El dilema del médico(The Doctor's Dilemma, 1906) es una obra de teatro de George Bernard Shaw que aborda los dilemas morales derivados de la escasez de recursos médicos y el conflicto entre las exigencias de la medicina privada como negocio y como vocación. Ficción que no se aparta de la realidad.
Resumen argumental:
Un médico, en concreto un prestigioso cirujano llamado Sir Colenso Ridgeon, ha desarrollado una nueva cura para la tuberculosis. Debido a la limitación de personal y recursos, solo puede atender a diez pacientes a la vez. A regañadientes, decide tratar a un paciente más, pero debe elegir entre atender a un colega médico altruista o a un artista de gran talento con convicciones amorales. La decisión del médico se complica porque está enamorado de la esposa del artista y se ve tentado a dejar morir al paciente para poder cortejar a su viuda.
El médico es en realidad un prestigioso cirujano, llamado Sir Colenso Ridgeon, quien se enfrenta con el dilema de decidir a quién salvar: a un colega que ofrece sus servicios a los pobres o a un engreído artista casado con una mujer bella que cada vez que la ve le nubla su juicio moral como doctor.
Un importante problema bioético supone este dilema...
En su primera obra importante, LaGalatea(1585), novela pastoril, Miguel de Cervantes elogia a cien poetas de su tiempo. En ella, alaba a Góngora, Lope de Vega, Alonso de Ercilla, Fray Luis de León... y a un autor que es menos conocido por su faceta de poeta: Francisco Díaz (1527-1590), famoso cirujano en su tiempo y autor del primer tratado de Urología (considerado por ello “padre de la Urología”), que era amigo de su padre, de profesión cirujano-sangrador. Lo hace en el «Canto de Calíope», en la decimonovena octava, como uno de los médicos-poetas.
De ti, el doctor FRANCISCO DÍAZ, puedo
asegurar a estos mis pastores
que con seguro corazón y ledo,
pueden aventajarse en tus loores.
Y si en ellos yo agora corta quedo,
debiéndose a tu ingenio los mayores,
es porque el tiempo es breve y no me atrevo
a poderte pagar lo que te debo. (*)
Y en el soneto «Al doctor Francisco Díaz», escrito posteriormente, Cervantes vuelve a encomiar al ilustre médico-poeta por la publicación de su Tratado nuevamente impresso de todas las enfermedades de los riñones, vexiga, y las carnosidades de la verga y urina(1588). [v. también AQUÍ] La obra está encabezada por dos sonetos laudatorios de Lope de Vega al autor, llamado a la inmortalidad.
Tú, que con nuevo y sin igual decoro
tantos remedios para un mal ordenas,
bien puedes esperar d'estas arenas,
del sacro Tajo, las que son de oro,
y el lauro que se debe al que un tesoro
halla de ciencia, con tan ricas venas
de raro advertimiento y salud llenas,
contento y risa del enfermo lloro;
que por tu industria una deshecha piedra (**)
mil mármoles, mil bronces a tu fama
dará sin invidiosas competencias;
daráte el cielo palma, el suelo yedra,
pues que el uno y el otro ya te llama
espíritu de Apolo en ambas ciencias.
Antes de su tratado de Urología, Francisco Díaz había escrito otro tratado médico: Compendio de chirurgia: en el qual se trata de todas las cosas tocantes a la theorica y pratica della, y de la anotomia del cuerpo humano, con otro breue tratado de las quatro enfermedades (1575). Este libro está encabezado por dos sonetos laudatorios del poeta y cirujano Juan de Vergara, amigo de Cervantes.
Valga este breve apunte histórico-poético para ahondar en las biografías enlazadas.
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(*) Al parecer, el doctor Díaz había contribuido a pagar su rescate de Argel, ciudad donde estuvo cautivo durante cinco años (1575-1580).
(**) Por piedra hemos de entender cálculo renal o litiasis.
Los escritores han sido a veces injustos con los ejercientes de la medicina, incluso han mostrado animadversión hacia ellos o resentimiento de dudosa causa, que se puede sospechar por alguna mala experiencia, ya propia o de algún allegado. Hemos recogido algunos dichos maldicientes sobre los médicos (junto a otros elogiosos y neutrales), de hombres de letras y anónimos (del refranero).
Y entre los poemas ácidos o irónicos sobre médicos tenemos los siguientes:
*Juan Ramón Jiménez se burla de los médicos, de un médico de pueblo y de un especialista (que considera ‘especialistito’). Sin embargo, cabe recordar su amistad con el doctor Luis Simarro, neurólogo y psicólogo, pues recibió cuidados de salud mental en su sanatorio y vivió un tiempo en su casa.
Este especialistito Casualidad, galeno
por vicio, ha visto a nuestro Hume-Wundtiano, cuando
le pregunta algún cliente: “Y esto, doctor, es bueno?”,
responder: “Eso dicen”…, y seguir trabajando.
