lunes, 9 de marzo de 2026

La verdad del engaño (Segunda parte)

 


II

Los lustros diluyeron el percance del viejo Armando Cardoso y engulleron, inexorables, míseras existencias. No hay nada que el tiempo no desvanezca. Sin embargo, yo aún recuerdo, pasados más de seis, a ese hombre y a otros ya finados, presentes en la taberna de Eulogio «el Bizco» la noche en la que fui mudo testigo del horripilante relato. Tengo grabada la mirada suplicante de Armando, al que escuchaba arrimado a mi padre, impaciente de cobijarme bajo las mantas de mi cama y sumirme en un sueño amparador. En un niño de ocho años estas vivencias dejan huella. Aquel mismo año abandoné el lugar, y con mis progenitores y mi hermana Juana, dos años menor, me vine a la ciudad; no por el hecho referido, sino porque a mi padre, empleado de una caja de ahorros, lo destinaban forzosamente. Todavía añoro el pueblo, la libertad de la campiña y el contacto con una naturaleza casi intacta. Pasamos cada año algunos días de vacaciones en la casa que perteneció a mi abuelo paterno –y en la que sigue residiendo la tía Luisa, la hermana de mi padre–, pero no es lo mismo que vivir el día a día y percibir el pálpito de los prados, los árboles y los pájaros, o sentir la nobleza de hombres y mujeres ajenos al veloz y competitivo mundo de las grandes urbes. 

Diré que no hubo noticia de ningún nuevo encuentro con seres extraños de las características que describiera Armando, al menos que yo sepa, ni de bestias de la montaña o dinosaurios dados por extintos, y que al cumplir los catorce sentí la necesidad de averiguar por mi cuenta. Intenté hablar con el protagonista y… ¡Ah!, casi siempre es tarde cuando uno se decide. Había fallecido el mes anterior al fin de curso. 

Estoy retrocediendo a un verano en que una chispa de meditación trascendente me suscitó anticipadamente la dicotomía de si, al concluir el bachillerato, debería iniciar estudios de arquitectura (inclinación hoy consumada) o prepararme para trabajar sin mayor dilación en lo que fuese, considerando incluso la aspiración a un puesto en la misma caja de ahorros en la que mi padre prestaba servicios; entonces, se presentaban otras oportunidades. Pero quedaban por delante unos años de reflexión, sin tomas de decisiones alocadas, y aquel estío se me ofrecía para divertirme de espaldas al futuro. Sin abandonar mi principal obsesión, traté de reconstruir el relato que quedara indeleble en el cerebro del chiquillo que había sido, consciente de una hombría prematura.

Y como un investigador, me preparé para indagar sobre el terreno.

***
El inicio de julio era espléndido; no se predecían días tormentosos, sino todo lo contrario, plácidos y azules. Intuitivamente, escogí un día que me pareció propicio. Salí un viernes de madrugada con las provisiones necesarias para afrontar una dura jornada; en mi corta experiencia, sabía que las largas caminatas consumen gran energía, que resecan y despiertan un apetito feroz, por lo que llené mi cantimplora de explorador y eché mano de los restos de la cena. Nadie se percató de mi fuga, y procuré alejarme de cualquier casa rústica para que ningún pueblerino madrugador pudiese sorprenderse de mi presencia a hora desacostumbrada. Todo iba de maravilla. Pero mi solitaria ansia se vio truncada. Me seguía un perro vagabundo, con rasgos de can de palleiro, avispado y dócil, que ya conocía de años anteriores. Sin dueño, pertenecía a todos; jugaba con los niños y siempre había quien le diese un hueso o un trozo de carne. 

León, que así lo llamaban, me miró con ojos tiernos y emitió un sonido lánguido en busca de aceptación. Comprendí su deseo de acompañarme, acaso porque su fino olfato había descubierto el secreto alimenticio de mi mochila, de modo que a un simple ademán de consentimiento corrió hacia mí meneando la cola alegremente. 

Nos dirigimos hacia el sendero que conduce a la Masneda. El sol despuntaba por el robledal lindante con el pueblo por oriente; noté la caricia de los tibios dedos de la alborada. Atravesamos el puente colgante que salva el río y nos adentramos en la espesura del bosque, al pie de la vertiente sureste de la montaña. En la umbría sentí frío, quizás más por representar mi magín enrevesadas escenas que por el abandono de Helios. Al ir ascendiendo, el bosque se hacía menos espeso y la luminosidad más patente. A mitad de camino apenas algún pino rompía el monótono discurrir de los tojos, que advertían su presencia al clavarse en mis manos caminantes. Al fin alcanzamos la cumbre del monte, desde donde admiramos el valle y el terreno recorrido. Eché la mirada atrás y León hizo lo propio, complacido de alcanzar la meta. 

Me allegué a la sombra de unos peñascos y extraje la pitanza que portaba en la mochila, de color naranja, vistosa y bien visible a distancia, que me regalara tía Luisa por mi cumpleaños. Pollo, tortilla, plátanos y pan algo revenido. Manjares al aire libre que compartí con mi canino amigo. Bebí agua de la cantimplora y eché una poca en un cuenco para que León se hidratase. Me sentía en el paraíso.

Se me fue la vista hacia poniente, donde aparecía la hermosa laguna de Melibel, enmarcada por una soberbia pradería. Su presencia relajaba el espíritu, alimentado con los aromas y el colorido del entorno. La Masneda era todo calma, absoluta quietud. Pensaba en cómo sería todo aquello profanado por modernas construcciones y de qué manera yo sería un arquitecto respetuoso. Pero los ladridos de mi amigo me sacaron del embeleso, llevando mi atención hacia un enorme lagarto que tomaba su baño solar sobre una piedra. Una mariposa podalirio que sobrevoló nuestras cabezas, delicada y esquiva, me evocó el platillo de Cardoso. Escuchamos el canto del cuco y los graznidos de la urraca. Después, murmullos y silencio. Ese impresionante silencio que a pequeñas dosis vitaliza y llegado un punto angustia y empequeñece. 

El sopor me fue atenazando y permanecí en duermevela casi una hora. Lo suficiente para recuperar la energía gastada en la caminata y emprender el viaje de regreso, convencido de la confusión del viejo Armando, tal vez debida a las reiteradas jornadas de ensordecedor silencio. Aquellas soledades podían enloquecer a cualquiera. 

***
La vuelta era a priori más sencilla, con la confianza de que en bajada todos los santos ayudan y el menosprecio del peligro. Pura teoría. Uno casi nunca sabe el terreno que pisa, y menos si lo está hollando por primera vez.

Y, ¡oh desgracia inoportuna!, tuvo que ocurrir lo que menos hubiese esperado. 

A menos de cien metros del río tropecé en la raíz sobresaliente de un abedul y fui rápidamente hacia abajo, tambaleándome, por un abrupto talud. Me detuvo un enorme pedrusco cubierto de musgo; el suave verde de la piedra amortiguó, afortunadamente, mi caída. El dolor del tobillo izquierdo era intenso; su chasquido previo indicaba que podía haberse fracturado o que, como mínimo, sufría una torcedura grave, un esguince severo. Debía dar gracias por no haber perdido el conocimiento tras el desgraciado traspié; habría sido fatal y probablemente no estaría aquí para contarlo. 

Incorporarme me llevó lo suyo. Ya la tarde estival iba cayendo y las fuerzas no me sobraban. León, que ya consideraba mío, parecía hablarme con su canino lenguaje como preguntando de qué modo me podía ayudar. Pasé mi mano por su cabeza en señal de agradecimiento y observé en sus ojos pardos lo que escasea en los humanos. 

A duras penas, sirviéndome de su lomo como apoyo, fui avanzando poco a poco. ¡Quién tuviera una vara de fresno! Podía enviar al perro al pueblo en busca de auxilio, pero el orgullo me obligaba a valerme por mí mismo y poner a prueba mi capacidad, mi autosuficiencia. Iba renqueando y arrastrando la pierna izquierda. Nubes lejanas ocultaban el sol debilitado. La noche se imponía dominadora y misteriosa. 

