderosa voz trabajada al aire libre—. Es la vaca más grande y hermosa que pueda verse hoy, y acaso nunca. Y la más rentable para el sensato que decida quedársela.
Su capacidad de seducción estaba fuera de duda. Inmediatamente, varios ganaderos se la disputaban, atraídos por las cualidades de la voluminosa lechera y por un precio de venta que, al decir de los entendidos que me rodeaban, era razonable. El mismo tratante, enrojecido como un comanche, parecía abrumado por la cantidad de potenciales compradores que le inquirían y reclamaban su derecho, considerándose los primeros, cada cual, por su parte, en intención de cerrar el trato. Discutían acaloradamente y los ánimos se encrespaban con rapidez entre más de una docena de aspirantes, hasta el punto de que, sumidos en una trifulca, dos llegaron literalmente a las manos después de increparse airadamente y lanzar al viento vergonzantes exabruptos.
—¡Tranquilícense! —se me ocurrió intervenir para apaciguar los ánimos de los litigantes—. Traten de entenderse educadamente como gente civilizada.
Me clavaron tan sañudamente sus miradas que al punto amedrentaron mi ánimo y cosieron mi boca. Temí por mi cabellera. Sobre todo, cuando el más alto vociferó:
—Usted no se entrometa si no quiere salir malparado. ¡Mantenga la boquita cerrada! —advertencia de mal genio seguida de desprecio—: Estos forasteros…
No me quedaba más que deglutir saliva cuando otro mirón salió en mi ayuda.
—Tiene razón este señor, parecen unos salvajes. Las cosas no se arreglan con malos modos. Además, el primero en llegar fue aquel sujeto pelirrojo de bigote.
Señalaba hacia el lado contrario cuando, apenas alzada la mano, fue vapuleado por una pareja de furibundos ganaderos que, sin darle opción a defenderse, lo derribaron de dos contundentes y alternativos puñetazos. Daba lástima ver a aquel pobre hombre.
Unos testigos de tan violento proceder comenzaron a increpar a los agresores; otros, en cambio, posiblemente familiares de éstos, llamaban entrometidos a aquellos. Enseguida se enzarzaron, sumándose pleitistas de carácter y deseosos de juerga recién llegados, tal vez impulsados por el etílico matutino, desembocando en una disparatada pendencia barriobajera de varones. La situación se había extralimitado, desmandado; en lugar de una feria ordinaria había un combate anárquico y risible, sin regla alguna. Incómodo, pretendía irme del enloquecido lugar, pero no podía. Los que no rodaban por el suelo, untados en el fango propiciado por la lluvia, tenían dificultades para mantenerse en pie: se tambaleaban por empellones y puntapiés provenientes de todas las latitudes. Entre quejidos de dolor y blasfemias al cielo, ojos hinchados, caras magulladas, arañazos, narices sangrantes, semblantes indescriptibles, componían un espectáculo tragicómico denigrante. Pensé en la de trabajo que tendría si tuviese que asistirlos a todos. Y mientras reparaba en el número de curas que me habrían de corresponder, para empeorar la escena, oscuras nubes arreciaban su llanto.
***
Muchos yacían como guiñapos y los que se mantenían verticales tampoco tenían el aspecto festivo de poco antes. Todos estaban hechos una piltrafa, incluyéndome a mí: camisas fuera del pantalón, vestiduras desgarradas, botones arrancados, corbatas retorcidas, lentes chafadas, aliñaban el deterioro físico de los implicados, haciendo difícilmente reconocibles a los contendientes. Aparte de mujeres y niños, solamente el personaje descrito parecía al margen de la trulla. Lo vi en ese momento, desde el encharcado y cenagoso suelo a donde me habían enviado, y quedé asombrado de su habilidad para eludir la tropelía. Mi seducida mirada lo fue siguiendo. Se dirigía hacia una plataforma elevada en la que los organizadores instalaran un equipo sonoro destinado a informar al público y que, casualmente, estaba desasistido. Era muy dificultoso acceder desde el exterior, pero él logró llegar allí con suma facilidad.
—¡Atención, señoras y señores! —retumbó entonces por los altavoces ambientales la voz proveniente del hombre atrayente que había visto al principio.
En esos momentos dos miembros de la fuerza pública que intentaban poner orden en aquel maremágnum, viéndose impotentes, se retiraron en busca de refuerzos, sin reparar en la voz amplificada, que prosiguió con tono firme.