**El espíritu crítico quevediano no tiene límites.
Quitarnos el dolor, quitando el diente,
es quitar el dolor de la cabeza,
quitando la cabeza que le siente.
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Estos poemas ya los hemos referido, junto a otros, en la entrada:
En algunos ensayos se ha tratado sobre la figura del médico en las novelas del escritor Benito Pérez Galdós, ya como personaje ficticio o real,...
El médico en las novelas de Galdós rebasa la mera carcasa costumbrista consignada a su figura en otras novelas realistas como las de Balzac, y se erige en prohombre y vademécum de la sociedad civil, subrayando en su diagnóstico las carencias de ésta. Ejercía una atracción singularísima la Medicina (Rubin 1970: 79), el conocimiento de las pasiones y secretos del individuo para el desarrollo de la capacidad observadora del novelista que aspira a posesionarse de sus misterios: «Envidio a los que poseen la ciencia hipocrática, que considero llave del mundo moral; por eso vivo en continua flirtación con la Medicina…».
…bastantes de esos médicos son figuras ocasionales, pues se les cita con el título de su profesión: 'un médico', 'un físico', 'un cirujano'. Destacan cuatro, poseedores de individualidad bien dibujada, con categoría de grandes personajes: Teodoro Golfín, Augusto Miquis, Moreno Rubio y Guillermo Bruno. Galdós también hizo transitar por el escenario de sus novelas a notorios médicos coetáneos suyos: Olavide y Martínez Molina, el doctor don Federico Rubio, don Pedro Mata y el doctor Esquerdo. En los Episodios nacionales alcanzan esta gloria literaria, con alguno de los ya nombrados, don Nicolás María Rivero, el famoso oftalmólogo Delgado Jugo, el doctor Albitos, también oculista, la popular doña Polonia Sanz [odontóloga] y don Melchor Sánchez de Toca.
La auténtica devoción de Galdós por la Medicina, que confirma
Gregorio Marañón en su semblanza del novelista, la atestiguan algunas
descripciones de enfermedades que incluye en sus creaciones…
Las referencias en la obra galdosiana relativas a asuntos de enfermedades, heridas... son muy abundantes, tanto que en un estudio personal, inédito, recopilamos y extrajimos cerca de mil fichas relacionadas con problemas médicos. Aquellas, agrupadas con un criterio de asignaturas académicas, cubren prácticamente todo un programa de licenciatura en Medicina.
...y en sus narraciones hay descripciones de enfermedades. Gregorio Marañón* confirma la devoción de Galdós por la Medicina en su semblanza del novelista.
Benito Pérez Galdós, uno de los escritores representativos de la novela realista del siglo XIX, es considerado por algunos especialistas y estudiosos como el mayor novelista español después de Cervantes. Nació el 10 de mayo de 1843 en Las Palmas de Gran Canaria; era el menor de los diez hijos, siendo su padre un coronel del ejército. Recibió una educación rígida y religiosa, pero ya desde muy joven entró en contacto con el liberalismo. Sin ser un alumno especialmente brillante, tenía gran memoria y capacidad de observación, con dotes para la música y el dibujo. Se trasladó a Madrid en 1862 para estudiar Derecho, pero se interesó más por los ambientes literarios y políticos de la capital. Francisco Giner de los Ríos lo introdujo en la filosofía del Krausismo. Colaboró como articulista en varias publicaciones de Madrid, como La Nación y La Ilustración, y dirigió La Revista De España. En 1967, el joven Galdós traduce a Dickens, autor que admiraba, y en 1868 viaja a París; la lectura de La taberna de Zola le descubre el naturalismo, que influirá en su obra literaria, marcada entonces por el realismo. Se decantó por la escritura tras publicar su primera novela, La Fontana de Oro (1870), influenciada por el estilo periodístico. Ingresó en la Real Academia Española en 1897. A finales del XIX, pasó largas temporadas en Santander y en esa ciudad organizó tertulias literarias. De 1886 a 1890 fue diputado por el Partido Liberal de Sagasta. Ingresó en el Partido Republicano, y durante las legislaturas de 1907 y 1910 fue diputado a Cortes por Madrid; junto a Pablo Iglesias, fundador del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), fue jefe titular de la «conjunción republicano-socialista». No le concedieron el Premio Nobel, al parecer por su ideología algo radical. Galdós nunca se casó, pero se le atribuyen varios romances, como el que vivió con la escritora Emilia Pardo Bazán, que fue confidente y colaboradora. En 1912, abandonó la política y dejó de escribir, aquejado de arteriosclerosis y ceguera progresiva. Arruinado y enfermo, falleció el 4 de enero de 1920 en Madrid.
