sábado, 11 de abril de 2026

Un tipo admirable


[Relato]

I

Un día de primavera, tormentoso y lóbrego, conocí a un verdadero superhombre. Fue en Pontelia, un pueblo no muy distante de Vizana, la ciudad donde vivo y trabajo. No se diferenciaba de los vulgares por su apariencia, por lo que, en un principio, no fui atraído por su aura vital. Imaginemos un gran recinto ferial plagado de tenderetes: puestos de ropa, de bisutería, de alimentación, de flores, de aperos de labranza, de objetos decorativos, etc., con sus respectivos vendedores, y un ambiente de algarabía contrastando con un cielo gris y amenazante. En ese ámbito, un tratante de ganado recababa el interés de los viandantes, con eficaz estilo de charlatán, indocto pero ilustrado por la vida, para que observasen un ejemplar de vacuno de impresionante estampa, único, según él, en toda la comarca, quizás en todo el país, y garantizando una producción de leche sin parangón. Prestaba yo atención, embelesado ante la contemplación del animal, entre el gentío que se apretujaba contra el vallado que resguardaba el raro ejemplar y una veintena de reses más. Y allí se encontraba aquel hombre, en el margen izquierdo, a gran distancia de mi posición, esbelto, edad indefinida, barba bien arreglada, aspecto respetable, de intelectual, boina que no menoscababa su elegancia, traje claro, mostrando similar asombro. 

—¡Señoras y señores, admiren a la increíble Estrella! —proclamaba el feriante con poderosa voz trabajada al aire libre—. Es la vaca más grande y hermosa que pueda verse hoy, y acaso nunca. Y la más rentable para el sensato que decida quedársela. 

Su capacidad de seducción estaba fuera de duda. Inmediatamente, varios ganaderos se la disputaban, atraídos por las cualidades de la voluminosa lechera y por un precio de venta que, al decir de los entendidos que me rodeaban, era razonable. El mismo tratante, enrojecido como un comanche, parecía abrumado por la cantidad de potenciales compradores que le inquirían y reclamaban su derecho, considerándose los primeros, cada cual, por su parte, en intención de cerrar el trato. Discutían acaloradamente y los ánimos se encrespaban con rapidez entre más de una docena de aspirantes, hasta el punto de que, sumidos en una trifulca, dos llegaron literalmente a las manos después de increparse airadamente y lanzar al viento vergonzantes exabruptos.

—¡Tranquilícense! —se me ocurrió intervenir para apaciguar los ánimos de los litigantes—. Traten de entenderse educadamente como gente civilizada.

Me clavaron tan sañudamente sus miradas que al punto amedrentaron mi ánimo y cosieron mi boca. Temí por mi cabellera. Sobre todo, cuando el más alto vociferó:

—Usted no se entrometa si no quiere salir malparado. ¡Mantenga la boquita cerrada! —advertencia de mal genio seguida de desprecio—: Estos forasteros… 

No me quedaba más que deglutir saliva cuando otro mirón salió en mi ayuda.

—Tiene razón este señor, parecen unos salvajes. Las cosas no se arreglan con malos modos. Además, el primero en llegar fue aquel sujeto pelirrojo de bigote. 

Señalaba hacia el lado contrario cuando, apenas alzada la mano, fue vapuleado por una pareja de furibundos ganaderos que, sin darle opción a defenderse, lo derribaron de dos contundentes y alternativos puñetazos. Daba lástima ver a aquel pobre hombre.

Unos testigos de tan violento proceder comenzaron a increpar a los agresores; otros, en cambio, posiblemente familiares de éstos, llamaban entrometidos a aquellos. Enseguida se enzarzaron, sumándose pleitistas de carácter y deseosos de juerga recién llegados, tal vez impulsados por el etílico matutino, desembocando en una disparatada pendencia barriobajera de varones. La situación se había extralimitado, desmandado; en lugar de una feria ordinaria había un combate anárquico y risible, sin regla alguna. Incómodo, pretendía irme del enloquecido lugar, pero no podía. Los que no rodaban por el suelo, untados en el fango propiciado por la lluvia, tenían dificultades para mantenerse en pie: se tambaleaban por empellones y puntapiés provenientes de todas las latitudes. Entre quejidos de dolor y blasfemias al cielo, ojos hinchados, caras magulladas, arañazos, narices sangrantes, semblantes indescriptibles, componían un espectáculo tragicómico denigrante. Pensé en la de trabajo que tendría si tuviese que asistirlos a todos. Y mientras reparaba en el número de curas que me habrían de corresponder, para empeorar la escena, oscuras nubes arreciaban su llanto. 

***
Muchos yacían como guiñapos y los que se mantenían verticales tampoco tenían el aspecto festivo de poco antes. Todos estaban hechos una piltrafa, incluyéndome a mí: camisas fuera del pantalón, vestiduras desgarradas, botones arrancados, corbatas retorcidas, lentes chafadas, aliñaban el deterioro físico de los implicados, haciendo difícilmente reconocibles a los contendientes. Aparte de mujeres y niños, solamente el personaje descrito parecía al margen de la trulla. Lo vi en ese momento, desde el encharcado y cenagoso suelo a donde me habían enviado, y quedé asombrado de su habilidad para eludir la tropelía. Mi seducida mirada lo fue siguiendo. Se dirigía hacia una plataforma elevada en la que los organizadores instalaran un equipo sonoro destinado a informar al público y que, casualmente, estaba desasistido. Era muy dificultoso acceder desde el exterior, pero él logró llegar allí con suma facilidad. 

