El golpe fue sonoro. Yo conducía solo en la oscura madrugada y no vi a la persona que cruzaba la carretera. Pero escuché sus gritos y su cuerpo rodar por el barranco a cuyo borde mi auto eléctrico se detuvo, tras impactar contra un árbol. No estaba herido, y el daño material poco importaba. Lo trascendente era la muerte segura de aquel ser, hombre o mujer. Pensé en mi padre, quien por mi graduación quiso regalarme el coche siniestrado, el último año que se permitían vehículos de combustión (no había alternativa). Reparé en mi hermano abogado: ¿cómo podría evitar que fuese a la cárcel por homicidio involuntario? E imaginé a la familia del desafortunado... ¡Ah!, tenía dos problemas, uno familiar y otro legal. Llamé a mi hermano abogado y vino hasta el lugar. Juntos exploramos el barranco, cuando ya amanecía. Y al fin hallamos el cuerpo atropellado: un oso pardo.
El estreno de esta sinfonía, en 1787 en París, fue dirigido por el músico mulato Joseph Boulogne, conocido como Chevalier de Saint-Georges.
Es el final de la sinfonía el que le dio el subtítulo ‘‘El oso’’, porque el bajo zumbante y la atmósfera de carnaval campestre sugerían osos bailarines a los franceses.
Yo la veía esperando, no sé qué o por quién, y me quedaba prendido de su angelical perfil. No recuerdo cuántas veces, quizá diez o tal vez cien, pero su rostro atraviesa el tiempo y permanece en mí con la belleza etérea de ayer.
Una mañana de primavera, me dirigía al colegio y, a mitad de camino, allí estaba la adolescente diosa. Era clara, rubia, celestial. La contemplé embelesado por primera vez, enmudecido, impactado por su luz divina; enlentecí mi paso, supongo que para comprobar que era verdad, y proseguí sin detenerme. Llevé grabado su retrato y el deseo de un reencuentro. La segunda vez quise hablarle y no me asistió el valor. Decidí que la siguiente, a la misma hora, le preguntaría su nombre o buscaría una excusa para que desvelase su dulce voz. Y no llegaba ese momento decisivo. La contemplaba en silencio, incapaz de romper la barrera que me separaba de su persona, ahogado en su presencia por una insuperable mudez.
No siempre estaba en ese lugar. Al no verla, me lamentaba y me decía que la próxima escucharía por fin sus palabras dulces. Quién sabe si rompería a hablar ella, curiosa por saber de su admirador estúpido, presentándome de frente su mirada verdeazul. Las ansias golpeaban mi pecho. No salía de mi cabeza su imagen, crecientemente idealizada. Aguardando la ocasión clave, hechizado por su esquivo perfil, me consumía en la espera. No dejaba de pensar en ese sol resplandeciente, cuando hacía poco andaba ocupado en cazar grillos y lagartijas, indiferente a las chicas. Y me quedé con las ganas de conocerla.
Al fin, no sabiendo ya de ella, se fue diluyendo mi platónico enamoramiento.
¡Qué engaño! Permaneció su rostro en mi pensamiento: la frente perfecta; los ojos espléndidos; la naricita levemente respingona; la boca semiabierta dibujando un corazón encarnado. Y su cuerpo todo, de esculpido perfecto, saludable y apetecible, tentador para pecar en una época que condenaba con firmeza al pecador. Contenido por su pureza, en el corazón la sublimaba. Mi admiración no pararía de ponerle adjetivos positivos o de ensalzarla con la descripción febril de un tonto enamorado. Me debatía entre dos fuerzas contrarias. La del prudente que, absolutamente prendado, contiene sus instintos y la del pretendiente incontenible, que no aplica la prudencia ni detiene sus impulsos interiores, porque siempre había callado, vergonzoso, tímido, cobarde.
La acera donde se detenía, erguida con porte de estatua griega, podría haber sido un prado. La ciudad que acogía tan delicado ser, podría ser un pueblo o una aldea, por donde pasaban las vacas, las cabras, las ovejas y los perros pastores. Sí, la podía imaginar como joven pastora, merecedora de la atención de cualquier galán poeta; de un enamoradizo rapsoda que, advirtiendo su figura primorosa, le dedicaría los mejores versos que habrían de brotar espontáneos de su repentina inspiración. Para después poder gozar de sus encantos, sin duda. Lo mismo que aquellas serranas antiguas inspiraron la voz poética de excelsos trovadores, ocultando sus lujuriosas intenciones.
La ilusión me llevó a fantasear el placer de poseerla.
—Hola vaquera. Mis ojos se han posado en ti y quisiera cantarte.
—Pues no necesito que me canten ni espero que me amen.
Era el desdén intuido lo que más me retraía. Recordaba aquella serranilla del marqués de Santillana y sus versos me desalentaban. Pero seguía pensando en ella, en su perfil. Por mi mente apasionada, corría sobre la hierba y recogía flores, cuya fragancia inspiraba por su delicada nariz. Creo que con alguna peca que acrecentaba su gracia virginal. Era una niña encantadora. Se detenía en las fuentes de las umbrías y humedecía los labios rojos, su jugosa boca –que hacía la mía agua–. ¡Qué ganas de besarla! Parecía un hada. Hermosísima al sol, bajo la lluvia, entre la nieve. Hoy la compararía a otras bellísimas, históricas o de leyenda: la Friné que inspiró a Praxíteles, la Rosana de Meléndez Valdés, la Regina de Rosalía de Castro… O me atrevería a decir incluso que su peculiar belleza era incomparable, digna de Afrodita, superior a la de las demás preciosidades mortales de hermosura sublime. Podría llamarse Cristina, o Julia, o Elisa.
Sí, como un Nemoroso creía que le iría bien este último nombre.
—Quién me dijera, Elisa, vida mía…
—No sé quién es usted, no le conozco.
La ayuda de la égloga de Garcilaso tampoco parecía decisiva. Y aunque podría llorar lo mismo que un Salicio («Salid sin duelo, lágrimas, corriendo»), el gran poeta estimulaba mi imaginación más placentera. Creyéndome un valiente guerrero, la imaginaba de princesa encerrada en la alta torre de un castillo que estaba dispuesto a liberar, solo, con la fuerza de mi brazo y la ayuda de mi espada. No habría altura que no estuviese dispuesto a alcanzar, escalando o de un salto de gigante si fuera preciso. Pronto pasaba mi fantasía medieval y apoyaba los pies en la tierra.
Los mágicos momentos podían ser más serenos.
Así que me veía a su lado, echados los dos en un prado verde y fresco, diciendo tonterías, acariciándonos con ternura, fundiéndonos en un abrazo sincero y dándonos un beso largo, interminable. Tendidos sobre la arena de la playa, nos contábamos secretos, mostrábamos nuestro cariño con arrumacos, reíamos de manera saludable; y en el agua del mar jugábamos como niños, nos salpicábamos sin dejar de reír y nos besábamos bajo un sol radiante, fundidos en uno, locos de amor al arrullo de las olas. Me sentía libre siendo su esclavo, accediendo a todos sus deseos, y con mi erótico deseo enardecido. De no tenerla, sería prisionero auténtico, parecido al de aquel conmovedor romance, que en el maravilloso mes de mayo –cuando canta la calandria y responde el ruiseñor– sólo disfrutaba de una avecilla que le cantaba al albor, hasta que un ballestero la mató… y lo mató a él, condenándolo a la soledad absoluta. ¿Y qué haría yo sin mi paloma? No quería ni pensarlo… En cualquier parte me sentía bien a su vera, juntos los dos, siendo una feliz pareja: en la montaña, en el río, en el mar, en las nubes, en el infierno.
Dondequiera que estuviera, sobresalía su perfil.
Seguía en sueños a esa criatura adorable: saltaba un arroyo, corría por la pradera, giraba entre rosales (ahí bailamos un vals al aire libre que era un preludio), se miraba en las aguas remansadas del recodo de un río –espejo natural en el que comprobaba la lindura de su cara–; me fijaba en sus más mínimos movimientos, rendido a su elegancia; me detenía en su cuello de blanca nieve; me recreaba en su suelta cabellera al viento; me prendaba con el revoloteo de su falta cuando giraba de contento; me derretía en sus espléndidas piernas, en sus ágiles brazos, en sus pequeños pechos. «Qué bonita es», me decía, y la llamaba reina. E imaginaba sus gloriosos secretos, su intimidad no profanada. La comía por entero con golosos ojos que se aventuraban más que las palabras. Porque permanecía silencioso en la distancia igual que en la cercanía.
Cerca de ella, me decía que le juraría amor eterno, que la querría y la respetaría siempre, que le sería fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, durante todos los días de mi vida, hasta que la muerte inevitable nos separase. No era un libertino don Juan, más bien un san Benito fácil de complacer.
Absorbido por estos pensamientos, hechos de palabras que el sacerdote repite de modo parecido en las ceremonias nupciales, estaba abstraído por completo; y a punto de quedar dormido en mi particular delirio, escuché que la llamaba una voz femenina (no logré retener el nombre que pronunciaba), y la voz de mi amada que respondía con la suave claridad de una actriz de teatro que domina la dicción.