OBRA LITERARIA
Galdós escribió 31 novelas, 46 Episodios Nacionales, 23 obras de teatro, y el equivalente a 20 volúmenes de relatos y artículos periodísticos. En 1873 comenzó la publicación de los «Episodios Nacionales» con Trafalgar, que seguirán hasta 1912, cuando aparece el último, Cánovas; con estas novelas pretendió hacer una historia novelada del siglo XIX, mezclando personajes de ficción y personajes históricos, e importantes acontecimientos políticos y militares con sucesos cotidianos y privados. Otras novelas importantes: Doña Perfecta (1876), considerada en su momento por los ultracatólicos como un panfleto anticlerical; La desheredada (1881), punto de arranque del ciclo de «Novelas españolas contemporáneas», al que también pertenece El doctor Centeno (1883); Fortunata y Jacinta (1886-1887), su obra cumbre, considerada por algunos como la narración más importante en lengua castellana después del Quijote, que retrata las vidas cruzadas de dos mujeres de distinta condición social; Miau (1888), sobre un empleado de hacienda que, por intrigas, queda cesante; Tristana* (1892), sobre la emancipación de una mujer que no quiere ser amante ni esposa; Misericordia (1897), que narra la vida penosa de dos mendigos. A pesar de escribir más de 20 obras dramáticas, apenas alcanzó el éxito como dramaturgo, aunque el estreno de su drama Electra (1901) fue un acontecimiento nacional.
Galdós muestra un profundo conocimiento del ser humano y de sus pasiones. Realizó una continua reflexión y disección de la sociedad española de su época, en especial la madrileña. Reprodujo la realidad social de su época y fue un gran recreador de ambientes, costumbres y acontecimientos. Para ello observaba atentamente, anotaba y recopilaba datos.
El poeta José Hierro (1922-2002), adscrito a la llamada poesía desarraigada de la primera generación de la posguerra o Generación del 36, escribió poemas como complemento a las ilustraciones que un yerno neurólogo, Jesús Muñoz, había presentado en un congreso médico, y los recogió en un librito titulado Emblemas neurorradiológicos. El poeta los consideraba caricaturas poéticas de caricaturas.
La obra de Hierro, con las ilustraciones del doctor Muñoz, fue adquirida por la Biblioteca Marquesa de Pelayo del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla.
José Hierro, biografía
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La poesía sirve para decir aquello que no se puede decir.
Poeta existencial, José Hierro no escribía en casa, sino en los cafés. En un poema en el que refiere su tiempo en la cárcel (En son de despedida), pero sintiéndose libre, dice: «Nadie pudo, ni puede, ni podrá por los siglos de los siglos / arrebatarme tanta felicidad». Fue reconocido con el Premio Miguel de Cervantes tanto por sus méritos poéticos como por su calidad humana.
*«Vida» es un soneto con una rima repetitiva mediante dos palabras, nada y todo, donde el poeta expresa de modo pesimista que la existencia es ilusión (como un sueño, que dijo Calderón), a fin de cuentas, nada.
Espoleados por una entrada ajena –de igual título– referiremos algunos síndromes que llevan nombres de personajes literarios o de literatos, con sus definiciones sintéticas. Como complemento, dejamos enlaces para contextualizar estos síndromes y conocer otros que pueden ser de interés para el lector.
Homeopatía: terapia basada en que «lo similar cura lo similar».
Hipocresía: hermana menor de la mentira.
La generala María Petrovna Pechonkina (o Pechonchija, según los campesinos), que
actúa hace ya diez años, en el campo de la homeopatía, recibe un martes de mayo a los
enfermos en su despacho. Ante ella, sobre la mesa, se encuentran un botiquín
homeopático, un libro de apuntes sobre enfermedades y las cuentas de la farmacopea
homeopática. De la pared, y encuadradas en marcos dorados y bajo cristal, penden las
cartas de cierto homeópata de Petersburgo, muy grande y célebre, según María
Petrovna. También se halla allí colgado el retrato del padre Aristarj, a quien la general
debe su salvación, es decir, la renunciación a la maligna alopatía y el conocimiento de la
verdad. En el recibimiento esperan sentados los pacientes. (...)
Chéjov, médico de profesión y maestro del relato corto, abordó todos los aspectos de la vida humana, y no podía olvidarse de la temática médica. Un ejemplo es este cuento, del que traemos los siguientes comentarios:
Este brevísimo cuento, en un primer plano parece alabar a la homeopatía; sin embargo, el autor, cuya profesión original era la medicina (alópata, naturalmente), por efecto reflejo nos invita a unirla con todas las otras terapéuticas que empeoran al enfermo y lo dejan sin dinero. Lo que convierte a esta anécdota antihomeopática en una obra de arte es su reflexión sobre la hipocresía humana.
....doña Petrovna se encontró con la realidad de la hipocresía humana, un veneno que cargamos todos. Hasta el más cordial está lleno de este letal dispositivo social que siempre usará en su beneficio.
