viernes, 17 de julio de 2026

Fertilidad y fecundidad

Artemisa de Éfeso
(símbolo de fertilidad)

Términos biológicos: fertilidad y fecundidad
La fertilidad* es la capacidad biológica de tener hijos, de llevar un embarazo a término. La fecundidad es el número real de hijos vivos que se han tenido. Se puede ser fértil –tener la capacidad biológica– y ser o no ser fecundo; en el segundo caso porque, por algún motivo, no se han tenido hijos. Ser infértil (por inmadurez, disfunción hormonal, enfermedad o menopausia), puede suponer ser infecundo. 

Términos demográficos: tasa de fertilidad y tasa de fecundidad
Hay indicadores demográficos de fecundidad o tasas que miden la fecundidad poblacional: tasa de fertilidad (número medio de hijos nacidos de mujeres en una sociedad o grupo), que por su denominación** podría llevar a error, y tasa de fecundidad general (número de nacimientos con vida por cada 1000 mujeres de edades comprendidas entre los 15 y los 49 años, en un año determinado).
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*Diferente de esterilidad: incapacidad de concebir, es decir, de lograr un embarazo.

¿Cuál es la diferencia entre FECUNDIDAD y FERTILIDAD?
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Esta breve aclaración de conceptos, sobre términos biológicos y demográficos, nos da pie para componer y traer aforismos sobre fertilidadfecundidad.
  • Fertilidad es capacidad de producir vida.
  • Fecundidad es producción de vida.
  • La fertilidad es condición necesaria para la fecundidad.
  • La fecundidad precisa de fertilidad.
  • El gozo fecunda, el dolor engendra. (William Blake)
  • El campo fértil, si no descansa, se hace estéril. (Refrán)

jueves, 9 de julio de 2026

Zapateros y tensión superficial


La lectura del artículo «Hundir zapateros», de Manuel-Luis Casalderrrey, en el periódico La Voz de Galicia, nos anima a traer un par de párrafos y a sacar una foto de nuestro archivo en la que habíamos capturado a estos curiosos insectos.
La tensión superficial es una propiedad físico química característica de la superficie de los líquidos que, en muchos aspectos, puede compararse a una membrana elástica tensa. Hay numerosos ejemplos* que sirven para comprobar el comportamiento de la superficie de los líquidos, pero el más conocido es el insecto Hydrometra stagnorum (vulgarmente llamado zapatero), que parece andar sobre la superficie del agua, sin hundirse lo más mínimo. 
Las fuerzas de cohesión, que actúan sobre cualquier molécula del interior de un líquido, se equilibran porque actúan en todas las direcciones. En cambio, las moléculas de la superficie solo reciben fuerzas de las moléculas que están debajo, porque por arriba no hay moléculas del líquido. Se origina así una fuerza resultante dirigida hacia la superficie del líquido que es la causa de la tensión superficial. 
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Quién pudiera caminar, como Jesús, sobre las aguas...
 
 El zapatero

Un zapatero posado en el agua

sábado, 4 de julio de 2026

Su perfil

 
[Relato]

Yo la veía esperando, no sé qué o por quién, y me quedaba prendido de su angelical perfil. No recuerdo cuántas veces, quizá diez o tal vez cien, pero su rostro atraviesa el tiempo y permanece en mí con la belleza etérea de ayer. 

Una mañana de primavera, me dirigía al colegio y, a mitad de camino, allí estaba la adolescente diosa. Era clara, rubia, celestial. La contemplé embelesado por primera vez, enmudecido, impactado por su luz divina; enlentecí mi paso, supongo que para comprobar que era verdad, y proseguí sin detenerme. Llevé grabado su retrato y el deseo de un reencuentro. La segunda vez quise hablarle y no me asistió el valor. Decidí que la siguiente, a la misma hora, le preguntaría su nombre o buscaría una excusa para que desvelase su dulce voz. Y no llegaba ese momento decisivo. La contemplaba en silencio, incapaz de romper la barrera que me separaba de su persona, ahogado en su presencia por una insuperable mudez. 