—Ven, ven enseguida.
—Voy, voy…
Acaso era su madre quien la requería. Y la supuesta hija respondió al punto y marchó obediente, dejando un vacío en el prado y en el bosque cercano; y en los pájaros, que dejaban de trinar. Y en mí, que sólo podía vivir para mirarla.
Lo demás no me importaba; ni los libros obligados ni los juegos voluntarios con amigos. Ante éstos callaba, para no ser blanco de sus burlas, y nada les decía a mis padres, por pudor. Era como si me escondiese de la gente y de mí mismo; encerrado en mi mundo, no dejaba entrever mis sentimientos, no mostraba mi verdadera cara. Me ocultaba tras una máscara veneciana, empeñado en no exhibir mi masculina debilidad. Azorado, me autocensuraba por mi inmensa cortedad, prometiéndome avivar mi carácter y desprenderme del apocamiento que me consumía.
Tenía que lanzarme sin pensar, echarme al amoroso ruedo, seducirla, aun temiendo el desengaño. Porque, en definitiva, aunque atraído por su sexo, mi amor era verdadero.
—Querida mía…
—…
Aguardé en vano la respuesta que anhelaba, sin dejar de soñarla a todas horas, a plena luz del día, en el crepúsculo, bajo la luz de la luna. Daría igual en medio de un desierto o en un jardín de cuento. Yo la quería. Necesitaba tener una cita amorosa y pasear con mi adorada, cogidos de la mano, comunicándonos nuestro amor con el lenguaje de las miradas. Llegaría el día de sellar nuestro compromiso y viajaríamos a París… Había quedado atrapado para siempre por su perfil.
¡Ah!, su divino perfil. Estaba fijo en mi retina.
Pero no es éste un relato apto para una postmodernidad frívola, sumida en el interés y dominada por las frías charlas electrónicas. A nadie le importan ya las declaraciones formales ni los amorosos versos; pocos comprenden ese fuego que arde sin verse; pocos saben qué es no hallar fuera del bien centro y reposo; pocos creen en el amor que vive más allá de la muerte; pocos entienden que para vivir no basta con disfrutar de las maravillas que el mundo nos ofrece ni con saciar todas las necesidades fisiológicas. Pues hoy no se lee a Camoens, a Lope, a Quevedo, a Bécquer…
El mundo ha cambiado de manera radical; el amor humano ya no se vive como algo trascendente, abrazando la idea de complementarnos con la otra parte que nos falta, unidos para siempre de hecho o mediante el sagrado vínculo conyugal.
Más de uno habrá de cuestionar a mi heroína. ¿Y si en realidad era una brava fémina de fuerte carácter, una bruja de angélica apariencia o una feminista radical? No quería admitir semejantes despropósitos, propios de mentes retorcidas. No estaba escrita la agresividad en sus ojos de esmeralda. No había reproches en sus labios de coral. No veía desvergüenza ni altivez en su gesto. El azoramiento afloraba en sus mejillas. La bondad se dibujaba en su sonrisa. Su ser transmitía comprensión, reflejo de una personalidad madura. Seguro que el cielo encapotado se abriría para exclamar su asombro.
—No podré vivir sin tu cándida presencia.
—¿Y si el cielo que esperas resulta ser un infierno?
Reparé en que un cielo en un infierno cabe…
Después de medio siglo, volví a verla. No en un supermercado, un estadio o un concierto de música. No. En el mismo lugar donde esperaba no se qué o por quién. El cabello encanecido (peinado con seriedad: sin la alegría de aquella juvenil cabellera), la piel sin su juvenil lisura, el cuerpo esbelto no tan agraciado como entonces. Aun así, su perfil no había cambiado, seguía siendo glorioso. Era vieja y, sin embargo, conservaba cierto encanto juvenil. Con todos los efectos perniciosos que los años provocan, mi idolatrada era guapísima. Todavía me enamoraba esa mujer, ya con pasado. Una mujer inolvidable y misteriosa para mí. La miraba y me preguntaba cómo habría sido su vida. ¿Se habría casado? ¿Habría sido feliz en su matrimonio? (Leedlo en plural si queréis.) ¿Tendría hijos? ¿Sería abuela? ¿Habría sido fiel? ¿Le habrían pagado con infidelidades? ¿Habría sufrido la tortura de una Butterfly abandonada?... Pero qué me importaba a mí, si el destino nos había mantenido separados, cuando seguíamos siendo unos desconocidos. Qué derecho tenía yo a juzgarla, un carcamal mucho más deteriorado, que guardaba para sí los secretos de una desgraciada existencia.
Callé en el primer instante, sin respiración, y continué callado tras respirar hondo.
La miré… y me miró. Sonreí… y sonrió. A punto estuve de saludarla, o besarla, como un viejo amigo que no era. Porque ni sabía su nombre, y ella tampoco el mío. Y sin abrir la boca, continué mi camino, enamorado, con la imborrable imagen de Elisa, o Julia, o Cristina…, la mujer más hermosa, el más atractivo perfil que vi en mi vida.
Pancracio Fuertes Luna se debatía con especulaciones punzantes.
¿Habrá configurado el destino las circunstancias adversas que me atenazan? ¿No habré sabido afrontar las situaciones difíciles? ¿Obré siempre de modo inconveniente? ¿Fui pacato en mi libertinaje? ¿Libertino en mi decencia? ¿Conservador en mi progresismo? ¿Confundiría yo el cielo con las témporas?
Pancracio se respondía sabiamente.
En fin, ¿para qué darle vueltas y seguir torturándose? La realidad es miserable en el presente, y en el futuro de mí depende en parte. He de afrontar los hechos con coraje, clarificar ideas, ordenar pensamientos, serenar el espíritu, dar con seguridad los pasos; sin dudas excesivas, evitaré traspiés. Obraré con cautela, con actitud reflexiva, con moderación y sosiego, con buen tino. Valoraré el riesgo de mis actuaciones, el posible perjuicio que pueda deparar a otros y lo positivo que me corresponda. Haré balance prospectivo, sopesando pros y contras, para después aventurarme en una decisión firme, tajante, irrefutable por la propia conciencia. Es lo mejor para minimizar el riesgo de equivocarme, para no lamentarme como hasta ahora de haber actuado de modo visceral, por espontáneo impulso.
Fuertes volvía a su debilidad, contradiciendo a su apellido.
Difícil atinar un horizonte diáfano. Según día o lugar, veo las cosas de diferente manera. Llego a dudar y me inclino a cada extremo, hacia posturas contrapuestas. Quiero ir hasta el final y detenerme, dejar de indagar aceptando que la culpa es del imbatible fatum. Quizá dependa todo de la mala estrella o de la providencia. No consigo moverme de este incómodo lugar. Me hallo en una situación ambigua, dual: quiero y no quiero, como si fuerzas contrapuestas entablasen una disputa y tirasen de cada flanco tratando de inclinar la balanza hacia su lado, sin que yo sepa el conveniente. Entonces, ¿qué debo hacer? Creo que nunca lo sabré. Soy inconstante, inseguro, voluble, variable como la Luna. Cuando este astro se apagaba, atisbó una luz de sabiduría.
No me gustan las actitudes maniqueístas, creo que todo es relativo, nada es malo ni bueno en sí mismo; depende de múltiples factores y de la disposición anímica en cada instante. Eso sí, conviene someter las emociones para que no devoren la voluntad. Nadie es perfecto, y yo soy un cúmulo de imperfecciones. También sé que nada sé. Y sin embargo aspiro a la perfección terrena, a sabiendas de que jamás la alcanzaré; tengo la suficiente inteligencia. No pretendo un imposible, sino aproximarme cuanto pueda a lo imposible. Amar, si no infinitamente, en gran medida. Lo dice Pancracio, un luchador, fuerte como un roble y luminoso en la oscuridad; un perdedor, débil como una margarita y oscuro como una cueva. Libremente lo afirmo, valientemente y sin soberbia.
Un hombre, nada más. Un mortal como tú, y como yo. Finalmente, un aspirante a sabio. ¿Cómo tú? ¿Cómo yo mismo? Perdonadme la inmodestia.
A quien pueda escucharme, he de decirle que me lamento en vano por lo perdido, después de haber ganado tanto. Si alcancé el triunfo, fue tan dura la caída que no aspiro ni a zurcir una pequeña parte del pecho desgarrado. Pecando de ingenuidad –o confiando en los abrazos–, cometí errores abismales. En la distancia, añoro las épocas más luminosas: una acariciando con sedosas manos la guitarra clásica; otra besando el saxo con sensibles labios. No os extrañéis por el arranque del discurso. Fue el gusto por la diversidad; una búsqueda continua que, en un desmedido optimismo, me llevaría al estrepitoso fracaso... Entregué mis mejores días confiado y generoso, porque mi credo era dar sin esperar ninguna recompensa. Di lo mejor para conseguir las más sublimes armonías, por el propio placer y el disfrute ajeno, sin ansia por la fama, encomendado a mi arte sin jactancia. ¡Os lo prometo con artística sinceridad! Y bien rodaban mis proyectos desde el anónimo deleite, hasta aquel año en que, de sopetón, mis manos perdieron su delicadeza y, enloquecidas, quisieron destrozar el mundo a puñetazos.