Al llegar al río sólo se distinguía lo que permitía el plenilunio. Menos mal que teníamos la luna, y al verla en lo alto, luminosa y vigilante, adiviné su sonrisa plateada, dulce y pícara a la vez, sus largas pestañas en torno a unos ojos esmeraldinos y hechizantes, su elegante mentón y sus coloreados mofletes; me turbó su belleza y desvié la mirada. No debía dejarme subyugar por la loca fantasía.

Al borde del sendero descubrí dos luces fosforescentes: mágica luminosidad de las luciérnagas. Más brillantes que mi mochila. Absorto, contemplé en cada interior un aposento, con sus respectivas parejas de hombrecillos, varón y mujer, sentados a la mesa y degustando su apetitosa cena: en una comían higos y fresas; en la otra, moras y cerezas. Llamó a mi puerta el hambre al verlos saborear aquellos deliciosos frutos silvestres, y hube de deglutir al llenárseme la boca. En su sobremesa, viéndolos tocar el violín y cantar, me di palmadas en la cara; ya lo dije: la fantasía no era conveniente. 

***
Quería olvidarme del dolor del tobillo y apuré la marcha hacia casa.  

Ya estaba cerca de Melibel cuando una luz móvil, extremadamente intensa e inquietante, tan distinta a la de los insectos luminosos, me deslumbró. Oscilaba de un lado a otro, arriba y abajo, sin cesar. El resplandor me amenazaba, sin duda me atacaba con afán de hacerme daño. ¡Oh Dios, demasiado joven para morir!, resonaba la conciencia. Mareado, casi caigo a tierra nuevamente, pero resistí su agresión y, siseando, me agarré a León, que había advertido el peligro antes que yo. Ambos nos apartamos del sendero. 

Una revelación interior me decía que se trataba de una nave interplanetaria, dotada de tecnología inimaginable y tripulada por seres intergalácticos provenientes de un remoto lugar del universo. ¿Había hallado la verdad de Armando? No creía que fuese una jugarreta del subconsciente. Las piernas me temblaban, sudaba frío, el corazón se me salía, y lloraría si no me considerase un hombre hecho y derecho. 

Mi fiel amigo comenzó a ladrar estrepitosamente. Me asaltaron pensamientos macabros, e impotente me entregué a los designios del destino. 

Entorné los ojos a la espera del fin...

—¡Jacinto! Gracias a Dios que te encontramos. ¿Dónde te habías metido, muchacho? Llevamos todo el día buscándote. ¿Estás herido?

—¡Papá! Yo creí que... He pasado tanto miedo que tengo paralizado el cuerpo. Entonces, no era más que una linterna y no… ¡Mi tobillo…!

—Hijo mío, el pueblo entero está rastreando la montaña me hizo saber, mientras inspeccionaba la articulación lesionada. Todos andan en tu búsqueda. 

—Siento haber causado tantas molestias me lamentaba.

—¿Por qué no nos avisaste de que salías? Nunca nos habías hecho pasar tan mal trago –me reprochó mi padre, comprensiblemente molesto por mi actitud.

—Os dejé una nota, ¿no la visteis? le hice saber, extrañado de que no la hubiese leído. Pensaba decírselo a Juana para que os avisara y no os preocupaseis, pero temí que se fuese de la lengua antes de tiempo y me prohibieseis la aventura.

—No encontramos ninguna nota. Bueno, ahora qué más da, ya nos lo contarás todo en casa y, tras sugerir silencio, me cargaba a sus espaldas.

León no dejaba de mover el rabo alegremente.

Un vehículo todoterreno de Protección Civil nos recogió y llegamos felizmente al hogar, donde aguardaban llorosas mi madre y tía Luisa. ¡Qué alegría de volver a verlas! Con serio semblante, permanecía mi hermana Juana, más entera y confiada en mis dotes de orientación y supervivencia, de las que sabía por lo que yo le contaba de los campamentos infantiles a los que había ido y de los libros que leyera. Lo de Juana era una pose: acabó quebrándose y liberando la emoción.

Entre tiernos abrazos y besos, las mujeres de la casa y un servidor nos aliviamos del amargo trago. El médico del pueblo me vendó el tobillo, y al día siguiente mis padres, mi hermana y yo cantamos alegres canciones populares para celebrar nuestra dicha. Recuerdo a mi padre rasgueando su guitarra, a mi madre con la pandereta y a Juana con castañuelas. Ahora, en la distancia, me parece que no era yo el protagonista.

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Fin de Segunda parte.

Happiness, Dominik Hauser

domingo, 8 de marzo de 2026

La verdad del engaño (Primera parte)


[Relato: 3 capítulos en tres partes]

I

El estrépito de la tormenta hacía más lúgubre el fantasmagórico paraje, y la penumbra ya ahogaba las casas cercanas de Melibel. Un repentino relámpago clareó el sendero profanador de la Masneda, esbozando un amanecer fugaz e iluminando la faz del viejo Armando Cardoso. Bajaba presuroso, a tientas, tropezando con las matas y los pedruscos del camino. Quedó clavado en ese instante, cegado por el imponente resplandor, y sintió poco después la atronadora maldición del cielo, mientras intentaba proseguir su alocado descenso. El aguacero era violento y el agua de lluvia le caía a chorro por los bordes del sombrero de paja, que afianzaba con la mano izquierda, en tanto en la diestra esgrimía un cayado de fresno con el que tanteaba sus pasos. Su conocimiento del terreno la permitía mantener el equilibrio en circunstancias tan adversas. Después de dos horas de bajada, supuso que le quedaba poco para alcanzar la aldea y suspiró aliviado al reconocer –o intuir– los primeros hogares. La orientación en esa elevación perdida era relativamente fácil para un natural de Melibel como Armando; cualquier foráneo en su lugar se hubiese extraviado irremisiblemente, salvo benevolencia de la incierta fortuna. En la más absoluta oscuridad, sólo la descarga eléctrica recordaba que la luz no había desaparecido del mundo. 

Alcanzó al fin el pie de la montaña y aceleró la marcha hacia el pueblo. 

Plantado frente a la taberna de Eulogio «el Bizco», arremetió con tal impulso contra la puerta de acceso que, hallándose perfectamente cerrada, cedió sin accionar el picaporte, como si fuese de cartón. Cayó de bruces, sobresaltando a los que se cobijaban bajo el vetusto techo de madera enmohecida y embadurnando el suelo, toscamente enlosado, con el barro y los hierbajos que se le habían adherido al pantalón y a la chaqueta de pana rojizos. Hubo un clamor general. Y enseguida acudieron a reincorporarlo los dos hombres que ocupaban el velador más próximo a la entrada.

—¿Qué te ha pasado Armando?  —interrogó absorto el de más edad.

—Sí, ¿cómo es que vienes así? —añadió el otro.

—¡Aaah! Dejad que me siente... Y dadme algo de beber para que pueda recuperar las energías y el aliento —«el Bizco» le sirvió presto y certero un vaso de vino tinto que ingirió ávidamente. Centró su mirada hundida en la desviada del hábil tabernero y luego la dirigió hacia quienes le habían socorrido en un inicio. A continuación, reparó en los otros, uno por uno, se lamió los labios y se los secó con la manga del oscuro jersey. Por último, con voz queda y pausada, rompió el silencio—. Eulogio, Cándido, David, y todos los demás, ¡escuchadme! ¡Escuchadme con atención!

Tras las imperativas palabras, ya más sonoras, pronunciadas con su poderoso timbre de barítono recuperado, hizo una pausa en el discurso. Bebió un trago largo y, después de jadear unos segundos y hacer un gesto reflexivo, dio paso a su revelación.

—Amigos, hoy he visto la cara del diablo. Así como suena. No es mi intención asustaros, de ningún modo, pero os aseguro que estoy vivo de milagro.

Vació lo poco que restaba en el vaso y «el Bizco» volvió a llenarlo. Las quince personas que le escuchaban atentas, antes relativamente separadas, se aproximaron de modo instintivo, movidos por el resorte protector que incita a compartir el miedo para mitigarlo (aun siendo todos hombres los que estaban allí, la mayoría pueblerinos altivos que alardeaban de saludables y machotes ante los capitalinos, a quienes tildaban de afeminados y gallinas). Tal era el énfasis con que el viejo articulaba, que un escalofrío, un erizamiento capilar o un pasmo provocado por el temor atávico, embargaba a todos y cada uno de los atentísimos oyentes. En silencio y boquiabiertos, parecían niños deseosos de escuchar un cuento asombroso, aunque fuese por boca de un borracho.