—¡Estén atentos a lo que voy a decir! ¡Es de crucial importancia! ¡Escuchen y no se arrepentirán! Estrella, el extraordinario ejemplar que tantos se disputan, será otorgado por reglamentario sorteo esta misma tarde. Así que ¡tengan calma! Váyanse a comer tranquilamente y vuelvan a las cinco en punto. A esa hora habrá de decidir la fortuna, y para ello se asignará un número a cada uno de los interesados.
El propietario callaba, perplejo ante las palabras salidas de aquel pico de oro; el propio, a su lado, vulgar hojalata. Temeroso por el caos, no se atrevía a contradecirlo ni a pronunciar siquiera una palabra de desahogo. Había quedado paralizado y enmudecido, como si le hubiese inyectado una neurotoxina. Acaso fuese por alguna singularidad del desconocido: su finura al comunicar, o el timbre poderoso y cautivador de su voz, o sus gestos seductores, o su hipnotizadora presencia, o el efluvio de sosiego que emanaba de su ser; quizás por el conjunto de sus encantos. No había duda que era distinto de la mayoría de mortales; evidentemente, poseía un don inexplicable, privativo de unos pocos. En cierto modo, era tan singular como la propia Estrella. Y los combatientes se cruzaban las miradas, se encogían de hombros, reconocían el estúpido comportamiento y trataban de mejorar su aspecto, ya abrochándose la camisa, atándose el cinturón o ajustándose las lentes quienes aún las tenían compuestas.
Por su parte, los iniciadores del jaleo, los pretendientes del animal formidable, asintieron con la cabeza aceptando la propuesta de su interlocutor. Menos uno, grueso y rubicundo, que comenzó a sollozar como si hubiese perdido la oportunidad de su vida. Parecía razonable y no hallaban una alternativa. De modo que fueron retirándose feriantes, clientes y mirones, dispuestos a comparecer a la hora prevista.
***
Permanecí un rato en el lugar y pude observar que miembros de la organización conversaban con el espontáneo. No pude oír lo que decían, por el vocerío y la música de ambiente (una ristra de pasodobles grabados en una cinta magnetofónica, que no habían dejado de sonar), pero por los ademanes me percaté de que aceptaban las explicaciones que daba. El dueño de Estrella también parecía sentirse conforme. Cuando éste salía le inquirí sobre el acuerdo y me hizo saber que, fijado un nuevo precio, por supuesto más elevado, se procedería al sorteo. ¡Qué idea tan acertada se le había ocurrido a nuestro personaje!, pensé, y, sobre todo, ¡qué capacidad de persuasión acreditaba!
De forma desmedida, fue más allá mi reflexión... Ciertamente, hay gentes de toda condición, entendimiento y proceder, individuos que sólo miran su ombligo, los más, y seres abiertos al mundo que sienten el dolor ajeno, que muestran empatía, pocos tal vez, pero cada uno válido por ciento de los otros. Yo que me encuentro entre los primeros admiro a éstos; anhelo ser tocado por uno de sus destellos, bendecido por el reflejo de sus miradas, acariciado por alguno de sus plausibles hechos. Reina la codicia, campea el ansia de poder, prima la soberbia y se desestima la austeridad, la candidez y la falta de presunción. ¿Acaso la verdad no se halla en la sencillez, en la humildad, en la comunión con la tierra que nos alberga, en la relación de igualdad con nuestros semejantes? Pero pocos se dirigen a la senda de desinterés y de renuncia. Sólo los valerosos, los corazones más sensibles, los hombres más virtuosos, se entregan sin pretender insustancial beneficio, procurando el bien, ayudando a los demás.
II
Fui puntual a la cita, movido por la curiosidad de saber si la cuestión quedaría resuelta y, especialmente, atraído por aquel hombre singular. Cada uno de los deseosos de adquirir la preciada joya, quince en total, tomó una papeleta contenida en un sobre cerrado, con el número correspondiente. Repartidos los guarismos, se procedería a la extracción de una bola entre todas las de un bombo, como en los sorteos convencionales. De cómo consiguió aquel hombre el artilugio tuve conocimiento más tarde: nuestro personaje hubo de desplazarse hasta la ciudad, a casi cincuenta kilómetros. Ese día nadie reconoció su mérito; allí, cada uno estaba a lo suyo: los ganaderos pendientes de un golpe de azar, el vendedor de coger un buen fajo de billetes, los organizadores de ponerse medallas y los curiosos de asistir a la farándula.