Como girar la cabeza quien sufre una tortícolis, a mí me cuesta mirar atrás...
Comencé con la guitarra, primero como un juego, después con el interés puesto en una total entrega, digamos profesionalizada, si bien no me gusta considerarlo así por su peyorativa connotación funcionarial, ya me entendéis. En rigor, al principio confiaba en el mejor de los instrumentos, en el único natural, en la propia voz de barítono que el cielo, por seguir el tópico, o la madre naturaleza tuvo a bien concederme. La misma deidad o fuerza terrena me la arrebató en plena juventud. Una laringitis mal curada, que acabaría cronificándose, me obligó a desistir de los deseos de depurar el canto; en verdad mi bello canto, ¡y lo sentencio sin ambages para eludir falsas modestias!, lo que supuso el más doloroso trauma, aparte de la muerte de seres queridos o de los grandes abandonos. Pude haber sido un Ausensi, un Fischer-Dieskau, un Milnes… o un Sinatra. Pero no, no conseguí ser lo que soñaba. A los diecinueve años cedí ante la evidencia y puse mi interés en ese instrumento de madera y seis cuerdas que, al decir de los varones sensuales, remeda un hermoso cuerpo de mujer. Un comienzo algo tardío que no fue un hándicap para mi crecimiento como guitarrista; el empeño y, ¿por qué no admitirlo?, unas cualidades innatas, me llevaron a alcanzar en poco tiempo un importante virtuosismo. Tocaba composiciones de Sor, de Tárrega, de Albéniz, de Barrios, con una técnica muy depurada y, sobre todo, con una sensibilidad exquisita. La guitarra no tenía secretos ni límites para mí. Armonicé sencillas melodías folclóricas que ennoblecí en mis recitales; y tanteé con el flamenco, demostrando una capacidad ilimitada y una invariable buena forma. No es vanagloria, es que creo necesario revelar mi mérito. En poco más de siete años, a los veintiséis, era reconocido como uno de los mejores concertistas del planeta, hasta que, ¡ay!, el sino, que tantas veces se nos tuerce, dio al traste con mi prometedor futuro... El camión vino de frente, no pude reaccionar a tiempo y... un negro túnel me absorbió de pronto. Un inacabable túnel...
Desperté de un extraño sueño del que no recuerdo más que oscuras pinceladas; cuarenta y cinco días en coma para asombrarme de los acordes que tanto dominaba. Había olvidado sucesos importantes y también el método pedagógico de Marcelino Abré, gran maestro y tío paterno. Se admite por lo general que uno jamás descuida ciertas cosas que ha asimilado, como la tabla de multiplicar, montar en bicicleta, escribir a máquina o nadar, por lo que les chocaba a los neurólogos que desconociera los rudimentos de la guitarra (sabemos que la medicina no es ciencia exacta y que los médicos tienen sus limitaciones). La veía ante mí, me sonaba como una cara familiar que no se puede explicar con exactitud, la ceñía instintivamente y rasgaba las cuerdas con la mano derecha como un principiante, ignorando qué hacer con la izquierda. Pasados seis meses poco había avanzado en la reconquista de este campo técnico, aunque de manera milagrosa recobré la memoria. ¡Increíble para el profano y desconcertante para la ciencia! La memoria viene a ser la savia de la ciencia y del arte… No sabría responder a la pregunta de si llegué a recuperarla del todo o si el accidente dejó lagunas, pues siendo de ordinario selectiva ignora muchos pasajes y magnifica o distorsiona otros. De lo que estoy seguro es que no disponía de ánimos para adquirir de nuevo las habilidades, a pesar de las muchas cartas que recibí de admiradores y de las palabras de aliento de mis amigos, de mis pocos pero incondicionales amigos. «¡No te rindas, Mauricio! Tú eres fuerte y saldrás de ésta», me decían con la mejor intención, sin que yo, impotente, pudiese complacer su sincero deseo.
De modo que, sin haber cumplido los veintisiete, tenía que afrontar la realidad: ¡una gran carrera cercenada de golpe y para siempre! Igual que le acaeció al tío Marcelino en su momento. Metralla de guerra le paralizó dos dedos y hubo de conformarse con la enseñanza, obligado a olvidarse, con hondo pesar, de su excepcional faceta interpretativa. Con todo, lo mío era peor; para llorar sin debilidad. Podía sobrevivir una temporada con la indemnización recibida, pues la culpa fue del camionero, aunque lo justo hubiese sido compensar el daño real producido, porque supondría otorgarme un subsidio de por vida. No obstante, como no se pudo demostrar una amnesia..., digamos que específicamente musical, los tribunales no sentenciaron a favor de la propuesta de mi abogado ni de las múltiples testificaciones. Una injusticia como tantas. De la vida, más que de los ciegos juzgadores. Superados los treinta tuve que recurrir a la caridad pública y ampararme en los nunca bien ponderados servicios sociales. Tan joven y como un trasto inservible; era un ser improductivo, un jubilado adelantado y sin pensión digna. En humillante situación, para satisfacer una necesidad transitoria hube de abrigarme como un niño bajo el amoroso manto de mis padres (¡su extravagante hijo les queda eternamente agradecido!). Jaime y Ricardo, mis mejores amigos, tampoco me abandonaron en la desgracia e hicieron por su parte lo imposible.
Pero mi orgullo quería volar en solitario. ¿En solitario?
Siendo sincero, siempre he necesitado compañía… Andrea, mi gran amor, me abandonó tras cuatro años de intenso noviazgo, antes del calamitoso accidente. ¡Cómo eché en falta sus besos! Nunca supe la razón exacta, porque reíamos juntos, nuestras miradas eran limpias, había suficiente ternura y el fuego necesario para fundirnos en un solo latir. Acaso pensaba que estaba más en mi guitarra que en ella… Eso sí, os aseguro que no recalé en otros ojos; también os puedo garantizar que no fue una infidelidad suya la causa de mi naufragio. Conocí a Rosa ocho meses más tarde y vivimos un apasionado romance, en realidad una seria relación que prometía una unión bendecida y aclamada, con todas las de la ley, como se suele decir. Acababa de dejarla en su casa aquel día desgraciado. Estuvo conmigo durante la convalecencia, pero notaba día a día que su cariño se desvanecía, que más y más se distanciaba. La tarde de otoño que le manifesté que se había esfumado mi esperanza de recuperar el virtuosismo de antaño fue decisiva; me dejó por un motivo opuesto al de Andrea. Ésta parecía tener celos de mi guitarra y en cambio Rosa me rechazaba por no compartir sus amores con ella. Luego vinieron otras mujeres y… más de lo mismo. ¿Quién las entiende? Bueno, no soy justo; es fácil decir desde la otra parte.
Inerme ante los vaivenes de la fortuna, cumplidos los treinta y uno, muy tarde, hice un musical descubrimiento: el maravilloso sonido del saxo tenor. No es que no lo hubiera escuchado antes, es que no le había prestado la atención debida, entregado a la llamada música clásica y descuidado del apasionante mundo de la música negra. ¡Oh, el jazz!, denominación un tanto misteriosa donde casi todo se funde, libre de encorsetamientos; bello vocablo debatido y alargado en un encantador siseo. Apareció aquel saxo ante mí, el amado saxofón que, pensaba, habría de acompañarme hasta el fin de mis días, en una tienda de objetos usados, o sea, de segunda mano. Al contemplarlo allí, rodeado de muebles vetustos, de cuadros sin autor, de libros ajados por el tiempo y de insólitas muñecas de porcelana, me aproximé para tocar su metálico resplandor, pedí permiso para soplarlo y... ¡No era posible! Las notas salían espontáneas y los dedos se deslizaban con inexplicable naturalidad. Esto iba más allá de lo que los músicos llamamos memoria de los dedos. Nunca había tocado un instrumento de viento, al margen de una flauta de pico, y mal, a no ser que mi memoria, mi caprichosa memoria, me traicione. Tenía lo justo para pagar su importe y me lo llevé a casa, alegre como un niño con zapatos nuevos. En mi soledad volví a ceñir su curvado y reluciente cuerpo, a besar su sabrosa boquilla… Dios, ¡cómo sonaba aquello!: rítmico, melodioso, extraordinario. Sin exageración, la comparanza me igualaría con un Hawkins, un Webster, un Rollins o –casi mejor– un Getz. No podía creerlo, como tampoco podía concebir que hubiese olvidado toda la técnica guitarrística. Suponía una compensación, ¿por qué no?, merecida. Siempre me había impresionado, por encima de todo, la sonoridad de la trompeta, y en especial la del sin par Gillespie. Sin embargo, no desmerecía el aterciopelado poderío del saxo tenor, dignamente representado por los grandes instrumentistas referidos y por otros que, supongo, conoceréis.