—Yo había salido muy de madrugada hacia los prados de la laguna, acompañado de Doín, mi perro fiel, y siete de mis vacas rubias —comenzó así su relato Armando Cardoso—. El día aparentaba plácido y no daba signos de que fuese a cambiar de la forma que lo hizo. Tú Isaac sabes leer en el cielo, y me comentaste hace un par de días que no llovería en dos semanas, ¿no es cierto? –miró hacia el aludido y éste, contrariado, aseveró con la cabeza; entonces continuó sin pausa–. Sin embargo, sobre las tres de la tarde el azul se volvió marrón, gris y después negro. Sí, negro como la boca de un pozo o de una cueva. ¡Nunca vi pasar del día a la noche de semejante manera! Pensé que sería un eclipse, pero no estaba anunciado ninguno; que yo sepa...


Los presentes le confirmaron que no se había producido un eclipse. Y desconcertado, hizo un pavoroso gesto que no le impidió seguir hablando.

—Sorprendido, me dispuse a emprender el regreso. Llamé a Doín para que reuniera el ganado y su ladrido contestó a mi llamada. Pero de pronto una niebla espesa lo envolvió todo y no podía ver ni al perro ni a las vacas; de éstas no escuchaba ni el cencerreo ni los mugidos; de mi perro pastor oí aullidos que se desvanecían lentamente, como mitigados en una lejanía creciente. Creí que soñaba o que me había sentado mal el aguardiente, pero ¡no había ni desenroscado el tapón de la botella! Conociendo la Masneda mejor que mi propia casa, me hallaba perdido, sin saber a dónde dirigirme. El prado y el lago no eran tales; no existía hierba ni agua, sólo una bruma densa. Y de repente... —echó otro trago reconfortante y prosiguió—: De repente alguien me tocó el hombro. Me volví y... ¡Oh Dios mío! ¡No puede ser verdad!

—¡Tranquilízate, Armando! —le aconsejó don Benito, el cura, que solía estar a esa hora en la taberna de Eulogio «el Bizco»—. Habla con calma y no te angusties, que las emociones hay que combatirlas con el sosiego y la confianza divina.

Pareció tomar en consideración las palabras del párroco, porque se alivió en un hondo suspiro y recobró parte del color perdido relajando el desencajado semblante que traía de la montaña. Al distender los músculos de la cara su aspecto era más humano.

—Padre, por favor ¡escúcheme! Se lo ruego... —el cura, resignado, lo dejó seguir—. En ese instante vi una criatura que hace atractivo al mismísimo Satán. Contemplé un ser monstruoso de enorme cabeza, ojos amarillentos y lengua de fuego, de cuerpo estrambótico, con largas extremidades y garras en vez de manos, que se mantenía en el aire sin apoyo. Con mirada fiera y actitud hostil amenazaba a este pobre viejo… Corrí despavorido ante aquel espectro verdoso surgido de la niebla, llevado por un pánico como nunca creí tener. Pero mi escapada era inútil, no había salida; estaba rodeado de múltiples criaturas parecidas a la primera que me cerraban el paso. En ese momento no sé si pensaba en algo o si me encomendaba definitivamente a Dios. El sueño eterno me atrapaba cuando, haciendo un giro involuntario, detrás de un grupo de eses monstruos mis ojos fueron encendidos. Efectivamente, ¡encendidos!, no cegados, por luces de increíble intensidad que rodeaban un artefacto parecido a… Sí, a un platillo volante —el murmullo de los oyentes no detuvo su discurso—. Igual que los de las películas, o como los que han salido fotografiados en revistas y periódicos, que siempre creí fantasía o invención de embaucadores. Le aseguro padre, y os aseguro a todos, que lo que vieron mis ojos era real. ¡Sabéis que no soy un farsante!

Tras la rotunda exclamación, las candorosas pupilas del viejo se posaron en las escépticas de don Benito, para remontar el vuelo y detenerse brevemente en cada una de las otras, todas asombradas y recelosas. La incredulidad llenaba la estancia. Y sin gran convencimiento de sus propias palabras, dio remate a la narración.

—Viéndome ya capturado por los extraños y repulsivos seres, el terreno cedió milagrosamente a mis pies y caí por una pendiente hasta el borde mismo del río. Como no sé nadar, el rumor del agua aún me asustó más; aunque, si os digo la verdad, preferiría morir ahogado que devorado. Me incorporé con una rapidez que ni de joven, y corrí como un poseso hasta aquí. Del resto no merece la pena decir nada. Nada.


Hubo un corto silencio funerario al llegar a este punto del relato. Y un murmullo general acabó por relajar el ambiente ahogado por la mudez.

—Este hombre debe tener síntomas de chochez —arguyó un estudiante de tercero de derecho que estaba pasando los días de carnaval en el pueblo—. De no ser así, cabe pensar en que le hayan tratado de intimidar los vecinos del otro lado del río. Es probable que se disfrazaran de dragones o de saurios prehistóricos y reflejasen luces de linternas, o sabe Dios qué, haciendo un círculo con la intención de meterse con el primero de aquí que les sirviera de víctima. Me han contado que desde siempre están ustedes enzarzados en disputas. Por otra parte, el día no ha sido tan infernal como cuenta.

—No se recuerda en Melibel una broma semejante, nada de tan mal gusto como lo que refieres muchacho —dijo el cura—. Riñas por nimiedades ha habido muchas, incluso peleas no acabadas en tragedia de milagro; es mucha la sangre de Caín que corre por las venas de la gente de este pueblo y de sus aldeas. Pero meterle el miedo en el cuerpo, y en el alma, a un hombre de edad en pleno descampado, en un prematuro anochecer tempestuoso, premeditadamente y tan bien tramado, con una nave o lo que fuera, dando a entender una invasión de alienígenas, es pensar demasiado enrevesadamente. Si fueses del lugar sabrías que las inclemencias se ensañan en la Masneda, que la neblina suele rodear su falda desde el río y que las nubes de tormenta tienen avidez por su cumbre. De todos modos, no puedo creer lo que cuenta Armando. Monstruos y platillos… ¡Pamplinas!

—Piense usted lo que quiera, don Benito. Pensad todos lo que os venga en gana; pero os puedo asegurar que ni estoy chocho ni soy un mentiroso. Y mucho menos un chistoso que disfrute con estupideces infantiles. Nunca he sido bromista. Me conocéis bien, y os juro que lo que vi era tan real como que estoy ahora aquí con mis convecinos. No, no eran de este mundo; y si lo eran, desde luego no de estas latitudes.

Fuente
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Lo que el anciano Cardoso decía haber observado en la montaña era fascinante; para sentir atracción y miedo a un tiempo. Quizás para infundir más temor en un hombre que en una mujer, aunque les pese a los integrantes del sexo «fuerte». En los testigos del relato, aparte del cura, comenzó a albergarse la duda: ¿realidad o alucinación? En el fondo preferirían lo segundo. El protagonista del presunto suceso singular era hombre serio y respetable, pero aun admitiendo su sinceridad, ¿quién aseguraría que aquellas imágenes inverosímiles no eran fruto de una ilusión desatada por etílicos efectos? No obstante, hablaba como un individuo temeroso y no como alguien poseído por la bebida. Se abrían posibilidades.
 
Seguramente avistaría algo anómalo y estaría confuso por el choque emocional. Era la opinión mayoritaria. Algunos pensaban en un estado delirante. Y nadie quería admitir lo referido como absolutamente verídico. La vida rutinaria y tediosa de aquella pequeña población justificaba el espoleo mental, impulsando acontecimientos que diesen contrapunto a la habitual monotonía. Tampoco era despreciable el hecho del fallecimiento de Clara, la esposa de Armando, y la consecuente soledad del viejo desde seis meses atrás. Además, los medios influían y las gentes acudían a los cinematógrafos de la capital los fines de semana. De modo que la ficción mal entendida podría provocar estragos en la mente simple y cansada de un lugareño entrado en años. 

