El romano Marco Terencio Varrón (116 a. C.-27 a. C.), o simplemente Varrón, fue un hombre con ansia de conocimiento, un polígrafo, además de militar y funcionario de la Antigua Roma, que podemos considerar enciclopedista y antecesor del humanismo. Pero, siendo consciente de la limitación humana, uno de sus aforismos dice: «Nadie puede saberlo todo (Nemo omnia potest scire)».
Varrón escribió De re rustica (De las cosas del campo), obra compuesta de tres libros, y en ella muestra una anticipación de la microbiología y la epidemiología, pues advierte a sus contemporáneos del peligro de los pantanos y las marismas, diciendo que en sus aguas ‘‘hay una raza de ciertas criaturas diminutas que no se pueden ver por los ojos, pero que flotan en el aire y entran al cuerpo por la boca y la nariz y causan enfermedades graves’’. Pequeñísimas criaturas invisibles...
Es una forma primitiva de decir, seguramente una prevención intuitiva, pero que no iba desencaminada a lo que siglos después habría de demostrar la ciencia. Varrón habló de microorganismos, contribuyendo así a la prehistoria de la microbiología.
A modo de precuela de nuestros Romances del Camino de Santiago, elaboramos otros dos romances sobre la Translatio, la leyenda del traslado del cuerpo de Santiago el Mayor –decapitado por Herodes Agripa en el año 44 d. C.–, uno de los doce discípulos de Jesús de Nazaret, desde Palestina a Galicia.
LEYENDA DE LA TRANSLATIO: ORIGEN DEL CAMINO DE SANTIAGO
(2) v. Códice Calixtino (Codex Calixtimus). Códice medieval del siglo XII (1140-1181), el más célebre de la peregrinación jacobea, conservado en el archivo de la catedral de Santiago de Compostela. Iniciado en tiempos de Diego Gelmírez (1069-1140), primer arzobispo de Santiago, su nombre se debe a la falsa atribución al Papa Calixto II (1050-1124). Consta de cinco libros y un apéndice musical (primera música polifónica de Europa). Libro I: Textos litúrgicos. Libro II: Milagros de Santiago el Mayor. Libro III: Texto de la Translatio. Libro IV: Aventuras de Carlomagno en España. Libro V: Caminos de Santiago en Francia y España (incluye una guía del Camino Francés).
Pancracio Fuertes Luna se debatía con especulaciones punzantes.
¿Habrá configurado el destino las circunstancias adversas que me atenazan? ¿No habré sabido afrontar las situaciones difíciles? ¿Obré siempre de modo inconveniente? ¿Fui pacato en mi libertinaje? ¿Libertino en mi decencia? ¿Conservador en mi progresismo? ¿Confundiría yo el cielo con las témporas?
Pancracio se respondía sabiamente.
En fin, ¿para qué darle vueltas y seguir torturándose? La realidad es miserable en el presente, y en el futuro de mí depende en parte. He de afrontar los hechos con coraje, clarificar ideas, ordenar pensamientos, serenar el espíritu, dar con seguridad los pasos; sin dudas excesivas, evitaré traspiés. Obraré con cautela, con actitud reflexiva, con moderación y sosiego, con buen tino. Valoraré el riesgo de mis actuaciones, el posible perjuicio que pueda deparar a otros y lo positivo que me corresponda. Haré balance prospectivo, sopesando pros y contras, para después aventurarme en una decisión firme, tajante, irrefutable por la propia conciencia. Es lo mejor para minimizar el riesgo de equivocarme, para no lamentarme como hasta ahora de haber actuado de modo visceral, por espontáneo impulso.
Fuertes volvía a su debilidad, contradiciendo a su apellido.
Difícil atinar un horizonte diáfano. Según día o lugar, veo las cosas de diferente manera. Llego a dudar y me inclino a cada extremo, hacia posturas contrapuestas. Quiero ir hasta el final y detenerme, dejar de indagar aceptando que la culpa es del imbatible fatum. Quizá dependa todo de la mala estrella o de la providencia. No consigo moverme de este incómodo lugar. Me hallo en una situación ambigua, dual: quiero y no quiero, como si fuerzas contrapuestas entablasen una disputa y tirasen de cada flanco tratando de inclinar la balanza hacia su lado, sin que yo sepa el conveniente. Entonces, ¿qué debo hacer? Creo que nunca lo sabré. Soy inconstante, inseguro, voluble, variable como la Luna. Cuando este astro se apagaba, atisbó una luz de sabiduría.