Se hizo el prodigio y recuperé la confianza en mí mismo...
De alguna manera debía dar gracias al cielo. Tenía que hacerlo para no sentir el peso de esa deuda moral. Me planteé hacer el Camino de Santiago, idea que iba postergando y que renacía cada vez que tocaba y escuchaba los aplausos. El saxo –lloro cada vez que lo recuerdo– me devolvió la gloria. Toqué a dúo con egregios pianistas; formé tríos, cuartetos, quintetos, sextetos, combos; acompañé a voces principales (¡un suspiro por mi primera frustración instrumental!); participé como miembro de espléndidas big bands. Ninguna formación, pequeña o grande, me era ajena. Y ningún estilo se me resistía: swing, bebop, cool, hard bop... Incluso exploré, sin duda con acierto, el jazz vanguardista y experimental, tan querido por unos pocos y abominado por tantos. Era intérprete y compositor; recreaba piezas ajenas y disfrutaba creando mis propias obras. No había ritmo que se me resistiese, afroamericano, hispano, cubano; combinaba los ritmos y salían otros nuevos que resultaban explosivos. Compuse boleros, mambos, foxtrots, baladas… Desde la imitación inicial, inevitable, y sin negar las influencias de los dioses del jazz, logré la originalidad que todo creador persigue; y me acuerdo ahora de Ellington, de Miller, de Goodman. Estaba bendecido por la musa Euterpe. Mi inspiración no decayó durante años, durante los mejores años de vida musical… y terrenal. Plenamente integrado en el fabuloso mundo de los ritmos sincopados, aunque sustraído de sus malos hábitos (de la química nefasta, no de la adicción al sexo que se suele vincular al rock' n' roll), recorrí el país entero y di la vuelta al globo varias veces. ¡Qué actuaciones memorables! ¡Qué sesiones clamorosas! ¡Qué locura colectiva! Las sonoridades envolventes –no el alcohol ni las drogas– daban colorido a las noches y disipaban los fantasmas del pasado. Muchas féminas llamaron a mi puerta y algunas se colaron en mi vida, entre ellas una cantante de color de la que creí estar enamorado; su flexible voz me evocaba a Sarah Vaughan.
Embriagado de una nueva luz, todo volvía a tener sentido…
Debo puntualizar que no se me subió el éxito a la cabeza; siempre me mantuve alejado de la soberbia, nunca miré a la gente corriente desde arriba. Juro que no soy de los que se sientan en un alto trono de altivez. Al contrario, mi humildad era franciscana, y aún lo sigue siendo. No estaba aislado del mundo real, no era uno de esos artistas que viven en las estrellas. No, no era un antipático divo. Me acercaba a mis fans, hablaba con ellos y firmaba autógrafos, sin sentirme molesto en ningún momento, mostrando una sonrisa franca, casi melódica. La felicidad de mis admiradores era la mía. No obstante, algunos críticos me tildaron de endiosado o engreído, y escuché calificativos insultantes, no sé si graciosos o cargados de mala fe, que me dañaron en lo más hondo. Prefiero olvidarlos. Y no vayáis a pensar que no tengo sentido del humor. Es más, considero que es bueno reírse de uno mismo. Salvo en los periodos de abatimiento, que toda persona tiene, el resplandor de mis dientes daba fe de mi dicha. Salvando las distancias, era un Armstrong blanco.
Fui muy afortunado... (¡Debí haber hecho el Camino de Santiago!)
¿Y por qué decía al comienzo que reconocía enormes equivocaciones? Porque a causa de mi estulto proceder, ahora no tengo ni tan siquiera el adorado saxofón. Lo perdí por mi obstinada ingenuidad, dando y confiando sin precaución alguna; dicen que es un defecto de los Abré. Robaron mi instrumento y mi música; sí, la música que había compuesto, el fruto de una fecunda y espléndida inspiración. Cada vez que lo pienso me río de los derechos de propiedad intelectual, y de mi propia sombra. Habían escrito un libro sobre mi vida y desapareció. Las grabaciones que realicé con esmero se esfumaron como por ensalmo; no hallé ninguna copia que certificase mi dominio saxístico y tampoco muestras inequívocas de mis habilidades como guitarrista. Dijeron que mis piezas, muchas de las cuales se convirtieron en estándares, pertenecían a otros autores; me engañaron como a un bobalicón carente de malicia. El mundillo artístico es complicado, resbaladizo, cambiante, traicionero…; quizá peor que el de la política. Me pregunto cuál fue mi peor culpa... (¿Y si todo se debe a no haber hecho el Camino?)
¡Si fuese percusionista habría de desahogarme con tambores y platillos!
No basta con vivir en paz, libre de enfermedad y alejado de la absoluta pobreza. Estoy en los sesenta y sin saber cómo el tiempo inmisericorde se ha fugado, con lo bueno y con lo malo. Imágenes, olores y sensaciones se han sumido en un inescrutable abismo, como olvidados acordes de una irrepetible y ahogada sinfonía. Apenas distingo vagamente una oscilación de copas entre humo de cigarrillos. Os confieso que no me queda nada, ni de la gloria ni del infierno. Nada, excepto un batiburrillo agobiante en la sesera que se disipa en un lamento. Perdí a mis padres hace mucho. Jaime pasó a mejor vida hace un lustro y Ricardo acaba de irse por la misma senda (cáncer y suicidio; tan jóvenes y tan buenas personas… ¡Cómo los echo de menos!). Mi tío Marcelino anda perdido en una residencia de ancianos, ausente en su demencia senil. Y el amor, si en verdad lo tuve, también se me perdió. ¡Asquerosa memoria! O dichoso cerebro. Alguna vez he pensado si estaría mal de la cabeza; después de todo podría suponer un cierto alivio. Por fortuna, o por desgracia, no estoy loco. No. O al menos tengo mi razón, llámese cordura de uno o locura de todos. En mi razón, sólo me consuelo con los prodigios de la técnica…
Y ahora ruego silencio, que van a sonar encantadoras voces, y envolventes guitarras, y poderosas trompetas, y, junto a piano, contrabajo y batería, un asombroso e inesperado saxo. Sí, un saxo singular y salvador. ¿Que quién lo toca? Leo en los créditos del disco que un tal John Coltrane... Pues no. No. ¡No! Es mi evidencia... Lo toca Mauricio Abré.
Cerró la puerta con inusitado ímpetu, y el estruendo dejado tras de sí seguía retumbando en sus oídos. Cruzaba la calle con paso apurado y rostro abotargado, colérico, mascullando exabruptos y dispuesto a poner fin a su relación con Berta. Nueve años de convivencia heterogénea, pasables los tres primeros, infaustos y mortificadores los restantes. «No seguiré ni un día más a su lado. ¡Ya está bien! Se ha colmado el vaso. Mañana mismo iniciaré los trámites de divorcio…», eran sus expresiones menos atroces, casi ligeras y por eso audibles. Los pensamientos de Ramiro Vasio convergían en una firme decisión, irreversible: romper el absurdo vínculo que mantenía con su esposa. Quebrado el amor, el odio campeaba. Si de la atracción a la aversión hay sólo un paso, de la vida en grata compañía a la soledad más espantosa el espacio temporal es nimio. Pero siendo elección libre, Ramiro se oponía al desaliento y al drama, diciéndose con aparente entereza que mejor solo que en mala compañía.
Y al día siguiente, con premeditación veloz, maletas presurosas y un cargamento de inquietud, el esposo desencantado partía para su pueblo natal, dejando los trámites correspondientes para mejor ocasión, para cuando pudiese pensar con frialdad. Abandonaba familia, amigos y trabajo (en realidad éste no exactamente), dispuesto más bien a desligarse de un sin vivir que a comenzar una nueva vida. No porque hubiese por medio alguna buena mujer –o una mala hembra engañosamente bienintencionada–, como pudiera presuponerse, sino por no hallar en la oficialmente suya lo que buscaba desde hacía años con ingenuidad de adolescente inveterado. Como orgulloso macho, no sólo estaba seguro de que no recibía las atenciones y el cariño de los que, inmodesto, se consideraba merecedor, sino que, por encima, se creía víctima de dejadez e incluso de afrentas por parte de Berta. «¡Qué diferente cuando la conocí! No hay rastro de lo que era. Lo que fue narciso, hoy es cardo. Le he dado lo que ningún hombre podrá darle. Y mi amor sincero con desprecio lo ha pagado», se torturaba con su propia adulación.
En aquel inicio de primavera, casi doce años atrás, su aparente fragilidad, su donaire y, sobre todo, su fresca sonrisa, cautivaron su corazón noble y por entonces humilde. Nada comparable al resplandor de sus ojos garzos sobre esa fuente de luz destellante. Los reunió el azar, y al hablarle fue correspondido por la dulzura de una voz melodiosa y cristalina que lo encandiló al momento. Entonces, ¡qué suave en el decir! Ahora estaba en la antípoda: estentórea y opaca, un rodillo de púas girando dentro de un pozo negro; más que hacer uso de un lenguaje comunicador ajustado a las reglas de la cortesía, emitía gruñidos y vomitaba reptiles nauseabundos. Venida más que a menos, relegada a las cavernas por una personalidad distorsionada. Todo a tenor, claro, de las apreciaciones subjetivas de Ramiro, cansado, dolido, impaciente, ahíto, infausto, mohíno, quejumbroso... y, pese a todo, quizás enamorado todavía de Berta.