No siempre estaba en ese lugar. Al no verla, me lamentaba y me decía que la próxima escucharía por fin sus palabras dulces. Quién sabe si rompería a hablar ella, curiosa por saber de su admirador estúpido, presentándome de frente su mirada verdeazul. Las ansias golpeaban mi pecho. No salía de mi cabeza su imagen, crecientemente idealizada. Aguardando la ocasión clave, hechizado por su esquivo perfil, me consumía en la espera. No dejaba de pensar en ese sol resplandeciente, cuando hacía poco andaba ocupado en cazar grillos y lagartijas, indiferente a las chicas. Y me quedé con las ganas de conocerla. 

Al fin, no sabiendo ya de ella, se fue diluyendo mi platónico enamoramiento.

¡Qué engaño! Permaneció su rostro en mi pensamiento: la frente perfecta; los ojos espléndidos; la naricita levemente respingona; la boca semiabierta dibujando un corazón encarnado. Y su cuerpo todo, de esculpido perfecto, saludable y apetecible, tentador para pecar en una época que condenaba con firmeza al pecador. Contenido por su pureza, en el corazón la sublimaba. Mi admiración no pararía de ponerle adjetivos positivos o de ensalzarla con la descripción febril de un tonto enamorado. Me debatía entre dos fuerzas contrarias. La del prudente que, absolutamente prendado, contiene sus instintos y la del pretendiente incontenible, que no aplica la prudencia ni detiene sus impulsos interiores, porque siempre había callado, vergonzoso, tímido, cobarde. 

La acera donde se detenía, erguida con porte de estatua griega, podría haber sido un prado. La ciudad que acogía tan delicado ser, podría ser un pueblo o una aldea, por donde pasaban las vacas, las cabras, las ovejas y los perros pastores. Sí, la podía imaginar como joven pastora, merecedora de la atención de cualquier galán poeta; de un enamoradizo rapsoda que, advirtiendo su figura primorosa, le dedicaría los mejores versos que habrían de brotar espontáneos de su repentina inspiración. Para después poder gozar de sus encantos, sin duda. Lo mismo que aquellas serranas antiguas inspiraron la voz poética de excelsos trovadores, ocultando sus lujuriosas intenciones. 


La ilusión me llevó a fantasear el placer de poseerla.

—Hola vaquera. Mis ojos se han posado en ti y quisiera cantarte.

—Pues no necesito que me canten ni espero que me amen.

Era el desdén intuido lo que más me retraía. Recordaba aquella serranilla del marqués de Santillana y sus versos me desalentaban. Pero seguía pensando en ella, en su perfil. Por mi mente apasionada, corría sobre la hierba y recogía flores, cuya fragancia inspiraba por su delicada nariz. Creo que con alguna peca que acrecentaba su gracia virginal. Era una niña encantadora. Se detenía en las fuentes de las umbrías y humedecía los labios rojos, su jugosa boca –que hacía la mía agua–. ¡Qué ganas de besarla! Parecía un hada. Hermosísima al sol, bajo la lluvia, entre la nieve. Hoy la compararía a otras bellísimas, históricas o de leyenda: la Friné que inspiró a Praxíteles, la Rosana de Meléndez Valdés, la Regina de Rosalía de Castro… O me atrevería a decir incluso que su peculiar belleza era incomparable, digna de Afrodita, superior a la de las demás preciosidades mortales de hermosura sublime. Podría llamarse Cristina, o Julia, o Elisa. 

Sí, como un Nemoroso creía que le iría bien este último nombre.

—Quién me dijera, Elisa, vida mía…

—No sé quién es usted, no le conozco.