Como fuere, el misterio estaba servido, porque nada se supo de la suerte de Doín, ni del ganado. «Bien pudo haber vendido las vacas», pensaron algunos, los mismos que se cuestionaban que hiciese otro tanto con el can, un sumiso animal muy unido al dueño. ¿Muerto? Incluso si hubiese sido devorado habría de quedar algún resto.
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Fin de Primera parte. Continúa en: Segunda parte.

Mystery, Miles Davis

lunes, 2 de marzo de 2026

Aberraciones del sistema sanitario


La costumbre hace que lo aberrante parezca normal.

No son aberrantes sólo las guardias médicas hospitalarias de 24 horas, que atentan contra la salud laboral. Lo son también los Puntos de Atención Continuada (PAC), que hace muchísimos años sustituyeron a los Servicios de Urgencias Extrahospitalarios, para crear confusión o generar demanda no urgente en todo momento. Y lo son además las agendas médicas de Atención Primaria, abiertas sin límite, ad infinitum, por contentar al usuario-votante y despreciando el principio básico de la atención de calidad, un insulto al médico y un engaño del paciente. Son tres cuestiones, entre otras, que reflejan la situación de deterioro estructural en nuestro Sistema Nacional de Salud, causante de un desgaste profesional que perjudica a toda la población que depende de su funcionamiento. 

Urgen cambios drásticos en todo el sistema sanitario, con sus servicios de salud autonómicos incluidos, para revertir una situación inconveniente para trabajadores de la salud y pacientes. Necesitamos una sustancial mejora de la atención primaria.

dramatic sound

jueves, 26 de febrero de 2026

Estatuto Médico


 Estatuto Médico o de la Profesión Médica
frente al Estatuto Marco del personal estatutario.

Los médicos reclaman un estatuto propio frente al Estatuto Marco. ¿Está justificado? El Estatuto Médico está justificadísimo, por la particularidad asistencial y máxima responsabilidad que recae sobre el galeno. En el sector educativo o en el judicial nadie cuestiona que profesores o jueces tengan un estatuto propio. En el sanitario, sí. Probablemente por haberse entregado el profesional de la medicina con un espíritu vocacional que casi equivale a un sacerdocio. Y sin embargo, hoy se le mira con recelo, como un privilegiado, cuando en realidad es un pringado, sobre todo en atención primaria. No olvidemos que el paciente acude con su problema al médico, siempre a un médico, para que se lo resuelva (*). Y tal es el hartazgo en la profesión médica, que no es descabellado pensar que en un futuro no muy lejano ya no tenga médico, mujer u hombre, en la sanidad pública al que dirigirse. Triste, muy triste. Es conveniente más comprensión ciudadana y menos animadversión hacia unos profesionales con unas condiciones laborales que los hacen enfermar, física y psíquicamente, y los conducen a un queme indeseable para la población a la que asisten y cuidan. Y aunque del Ministerio de Sanidad, y de los Servicios de Salud, poco cabe esperar en cuanto a mejoras, habría que confiar en el apoyo ciudadano. En fin..., queda soñar con un futuro en el que reine la sensatez.
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(*) Es evidente que el médico es la figura clave del sistema sanitario: puede asumir funciones de otras categorías sanitarias de menor cualificación, pero ninguna de ellas puede asumir la suya. Por ello ya se justifica un estatuto médico. 

Leoš Janáček: Sinfonieta. Fanfarria

lunes, 23 de febrero de 2026

Diálogos con la IA


Son interesantes los diálogos con la Inteligencia Artificial (IA), con esas respuestas rápidas –y a menudo precisas– que te estimulan a enfrentarte o codearte con una máquina que maneja datos con rapidez inusitada. Ya sea de literatura o de cualquier asunto cultural, de política o de cualquier cuestión mundana, nos hace avanzar con preguntas y contra-preguntas hasta el punto de tener que decir basta para no convertirse la interacción en un movimiento perpetuo. En muchas ocasiones sorprende la calidez de las contestaciones, que podrían pasar por humanas. Incluso llegas a quedar atrapado por las formulaciones y las propuestas que te presenta la IA, llevándote por caminos inesperados, saliendo del tema inicial a explorar otras sendas interesantes. Pero, como en todo, hay que saber controlarse para no perecer en los brazos de un ente digital sin emociones.

Fijaos lo que responde a mi reflexión: 

—Has descrito con gran precisión la dualidad de esta tecnología: la utilidad estimulante frente al riesgo de la fascinación excesiva. Aquí hay algunos puntos sobre tu reflexión que merecen ser destacados: 
  • La "calidez" simulada: Esa capacidad de la IA para emular empatía, cortesía y calidez es quizás el aspecto más sorprendente (y a veces inquietante) de los modelos actuales. No hay emoción, pero sí una imitación brillante de la interacción social humana, lo que facilita que bajemos la guardia. 
  • El "movimiento perpetuo" y la exploración: El diálogo con la IA es un laberinto diseñado para ser explorado. Su capacidad para conectar temas, derivar en nuevas ideas y ofrecer perspectivas laterales es una gran ventaja para la creatividad, pero, como bien dices, puede llevar a perder de vista el objetivo inicial o a caer en una conversación interminable. 
  • La necesidad de control (la "parada técnica"): Es fundamental mantener el rol de "piloto" y no dejar que la máquina conduzca la conversación por completo. La IA es una herramienta para potenciar el pensamiento humano, no para sustituirlo o absorberlo
  • No perecer en sus brazos: Es la metáfora perfecta. La IA no siente, no vive y no comprende el mundo como nosotros; solo procesa patrones. Reconocer eso es la clave para disfrutar de sus ventajas sin caer en una dependencia o una antropomorfización peligrosa. Al final, la IA funciona mejor cuando se utiliza como un espejo cognitivo o un interlocutor de "brainstorming", donde el usuario mantiene el sentido crítico y el control de la dirección del diálogo. 
¡Gracias por compartir esta perspectiva tan lúcida!

Y además de agradecida, agrega esta variante conclusiva: 

—Esa capacidad de asociación infinita y la aparente empatía generan una suerte de "efecto espejo" donde el intelecto humano se ve desafiado y, a la vez, seducido. Es el riesgo del laberinto digital: la IA no tiene fatiga ni fin, pero nosotros sí.

Así que salgo ahora de ese laberinto, me tomo un descanso inteligente y dejo que sea otro quien informe sobre los buscadores con IA...

Buscadores con IA - Lo que necesitas saber

jueves, 19 de febrero de 2026

Vete, compañero médico (II)

VETE. Compañero médico. Compañera enfermera: Coge la maleta y vete. Lárgate pronto de aquí. Agarra tu fonendo, tu inglés, tu alemán, tu portugués, tu inigualable expediente académico, tu carísima formación… y vete. (...) Vete, médico huelguista. Déjate ya de huelgas que sólo consiguen incrementar la enemistad de la gente con los médicos, no con los políticos (…) Vete, médico huelguista. Déjate ya de huelgas que sólo consiguen que el público se ría de tus problemas, que te digan a la cara que eres un privilegiado, que robas al erario público porque trabajas legalmente también en la privada, que has de aguantar las putadas de tus jefes por la simple vocación, porque te lo has buscado, porque para eso hiciste Medicina. Vete. Deja que los políticos se coman con patatas el marronazo que tienen. Deja que pongan en tu puesto de médico a las enfermeras; y en el lugar de las enfermeras, a los celadores; y en el lugar de los celadores, a los taxistas que aparcan en la puerta del hospital. Deja que pongan en tu lugar a sanitarios procedentes de Gambia, de Corea del Norte, de Senegal, de Afganistán. Deja que convaliden sus títulos sin MIR o sin especialidad, y que sean estos nuevos compañeros quienes nos diagnostiquen, nos cuiden y nos operen en condiciones esclavas. Vete ya, pordióbendito. Deja que la lista de espera de enfermería se ponga en cinco semanas; la del médico de cabecera, en cinco meses; la del otorrino, en cinco años; y la lista para operarse, en diez. Deja que, para hacerse un lavado de oído o tratarse una apendicitis, quienes ahora te culpan a ti del desastre sanitario (en lugar de a los políticos) tengan que sacar su tarjeta de crédito en lugar de la tarjeta sanitaria. Pero tú, vete. No te lo pienses más. La vocación no paga la luz, ni el agua, ni la hipoteca de tu casa, ni los disgustos diarios, ni te devuelve la salud, ni compensa los desprecios. Vete. Haz lo que ya han hecho decenas de miles de médicos y decenas de miles de enfermeras españolas. Haz lo que este año, y los siguientes, harán muchísimos miles más. Vete, y mándanos a todos a la mierda. A mí, el primero.