–¡Me marcho!...
–¡No vuelvas!... (¡Pum!)
Él amenazante, ella orgullosa… y el portazo.
En su cabeza seguía retumbando el golpe de la madera habitualmente maltratada, después de rotar bruscamente en sus goznes, en tanto el autocar lo iba alejando felizmente de lo que aborrecía. Con rumbo fijo, y unas ocho horas de rodadura por delante, visionaba con detalle lo pasado...
***
–¡Perdón caballero! Está cargando su cuerpo sobre el mío –le advirtió el viajero que estaba a su vera, en el asiento del pasillo.
–¿Qué?... ¡Cuánto lo siento! Me estaba adormeciendo. No he pegado ojo en toda la noche ¿sabe usted? –se disculpó Ramiro parpadeando por el fulgurante colorido que percibía a través de la ventanilla. Unos pastizales enmarcaban una laguna azul y plata donde se reflejaban amorosas escenas engullidas por el tiempo inmisericorde.
–Pues no, no, ¿cómo lo voy a saber? Yo he dormido esta noche a pierna suelta, pero de cómo la ha pasado usted no tengo ni idea.
–¡Perdóneme! Soy un estúpido –se desperezó discretamente y dispuso su mente en actitud de confesión, liberada e ingenua–. La cuestión es que tuve una discusión con mi mujer. Mejor dicho, una batalla decisiva en una guerra interminable.
El vecino echó una rauda mirada al exterior, como descargando su sorpresa y sopesando las palabras de Ramiro. Tenía un engañoso aspecto de hombre serio, de ser un tipo reflexivo y taciturno. Se atusó el negro y afilado bigote, casi daliniano, y enseguida dio muestras de su caluroso espíritu y de su verbo fácil.
–Hombre, las discusiones de pareja se dan a menudo. Todos tenemos enfrentamientos, alguna que otra vez. Sin ir más lejos, la semana pasada mi esposa y yo nos peleamos por la compra de un sofá... –la desenfrenada lengua daba fe de su extroversión con este preludio íntimo. Para corroborar la sospecha, escuchemos lo que siguió hilvanando–. Yo tenía decidido el modelo, y Marta estaba de acuerdo conmigo. ¡Qué sorpresa cuando llego a casa y compruebo que habían traído uno diferente! Era horripilante. Como casi siempre, se había entrometido la foca de mi suegra. ¿Qué digo?, es algo así como una mezcla de hipopótamo y ornitorrinco, de jabalí africano y sapo común, de cachalote y erizo espinoso. ¿Se hace a la idea? Esa pécora supo influir, como de costumbre, sobre su apocada hija. ¡Ay!, pero de ninguna manera lo iba a consentir; si usted me conociera... Al final me salí con la mía y el sofá retornó a su expositor. En su lugar está el que elegimos en un principio. ¡Faltaría más! Un hombre debe dejar claro cuál es su lugar y hacerse respetar. ¿No le parece, amigo, que obré en consecuencia?
El rostro ancho y afable de su interlocutor, que contrastaba con la desabrida delgadez del suyo, le daba confianza a Ramiro, que seguía un tanto apagado, dominado por un cansancio más espiritual que físico. Tardó un poco en reaccionar. Entonces, asiéndose al interrogante del otro, habló largo y tendido.
–Sí... sí... Yo no tengo una suegra entrometida. Por suerte vive a más de tres mil kilómetros. Y mi madre, con la que voy a encontrarme en Balobia, es el símbolo de la discreción. No, lo nuestro no es una simple confrontación estética. Es algo más importante. Tan grave que he decidido abandonar el hogar conyugal. Verá… –se despegó un poco del respaldo del asiento para hablar con más comodidad–. Nuestras disputas no son las de un matrimonio normal. Nuestra relación es un perpetuo desacuerdo, un tormento insufrible. Llevamos aguantándonos nueve años. Poco o mucho, según se vea, de relación marital; en mi caso, una mortificadora eternidad. Bueno, si he de ser justo debo decirle que los tres primeros podría calificarlos de aceptables; durante ese tiempo fuimos... no sé si felices, pero al menos su compañía me era agradable. Después, un infierno. Un verdadero infierno el que he vivido a su lado.
En este punto, el otro se sobresaltó, como si se percatase de que un vehículo viniese de frente a colisionar con el autobús o hubiese tenido una visión terrorífica de quitar el hipo. Acaso por escuchar la palabra llameante. El ánimo de Ramiro estaba tan afectado que desahogaría sus desdichas con cualquiera, y lo estaba haciendo sin reticencias con un desconocido, el cual se mostraba receptivo ante las liberadoras confesiones, e interesado –acaso morbosamente– por saber más de la vida de Vasio.
–¿No han tenido hijos? –inquirió el compañero de viaje.
El marido insatisfecho permaneció unos instantes ensimismado, sin responder, con la mirada perdida en los campos y en el río que los atravesaba, con la cabeza apoyada en la ventanilla; unos críos combatían en el agua la tórrida temperatura que anunciaba el inminente estío. Imágenes dulces y agrias se mezclaban en la mente de Ramiro Vasio. El otro, le repitió la pregunta, y el cónyuge huido salió del semiletargo.
–Tenemos un hijo, Carlos, que el mes próximo cumplirá ocho años. Está interno en un colegio de las afueras de Vizana. ¡No me mire con extrañeza! No es crueldad, es lo mejor para su formación, apartado de las disputas paternas. ¡Menos mal que sólo hemos tenido este hijo! Lo quiero y lo echo mucho de menos...
Los ojos de Ramiro se humedecieron y el acompañante se dio cuenta. Éste, a punto de contagiarse, le dio una palmadita de consuelo; fue suficiente para que Ramiro recuperase la entereza y pudiese continuar su sentida declaración.
–Soy un mal padre, lo reconozco; pero mi mujer tampoco está preparada para asumir las normas de comportamiento que delimitan la condición de madre. Antes de internar al niño, se mostraba tan brusca con él como conmigo. Es demasiado temperamental. Es una competente auxiliar de enfermería, pero en casa pierde la paciencia… ¡Oh Dios!, nunca llegué a comprender por qué cambió tan de repente. Aunque dicen que traemos el modo de ser en los genes, yo he sido testigo de una transmutación. O tal vez fue siempre así su carácter y no me he dado cuenta.
El compañero de viaje buscó rápidamente argumentos afectivos.
–A nosotros el enamoramiento nos ciega tanto que no vemos los defectos de las féminas. Ellas nos pierden… Son el mayor misterio que hay bajo los cielos; bajo una apariencia divina pueden encerrar una esencia brujesca. Imposible conocerlas. ¡Y que no me oiga ninguna feminista o me descalabra! Pienso que la liberación de la mujer ha hecho cambiar los papeles tradicionales y en la actualidad son ellas las que ordenan. No se les puede llevar la contraria o te levantan la voz, incluso la mano. Y, además, lo que más me fastidia es que disfrutan humillándote delante de cualquiera.
Ramiro dejó claro varias cosas. Que él no estaba en contra de la emancipación femenina, ni sentía un impulso hominista, y que colaboraba en las tareas del hogar, sin disgusto. Que había que tener en cuenta que ambos trabajaban, Berta en un hospital de Vizana (ya le había hecho saber que era auxiliar de enfermería) y él en una gestoría; aunque su oficina acababa de cerrar las puertas y estaba percibiendo el subsidio oficial (le quedaban unos meses para que también se cerrase el grifo de la ayuda legítima). Y que jamás su brusquedad lo habría de llevar a reaccionar de manera brutal.
Después de estas explicaciones remachó drásticamente:
–No, no soy de los que pretenden que la mujer se pliegue a los mandatos del marido, un machista retrógrado, por decirlo llanamente. En este sentido creo, ¡y no se ofenda!, que soy más liberal que usted... Por cierto, ¿cuál es su nombre?
–Eligio me llaman. Eligio Santisteban.
–Ramiro, Ramiro Vasio... (Apretón de manos.) Pues le diré, Eligio, que, aunque no soy de los que condenan a la mujer a estar entre pucheros y a dedicarse en cuerpo y alma al cuidado del esposo y de los hijos, tampoco admito que me pasen por encima. Soy medianamente tolerante. ¡Ay!, pero cómo me engaño… En realidad, me he dejado pisotear estos años, hasta que decidí tomar esta drástica decisión, este gesto de hombría, de lo poco que me iba quedando ya de masculinidad. De la ruptura con mi mu..., ¿qué digo?, exmujer, usted es el primero que conoce mi decisión, aparte de mi madre.