La ayuda de la égloga de Garcilaso tampoco parecía decisiva. Y aunque podría llorar lo mismo que un Salicio («Salid sin duelo, lágrimas, corriendo»), el gran poeta estimulaba mi imaginación más placentera. Creyéndome un valiente guerrero, la imaginaba de princesa encerrada en la alta torre de un castillo que estaba dispuesto a liberar, solo, con la fuerza de mi brazo y la ayuda de mi espada. No habría altura que no estuviese dispuesto a alcanzar, escalando o de un salto de gigante si fuera preciso. Pronto pasaba mi fantasía medieval y apoyaba los pies en la tierra.

Los mágicos momentos podían ser más serenos. 

Así que me veía a su lado, echados los dos en un prado verde y fresco, diciendo tonterías, acariciándonos con ternura, fundiéndonos en un abrazo sincero y dándonos un beso largo, interminable. Tendidos sobre la arena de la playa, nos contábamos secretos, mostrábamos nuestro cariño con arrumacos, reíamos de manera saludable; y en el agua del mar jugábamos como niños, nos salpicábamos sin dejar de reír y nos besábamos bajo un sol radiante, fundidos en uno, locos de amor al arrullo de las olas. Me sentía libre siendo su esclavo, accediendo a todos sus deseos, y con mi erótico deseo enardecido. De no tenerla, sería prisionero auténtico, parecido al de aquel conmovedor romance, que en el maravilloso mes de mayo –cuando canta la calandria y responde el ruiseñor– sólo disfrutaba de una avecilla que le cantaba al albor, hasta que un ballestero la mató… y lo mató a él, condenándolo a la soledad absoluta. ¿Y qué haría yo sin mi paloma? No quería ni pensarlo… En cualquier parte me sentía bien a su vera, juntos los dos, siendo una feliz pareja: en la montaña, en el río, en el mar, en las nubes, en el infierno.

Dondequiera que estuviera, sobresalía su perfil.


Seguía en sueños a esa criatura adorable: saltaba un arroyo, corría por la pradera, giraba entre rosales (ahí bailamos un vals al aire libre que era un preludio), se miraba en las aguas remansadas del recodo de un río –espejo natural en el que comprobaba la lindura de su cara–; me fijaba en sus más mínimos movimientos, rendido a su elegancia; me detenía en su cuello de blanca nieve; me recreaba en su suelta cabellera al viento; me prendaba con el revoloteo de su falta cuando giraba de contento; me derretía en sus espléndidas piernas, en sus ágiles brazos, en sus pequeños pechos. «Qué bonita es», me decía, y la llamaba reina. E imaginaba sus gloriosos secretos, su intimidad no profanada. La comía por entero con golosos ojos que se aventuraban más que las palabras. Porque permanecía silencioso en la distancia igual que en la cercanía. 

Cerca de ella, me decía que le juraría amor eterno, que la querría y la respetaría siempre, que le sería fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, durante todos los días de mi vida, hasta que la muerte inevitable nos separase. No era un libertino don Juan, más bien un san Benito fácil de complacer.

Absorbido por estos pensamientos, hechos de palabras que el sacerdote repite de modo parecido en las ceremonias nupciales, estaba abstraído por completo; y a punto de quedar dormido en mi particular delirio, escuché que la llamaba una voz femenina (no logré retener el nombre que pronunciaba), y la voz de mi amada que respondía con la suave claridad de una actriz de teatro que domina la dicción. 

—Ven, ven enseguida.

—Voy, voy…

Acaso era su madre quien la requería. Y la supuesta hija respondió al punto y marchó obediente, dejando un vacío en el prado y en el bosque cercano; y en los pájaros, que dejaban de trinar. Y en mí, que sólo podía vivir para mirarla. 

Lo demás no me importaba; ni los libros obligados ni los juegos voluntarios con amigos. Ante éstos callaba, para no ser blanco de sus burlas, y nada les decía a mis padres, por pudor. Era como si me escondiese de la gente y de mí mismo; encerrado en mi mundo, no dejaba entrever mis sentimientos, no mostraba mi verdadera cara. Me ocultaba tras una máscara veneciana, empeñado en no exhibir mi masculina debilidad. Azorado, me autocensuraba por mi inmensa cortedad, prometiéndome avivar mi carácter y desprenderme del apocamiento que me consumía. 