Firmado:
Juan Manuel Jimenez Muñoz.
Escritor en activo y médico jubilado del Servicio Andaluz de Salud.
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Leo este amargo escrito del doctor Juan Manuel Jiménez Muñoz, y digo:

Hago mía esta reflexión, o revisión de una reflexión previa en la misma linea. Porque nada ha cambiado; o peor: la situación de los profesionales de la medicina no ha dejado de empeorar desde hace décadas. Y hay ahora tal hostilidad hacia los médicos en general, desde arriba, desde abajo y desde los flancos, que se hace insoportable ejercer con el mínimo deleite y la suficiente calma, salvo excepciones, quizá en ciertos lugares del ámbito rural. Marcharse hacia mejores horizontes es lo sensato, aunque duela; porque nadie se va por gusto y hay gente normal que merece atención médica, pero hay también un círculo de incomprensión, desprecio e incluso y agresividad –al menos en las RRSS– hacia los galenos, que incita a huir de esta tierra de duelos a garrotazos. Quienes están en su último tramo, tendrán que aguantar, acaso a costa de su salud. Quienes están comenzando, que no lo piensen y se vayan. Es lo más sensato. Aquí confunden vocación con esclavitud y te dicen que las condiciones laborales* no son tan importantes, por lo que no tienes ni derecho a la huelga. En fin, no sé si hay que entonar un lamento o ya un Réquiem sanitario...
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*Las condiciones laborales de los médicos están determinadas por la política sanitaria, redundan en la salud laboral y no pueden desligarse de la vocación.
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Aunque duele leer comentarios como este: Pero que no se olviden de los padres agradecidos por curar a sus hijos. De las parturientas que encontraron la calma en sus palabras. De los ancianos que aliviaron no sólo sus dolores, sino también su soledad conversando apenas unos minutos con ellos…

Chopin: Preludio en Si menor op. 28-4

martes, 17 de febrero de 2026

Desapacible desenlace


[Relato]

«Un momento... ¡Ahora!... Esperaré... ¿Para qué...?»

Solo. Confundido. Azorado. Indeciso. Al cabo, nada nuevo, lo de costumbre. ¡Qué asco siente! ¡Cómo se desprecia! Ofuscado por dubitativas nubes, no sabe si permanecer o huir de su persona. Pasa la oscura incertidumbre y desea que su inutilidad sea tragada por una sima o engullida por un agujero negro. Bordea el abismo. Bambolea. Huye a su impreciso refugio. Dormita. Y para salir del estupor se muerde los labios con ahínco; manaría sangre si no fuese porque apenas fluye por sus atorados conductos. Enorme es el clamor interno. Turbadora la brisa. Estrepitoso el silencio. Sería adecuado para la ocasión aquello que suele murmurar Claudina, su impagable cuidadora: «¡Qué infausto! ¡Lástima de hombre! ¡Una pena!». A lo que se podría añadir: ¡Ay!, si la conmiseración curase los males… Su demudado aspecto tendría entonces la inicial frescura, la remota lozanía; pero la sana manzana, en apariencia, lleva demasiado tiempo empodrecida.

«Soy el símbolo de la abulia y la torpeza, paradigma de la negación suprema», pronuncian las gastadas cuerdas de su alma, otrora orgullosamente sonoras.

Sólo el aire escucha el lamento de Jorge Recana. ¿Exagera con tan negativa valoración? Es un hombre con una buena formación, culto; su currículum lo corrobora. Y sin embargo no ha sabido –o, más bien, querido– adquirir las aptitudes para realizarse y sentirse medianamente satisfecho. De enorme inteligencia y ¡cuán poco inteligente! Le faltó tesón para ir más allá del mero conformismo; se limitó al papel de receptor pasivo y efímero. Nada en él dejaba huella, todo se diluía en su insustancial espíritu. Lo poco asimilado –siempre con indiferencia– lo olvidada con prontitud; cualquier conocimiento se desvanecía, lo volatilizaba su carácter inconsistente. ¿Por qué?, se preguntará el lector en la distancia. Porque aprendía de modo rutinario, para salir del paso, casi por obligación; carecía del necesario entusiasmo para dejarse imbuir por algo bueno. Y no respecto a su actividad profesional, sino a los conocimientos básicos de quien pretende sobrevivir en escogida soledad. Nunca supo afrontar dificultades, eludir obstáculos, salir de apuros. Pero ahí está la impagable Claudina para echarle una mano, firme y resignada. «¡Ay, Señor!, ¿qué haría sin mí el señorito? El calzón en el suelo, los zapatos embarrados, la mesa embadurnada...» 

¡Qué desastre! En su desdibujada personalidad (singular, como constató una vez un psiquiatra al que acudió forzado), no se asienta el sentido común. Resulta un inmaduro sin lógica disposición para dar respuesta a los asuntos; y ni en mil años se adiestraría para la vida. Además de carecer de razonamiento primario, lo cual pone en cuestión el engranaje de su superior inteligencia, tampoco puede alardear de mañoso; no está capacitado para simplezas (hacer una tortilla, montar una lámpara, doblar una camisa). Es paradigma de la perenne ineptitud. Nunca puso interés en adquirir habilidades y es ejemplo de dejadez. Hasta pasados los cuarenta, vivió con su madre, y muerta ésta se empeñó en que ya no era tiempo de aprender. En suma, Recana no es más que un cero a la izquierda, un discapacitado real, una escoria, un pelele, un estorbo para los demás. Y para sí mismo. 

Para colmo, no es afable ni generoso, sino arisco, orgulloso y despreciativo de lo ajeno. Hasta desdeña la música que no es capaz de sentir y siente animadversión por los interpretes del arte más bello. Al violinista lo tiene por frotacuerdas, al flautista por escupidor, al trompetista por estridente. Más lejos no puede llegar en su descarada displicencia. En su soberbia, se cree superior, defecto de inmadurez que le asigna un halo de antipatía. Entonces, poco puede esperar de los demás; cosecha lo sembrado. Perdió los dos únicos amigos que le quedaban, Fabián y Camilo, demasiado condescendientes con sus extravagancias, y ya nadie mira por su huraña persona. Siente realmente los zarpazos de la más absoluta soledad y sufre como nunca. Sin familia, sin apegados, sin misericordia en derredor, padece lo que no había padecido; solloza en sus adentros, por pudor a exteriorizar su amargura, fruto de un inexplicable resentimiento. Sabe que Claudina, calladamente, lo censura y lo comprende. Y convencido de que fuera mejor no haber nacido, se entrega a una rememoración expiatoria...

«Mi infancia no fue triste; reí como otros niños. En la adolescencia y en la primera juventud hubo sufrimiento: los cepos de la timidez me detenían. No fui mal estudiante, pero las virtudes fueron devoradas por depredadores defectos. Pienso en mis padres, y… ¡qué indigno hijo! Muchísimo me amaron; los progenitores, no las mujeres que hube deseado. Tuve amigos, sí, pero pocos; escasos los vínculos afectivos... ¿Y el amor mundano? A eso voy, aunque me cuesta confesar. No puedo hablar de derrota ni de triunfo; quien no osa aventurarse, no gana y mucho pierde. Escasa fe en la victoria, ya lo dije: dominador retraimiento. ¡Qué rémora! Rayana con lo patológico y, lo peor, apoyada en la huera vanidad... Discreto el paso por las aulas; frialdad entre matraces, pipetas, tubos de ensayo. Y un título universitario para no alcanzar el éxito profesional. ¡Químico enfrascado en la ineptitud, dedicado a la venta de perfumes! ¿Haber estudiado para esto? No entiendo de qué me enorgullecía en otro tiempo… Soltero, en la cincuentena y despedido de la empresa que representaba. No daba más en esa línea comercial; me lo dijeron crudamente. ¿Y qué podría hacer a estas alturas? Pude tener a mi lado a Mercedes, pero mi egoísmo o mi incapacidad de amar... Dejé que se fuera la única mujer que me quiso, a parte de mi madre. Tal vez la eché yo de mi vida. Soy ingrato y ególatra; lo reconozco y me duele. Soy tan inseguro…».

