jueves, 12 de julio de 2018

El último nocturno



Nos hemos aventurado a editar EL ÚLTIMO NOCTURNO, una de las tres narraciones largas que desde hace mucho dormía en el cajón del olvido (las otras dos siguen a la espera de ver la luz). Esta novela, suponiendo que merece tal denominación, es la primera editada y la segunda concebida; fue iniciada en abril de 2002 y perfilada en octubre del año siguiente. Pero recibió numerosos retoques y añadidos en años posteriores, en busca de una pretenciosa perfección imposible de alcanzar. Finalmente ve la luz, esperanzado el autor de que el lector vea lo bueno que pueda haber en ella y consolado con el espíritu del dicho: más vale tarde que nunca. Salpicada de medicina y música, podríamos concretarla como un canto a la amistad y a la vejez saludable; tiene intriga y buenas dosis de erotismo, violencia y humor; y porta su mensaje amor y paz.

Y esta es nuestra descripción:
Saladino Barreiros, practicante retirado, se sorprende un día al ver en el principal parque de la ciudad a un hombre idéntico a su viejo amigo Emilio Escobar, dado por muerto en un accidente de autocar acaecido siete años antes en una carretera de montaña; su cuerpo, supuestamente perdido en una sima inaccesible, nunca fue recuperado. Pero cuando intenta acercarse para comprobar si se trata de la misma persona, aquel anciano huye rápidamente en compañía de otro hombre de mediana edad. Saladino, impresionado, se queda con el convencimiento de que Emilio sigue vivo y en buena forma. A partir de entonces, su único objetivo vital será la búsqueda del amigo, indagando a modo de experimentado detective. Considera que acudir a la policía sería inútil, porque ¿quién iba a creerle? Cualquiera pensaría que era el delirio de un viejo, que está a punto de cumplir ochenta años. Así que se impone esa misión, por su propia obstinación y por una deuda vital que tiene con el desaparecido. Lo importante es encontrar alguna pista para dar con su paradero, liberarlo y castigar a su presunto captor, el acompañante del parque. 
Las peripecias de Barreiros se desarrollan en su semana postrera, de domingo a sábado, y el recorrido por la recta final de su vida le da pie para reflexionar sobre lo que fue y lo que es, sometiendo a análisis todo problema humano. Y el voluptuoso y brumoso desenlace nos adentra en el misterio de su última noche existencial.
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Y para sonorizar nuestra narración, el último nocturno chopiniano...

miércoles, 4 de julio de 2018

Estado sin derecho



Marchaba hacia el patíbulo a la fuerza, al son de una marcha aterradora. Los tétricos acordes atronaban esa madrugada sombría del año bisiesto en que estalló la locura estatal, mientras mil voces me insultaban: “¡Cabrón!”.

Un siniestro fiscal, paradigma del nuevo orden, anulara a mi tenaz abogado. Tenía al juez de su parte. Sin justicia, o pagaba la multa o me iba al otro barrio; no había justo medio. Y todo por saltarme un semáforo. ¡Señor…! La implacable administración del reciente Estado sin Derecho era una máquina de recaudar… y de matar. Yo no quería morir, por supuesto, pero carente del millón de euros de sanción y sin fiador, nada podía hacer. En el paradójico cuadrado de la Plaza del Aro, por donde me hicieron pasar, la gente gritaba: “¡Muerte al condenado!”.

Pero al final me liberaron… Desperté sacudiéndome la pesadilla. Escuché una placentera melodía. Y sonreí como feliz ex condenado.
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Por similitud condenatoria, no podemos dejar de recordar la ejecución de Miguel Servet, junto al pago de una multa de 1.000 libras de oro, por sentencia de la Inquisición francesa a instancia de Calvino, el 17 de junio de 1553. Su muerte en la hoguera, a fuego lento, nos repugna y nos produce escalofríos. Y todo por su libertad de pensamiento, su honestidad moral y su descripción de la circulación menor de la sangre, acusado por todo ello de blasfemo y hereje.


"Marcha al suplicio" de la Sinfonía Fantástica, de Hector Berlioz