Tenía que lanzarme sin pensar, echarme al amoroso ruedo, seducirla, aun temiendo el desengaño. Porque, en definitiva, aunque atraído por su sexo, mi amor era verdadero.

—Querida mía…

—…

Aguardé en vano la respuesta que anhelaba, sin dejar de soñarla a todas horas, a plena luz del día, en el crepúsculo, bajo la luz de la luna. Daría igual en medio de un desierto o en un jardín de cuento. Yo la quería. Necesitaba tener una cita amorosa y pasear con mi adorada, cogidos de la mano, comunicándonos nuestro amor con el lenguaje de las miradas. Llegaría el día de sellar nuestro compromiso y viajaríamos a París… Había quedado atrapado para siempre por su perfil. 

¡Ah!, su divino perfil. Estaba fijo en mi retina.


Pero no es éste un relato apto para una postmodernidad frívola, sumida en el interés y dominada por las frías charlas electrónicas. A nadie le importan ya las declaraciones formales ni los amorosos versos; pocos comprenden ese fuego que arde sin verse; pocos saben qué es no hallar fuera del bien centro y reposo; pocos creen en el amor que vive más allá de la muerte; pocos entienden que para vivir no basta con disfrutar de las maravillas que el mundo nos ofrece ni con saciar todas las necesidades fisiológicas. Pues hoy no se lee a Camoens, a Lope, a Quevedo, a Bécquer…

El mundo ha cambiado de manera radical; el amor humano ya no se vive como algo trascendente, abrazando la idea de complementarnos con la otra parte que nos falta, unidos para siempre de hecho o mediante el sagrado vínculo conyugal.

Más de uno habrá de cuestionar a mi heroína. ¿Y si en realidad era una brava fémina de fuerte carácter, una bruja de angélica apariencia o una feminista radical? No quería admitir semejantes despropósitos, propios de mentes retorcidas. No estaba escrita la agresividad en sus ojos de esmeralda. No había reproches en sus labios de coral. No veía desvergüenza ni altivez en su gesto. El azoramiento afloraba en sus mejillas. La bondad se dibujaba en su sonrisa. Su ser transmitía comprensión, reflejo de una personalidad madura. Seguro que el cielo encapotado se abriría para exclamar su asombro.

—No podré vivir sin tu cándida presencia.

—¿Y si el cielo que esperas resulta ser un infierno?

Reparé en que un cielo en un infierno cabe…

Después de medio siglo, volví a verla. No en un supermercado, un estadio o un concierto de música. No. En el mismo lugar donde esperaba no se qué o por quién. El cabello encanecido (peinado con seriedad: sin la alegría de aquella juvenil cabellera), la piel sin su juvenil lisura, el cuerpo esbelto no tan agraciado como entonces. Aun así, su perfil no había cambiado, seguía siendo glorioso. Era vieja y, sin embargo, conservaba cierto encanto juvenil. Con todos los efectos perniciosos que los años provocan, mi idolatrada era guapísima. Todavía me enamoraba esa mujer, ya con pasado. Una mujer inolvidable y misteriosa para mí. La miraba y me preguntaba cómo habría sido su vida. ¿Se habría casado? ¿Habría sido feliz en su matrimonio? (Leedlo en plural si queréis.) ¿Tendría hijos? ¿Sería abuela? ¿Habría sido fiel? ¿Le habrían pagado con infidelidades? ¿Habría sufrido la tortura de una Butterfly abandonada?... Pero qué me importaba a mí, si el destino nos había mantenido separados, cuando seguíamos siendo unos desconocidos. Qué derecho tenía yo a juzgarla, un carcamal mucho más deteriorado, que guardaba para sí los secretos de una desgraciada existencia.

Callé en el primer instante, sin respiración, y continué callado tras respirar hondo.