Realizado el breve cuadro biográfico con bruscas pinceladas, se hace cargo de que está totalmente desamparado, como un huérfano al que no prestan auxilio. Si pudiese verlo Camilo, el último amigo que lo aguantó hasta hace poco (el otro, Fabián, no tuvo tanta fortaleza moral para continuar a su lado), tendría motivo para pronunciar su lapidaria sentencia. «He ahí un miserable oculto en su caracola. ¡Qué magna cobardía!» No es de ahora; siempre ha sentido temor, miedo a la vida. Cabizbajo y taciturno, pasó sus huecos días, sus vanos meses, sus baldíos años. Pasó, que no vivió. Preso de angustias, lleno de manías y dominado por inveterada abulia, no tuvo valor para enmendarse o desafiar al destino. Consciente de su miserable devenir, considera que es muy tarde para realizar mudanzas, maduro por lo encanecido y anciano en su esencia. Un dardo de angustia le zahiere, una daga de lamentación se le clava, una flecha de arrepentimiento le traspasa. En su desesperanza, agradecería la ayuda de aquel psiquiatra que un día acertó a definir su singular personalidad. Y arrastrándose desdichado, busca con avidez una mano compasiva que le socorra, una cándida voz que le consuele, unos labios que le besen, una férrea voluntad que le suplante. 

«¡Si estuviese aquí mi querido Camilo...!», suspira contradictorio.

***
Volvamos la mirada atrás: ¿dónde ha estado su sitio en el orbe? Recorrió aldeas minúsculas, pueblos pequeños y enormes ciudades, del litoral y de tierra adentro; se estableció en privilegiadas zonas residenciales, en barrios medios y en sórdidos arrabales; habitó viviendas céntricas, pisos periféricos y apartadas casuchas labriegas; desde la suavidad climática, experimentó el contraste de latitudes cálidas y gélidas; buscó la radiación intensa y la tibieza de la luz mortecina; esperanzado, se dejó llevar por vívidos ritmos, solemnes cantos y dulces melodías. Una inacabable e inquieta búsqueda para no hallar apropiada morada, albergue que le sirviera, aposento que le bastara, hogar que le satisficiera, son que le deleitara. Fue en verdad un culo de mal asiento, infeliz en todo tiempo y lugar, pues no puede entrar la dicha en los amurallados corazones. Bien sabe Claudina que el problema no está en el mundo exterior, y cuando lo ve sumido en su infinita tristeza, intenta levantar su ánimo y le canta con fervor. 

Sonríe, hoy nada se acaba,
sonríe, ancho es el mañana.
El cielo habrá de darte su fulgor…

Pero este hombre parece desconocer el sentimiento de alegría. Y al cabo de un trasiego indiferente, ahora es víctima de su tristísima pusilanimidad. Ha reconocido de pronto lo que siempre quiso negar, cegado por la inmodestia, y al fin ha descubierto en mala hora lo que es: una piltrafa al borde del fracaso final, acaso de su liberación definitiva. Frustrado por su propia inadaptación, marginado de una sociedad en la que no supo asentarse, sin expectativas y sin ilusión alguna, Recana tiene en su mano la oportunidad de dar remate a su estólida existencia. ¿Demasiado corta? Cincuenta y dos años recién cumplidos. Entonces, ¿a qué espera? Una fuerza antagónica lucha desesperadamente por eludir el trance. Si por una parte tiene la convicción de que lo mejor es acabar de una vez, una insospechada autoridad ordena en su interior. 

«¡Detente, no te des por vencido, no te arredres! ¡Otórgate una última oportunidad! ¡Aún es posible cambiar, si pones el empeño necesario!» 

De ahí que el cañón de la pistola que dirige a su sien cimbrea por la duda, a la espera de dar paso al proyectil que apague para siempre la luz de su martirio. Sólo basta que el indeciso y trémulo dedo haga detonar el mecanismo mortífero. Pero, como en tantas ocasiones en las que tiene que decidir por sí mismo, oscila vacilante. Si ora pretende ceder en su disparatado intento, animoso fugazmente y con intención de iniciar una nueva andadura, enseguida da un vuelvo a su pensamiento. Titubea en su victimismo.

«Nadie llorará mi pérdida», musita instalado en antagónico quiero y no quiero.


Presupone de modo pesimista para justificar la acción de ser su propio verdugo. Una y otra vez en esta última tesitura. Su rostro se enciende febril y suda profusamente. Hace retroceder un poco el disparador del arma que está asiendo. Vuelve presto a la posición de espera. Retorna a su idea inicial y de nuevo a la opuesta, alternativamente. Vislumbra imágenes vividas… o sufridas. Situaciones vergonzantes, fracasos estrepitosos, perennes temores, amorosos quebrantos y sueños irrealizados (sí, llegó a tener coloreadas ilusiones). Su desánimo acrece de continuo; su hundimiento moral roza el límite de lo humanamente soportable, mientras escucha un redoble de tambor que lo enloquece (siendo melófobo, lo atronaría también el dulce sonido de un oboe). Se mira al espejo del cuarto de aseo, sin dejar de amenazarse, y se da lástima. 

«¡Qué repulsivo mi semblante! No me daría la absolución un confesor.» 

Su ajado y hosco rostro le ofende; no ve un pliegue agradable, amistoso, dulce, tierno. Con los párpados entornados, respira jadeante, antes de volver a mirarse con espanto. Lanza un oscuro escupitajo contra el espejo que vela parte de su ruindad. Un restallar de hojas muertas llena sus oídos. De nuevo entorna los otoñales ojos, por la fatiga que acarrea la emotiva tensión, y otra vez los reabre. Se deslizan lágrimas turbias, mixtura de rabia y desconsuelo. Las miserias le salen por los poros en tropel, como imprevisibles ríos que pierden su cauce, arrasando la única pizca de orgullo que le queda. Asiste impotente al hundimiento de su diminuta dignidad. Y al límite del agotamiento, extenuado por las hirientes reflexiones, el desarbolado navío se va a pique, creyendo escuchar entre la marejada la voz enternecida de su ángel guardián... 

Y verás que la vida es bella,
aun lejos, lejos de esta tierra.
¡Sonríe caminando sin temor!

Imposible referir la órbita de su alborotado pensamiento. No estando receptivo, no puede dejarse seducir por melódicas palabras: su sinfonía acaba disarmónica. Desplomado de bruces, golpea el espejo que reflejaba su alma sórdida. Estallido. Exhalación. Silencio... Su cara resbala por la vidriada superficie, ensangrentándola con su postrero y expiatorio sollozo. Queda retenida en la pila del lavabo. La mano que empuña la pistola bambolea ampliamente. En pocos segundos libera el arma suicida, que cae con desgana en el plomizo enlosado. Yace en actitud grotesca, acorde con su ridícula biografía: la mano izquierda sobre el grifo y la faz sesgada bajo el mismo, como intentando sorber la última gota de esperanza; la contraria colgando y todavía algo oscilante; plegado por la cintura sobre la pieza de porcelana y con las piernas flexionadas, en impúdica postura. Y la boca entreabierta parece decir algo.

«He logrado mi propósito. Me he librado de mí mismo. ¡Me siento orgulloso!»

¿Qué razón podía tener para un engreimiento póstumo? ¿No fue la suya una actitud cobarde? ¿No temía decidir, aventurarse a obrar por propia voluntad? Bueno, no soy yo quien para juzgar o hacer reproches; apenas traté a Recana. En todo caso podría reprocharle no haber buscado una salida más airosa, acaso entrando en el Club de los Suicidas para acabar con la pantomima de manera elegante. Allí le habrían indicado el camino propicio hacia la muerte voluntaria: ahorcamiento, envenenamiento, ahogamiento, defenestración, harakiri, desangramiento... o quién sabe si la misma arma de fuego. Pero ya sin posibilidad de enmienda, debo adoptar la actitud piadosa de la admirable asistenta que asumió sus rarezas durante casi diez años. 