—¡Venga usted aquí, caballero, si es tan amable! —demandó el señor presidente de la organización—. Si hiciera el favor de extraer la bola.
¡Puf! Se refería a mí, que pretendía pasar desapercibido. De nada valía disimular o mostrar signos de extrañeza. Aunque había allí señoras y señoritas con presuntas manos más delicadas e inocentes que las de un servidor, fui yo el elegido. Resignado, acepté la designación, y mi mirada esquiva se posó rauda en una rubia muñeca que me clavó sus ojos verdes y su roja sonrisa. Hice girar el artilugio lúdico y salió el «seis». Pero nadie alzaba la voz ni el brazo para expresar la dicha de ser el agraciado.
—¡Qué extraño! —dijo el máximo responsable.
—¡Alguien tiene que tener el número o yo no me llamo Ramón! —exclamó el vendedor—. No me lo explico, se han repartido todos los números.
La presidencia, sin perder tiempo, decretó entonces que se procedería a extraer otra bola. Obedecí al requerimiento y esta vez salió el «quince», el último de la serie. Inexplicablemente, tampoco se manifestaba el afortunado. «Repetimos: ¡el quince, la niña bonita!, reiteraba, el presidente, al que ya le corría el sudor, pese a la baja temperatura. Pero nadie respondía y, desde el desconcierto, solicitó que cada portador de boleto diera su número de viva voz para la comprobación.
—¡El tres! —gritó el más presto.
—¿Cómo? ¡Si ese lo tengo yo! —replicó el segundo.
—¡Imposible! ¡Ese es mi número! —dijo el tercero de la serie.
Era inaudito. El «tres» lo tenían otros tantos. Dos llevaban el «siete» y otros dos el «once». Cada uno de los ocho jugadores restantes llevaba un número que no coincidía. Y fueron a salir de entrada el «seis» y el «quince», justamente dos números que ninguno portaba. Se miraban unos a otros sin saber qué decir.
La mirada inquisidora del presidente no desveló culpables; ningún miembro de la organización se hacía responsable de las papeletas. Dos niños a quienes nadie prestaba atención reían con malicia, al ritmo del pasodoble de El gato montés, emitido por los altavoces de ambiente. Entonces, por mandato presidencial se extrajeron todas las bolas y... ¡sorpresa! Había quince unidades, pero ahora los números seis y quince se repetían, y el dos y el ocho no figuraban. «Esto parece obra de encantamiento, algo sobrenatural, acto de hechicería», se decía Ramón, el propietario de Estrella. Otra mirada de la máxima autoridad ferial interrogaba al resto de organizadores, sin necesidad de pronunciar lo que anunciaba su crispado pensamiento: «¿Por qué no se comprobaron las bolas?». En tanto, los dos pilluelos decidieron irse a jugar a otra parte.
—¡Esto es una provocación! —prorrumpió, exasperado, un aspirante.
—Tiene razón este hombre –convino otro con voz ronca y ojos afilados—. ¡Nos están tomando el pelo! Y de ninguna manera lo debemos consentir.
—Lo mismo digo —apuntó un tercero con voz aflautada—. Si no quieren vender el animal que no jueguen con nosotros, que ya somos mayorcitos.
***
Casi todos los presentes mostraban su indignación, en particular los quince que se creían burlados. Se había acabado su paciencia. Perdidos los papeles, los que se sentían vilipendiados avanzaban hacia el estrado de los organizadores en actitud hosca y con ánimo vengativo, inequívoca animadversión en los ojos y los músculos contraídos, dispuestos a descargar la energía acumulada. Y cuando ya se temía lo peor, reapareció oportunamente en escena el ángel guardián de los impacientes.
—¡Tranquilidad! Nuevamente les ruego que se calmen. Resolveremos esta cuestión de modo que todos salgan beneficiados. Todos, sin excepción.
Se hizo un silencio general, cortante, un escalofriante silencio de los que sólo se logra en los momentos de máxima expectación o en señal de respeto. Duró muy poco. El dueño de la fantástica vaca, que no salía de su asombro, acabó por romperlo.
—¿Todos beneficiados? ¿De qué modo?