No me gustan las actitudes maniqueístas, creo que todo es relativo, nada es malo ni bueno en sí mismo; depende de múltiples factores y de la disposición anímica en cada instante. Eso sí, conviene someter las emociones para que no devoren la voluntad. Nadie es perfecto, y yo soy un cúmulo de imperfecciones. También sé que nada sé. Y sin embargo aspiro a la perfección terrena, a sabiendas de que jamás la alcanzaré; tengo la suficiente inteligencia. No pretendo un imposible, sino aproximarme cuanto pueda a lo imposible. Amar, si no infinitamente, en gran medida. Lo dice Pancracio, un luchador, fuerte como un roble y luminoso en la oscuridad; un perdedor, débil como una margarita y oscuro como una cueva. Libremente lo afirmo, valientemente y sin soberbia.
Un hombre, nada más. Un mortal como tú, y como yo. Finalmente, un aspirante a sabio. ¿Cómo tú? ¿Cómo yo mismo? Perdonadme la inmodestia.
Hoy traemos un escrito ajeno, publicado como carta al director en La Voz de Galicia, que refiere la realidad de la sanidad pública y plantea alternativas.
En España hablamos de «lo público» —y en especial de la sanidad pública— como si se tratara de un modelo incomparable. Sin embargo, la experiencia cotidiana muestra una realidad menos ideal: ambulatorios saturados, salas de espera llenas y listas de espera que se prolongan durante meses.
El debate, además, suele plantearse de forma reduccionista: o este sistema o el de Estados Unidos, presentado a menudo como un modelo en el que quien no puede pagar queda abandonado a su suerte.
Pero existen alternativas. Países como Suiza combinan gestión privada con cobertura universal, sin dejar a nadie atrás y con una mayor agilidad en la atención. Resulta llamativa cierta incoherencia social: no son pocos los defensores acérrimos de la sanidad pública que, llegado el caso, recurren a clínicas privadas, porque buscan una atención rápida frente a una enfermedad que les puede llegar a agobiar. Defender lo público no puede convertirse en un acto de fe. Ignorar otros modelos que funcionan revela una clara miopía.
Alejado de posturas fundamentalistas, nos parece interesante: en su brevedad, pone el dedo en la llaga, critica el pensamiento reduccionista y se abre a cambios.
La música también ha ido evolucionando y experimentando cambios...
Beethoven: Sonata n.º 32. II. Arietta. Adagio molto, semplice e cantabile
Algunos han visto en el segundo movimiento de esta sonata de Beethoven, la última que escribió, un anticipo del ritmo de jazz
El médico de familia, sin el tiempo necesario, se convierte en un distribuidor de pacientes hacia otras especialidades, acotándose su campo de actuación. Se aleja del médico sanador para convertirse en el médico funcionario. Costoso para la Administración, frustrante para el médico y penoso para el paciente a la espera de una cita. Está claro que limitar este primer contacto con el paciente va a alargar y encarecer el gasto, y lo peor: es una de las causas de listas de espera pendientes de un diagnóstico. Es como la pescadilla que muerde la cola, menos tiempo para el médico de familia y más para el hospital y las especialidades hospitalarias. Aquí está el problema, el circuito fatídico: detrimento de la medicina familiar, más tiempo para especialidades médicas hospitalarias, creación de listas de espera en otra especialidad, nuevos contratos con la medicina privada.
El autor se pregunta si falla la gestión pública o es un problema político. La cuestión es que la gestión sanitaria equivale aquí a decisión política, porque está politizada. El problema es bien conocido, de largo, pero el círculo vicioso se convierte en espiral que se agranda y la decisión de buen gobierno no llega.
De estos haikus encadenados nació el primero de nuestros Romances del Camino de Santiago, desde una forma de Oriente a otra de Occidente.
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Según la leyenda, una luz que brillaba sobre un campo señalaba el lugar donde se hallaban los restos del Apóstol Santiago,
muerto por orden de Herodes (Herodes Agripa I), decapitado por su ley; de ahí el nombre de campus stellae (campo de la estrella), origen del topónimo Compostela. El cuerpo de Santiago el Mayor, sin cabeza, habría sido traído de Oriente Próximo,
de Palestina, a través del mar, en barca, y trasladado a ese punto de Galicia. Sucedió en el siglo IX, durante el reinado de Alfonso II de Asturias, quien al saber del descubrimiento (c. 830), ordenó construir allí una iglesia y abrió la Ruta Jacobea*, el primitivo Camino de Santiago.
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*De Jacobus, Jacobo, nombre transformado en Yago o Iago, que con el apócope de santus (santo), «sant», dio origen al de Santiago.