La homeopatía es pseudociencia, una creencia presentada falsamente como ciencia. Y la hipocresía es un defecto humano, por lo que decir “hipocresía humana” es redundancia; pero suena de manera más plena.
[Galenos que trataron a Rosalía. Su muerte inevitable]
Aparte del doctor José Varela de Montes (1796-1868), que atendió el parto de su madre, son tres los galenos que tuvieron una relación profesional con Rosalía: Maximino Teijeiro Fernández, Alfredo Vicenti Rey y Roque Membiela Salgado.
El doctor Alfredo Vicenti Rey (1850-1916), quién además de médico era periodista y poeta, en una carta dirigida a Manuel Murguía, aconseja tranquilidad, prescribe un tratamiento para las hemorragias («flujo»), considera la intermitencia de su enfermedad —con intervalos de mejoría— y recomienda las aguas de Caldas, así como la toma de quina simultáneamente.
En su endeble salud, las aguas de Caldas de Reyes —famoso balneario o estación termal— obraron un verdadero milagro, según la poeta, mejorando de sus habituales catarros invernales.
Es posible que las recomendaciones de Vicenti fuesen en calidad de amigo de la familia. Si bien aparece en documentos como licenciado en Medicina (además de en Filosofía y Letras), no está claro que estuviese dedicado al arte hipocrático. Si así fuese, habríamos de tomar a este hombre polifacético por médico humanista; si no, por su mayor inclinación por las letras podríamos considerarlo como escritor-médico, a la manera de un Chejov.
Muy allegado al matrimonio Murguía-Castro, Vicenti fue un ferviente defensor y divulgador de la figura y la obra de Rosalía, y poco antes de morir contribuyó a recaudar fondos para la construcción del monumento que finalmente se erigió en Santiago de Compostela en honor a la gran poeta gallega. Un conjunto escultórico de granito con la imagen de una Rosalía pensativa.
Del doctor Maximino Teijeiro Fernández (1827-1900), sabemos que trató a la escritora durante su última enfermedad, el cáncer de útero ya referido. Tan larga fue la relación de este egregio profesional de la medicina con Rosalía, que la paciente le dedicó uno de sus libros expresándose como «Su eterna enferma». Una humorística declaración que certifica su gratitud y el afecto surgido de la buena relación médico-paciente. Imaginamos la satisfacción de don Maximino.
Catedrático de Patología General de la Universidad de Santiago, el doctor Teijeiro tenía fama de buen clínico. Fue el primero en realizar en Galicia una laparotomía (apertura de la cavidad abdominal) y ha quedado constancia de su labor docente e investigadora: tradujo obras clásicas de anatomía y cirugía; publicó trabajos sobre la fiebre tifoidea (para erradicar esta enfermedad, que era endémica, reclamó como higienista una buena red de agua y alcantarillado para Santiago), la sífilis y el cólera. Recibió la Gran Cruz de Isabel la Católica por los servicios prestados espontáneamente a la ciudad de La Coruña durante la epidemia de cólera de 1854 que diezmó su población, y por su interés en la naciente microbiología acudió a París como comisionado para el estudio de los procedimientos de Pasteur en el tratamiento de la rabia. Vinculado al krausismo y a la Institución Libre de Enseñanza, desarrolló una intensa actividad social u política.
Ante el diagnóstico de cáncer de útero, el doctor Teijeiro consultó las posibilidades quirúrgicas con el cirujano Timoteo Sánchez Freire. Es evidente que los recursos operatorios o las técnicas del momento no hacían posible su intervención.
Victoriano García Martí, autor de Rosalía de Castro o el dolor de vivir (1944) refiere las conversaciones de estos dos galenos, en casa de Teijeiro o de la misma enferma, en la que filosofan sobre la vida como enfermedad incurable. Y nuestra enferma era fehaciente muestra de ello con su «dolor de vivir».
Su médico de cabecera en Padrón fue Roque Membiela Salgado (1853-?), un galeno interesado en la higiene pública que llegó a publicar una voluminosa Higiene popular (1885). Se dijo que había acompañado a la escritora en sus últimas horas, sin separarse ni un momento de ella. Es sabido que el buen galeno cura a veces, alivia a menudo y consuela siempre. Y fue él doctor Membiela quien certificó la muerte de la escritora.
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Por desgracia, nada pudo hacerse para salvarla. Y fueron muchos quienes la lloraron y rezaron por ella.
El viudo Manuel Murguía, que sobrevivió a Rosalía por mucho (falleció el 1 de febrero de 1923, en La Coruña), en el emocionante prólogo a la segunda edición de En las orillas del Sar, escribió sobre la muerte de su mujer:
Cuando la vi encerrada en las cuatro tablas que a todos nos esperan, exclamé: «Descansa, al fin, pobre alma atormentada, tú que tanto has sufrido en este mundo».