—Propongo una solución que habrá de satisfacer a estos quince señores —los treinta ojos de los aludidos se clavaban en la refulgente diana—: Estrella será vendida a todos, pagando cada uno su parte alícuota. Se harán cargo de ella de modo rotativo, durante el tiempo que estimen oportuno, y los beneficios de la producción se repartirán proporcionalmente. Así se garantizará que cada cual muestre celo en los cuidados de ese maravilloso ejemplar —aquí, el público dirigió una mirada de admiración a la vaca como si de una verdadera estrella de cine se tratase—. Me parece lo más conveniente, la única forma de evitar recelos y de alcanzar el universal contento.
Ramón seguía atónito, pero enseguida hizo ademanes de afirmación. Los ganaderos discutían; no parecían muy conformes. Cada candidato pretendía todo o nada, aspiraba a un pingüe beneficio y no a una fracción miserable de las ganancias que pudiese deparar la lechera. Se repetía el dicho de que «vaca de muchos, bien ordeñada y mal mantenida». El orador, que no perdía detalle de lo que acontecía leyendo en los distantes labios, prosiguió su discurso, convencido de lograr una avenencia.
—Piensen, señores, que si hay pérdidas también serán repartidas y, por lo tanto, menos dolorosas. En caso de que el animal enfermase, ¡Dios no lo quiera!, el perjuicio habrá de sobrellevarse mejor. Considero que es la postura más inteligente, tratándose de un ejemplar tan peculiar… —a la pausa retórica, los lugareños, que escuchaban con mucha atención, respondían en silencio con expresiones reveladoras de escasa inteligencia—. No le den vueltas, ¡acójanse a mi sugerencia! Es lo mejor.
Ante los argumentos que les brindaba, con un discurso casi mesiánico, los ganaderos decidieron finalmente avenirse a razones; aceptaron la propuesta, no sin la comprensible desconfianza de una comunidad desengañada. Zanjada la peliaguda situación, las gentes fueron abandonando el lugar comentando lo acaecido; tenían tema para unos días. Los copartícipes del negocio brindaban con vino añejo, ya más distendidos y sonrientes, casi dichosos. La junta presidencial se retiraba con aire mayestático y fatuidad en los rostros. Pasó coqueta la rubia de ojos verdes y roja sonrisa, dejando un aromático rastro en el entorno maloliente y alcanzándome con su bello destello. Y nuestro gran hombre, rezagado y ausente, recogía los bártulos, privado del más nimio gesto de reconocimiento, viendo la espalda de la ingratitud.
***
Me aproximé a él vacilante y le manifesté mi adhesión más sincera.
—Permítame que me presente: mi nombre es Saladino Barreiros. He de decirle que lo que ha hecho tiene un enorme mérito, amigo. Le felicito sinceramente.
—¡Mucho gusto, Saladino! A mí me llaman Tony, Tony Rial... Alguien tenía que hacer frente a la situación y hoy me ha tocado a mí. No le doy más importancia. Es de esperar que mañana sean otros los que me alumbren a mí en la oscuridad.
—No sea tan modesto, Tony; es un valiente. Hay que tener gran fortaleza de espíritu para encararse a estos patanes. Si lo sabré yo, que conozco bien la psicología de este paisanaje, y los culos de muchos de Pontelia que han pasado por el hospital de Vizana. Es que soy practicante, no vaya a pensar otra cosa. Y digo más: me parece…, me parece usted un individuo verdaderamente excepcional –al decir esto, Rial no disimulaba su turbación, y, por un momento, vi empequeñecido a aquél que ante la multitud se agigantara–. Pero dígame, ¿por qué se ha aventurado y qué provecho ha sacado?
—Lo hice porque lo creía un deber, sin más; no me ha movido el ansia de notoriedad ni de exhibicionismo. Y de provecho… —sin muestras de ofenderse, marcó una pausa reflexiva y continuó resueltamente—. De provecho, la satisfacción de haber resuelto un desaguisado o, ¡quién sabe!, evitado un desastre. ¿No le parece suficiente?
—Desde luego que sí, Tony, pero… ¿en lo material? Ha podido comprobar que aquí todos buscaban un beneficio. Nadie venía a pasar el rato o hacer obras de caridad.