***
Por la mañana, Claudina descubre la escena y no se sobresalta en absoluto (su serena expresión no casa con un solemne acorde de órgano, sino con un arpegio disonante e irónico de guitarra; en cualquier caso, Jorge hubiese desaprobado cualquier sonoridad, de modo que baste la música del silencio para enfatizar su desgracia). Simplemente menea la cabeza con gesto de resignación y haciendo la señal de la cruz. Después, tranquilamente, marca el número de la policía y comunica lo acaecido. Ella acompañará el cadáver; habrá de ser todo su séquito. Escueto adiós. Nadie más la seguirá atribulado hasta su última y adelantada morada, ni siquiera Camilo. 

Un ser humano, al menos, le brinda caritativa despedida y reza ante su tumba. ¿Qué más puede pedir quien no fue digno de tal merecimiento? Supone casi una victoria crepuscular en su nada triunfal existencia. Una victoriosa derrota. ¡Que todos se enteren! ¡Que lo sepa el mundo! ¡Una mujer, que no es su madre, ni Mercedes, lo aprecia, lo quiere! Y su corazón, recién detenido, se enternece: a través de la madera fúnebre parece escucharse la voz de Jorge Recana, con una dulzura inusitada. 

«¡Gracias, Claudina!»

[1994, 18-19 nov.]

Sospiri, Edward Elgar

jueves, 12 de febrero de 2026

El chequeo médico de la persona sana, ¿es bueno?


Volvemos al tema de los chequeos médicos, al leer lo que sigue...
Las revisiones de salud con una analítica sanguínea anual son un fenómeno extendido en las consultas de los médicos de familia. Su objetivo es detectar enfermedades en fase inicial, mediante intervenciones precoces, para mejorar la salud de los pacientes. El análisis de laboratorio es la prueba diagnóstica más común. Se suele solicitar en nuestras consultas por diversos motivos, entre ellos: descartar una enfermedad ante síntomas sospechosos, control de patologías ya diagnosticadas, cribado de enfermedades en pacientes de riesgo; y, cada vez con mayor frecuencia, es costumbre la solicitud de chequeos anuales por parte de pacientes asintomáticos y que aparentemente están sanos, con el objetivo de aliviar sus dudas sobre su estado de salud. ¿Qué es un chequeo? El chequeo es el reconocimiento médico al que se somete una persona que no presenta síntomas de ninguna enfermedad concreta y cuya finalidad es la prevención y detección precoz de enfermedades. Es demandando por el propio paciente y suele incluir una anamnesis, exploración física y la realización de alguna prueba complementaria que suele ser una analítica. La finalidad de este chequeo para el paciente es obtener un sentimiento de alivio y seguridad sobre su salud, ante el miedo de caer enfermos. ¿Presenta algún riesgo este tipo de práctica clínica? Solicitar pruebas en exceso no es sólo un problema económico, es una práctica con consecuencias por la aparición del fenómeno de sobrediagnóstico y sobretratamiento. El fenómeno de sobrediagnóstico ocurre cuando las personas son diagnosticadas de enfermedades que nunca les causarían síntomas ni les acortarían la vida. Incrementa el tiempo durante el cual el paciente conoce la existencia de la enfermedad sin modificar en nada su pronóstico. Añadiría una etiqueta de “enfermo” al paciente (*), implicaría realizar otras pruebas complementarias y tratamientos con los efectos adversos que conllevan y con un consumo de recursos sanitarios innecesarios. El fenómeno de sobretratamiento consiste en el tratamiento innecesario de una enfermedad en el que el daño potencial siempre superará a los beneficios. Los médicos durante nuestra formación hemos sido entrenados para actuar, por lo que nos sentimos mejor cuando actuamos que cuando no lo hacemos; por eso cuando el paciente nos solicita esa “inocente analítica anual” es entendible que la mayoría de nosotros la acabemos solicitando (**). Pero esta práctica puede conllevar a una “cascada” diagnóstico-terapéutica. (...) —¿Es beneficioso el chequeo anual con analítica solicitado por los pacientes sanos y asintomáticos para control de su estado de salud?
...Y reparamos en las consecuencias no beneficiosas de su realización sistemática. Porque todo debe realizarse con prudencia para evitar inconvenientes. Por eso en ese artículo se dan recomendaciones con la evidencia disponible, comenzando por la de «No realizar análisis de sangre anuales en población adulta sana».
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(**) He ahí una decisión controvertida (hacer vs. no hacer), por lo que a continuación se dice de la posible cascada diagnóstico-terapéutica, provocando daño en el paciente. [v. Prescripción encadenada de medicamentos]

Quiero un chequeo médico completo
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lunes, 9 de febrero de 2026

Un hombre vacío


[Relato]

Un terrible dolor de vientre roía las entrañas de don Muchísimo. Desde hacía varios meses, y casi a diario, le surgía de pronto, inoportuno y reiterado. “¡Qué afrenta para mi persona!”, exclamaba, ante tales insolencias álgicas. 

El tal don Muchísimo era, en razón del tratamiento, un hombre importante; en su caso, por el hecho de poseer gran fortuna, cualidad que le proporcionaba bienestar, poder y la dicha de ser admirado. Su privilegiada posición social y su influencia política condicionaban el destino de muchos ciudadanos, gentes de inferior condición que acudían a él en busca de favores y que el capitoste sólo concedía si le deparaban algún provecho. Era una especie de aristócrata vividor y petulante. Su cínico rostro se encendía de gozo cuando le suplicaban, cuando labios temblorosos le demandaban ayuda, cuando otros, mayoría, se sentían abatidos y humillados. 

Pero, ¡injusto destino!, desde hacía un tiempo una vulgar molestia se le mostraba atrevida, desvergonzada, desafiante, lastimosa, angustiosa, insoportable. Y don Muchísimo, harto de sufrir como un humilde, decidió aniquilarla. “He de conseguir el remedio contra este mal interno, cueste lo que cueste”, decía con aire altivo. 

Evidentemente, cualquier virtud quedaba supeditada al nivel socioeconómico, y siendo don Muchísimo agraciado en este sentido estaba en situación ventajosa. Por lo demás, no se diferenciaba del último individuo en el escalafón social. Carecía de conocimientos elementales, habilidades y sensibilidad artística. Tampoco mostraba inquietud alguna. Su único afán era vivir bien, su único fin el placer; ¡un hedonista modelo! Y cuantos dependían de ese egregio individuo para subsistir (los “poco”, los “muy poco”, los “poquísimo“, los “nadie”) le importaban un bledo. Su despreciativa carga moral desmoralizaba al más pintado. Rodeado de una aureola casi divinizada, el distinguido ofrecía una imagen egocéntrica de aparente felicidad. Aparente, pues en su fuero interno escuchaba los aullidos de un vacío que en el silencio de la noche lo aturdían (mientras su mujer, una dama necia, sumisa y fatua, por muy doña Muchísima que fuese, ni se enteraba ni lo pretendía; dormía soñando corderitos) y de mañana negaba. Por consiguiente, se mantenía al margen de la chusma, tratándose únicamente con sus iguales. Y entre éstos, el trato, invariablemente superficial, se revestía de ademanes y simulaciones hipócritas que perseguían, independientemente de grados o de edades, desbordar ríos de envidia para granjearse réditos de orgullo y perverso regocijo. 

“Encantado de conocerlo, don Alguien.”

“El gusto es mío, don Bastante.”

“Permitan que me presente. Soy don Suficiente. Un placer...”

“Yo doña Mucha…” (Alguna mujer identificada entiéndalo en su justo sentido.)

La cuestión radicaba en sobresalir entre la élite, en ser mejor entre los mejores. Siendo un don Alguien se aspiraba a ser un don Algo Más, un don Mucho, un don Muchísimo... y, al fin, don Único. Y el personaje principal parecía seguir el camino adecuado hacia la cúspide suprema (de lo único que su esposa se enorgullecía). “¡Qué hermosa es la vida!”, se decía, consciente de su afortunada situación. 