La calificaba de «alma atormentada»; pero también se refería a ella como un «alma superior», que Galicia perdía. Y en el mismo prólogo, Murguía dejó escrito:
Antes de caer para no levantarse más; antes de aceptar resignada el doloroso calvario con que el Cielo quiso probarla, marchó a Carril con los suyos. Quería ver el mar antes de morir: el mar que había sido siempre, en la Naturaleza, su amor predilecto. (…) El día que abandonó el puerto, esperando el carruaje que debía conducirla a la estación, se impacientó porque tardaba en llegar. Se nos ocurrió que lo mejor era, aunque breve el trayecto, que fuese por mar. Para ella constituyó tal contratiempo un descanso y una distracción inesperada, aunque llena de los vagos temores que acosan a los que tienen su fin ante la vista. Así y todo, el aire y los rumores de la playa animaron su semblante y nunca me pareció más imposible lo que esperábamos, cuando en pie, abierta la portezuela del vagón, iluminando el sol su rostro animado por la fatiga, en medio de sus hijas, joven todavía, sonriente siempre con los que la rodeaban, la despedían y no habían de verla más, esperaba el momento de ponerse el tren en marcha…
Había un rayo de esperanza, casi una certeza de que no los abandonaría pronto. Y llegó el temido desenlace.
Pero Rosalía no ha muerto; nos queda su espíritu grandioso y su obra inmortal: no puede acabar lo que es eterno...
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En 1891 los restos de Rosalía de Castro fueron trasladados desde el cementerio de Adina, en Padrón (donde ella dispuso que se la enterrara) hasta el Panteón de Galegos Ilustres, en Santo Domingo de Bonaval, Santiago de Compostela. Y en ese edificio que fue convento dominico descansa la gran poeta.
Negra sombra, Juan Montes
La balada o melodía gallega «Negra sombra» es la más fuertemente arraigada en la memoria colectiva de los gallegos. Un verdadero himno que por siempre asombra... Y esta interpretación de la Coral Polifónica de Pontevedra es emocionante.
Con este tercer capítulo, finalizamos nuestra pequeña serie sobre la patobiografía de la gran poeta Rosalía de Castro. Los tres capítulos forman parte de una novela-biografía, o biografía novelada, todavía no editada: La sombra de Rosalía.
ÁLVAREZ RUIZ DE OJEDA, María Victoria: Rosalía enferma: Carta de Alfredo Vicenti a Manuel Murguía. Follas novas: revista de estudos rosalianos 1, pp. 124-143.
BOUZA BREY, Fermín: Las enfermedades infantiles de Rosalía de Castro y los ritos de medicina mágica en Galicia. Cuadernos de estudios gallegos 22, Nº. 67, 1967, pp. 183-197.
MAYORAL, Marina: Rosalía de Castro. La autora: Biografía. Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.
MONTES-SANTIAGO, Julio: Tuberculosis: una “negra sombra” en la vida de Rosalía de Castro. Galicia Clin 2008; 69 (1): 45-49. Disponible en:
https://galiciaclinica.info/PDF/1/1.pdf
SIXTO SECO, Agustín: Achegamento médico-antropolóxico á personalidade de Rosalía. Actas do Congreso Internacional de Estudios sobre Rosalía de Castro e o seu tempo: (Santiago, 15-20 xullo de 1985), Vol. 1, 1986, ISBN 84-7191-400-X, págs. 57-64.
[Patobiografía rosaliana: testimonios propios y ajenos]
Rosalía de Castro (1837-1885), la mayor poeta que ha dado Galicia y una de las grandes voces de la poesía hispana, ha sido estudiada desde la óptica de la patobiografía. Ahora sabemos, o creemos conocer, algo más de su compleja personalidad, modelada por circunstancias y acontecimientos que hemos de circunscribir a la época que le tocó vivir. Sabemos de los problemas de salud que logró superar, de su preocupación como doliente, de los galenos que la asistieron en cada momento y de la enfermedad que finalmente acabó con su vida. La Rosalía enferma, la paciente, no desligada de su obra, merece nuestra atención.
Hemos tocado el aspecto psicológico de Rosalía al hablar de su personalidad. Y no podemos obviar su miedo existencial.
¡Mar!, cas túas auguas sin fondo,
¡ceo!, cá túa imensidá,
o fantasma que me aterra,
axudádeme a enterrar.
É máis grande que vós todos,
e que todos pode máis…;
cun pe posto onde brilan os astros,
e outro onde a cova me fán.
Impracabre, bulrón e sañudo,
diante de min sempre vai,
i amenaza perseguirme
hastra a mesma eternidá.
Pide ayuda al mar y al cielo para enterrar el enorme y despiadado fantasma que la aterra, siempre acechante, que amenaza perseguirla hasta la misma eternidad.