—No formo parte de la organización, aunque seguro que alguno lo habrá pensado, ni voy a percibir mercedes por la transacción. Soy un vulgar maestro de escuela que en estos momentos no tiene alumnos ni destino, abocado a un retiro adelantado. Antes era don Antonio; ahora... ya no estoy seguro de nada. Lo único que le puedo asegurar es que las dificultades y las injusticias me espolean de tal modo que soy incapaz de permanecer parado e impasible ante ellas. ¡Ya ve qué paradoja! Pero a mí con ser útil me basta, y una sonrisa me paga –dijo con un semblante sonriente.
Pues esta vez ni eso, me lamentaba. No podía entender que lo privasen de la docencia, siendo un comunicador nato, lleno de vigor y entusiasmo. Me sentía incómodo, asqueado del mundo, avergonzado de los demás, y de mí mismo. Apestaba el ambiente y convenía sahumarlo. Abracé su humanidad y creí simbolizar el multitudinario agradecimiento que, indudablemente, merecía. En mi pecho golpeaba la emoción. Y al estrechar su mano, fuerte y tierna, se ruborizó mi espíritu, tan falto del calor y enjundia rebosantes en aquel tipo admirable. Recuerdo su despedida: «¡Nunca desista, joven! Quien lucha por lo que cree justo jamás pierde, aunque los demás no lo valoren o simplemente no lo comprendan». Desde entonces, pienso en Tony Rial, en don Antonio, cada vez que flaqueo. Lo tengo, por un símbolo de honestidad y entereza, por un don Quijote redivivo. Si al escuchar la música vigorizante del divino Mozart me cargo de energía y me lleno de gozo, al evocar el verbo alentador del memorable maestro (por encima de aquellos pasodobles) me torno bizarro y sonriente.
He tenido que dar una baja laboral (IT) a un compañero médico; tras su última guardia de 24 horas ha sucumbido.
Pocas veces he podido ver –literalmente– el dolor que siente una persona, y esta ha sido una de ellas.
Y nuestra reflexión consecuente es:
La sobrecarga física y mental del trabajador ha de ser evitada por la empresa, sea privada o pública*. Y es, cuando menos, chocante que la pública no cumpla lo que el poder político, del que depende, le exige a la privada.
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*La empresa sanitaria pública tiene el deber legal de garantizar la salud integral de sus trabajadores, previniendo riesgos profesionales, vigilando condiciones ambientales y promoviendo entornos saludables, conforme a la Ley General de Sanidad, 14/1986 y normativas del INSST.
El libro Desarrollo organizacional en los servicios de salud (1991), de R. Wayne Boss, es una guía para aplicar los principios del desarrollo organizacional (DO) específicamente al complejo entorno de las instituciones sanitarias, con el fin de mejorar su gestión, enfocada en la planificación estratégica, la intervención en procesos y la adaptación al cambio, refiriéndose al campo de salud estadounidense. En el DO, el objetivo principal es dotar a líderes y administradores de salud de herramientas para aumentar la eficiencia y la calidad de la atención, mejorar la satisfacción del personal y la efectividad general, y adaptar las organizaciones sanitarias a las demandas cambiantes del entorno.
En el libro se reconocen los desafíos en el sector salud, con el fin de mejorar la efectividad organizacional. Se detalla cómo identificar problemas (diagnóstico) y diseñar estrategias (planificación) para resolverlos, desde la cultura organizacional hasta la gestión de recursos humanos. Y se señalan los retos que deben afrontar las organizaciones de salud, tales como la calidad, la humanización (trato humano, respeto de los derechos del paciente), accesibilidad a los servicios médicos, optimización en la administración de recursos limitados, adaptación a cambios tecnológicos constantes, nuevas demandas de consumidores, gestión del talento y mejora de condiciones laborales de profesionales.
Utiliza la ciencia del comportamiento para intervenir en los procesos clave y proporciona modelos para implementar cambios efectivos, manejar la resistencia y fomentar un ambiente de mejora continua en la organización sanitaria.
En definitiva, el DO es una necesidad en el ámbito de la salud, para garantizar todo lo referido. Pero la cuestión es poner esta teoría del DO en práctica.
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Y nos llama la atención los que se dice de las presiones de los consumidores (usuarios, pacientes) y del personal médico. Los primeros, receptores de servicios de salud, desean lógicamente una atención personalizada y sin prisas. Los segundos, proveedores de servicios de salud, proporcionar el mejor cuidado posible a los pacientes, que puede estar en conflicto con el interés del hospital (privado).