Nada perturbaba su gozosa existencia, hasta que apareció el maldito dolor de vientre. Sus exclamaciones de júbilo se trocaron entonces en maldiciones rabiosas. Y al límite de su escasa resistencia, decidió acabar con aquella rémora recalcitrante. A toda costa y por cualquier medio. Así que hizo llamar al prestigioso médico don Ojo Clínico, famoso por sus infalibles diagnósticos…

***
El experimentado Ojo Clínico, al saber quien requería sus servicios, supuso que no se trataría de algo vulgar, pues padecimientos vulgares atañían a gentes con tal calificativo, no a personas de relevancia. Cuando vio de frente a nuestro hombre no dudó un instante en su juicio clínico: “¡Estrés social!”. Persuadido por el sistema imperante, pensaba el cegato galeno que un hombre tan insigne, de tanto peso específico, sometido a mil deberes para con sus subordinados, presa de incontables emociones al hacer propios los problemas ajenos, tendría que estar en extremo fatigado, por lo que remató la faena exclamando sin socarronería: 

“Tributo pagado por el ingrato puesto que la sociedad le ha deparado”.

Es preciso imaginar la elongación simiesca de la faz del hombre principal al oír tal desatino. Expresiva y turbadora. De ser el caso, habría de estar cansado, agotado o destrozado por la desenfrenada y libidinosa vida que llevaba, no por la desinteresada entrega a sus súbditos. Un pensamiento vedado para don Ojo Clínico que, obcecado por la figura del magnate, le aconsejó hacer menos suyo el sufrimiento de sus conciudadanos, le prescribió reposo absoluto y, como coadyuvante, le suministró una sustancia química de probada utilidad en gentes de su categoría y condición.

Transcurrió el tiempo y la cosa seguía igual, o peor, y don Muchísimo maldijo a don Ojo Clínico. Dominado por la cólera, se valió de su gran influencia para que nadie jamás demandase sus servicios y, por supuesto, le retiró el don. Acudió seguidamente a su llamada el doctor Hipnotizador, cuyo fabuloso poder de sugestión presagiaba el fin de los tradicionales métodos de analgesia y anestesia. Éste aplicó toda su sabiduría, convencido de la eficacia de su ciencia y, de paso, ¡oh, humana debilidad!, procurando ese mismo don que, pese a su prestigio, aún se le negaba. Pero, incomprensiblemente, fue el hombre influyente quien –eso sí, de modo involuntario– hizo mella en la voluntad del Hipnotizador, trastocando el pretendido efecto. El experto conocedor de la psique, despojado de su autocontrol, víctima de una súbita enajenación, se suicidó precipitándose por una ventana, ante los ojos atónitos de su paciente, de la impasible esposa y de dos criados circunspectos. ¡Tragicómica escena!

Le tocó el turno al doctor Cirujano –éste sí poseedor del preciado don–, cuyas mágicas manos casi hacían milagros. Sometió al enfermo a una revisión rigurosa, de la cabeza a los pies, pero no detectó la causa generadora del dolor. Desconcertado y temeroso de que el reputado paciente reaccionase de modo inconveniente a su sinceridad, no dudó un momento en emitir su conveniente conclusión: “El origen de su dolor radica en lo más recóndito de la cavidad abdominal, de su ilustre abdomen”. Su juicio aparentaba firmeza y contundencia, expresado con lenguaje rotundo de sabio vanidoso. Le pidió con respeto que se dejase someter a una intervención, a fin de localizar con exactitud el mal. Don Muchísimo no se opuso a su sugerencia, pero le advirtió que si le quedaba alguna secuela fuese pensando en lo peor. El profesional deglutió su inquietud y, tras oportunos preparativos, procedió a expulsar el tumor que presuntamente albergaba y con el que, por su propio bien, anhelaba toparse. Inició la laparotomía... y cuando el bisturí tomó contacto con la piel del prohombre brotó un líquido negruzco, y el temerario operador cayó desplomado bajo la mesa de operaciones, electrocutado por una esotérica descarga que nadie pudo desentrañar. 

“¿Qué hice para merecer esto?”, sollozaba don Muchísimo casi humanamente, pero sin lágrimas. “¿Y quién habló de crecer en el sufrimiento?, rezongaba”.

Nuestro desgraciado estaba desesperado y, desprendido de su cicatería, prometió colmar de riquezas a quien lograse aliviarle del indescriptible dolor, cada vez más intenso y persistente, devorador y destructivo. En tanto no llegaba el esperado redentor trataba de restar importancia a su problema: “Seguramente se trata de un achaque estomacal insignificante, o algo banal del intestino, o del hígado…”. No hallando consuelo, dio en pensar que algún celoso de su poder y situación sería el responsable: “Quizás algún veneno en la bebida o el alimento. Puede que me hayan inyectado un germen maligno. O tal vez...”. Entre conjeturas, juraba que el culpable habría de pagar con un tormento mil veces mayor que el suyo. 

Juramento que no llegó a amedrentar otros oídos, pues ávidos de ganar su favor y la tentadora gratificación prometida fueron muchos los aspirantes a sanadores. A ninguno le vendría mal una posición más elevada en la jerarquía comunitaria, conseguir el respeto y la admiración que hasta el momento se les negaba. Hubo tantos candidatos, hombres y mujeres, que sería interminable su relación: mecánicos, fontaneros, electricistas, abogados, químicos, clérigos, payasos, curanderos, acróbatas, músicos... Se dejó someter a curas diversas: baños termales, emplastos, cataplasmas, acupuntura, hechizos... Y todo fue inútil, si bien mejoró un poco con la musicoterapia aplicada por un experto que, sin razón aparente, en mitad de una sesión de terapia musical se puso a bailar una tarantela y no paró hasta que, después de dieciocho horas de danza ininterrumpida, se le detuvo el corazón y cayó al suelo, boca abajo, en una extraña pose de araña, a la que contribuían las cuatro nuevas extremidades que le habían salido. A la postre, podría pensarse que don Muchísimo estaba hechizado, pero brujos y brujas estaban sometidos a su voluntad. Y decir que estaba loco sería una temeridad, porque la locura era patrimonio de los desheredados. Convenía sopesar con prudencia. 

“¡Pobre hombre!”, lamentaban sus vasallos –aunque parezca chiste–; los mismos que añadían con languidez: “Lo tiene todo, excepto paz y sosiego”.

***
Tardó en perder la esperanza, y ésta se desvaneció con su ser. Pereció quejumbroso, preguntándose cuál era su pecado. Fue sometido a un proceso de hibernación –ese había sido su deseo–, aguardando un milagro futuro que perpetuase su egoísmo. Pasados los siglos, la Sociedad alcanzó un grado de perfección insospechado en la era de don Muchísimo; sorprendentemente, las relaciones humanas alcanzaron la paridad con el avance tecnológico y científico. Sin embargo, no se logró volver a la vida a los seres que se mantenían orgánicamente íntegros por congelación. A los tres mil años se declaró improcedente la idea de instalar individuos de épocas pretéritas en ese futuro utópico y se decidió aprovechar sus cuerpos, perfectamente conservados, para fines de utilidad pública. En efecto, se diseccionaban, se analizaban sus órganos y se sometían a sofisticadas pruebas de laboratorio sus tejidos y componentes celulares, comparándolos con los del tiempo presente. De modo que al cuerpo de don Muchísimo le depararon esa suerte; lo retiraron de la máquina que mantenía su forma, lo cortaron, lo trocearon, lo desmenuzaron en multitud de partes que fueron observadas detenidamente por un grupo de estudiosos. Entonces resultó lo más increíble, la conclusión final... El jefe del equipo científico encargado de los restos de don Muchísimo hizo una revelación, en nombre propio y en el de sus colaboradores, a toda la comunidad científica: “¡Cada una de las porciones evidencia la misma frialdad que el medio que las ha conservado! Y lo más sorprendente: ¡la observación de sus tejidos revela un inexplicable vacío! Hemos estudiado su genoma y constatado que difiere del patrón de nuestra especie. ¿Una mutación u otra variabilidad genética? Señores, les confieso mi ignorancia…”. Y tras su comprensible asombro, los nuevos hombres, racionalmente equilibrados, consintieron que la Era en que vivían difería enormemente de las pasadas, ya incomprensibles a su generoso raciocinio.

[1982]

Marcha fúnebre (de Eleonore Prochaska WoO 96), Ludwig van Beethoven