–Desde luego, Ramiro, examinando su argumentación, no dudo que su proceder sea acertado. Pero supongo que usted se alejará una temporada, se apaciguarán los ánimos, cobrarán nuevo impulso y retornará al nido, donde le aguardará una compañera que también habrá reflexionado. Hallará otro trabajo, encontrarán la estabilidad emocional y volverán las aguas a su cauce... –insinuó Santisteban, con cierta intención perversa por saber más de lo que le importaba. Su bigotillo pícaro apuntaba al cielo.
–Está muy equivocado. ¡No regresaré jamás a su lado! No volveré al nido, en este caso de víbora –afirmó Vasio con rotundidad–. Habré de verla para tramitar la separación legal, pero lo nuestro se acabó definitivamente.
– ¿Y su hijo Carlos?
–Sé que el juez ha de decretar la custodia materna, como es habitual, pero reclamaré el derecho a estar junto a él el tiempo que me corresponda.
En este punto, Ramiro Vasio mostraba una expresión de rabia contenida, marcando un silencio más significativo que sus palabras. Sus ojos decían que de ningún modo renunciaría a su hijo, por el amor que le tenía y, sobre todo, por despecho.
–De ninguna manera habría de dejar que me privase de Carlos.
–No merecería que le mirasen a la cara si no lo luchase por su derecho –dijo Santisteban con severidad–, ¡y perdone el atrevimiento! Un niño precisa de un padre. Yo –prosiguió Santisteban, ahora con un tono inequívocamente amargo– me crié sin el mío, que murió al poco de mi nacimiento. Siempre lamenté ese vacío...
Callaron para entregarse a la introspección y retomaron la conversación, interrumpida a ratos y aderezada con otros temas, desde políticos a deportivos. Eligio se permitió algún chascarrillo: «Leí en uno de esos azulejos humorísticos: ¡Viva el amor libre! Dame a tu esposa y toma a mi suegra... ¡Ja, ja, ja!». Sonaron también las carcajadas de Ramiro, que tomó el relevo. En un abanico variopinto y liberador de chistes e historietas fueron aligerando las horas del rodante viaje.
***
Llegados a la pequeña población de Balobia, Vasio bajó del autobús, no sin antes haberse intercambiado las señas. Eligio Santisteban Fuentes, representante de instrumentos musicales, decía la tarjeta de presentación que se llevaba Ramiro. Sin poder corresponder de igual modo, éste escribió en un trozo de papel las suyas.
–Cuando vuelva a pasar por aquí no dude en visitarnos, Eligio –le decía Ramiro, con los pies en el asfalto, ya cerca del hogar materno que iba a recobrar–. Le dejé anotada la dirección de la casa y el teléfono de mi madre, Antonia. ¡Ha sido un placer!
–Lo mismo digo. ¡Hasta la vista, y suerte!
–¡Adiós! ¡Buen viaje!
El que quedaba en tierra daba su saludo de despedida agitando su mano derecha, al pie de las dos maletas medianas y oscuras, azorado con el entremetido recuerdo de la blanca y delicada mano de la Berta de antaño, deseándole suerte desde el andén mientras él se alejaba en el tren humeante que lo llevaba al cumplimiento del servicio patriótico. Difícil desprenderse de aromas y colorido ausentes.
***
Ramiro tomó un taxi para aproximarse a la casa de mamá Antonia, que le aguardaba. No restó emoción al encuentro el hecho de haberla advertido de antemano. Ella lo recibió llorosa y alegre, por esa dualidad emocional de la que nadie escapa.
–¡Hijo!... ¡Pasa, pasa!... ¿Cómo habéis podido llegar a este extremo, querido?
–Debió de haber pasado mucho antes, madre. Nos hubiéramos evitado muchos sinsabores. Tenlo por seguro. Lo nuestro era un continuo sinvivir.
–En fin... Te he preparado algo de cenar. Come y luego descansa. Mañana ya hablaremos con calma... ¿Y perdiste el puesto de trabajo? Bueno, no digas nada, y cena con tranquilidad. Mañana..., mañana hablaremos de eso.
El retornado mascaba con dificultad el filete preparado amorosamente por Antonia, y escuchaba la inquietud materna, precisando apurar un vaso de vino para deglutir. No era la carne la que no pasaba sino el mal trago existencial. Se acostó a una hora desacostumbrada, antes de que su hijo Carlos lo hiciese en el internado. «Poco más de una semana para las vacaciones», pensó entre brumas. Contempló la foto del hijo que llevaba en la billetera y a continuación dirigió la mirada al retrato que había en la pared del cuarto: su padre, en actitud solemne, le brindaba su sonrisa transmundana y tierna, que se iba apagando conforme entraba en la dimensión de los sueños. Y su cuerpo entrelazado, sumergido en las aguas gozosas de un mar de amor contradictorio: con el hablar callado que dice tanto, jadeando en el placer inefable, la danza de las inquietas lenguas y las pieles ardorosas descargando la energía que mueve el mundo; totalmente entregado, rendido, consintiendo la dulce derrota en las honduras de la mente jubilosa.
***
Al día siguiente, Antonia descubrió con asombro la ausencia de su único vástago. Se había ido sin aviso, con los primeros rayos de la mañana, dejando sobre la cama una nota de despedida que comenzó a leer temblorosa.
Me voy lejos, madre. Lo he pensado bien y he decidido huir de lo que me es cercano, no de ti sino de las gentes que me conocen y que me señalarían con el dedo. No podría soportar habladurías. Que si dejé a mi mujer por otra, que si soy un tarambana, que si me despidieron de la empresa, que si soy un mal padre, que si huyo de la justicia, que si me he quedado en la ruina, que si tal, que si cual. No podría vivir en Balobia. No podría respirar en ningún lugar provinciano. Me pondré en contacto contigo, descuida. No te preocupes por mí. Tu hijo que te quiere, Ramiro.
La madre rompió en un sollozo liberador, entornó lastimosa sus rugosos párpados y acercó el escrito contra su viejo pecho cansado, repitiendo quedamente el nombre del vástago e interrogándose: «¿A dónde habrá ido mi pequeño?».
No nos extrañemos de lo humanamente comprensible. Sin necesidad de estar atrapadas por la demencia, las madres verán siempre a sus descendientes directos como los niños que fueron, y a fin de cuentas siguen siendo. Y Antonia no era excepción.
La ciudad en la que residía Eligio Santisteban, no tan populosa como Vizana, pero igualmente industrial y abierta, se apuntaba como destino. Ramiro tenía conocimientos, estaba bien preparado, y con un poco de suerte encontraría un empleo. Doble era la ruptura. En el lugar del representante de instrumentos musicales nadie más le conocía; allí no habría de ser zaherido por comadreos y críticas. En su mente llevaba la mirada interrogante de su vieja. Y la de Carlos, con una sonrisa apagada. Por lo demás, caminaba hacia la incertidumbre, rumbo a la aventura. A otra arriesgada aventura vital que sonaba a música; no a un simple golpe de timbal, o a un rudo portazo.
Un día de primavera, tormentoso y lóbrego, conocí a un verdadero superhombre. Fue en Pontelia, un pueblo no muy distante de Vizana, la ciudad donde vivo y trabajo. No se diferenciaba de los vulgares por su apariencia, por lo que, en un principio, no fui atraído por su aura vital. Imaginemos un gran recinto ferial plagado de tenderetes: puestos de ropa, de bisutería, de alimentación, de flores, de aperos de labranza, de objetos decorativos, etc., con sus respectivos vendedores, y un ambiente de algarabía contrastando con un cielo gris y amenazante. En ese ámbito, un tratante de ganado recababa el interés de los viandantes, con eficaz estilo de charlatán, indocto pero ilustrado por la vida, para que observasen un ejemplar de vacuno de impresionante estampa, único, según él, en toda la comarca, quizás en todo el país, y garantizando una producción de leche sin parangón. Prestaba yo atención, embelesado ante la contemplación del animal, entre el gentío que se apretujaba contra el vallado que resguardaba el raro ejemplar y una veintena de reses más. Y allí se encontraba aquel hombre, en el margen izquierdo, a gran distancia de mi posición, esbelto, edad indefinida, barba bien arreglada, aspecto respetable, de intelectual, boina que no menoscababa su elegancia, traje claro, mostrando similar asombro.
—¡Señoras y señores, admiren a la increíble Estrella! —proclamaba el feriante con poderosa voz trabajada al aire libre—. Es la vaca más grande y hermosa que pueda verse hoy, y acaso nunca. Y la más rentable para el sensato que decida quedársela.
Su capacidad de seducción estaba fuera de duda. Inmediatamente, varios ganaderos se la disputaban, atraídos por las cualidades de la voluminosa lechera y por un precio de venta que, al decir de los entendidos que me rodeaban, era razonable. El mismo tratante, enrojecido como un comanche, parecía abrumado por la cantidad de potenciales compradores que le inquirían y reclamaban su derecho, considerándose los primeros, cada cual, por su parte, en intención de cerrar el trato. Discutían acaloradamente y los ánimos se encrespaban con rapidez entre más de una docena de aspirantes, hasta el punto de que, sumidos en una trifulca, dos llegaron literalmente a las manos después de increparse airadamente y lanzar al viento vergonzantes exabruptos.