La miré… y me miró. Sonreí… y sonrió. A punto estuve de saludarla, o besarla, como un viejo amigo que no era. Porque ni sabía su nombre, y ella tampoco el mío. Y sin abrir la boca, continué mi camino, enamorado, con la imborrable imagen de Elisa, o Julia, o Cristina…, la mujer más hermosa, el más atractivo perfil que vi en mi vida.

[2024, 7-11 nov.]

Para Elisa, Beethoven

miércoles, 1 de julio de 2026

La historia de las ‘bacaladeras’

Fuente
(*)
Hace más de tres décadas, España tuvo un conflicto pesquero con Canadá: la «Guerra del fletán», o halibut, un pez parecido al bacalao. Y poco después, la Sanidad Gallega le encargó ‘bacaladeras’, máquinas de sobremesa para la impresión de recetas médicas, a una empresa canadiense. ¡Qué curioso! ¿Fue esta decisión una casualidad o una consecuencia de ese conflicto?

Haciéndome esta pregunta, la IA me responde:

¿Casualidad o consecuencia? Casualidad temporal o decisión comercial irónica y práctica, se convirtió en anécdota histórica. Tras la «Guerra del fletán» de 1995 (un grave conflicto diplomático y naval entre España y Canadá por los derechos de pesca en Terranova), la Xunta de Galicia encargó la impresión de los talonarios de recetas del Servizo Galego de Saúde (Sergas) a una empresa canadiense.

¿Qué son las bacaladeras? En el argot administrativo y de oficina de la época, se llamaba así a unas máquinas manuales de estampación de tarjetas de plástico (impregnadoras). Se usaban para copiar los datos del paciente desde su tarjeta sanitaria a las recetas de papel carbón mediante presión. [Se pueden imaginar el ruido continuo.]

El nombre bacaladeras. El término fue el apodo popular e irónico que le pusieron médicos y farmacéuticos gallegos, porque las máquinas impresoras y el formato del papel recordaban a los antiguos sistemas de facturación de las empresas bacaladeras o, simplemente, como mofa por haber comprado el material al "enemigo" pesquero del momento.

Contexto del conflicto. El incidente más grave fue el apresamiento del pesquero gallego Estai por patrulleras canadienses, lo que llevó a España a enviar un buque de la Armada a la zona. Que poco después las recetas oficiales vinieran de allí fue visto por la opinión pública como una falta de tacto o una paradoja burocrática. 

La anécdota. La anécdota es un ejemplo de ‘‘humor retranqueiro’’ o contradicción administrativa: mientras los pescadores gallegos eran acosados por patrulleras canadienses en Terranova, la administración regional les compraba a esos mismos canadienses la tecnología para gestionar sus recetas médicas.

Yo creo que la no hubo una opinión pública por desconocimiento del tema. Tampoco la mayoría de médicos sabían del asunto, desconocían el origen de las bacaladeras. Pero uno que es curioso, le dio la vuelta a su artilugio y comprobó, no sé si con sorpresa, su procedencia: ‘‘Made in Canada’’.

Afortunadamente, las pesadas –y supongo que costosas– bacaladeras pasaron al olvido con la instauración de la receta electrónica. ¡Adiós a la tinta y a pringarse las manos con ella! ¡Adiós al ruido continuo de estampación de recetas! ¡Adiós para siempre a esos horribles armatostes!... Desaparecieron por fin, cerrando un curioso capítulo de la ‘intrahistoria’ de Galicia.
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(*) La imagen es de una máquina manual de estampado, diferente de la bacaladera, que tenía una gran base sobre la que se abatía una pieza superior que al juntarse hacía la impresión de las recetas con los datos de la tarjeta de plástico del médico. He buscado una imagen a propósito y no la he encontrado.

Stupidity
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De la bacaladera de recetas médicas a la propia receta médica
Por cierto, la historia de la receta médica también daría para largo, desde la propia definición (Léxico médico...) hasta la receta electrónica (Peculiaridades de las recetas médicas en Hispania), especialmente en el sistema público de salud, con todos sus modelos y colores. Una historia más de la estupidez humana.