Otro poema de Follas novas comienza así: «Teño un mal que non ten cura…» (Tengo un mal que no tiene cura…). Dice su yo poético que ese mal nació con ella y que la llevará a la sepultura; advierte a curanderos, cirujanos y doctores en Medicina que su enfermedad no tiene humano remedio; y al final aclara que su mal y su sufrir es su propio corazón, que no la deja vivir.
Reconoce, pues, que su mal es espiritual, no orgánico.
Centrándonos en las dolencias orgánicas que la aquejaron o preocuparon, las enfermedades señaladas en su biografía son éstas: sarampión, neumonía —o pulmonía—, fiebre tifoidea, tuberculosis —o tisis—, cólera y cáncer (uterino); cinco infecciosas (tres sufridas, una temida y otra nombrada) y una oncológica.
Según testimonio de Manuel Murguía, la salud de nuestra poeta estuvo seriamente comprometida desde la niñez, por catarros y neumonías, llegando a estar entre la vida y la muerte. Manifiesta también que «parecía llevar en su corazón los secretos terrores que sintió su madre todo el tiempo que la tuvo en sus entrañas». Nos da aquí Murguía otra clave de índole psicológica.
Fermín Bouza Brey (1901-1973), historiador, etnógrafo y escritor, autor de Artigos rosalianos, habla de enfermedades infantiles y de ritos curativos populares, procedentes de la superstición, en un trabajo de largo título: «Las enfermedades infantiles de Rosalía de Castro y los ritos de medicina mágica en Galicia» (1967). Y dice Eugenio Carré Aldao (1859-1932), escritor, librero y editor, que el sarampión —enfermedad infecciosa vírica que afecta en particular a niños— la puso al borde de la muerte.
La fiebre tifoidea la encuadramos en la excursión realizada a principios de septiembre de 1853, siendo adolescente, con su amiga Eduarda Pondal. La excursión quedó empañada al ser víctimas ambas de una epidemia de fiebre tifoidea (erróneamente referida a veces como epidemia de tifus, enfermedad infecciosa producida por bacterias del género Rickettsia y transmitida por piojos), causada por la bacteria Salmonella typhi, que contamina agua y alimentos. Rosalía logró superar la infección y Eduarda no.
El cólera, enfermedad infecciosa causada por otra bacteria, el Vibrio cholerae, es citado a causa de una epidemia acaecida en la ciudad de La Coruña en 1854, con resultados devastadores.
Y la preocupación tuberculosa es como un leitmotiv.
Ciertamente, la tuberculosis, infección bacteriana causada por el bacilo de Koch o Mycobacterium tuberculosis, es la enfermedad romántica por excelencia, manifestándose por lo general en forma de tuberculosis pulmonar. La lista de artistas afectados por tuberculosis es nutrida, incluyendo escritores, poetas, pintores y músicos. Sólo de escritores, la lista es interminable: John Keats, hermanas Brönte, Walter Scott, Fedor Dostoiewski, Anton Chejov, Franz Kafka, Leopardi, Edgar Alan Poe, Robert L. Stevenson… La mortalidad por esta enfermedad infecciosa era elevada en el siglo XIX, y aún lo fue durante el primer tercio del siglo XX, pues a pesar de la existencia de sanatorios antituberculosos el tratamiento farmacológico era limitado. La muerte era lenta y agónica.
Había en Galicia una teoría de la predisposición familiar a la que se adscribió el mismísimo Miguel Gil Casares (1871-1931), catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela y especialista en neumología y tisiología.
Los sabios también se equivocan.
El ya nombrado Eugenio Carré señala la preocupación de Rosalía por la tuberculosis, que aun temiéndola quiso desmitificarla como motor creativo. Y Augusto González Besada, uno de los biógrafos de la escritora, que también hemos nombrado al hablar de su personalidad, dice haber oído a hablar a gente allegada de vómitos de sangre desde muy temprana edad. Hemos de interpretarlo como hemoptisis (expectoración sanguinolenta o expulsión de sangre por la boca mediante la tos) y no literalmente como hematemesis (vómito de sangre), pues en el primer caso se trata de sangre de procedencia broncopulmonar y en el segundo digestiva.
En su obsesión tuberculosa ha reparado el internista Julio Montes-Santiago, concretando su estudio en el trabajo Tuberculosis: una «negra sombra» en la vida de Rosalía de Castro. El doctor Montes-Santiago dice que «en sus escritos se aparta de las consideraciones románticas acerca de la enfermedad como motor creativo y denunciará esta mitificación y la considerará como una pesada carga». Un posicionamiento racional el de la escritora.
La propia Rosalía escribe en una carta a Murguía (1861): «¿Quién demonio habrá hecho de la tisis una enfermedad poética?». Hemos tomado nota de ella para realizar nuestra narración.