—¡Tranquilícense! —se me ocurrió intervenir para apaciguar los ánimos de los litigantes—. Traten de entenderse educadamente como gente civilizada.
Me clavaron tan sañudamente sus miradas que al punto amedrentaron mi ánimo y cosieron mi boca. Temí por mi cabellera. Sobre todo, cuando el más alto vociferó:
—Usted no se entrometa si no quiere salir malparado. ¡Mantenga la boquita cerrada! —advertencia de mal genio seguida de desprecio—: Estos forasteros…
No me quedaba más que deglutir saliva cuando otro mirón salió en mi ayuda.
—Tiene razón este señor, parecen unos salvajes. Las cosas no se arreglan con malos modos. Además, el primero en llegar fue aquel sujeto pelirrojo de bigote.
Señalaba hacia el lado contrario cuando, apenas alzada la mano, fue vapuleado por una pareja de furibundos ganaderos que, sin darle opción a defenderse, lo derribaron de dos contundentes y alternativos puñetazos. Daba lástima ver a aquel pobre hombre.
Unos testigos de tan violento proceder comenzaron a increpar a los agresores; otros, en cambio, posiblemente familiares de éstos, llamaban entrometidos a aquellos. Enseguida se enzarzaron, sumándose pleitistas de carácter y deseosos de juerga recién llegados, tal vez impulsados por el etílico matutino, desembocando en una disparatada pendencia barriobajera de varones. La situación se había extralimitado, desmandado; en lugar de una feria ordinaria había un combate anárquico y risible, sin regla alguna. Incómodo, pretendía irme del enloquecido lugar, pero no podía. Los que no rodaban por el suelo, untados en el fango propiciado por la lluvia, tenían dificultades para mantenerse en pie: se tambaleaban por empellones y puntapiés provenientes de todas las latitudes. Entre quejidos de dolor y blasfemias al cielo, ojos hinchados, caras magulladas, arañazos, narices sangrantes, semblantes indescriptibles, componían un espectáculo tragicómico denigrante. Pensé en la de trabajo que tendría si tuviese que asistirlos a todos. Y mientras reparaba en el número de curas que me habrían de corresponder, para empeorar la escena, oscuras nubes arreciaban su llanto.
***
Muchos yacían como guiñapos y los que se mantenían verticales tampoco tenían el aspecto festivo de poco antes. Todos estaban hechos una piltrafa, incluyéndome a mí: camisas fuera del pantalón, vestiduras desgarradas, botones arrancados, corbatas retorcidas, lentes chafadas, aliñaban el deterioro físico de los implicados, haciendo difícilmente reconocibles a los contendientes. Aparte de mujeres y niños, solamente el personaje descrito parecía al margen de la trulla. Lo vi en ese momento, desde el encharcado y cenagoso suelo a donde me habían enviado, y quedé asombrado de su habilidad para eludir la tropelía. Mi seducida mirada lo fue siguiendo. Se dirigía hacia una plataforma elevada en la que los organizadores instalaran un equipo sonoro destinado a informar al público y que, casualmente, estaba desasistido. Era muy dificultoso acceder desde el exterior, pero él logró llegar allí con suma facilidad.
—¡Atención, señoras y señores! —retumbó entonces por los altavoces ambientales la voz proveniente del hombre atrayente que había visto al principio.
En esos momentos dos miembros de la fuerza pública que intentaban poner orden en aquel maremágnum, viéndose impotentes, se retiraron en busca de refuerzos, sin reparar en la voz amplificada, que prosiguió con tono firme.
—¡Estén atentos a lo que voy a decir! ¡Es de crucial importancia! ¡Escuchen y no se arrepentirán! Estrella, el extraordinario ejemplar que tantos se disputan, será otorgado por reglamentario sorteo esta misma tarde. Así que ¡tengan calma! Váyanse a comer tranquilamente y vuelvan a las cinco en punto. A esa hora habrá de decidir la fortuna, y para ello se asignará un número a cada uno de los interesados.
El propietario callaba, perplejo ante las palabras salidas de aquel pico de oro; el propio, a su lado, vulgar hojalata. Temeroso por el caos, no se atrevía a contradecirlo ni a pronunciar siquiera una palabra de desahogo. Había quedado paralizado y enmudecido, como si le hubiese inyectado una neurotoxina. Acaso fuese por alguna singularidad del desconocido: su finura al comunicar, o el timbre poderoso y cautivador de su voz, o sus gestos seductores, o su hipnotizadora presencia, o el efluvio de sosiego que emanaba de su ser; quizás por el conjunto de sus encantos. No había duda que era distinto de la mayoría de mortales; evidentemente, poseía un don inexplicable, privativo de unos pocos. En cierto modo, era tan singular como la propia Estrella. Y los combatientes se cruzaban las miradas, se encogían de hombros, reconocían el estúpido comportamiento y trataban de mejorar su aspecto, ya abrochándose la camisa, atándose el cinturón o ajustándose las lentes quienes aún las tenían compuestas.
Por su parte, los iniciadores del jaleo, los pretendientes del animal formidable, asintieron con la cabeza aceptando la propuesta de su interlocutor. Menos uno, grueso y rubicundo, que comenzó a sollozar como si hubiese perdido la oportunidad de su vida. Parecía razonable y no hallaban una alternativa. De modo que fueron retirándose feriantes, clientes y mirones, dispuestos a comparecer a la hora prevista.
***
Permanecí un rato en el lugar y pude observar que miembros de la organización conversaban con el espontáneo. No pude oír lo que decían, por el vocerío y la música de ambiente (una ristra de pasodobles grabados en una cinta magnetofónica, que no habían dejado de sonar), pero por los ademanes me percaté de que aceptaban las explicaciones que daba. El dueño de Estrella también parecía sentirse conforme. Cuando éste salía le inquirí sobre el acuerdo y me hizo saber que, fijado un nuevo precio, por supuesto más elevado, se procedería al sorteo. ¡Qué idea tan acertada se le había ocurrido a nuestro personaje!, pensé, y, sobre todo, ¡qué capacidad de persuasión acreditaba!
De forma desmedida, fue más allá mi reflexión... Ciertamente, hay gentes de toda condición, entendimiento y proceder, individuos que sólo miran su ombligo, los más, y seres abiertos al mundo que sienten el dolor ajeno, que muestran empatía, pocos tal vez, pero cada uno válido por ciento de los otros. Yo que me encuentro entre los primeros admiro a éstos; anhelo ser tocado por uno de sus destellos, bendecido por el reflejo de sus miradas, acariciado por alguno de sus plausibles hechos. Reina la codicia, campea el ansia de poder, prima la soberbia y se desestima la austeridad, la candidez y la falta de presunción. ¿Acaso la verdad no se halla en la sencillez, en la humildad, en la comunión con la tierra que nos alberga, en la relación de igualdad con nuestros semejantes? Pero pocos se dirigen a la senda de desinterés y de renuncia. Sólo los valerosos, los corazones más sensibles, los hombres más virtuosos, se entregan sin pretender insustancial beneficio, procurando el bien, ayudando a los demás.
II
Fui puntual a la cita, movido por la curiosidad de saber si la cuestión quedaría resuelta y, especialmente, atraído por aquel hombre singular. Cada uno de los deseosos de adquirir la preciada joya, quince en total, tomó una papeleta contenida en un sobre cerrado, con el número correspondiente. Repartidos los guarismos, se procedería a la extracción de una bola entre todas las de un bombo, como en los sorteos convencionales. De cómo consiguió aquel hombre el artilugio tuve conocimiento más tarde: nuestro personaje hubo de desplazarse hasta la ciudad, a casi cincuenta kilómetros. Ese día nadie reconoció su mérito; allí, cada uno estaba a lo suyo: los ganaderos pendientes de un golpe de azar, el vendedor de coger un buen fajo de billetes, los organizadores de ponerse medallas y los curiosos de asistir a la farándula.
—¡Venga usted aquí, caballero, si es tan amable! —demandó el señor presidente de la organización—. Si hiciera el favor de extraer la bola.
¡Puf! Se refería a mí, que pretendía pasar desapercibido. De nada valía disimular o mostrar signos de extrañeza. Aunque había allí señoras y señoritas con presuntas manos más delicadas e inocentes que las de un servidor, fui yo el elegido. Resignado, acepté la designación, y mi mirada esquiva se posó rauda en una rubia muñeca que me clavó sus ojos verdes y su roja sonrisa. Hice girar el artilugio lúdico y salió el «seis». Pero nadie alzaba la voz ni el brazo para expresar la dicha de ser el agraciado.
—¡Qué extraño! —dijo el máximo responsable.
—¡Alguien tiene que tener el número o yo no me llamo Ramón! —exclamó el vendedor—. No me lo explico, se han repartido todos los números.