El cáncer de útero o matriz es la enfermedad oncológica que condicionó el final de la escritora. El tipo más común es el cáncer de endometrio, en referencia a la mucosa que recubre el interior del útero, donde generalmente comienza a desarrollarse. Entre otros síntomas, cursa con hemorragias y dolor pélvico. Ella los sufrió y los médicos que la atendieron hicieron lo posible para aliviarla. Y en sus últimos momentos, habrían de consolarla.
Estatua de Rosalía de Castro (Monumento en su honor, Santiago de Compostela)
Rosalía de Castro, una cautivadora personalidad, inteligente, culta y sensible.
Divina Rosalía, Senhora da Saudade e da Melancolía.
Teixeira de Pascoaes
Damos comienzo con este artículo a una pequeña serie, de tres capítulos, sobre la gran poeta Rosalía de Castro en sus perfiles psicológico y patobiográfico: 1) su personalidad, 2) su condición de enferma y 3) los médicos que la trataron. Y comenzamos con los dictámenes y las especulaciones en torno a su personalidad.
[Dictámenes de estudiosos y especulaciones]
Se ha concluido que la personalidad y el sentimiento vital de Rosalía son fruto de sus orígenes. Tenemos a nuestra disposición algunas interpretaciones de reconocidos rosaliólogos.
Juan Rof Carballo (1905-1994), padre de la medicina psicosomática, le achacó a Rosalía el llamado «complejo de Polícrates», enfermedad psíquica que provoca la infelicidad en una persona cuando ya ha logrado sus máximas aspiraciones; un fenómeno observado por Freud, cuya denominación proviene del tirano griego Polícrates de Samos, quien temía que los dioses castigaran su excesiva felicidad y cuyo temor finalmente se cumplió, muriendo ante las tropas persas de Darío.
Según Rof, Rosalía habría padecido este complejo en su forma menor, como miedo a una felicidad excesiva. Acaso nos lo sugiera el poema que comienza así:
Unha vez tiven un cravo
cravado no corazón...
(Una vez tuve un clavo
clavado en el corazón...)
Después de arrancar el clavo que la atormenta y no sentir ya dolor, nota que algo le falta; tiene saudade de aquella pena. Romántico sufrimiento… Y eleva su plegaria a Dios, al dios en el que cree, expresando su desconcierto, al no entender el barro mortal que envuelve el espíritu.
El médico humanista Agustín Sixto Seco (1926-2004), confiesa su interés por Rosalía desde 1947, tras asistir a una conferencia del profesor José Pérez López-Villamil titulada La personalidad enferma de Rosalía de Castro, en la que este psiquiatra afirmaba que su sufrimiento patobiográfico se reflejaba en el rostro.
A partir de entonces, el doctor Seco se entregó al estudio de la personalidad de la escritora, culminándolo en el ensayo Achegamento médico-antropolóxico á personalidade de Rosalía (1985); y se fundamenta en varias claves para acercarse a la patobiografía de la escritora: su nacimiento singular, su casamiento (precipitado, embarazada), su autorreconocimiento como «eterna enferma» y su cansancio existencial.
Quizá podamos interpretar esto último como permanente insatisfacción, o relacionarlo con el miedo a la felicidad que apuntara Rof Carballo. Pero extraer conclusiones de una simple instantánea, como hizo López-Villamil, nos parece demasiado aventurado; creemos que nos dan más claves sus escritos, en los que se expresa un alma sincera, que las imágenes de su persona.
Por otra parte, hay declaraciones de su buen corazón, de su bondad con la gente humilde, de su preocupación por los niños huérfanos y por todos los desamparados. Se ha dicho que no dejaba a los pobres sin consuelo (a esos infortunados en los que veía justificada la picaresca para sobrevivir, no, por desgracia, para salir de la pobreza), que se mostraba caritativa, ya mediante la limosna, ya con sus palabras cariñosas. Entre los testimonios, el de Augusto González Besada* (1865-1919), abogado y político; el mismo que la retrató con estas palabras:
…alta y delgada, la tez de un limpísimo moreno claro, negros y profundos los ojos y abundantísima y negra la cabellera. La boca muy grande, de labios muy rojos e irreprochable dentadura, corta y bien delineada la nariz, el óvalo del rostro imperfecto por tener los pómulos abultados, busto prominente, cintura estrecha, fina la mano y muy delgados los dedos». En reposo, su expresión era melancólica; mas, cuando hablaba, parpadeaban mucho sus ojos y cobraban singular belleza... Distinguidísima en los ademanes, naturalmente graciosa y suelta en las actitudes, dotada de linda, dulce y acontraltada voz, realzaban, más que la belleza, lo interesante y misterioso de su figura, la afabilidad y sencillez de su trato y su amor a la música, a los pájaros y a las flores.
Este retrato literario difiere del de Ricardo Carballo Calero (1910-1990), filólogo y escritor, quien se basa en la imagen de sus retratos conservados, concluyendo que hay un desfase entre esa Rosalía que vemos y la que imaginamos a través de sus poemas. Por cierto, según Carballo Calero hay una gran similitud entre el poema «Negra sombra» y otro de Aurelio Aguirre: «El murmullo de las olas», en el que Rosalía se pudo haber inspirado.
Giran en torno a la figura de Rosalía, cuya sonrisa esbozada nos parece tan enigmática como la de la Gioconda de Leonardo da Vinci, calificativos portadores de negatividad: triste, taciturna, melancólica, depresiva, pesimista, desolada… incluso loca. Nos hacen verla sumida en el dolor y la fatalidad, en la saudade ontológica. Sin embargo, hallamos en su obra momentos luminosos, de placer, de vitalidad, de ternura y de humor sutil.
En el aspecto psicológico, es posible que marcasen el carácter de Rosalía su nacimiento «sacrílego» y las presiones sociales, al señalarla con el dedo. Después, las prematuras muertes de dos de sus siete hijos. Y no descartamos que la peculiar personalidad de Manuel Murguía (bohemio, díscolo, irritable, polémico) la condicionase de algún modo; el mismo que, tras su desaparición, derramará lágrimas por ella, lamentará su mala fortuna, suspirará al recordar sus horas felices y certificará, con emoción, la bondad de su alma única y el amor a aquellos lugares que consideraba sagrados y a las gentes que los poblaban.
Su voluntario apartamiento de los ámbitos literarios y su relativo aislamiento, podría sugerirnos miedo al éxito o humildad extrema (se alejó de la gloria, de los aplausos: «Yo prefiero a ese brillo de un instante / la triste soledad donde batallo…»). Acaso le bastasen las solitarias lecturas y la intimidad creativa.
Las cartas de Rosalía que nos han llegado, dirigidas a su marido —la mayoría—, a José María Posada (1817-1886), poeta y periodista, a Ángel Baltar Varela (1827-1895), farmacéutico y alcalde de Padrón, y a Ubaldo A. Insúa (1856-1938), abogado, escritor y periodista, nos dan claves de su personalidad. En ellas advertimos una mujer afectuosa, generosa y agradecida, además de cuidadosa en la escritura de la correspondencia epistolar.
En su imaginación todo fluye, y en ella se adivina o se percibe el paso de las estaciones, el calor estival, las hojas de otoño, la escarcha invernal, el dulce y perfumado calor primaveral…
No importa que los sueños sean mentira,
ya que al cabo es verdad
que es venturoso el que soñando muere,
infeliz el que vive sin soñar.
Es fácil decir, nada cuesta especular. En cualquier caso, advertimos en Rosalía un espíritu romántico, sensible, ensoñador e independiente, en el que no falta el amor a la tierra, la preocupación social y la profundidad de pensamiento. Y con todas estas cualidades humanas, contemplamos una mujer buena.
La naturaleza. Son numerosas las descripciones de paisajes o las referencias a la naturaleza en la obra de Rosalía, y son distintas las actitudes adoptadas ante ella. Unas veces proyecta sobre la naturaleza sus estados de ánimo, otras le sirve de contraste para acentuarlos. En ocasiones la naturaleza será algo ajeno y hostil al hombre, otras se produce una plena identificación.
La religiosidad. Uno de los aspectos más difíciles de enjuiciar en la obra poética de Rosalía es el del alcance, la hondura o la autenticidad de su sentido religioso de la vida. No faltan poemas (ni alusiones religiosas) a lo largo de toda su obra; podemos decir, incluso, que son poemas donde late un vivo sentimiento religioso. Y, sin embargo, el conjunto de su obra ofrece un desolado panorama sobre el hombre.
El tiempo. El tiempo en Rosalía es fugaz. Su experiencia se lo muestra como algo rapidísimo, que apenas permite apreciar el presente. En su rápida e irrevocable carrera, el tiempo se lleva la belleza. Y se lleva también la esperanza. La esperanza es cualidad temporal del espíritu humano, propia de la juventud y pasajera como ella.
El amor. A primera vista, el amor es una realidad poco importante en la obra de Rosalía. No estamos ante una gran poeta amorosa; en ningún momento sus poemas de amor están a la altura de sus mejores obras. Pero una lectura detenida descubre que el tema amoroso, bajo una u otra forma, es bastante frecuente. Tenemos la impresión, no de que haya tenido poca importancia en su vida, sino de que existe una especie de inhibición, de dificultad para tratar y, quizá, para vivir el amor.
La muerte. Los sufrimientos constantes que atormentaron a Rosalía fueron quebrantando su reciedumbre y fortaleza de alma. Cada vez más, anhela el descanso, el final de tanto dolor [o sufrimiento]. Y este descanso se presenta ante ella de dos formas distintas: como deseo de muerte y como deseo de insensibilidad.