La presidencia, sin perder tiempo, decretó entonces que se procedería a extraer otra bola. Obedecí al requerimiento y esta vez salió el «quince», el último de la serie. Inexplicablemente, tampoco se manifestaba el afortunado. «Repetimos: ¡el quince, la niña bonita!, reiteraba, el presidente, al que ya le corría el sudor, pese a la baja temperatura. Pero nadie respondía y, desde el desconcierto, solicitó que cada portador de boleto diera su número de viva voz para la comprobación.
—¡El tres! —gritó el más presto.
—¿Cómo? ¡Si ese lo tengo yo! —replicó el segundo.
—¡Imposible! ¡Ese es mi número! —dijo el tercero de la serie.
Era inaudito. El «tres» lo tenían otros tantos. Dos llevaban el «siete» y otros dos el «once». Cada uno de los ocho jugadores restantes llevaba un número que no coincidía. Y fueron a salir de entrada el «seis» y el «quince», justamente dos números que ninguno portaba. Se miraban unos a otros sin saber qué decir.
La mirada inquisidora del presidente no desveló culpables; ningún miembro de la organización se hacía responsable de las papeletas. Dos niños a quienes nadie prestaba atención reían con malicia, al ritmo del pasodoble de El gato montés, emitido por los altavoces de ambiente. Entonces, por mandato presidencial se extrajeron todas las bolas y... ¡sorpresa! Había quince unidades, pero ahora los números seis y quince se repetían, y el dos y el ocho no figuraban. «Esto parece obra de encantamiento, algo sobrenatural, acto de hechicería», se decía Ramón, el propietario de Estrella. Otra mirada de la máxima autoridad ferial interrogaba al resto de organizadores, sin necesidad de pronunciar lo que anunciaba su crispado pensamiento: «¿Por qué no se comprobaron las bolas?». En tanto, los dos pilluelos decidieron irse a jugar a otra parte.
—¡Esto es una provocación! —prorrumpió, exasperado, un aspirante.
—Tiene razón este hombre –convino otro con voz ronca y ojos afilados—. ¡Nos están tomando el pelo! Y de ninguna manera lo debemos consentir.
—Lo mismo digo —apuntó un tercero con voz aflautada—. Si no quieren vender el animal que no jueguen con nosotros, que ya somos mayorcitos.
***
Casi todos los presentes mostraban su indignación, en particular los quince que se creían burlados. Se había acabado su paciencia. Perdidos los papeles, los que se sentían vilipendiados avanzaban hacia el estrado de los organizadores en actitud hosca y con ánimo vengativo, inequívoca animadversión en los ojos y los músculos contraídos, dispuestos a descargar la energía acumulada. Y cuando ya se temía lo peor, reapareció oportunamente en escena el ángel guardián de los impacientes.
—¡Tranquilidad! Nuevamente les ruego que se calmen. Resolveremos esta cuestión de modo que todos salgan beneficiados. Todos, sin excepción.
Se hizo un silencio general, cortante, un escalofriante silencio de los que sólo se logra en los momentos de máxima expectación o en señal de respeto. Duró muy poco. El dueño de la fantástica vaca, que no salía de su asombro, acabó por romperlo.
—¿Todos beneficiados? ¿De qué modo?
—Propongo una solución que habrá de satisfacer a estos quince señores —los treinta ojos de los aludidos se clavaban en la refulgente diana—: Estrella será vendida a todos, pagando cada uno su parte alícuota. Se harán cargo de ella de modo rotativo, durante el tiempo que estimen oportuno, y los beneficios de la producción se repartirán proporcionalmente. Así se garantizará que cada cual muestre celo en los cuidados de ese maravilloso ejemplar —aquí, el público dirigió una mirada de admiración a la vaca como si de una verdadera estrella de cine se tratase—. Me parece lo más conveniente, la única forma de evitar recelos y de alcanzar el universal contento.
Ramón seguía atónito, pero enseguida hizo ademanes de afirmación. Los ganaderos discutían; no parecían muy conformes. Cada candidato pretendía todo o nada, aspiraba a un pingüe beneficio y no a una fracción miserable de las ganancias que pudiese deparar la lechera. Se repetía el dicho de que «vaca de muchos, bien ordeñada y mal mantenida». El orador, que no perdía detalle de lo que acontecía leyendo en los distantes labios, prosiguió su discurso, convencido de lograr una avenencia.
—Piensen, señores, que si hay pérdidas también serán repartidas y, por lo tanto, menos dolorosas. En caso de que el animal enfermase, ¡Dios no lo quiera!, el perjuicio habrá de sobrellevarse mejor. Considero que es la postura más inteligente, tratándose de un ejemplar tan peculiar… —a la pausa retórica, los lugareños, que escuchaban con mucha atención, respondían en silencio con expresiones reveladoras de escasa inteligencia—. No le den vueltas, ¡acójanse a mi sugerencia! Es lo mejor.
Ante los argumentos que les brindaba, con un discurso casi mesiánico, los ganaderos decidieron finalmente avenirse a razones; aceptaron la propuesta, no sin la comprensible desconfianza de una comunidad desengañada. Zanjada la peliaguda situación, las gentes fueron abandonando el lugar comentando lo acaecido; tenían tema para unos días. Los copartícipes del negocio brindaban con vino añejo, ya más distendidos y sonrientes, casi dichosos. La junta presidencial se retiraba con aire mayestático y fatuidad en los rostros. Pasó coqueta la rubia de ojos verdes y roja sonrisa, dejando un aromático rastro en el entorno maloliente y alcanzándome con su bello destello. Y nuestro gran hombre, rezagado y ausente, recogía los bártulos, privado del más nimio gesto de reconocimiento, viendo la espalda de la ingratitud.
***
Me aproximé a él vacilante y le manifesté mi adhesión más sincera.
—Permítame que me presente: mi nombre es Saladino Barreiros. He de decirle que lo que ha hecho tiene un enorme mérito, amigo. Le felicito sinceramente.
—¡Mucho gusto, Saladino! A mí me llaman Tony, Tony Rial... Alguien tenía que hacer frente a la situación y hoy me ha tocado a mí. No le doy más importancia. Es de esperar que mañana sean otros los que me alumbren a mí en la oscuridad.
—No sea tan modesto, Tony; es un valiente. Hay que tener gran fortaleza de espíritu para encararse a estos patanes. Si lo sabré yo, que conozco bien la psicología de este paisanaje, y los culos de muchos de Pontelia que han pasado por el hospital de Vizana. Es que soy practicante, no vaya a pensar otra cosa. Y digo más: me parece…, me parece usted un individuo verdaderamente excepcional –al decir esto, Rial no disimulaba su turbación, y, por un momento, vi empequeñecido a aquél que ante la multitud se agigantara–. Pero dígame, ¿por qué se ha aventurado y qué provecho ha sacado?
—Lo hice porque lo creía un deber, sin más; no me ha movido el ansia de notoriedad ni de exhibicionismo. Y de provecho… —sin muestras de ofenderse, marcó una pausa reflexiva y continuó resueltamente—. De provecho, la satisfacción de haber resuelto un desaguisado o, ¡quién sabe!, evitado un desastre. ¿No le parece suficiente?
—Desde luego que sí, Tony, pero… ¿en lo material? Ha podido comprobar que aquí todos buscaban un beneficio. Nadie venía a pasar el rato o hacer obras de caridad.
—No formo parte de la organización, aunque seguro que alguno lo habrá pensado, ni voy a percibir mercedes por la transacción. Soy un vulgar maestro de escuela que en estos momentos no tiene alumnos ni destino, abocado a un retiro adelantado. Antes era don Antonio; ahora... ya no estoy seguro de nada. Lo único que le puedo asegurar es que las dificultades y las injusticias me espolean de tal modo que soy incapaz de permanecer parado e impasible ante ellas. ¡Ya ve qué paradoja! Pero a mí con ser útil me basta, y una sonrisa me paga –dijo con un semblante sonriente.
Pues esta vez ni eso, me lamentaba. No podía entender que lo privasen de la docencia, siendo un comunicador nato, lleno de vigor y entusiasmo. Me sentía incómodo, asqueado del mundo, avergonzado de los demás, y de mí mismo. Apestaba el ambiente y convenía sahumarlo. Abracé su humanidad y creí simbolizar el multitudinario agradecimiento que, indudablemente, merecía. En mi pecho golpeaba la emoción. Y al estrechar su mano, fuerte y tierna, se ruborizó mi espíritu, tan falto del calor y enjundia rebosantes en aquel tipo admirable. Recuerdo su despedida: «¡Nunca desista, joven! Quien lucha por lo que cree justo jamás pierde, aunque los demás no lo valoren o simplemente no lo comprendan». Desde entonces, pienso en Tony Rial, en don Antonio, cada vez que flaqueo. Lo tengo, por un símbolo de honestidad y entereza, por un don Quijote redivivo. Si al escuchar la música vigorizante del divino Mozart me cargo de energía y me lleno de gozo, al evocar el verbo alentador del memorable maestro (por encima de aquellos pasodobles) me torno bizarro y sonriente.