—¡Atención, señoras y señores! —retumbó entonces por los altavoces ambientales la voz proveniente del hombre atrayente que había visto al principio.

En esos momentos dos miembros de la fuerza pública que intentaban poner orden en aquel maremágnum, viéndose impotentes, se retiraron en busca de refuerzos, sin reparar en la voz amplificada, que prosiguió con tono firme.

—¡Estén atentos a lo que voy a decir! ¡Es de crucial importancia! ¡Escuchen y no se arrepentirán! Estrella, el extraordinario ejemplar que tantos se disputan, será otorgado por reglamentario sorteo esta misma tarde. Así que ¡tengan calma! Váyanse a comer tranquilamente y vuelvan a las cinco en punto. A esa hora habrá de decidir la fortuna, y para ello se asignará un número a cada uno de los interesados.

El propietario callaba, perplejo ante las palabras salidas de aquel pico de oro; el propio, a su lado, vulgar hojalata. Temeroso por el caos, no se atrevía a contradecirlo ni a pronunciar siquiera una palabra de desahogo. Había quedado paralizado y enmudecido, como si le hubiese inyectado una neurotoxina. Acaso fuese por alguna singularidad del desconocido: su finura al comunicar, o el timbre poderoso y cautivador de su voz, o sus gestos seductores, o su hipnotizadora presencia, o el efluvio de sosiego que emanaba de su ser; quizás por el conjunto de sus encantos. No había duda que era distinto de la mayoría de mortales; evidentemente, poseía un don inexplicable, privativo de unos pocos. En cierto modo, era tan singular como la propia Estrella. Y los combatientes se cruzaban las miradas, se encogían de hombros, reconocían el estúpido comportamiento y trataban de mejorar su aspecto, ya abrochándose la camisa, atándose el cinturón o ajustándose las lentes quienes aún las tenían compuestas. 

Por su parte, los iniciadores del jaleo, los pretendientes del animal formidable, asintieron con la cabeza aceptando la propuesta de su interlocutor. Menos uno, grueso y rubicundo, que comenzó a sollozar como si hubiese perdido la oportunidad de su vida. Parecía razonable y no hallaban una alternativa. De modo que fueron retirándose feriantes, clientes y mirones, dispuestos a comparecer a la hora prevista.

***
Permanecí un rato en el lugar y pude observar que miembros de la organización conversaban con el espontáneo. No pude oír lo que decían, por el vocerío y la música de ambiente (una ristra de pasodobles grabados en una cinta magnetofónica, que no habían dejado de sonar), pero por los ademanes me percaté de que aceptaban las explicaciones que daba. El dueño de Estrella también parecía sentirse conforme. Cuando éste salía le inquirí sobre el acuerdo y me hizo saber que, fijado un nuevo precio, por supuesto más elevado, se procedería al sorteo. ¡Qué idea tan acertada se le había ocurrido a nuestro personaje!, pensé, y, sobre todo, ¡qué capacidad de persuasión acreditaba! 

De forma desmedida, fue más allá mi reflexión... Ciertamente, hay gentes de toda condición, entendimiento y proceder, individuos que sólo miran su ombligo, los más, y seres abiertos al mundo que sienten el dolor ajeno, que muestran empatía, pocos tal vez, pero cada uno válido por ciento de los otros. Yo que me encuentro entre los primeros admiro a éstos; anhelo ser tocado por uno de sus destellos, bendecido por el reflejo de sus miradas, acariciado por alguno de sus plausibles hechos. Reina la codicia, campea el ansia de poder, prima la soberbia y se desestima la austeridad, la candidez y la falta de presunción. ¿Acaso la verdad no se halla en la sencillez, en la humildad, en la comunión con la tierra que nos alberga, en la relación de igualdad con nuestros semejantes? Pero pocos se dirigen a la senda de desinterés y de renuncia. Sólo los valerosos, los corazones más sensibles, los hombres más virtuosos, se entregan sin pretender insustancial beneficio, procurando el bien, ayudando a los demás.


II
Fui puntual a la cita, movido por la curiosidad de saber si la cuestión quedaría resuelta y, especialmente, atraído por aquel hombre singular. Cada uno de los deseosos de adquirir la preciada joya, quince en total, tomó una papeleta contenida en un sobre cerrado, con el número correspondiente. Repartidos los guarismos, se procedería a la extracción de una bola entre todas las de un bombo, como en los sorteos convencionales. De cómo consiguió aquel hombre el artilugio tuve conocimiento más tarde: nuestro personaje hubo de desplazarse hasta la ciudad, a casi cincuenta kilómetros. Ese día nadie reconoció su mérito; allí, cada uno estaba a lo suyo: los ganaderos pendientes de un golpe de azar, el vendedor de coger un buen fajo de billetes, los organizadores de ponerse medallas y los curiosos de asistir a la farándula.

—¡Venga usted aquí, caballero, si es tan amable! —demandó el señor presidente de la organización—. Si hiciera el favor de extraer la bola.

¡Puf! Se refería a mí, que pretendía pasar desapercibido. De nada valía disimular o mostrar signos de extrañeza. Aunque había allí señoras y señoritas con presuntas manos más delicadas e inocentes que las de un servidor, fui yo el elegido. Resignado, acepté la designación, y mi mirada esquiva se posó rauda en una rubia muñeca que me clavó sus ojos verdes y su roja sonrisa. Hice girar el artilugio lúdico y salió el «seis». Pero nadie alzaba la voz ni el brazo para expresar la dicha de ser el agraciado.

—¡Qué extraño! —dijo el máximo responsable.

—¡Alguien tiene que tener el número o yo no me llamo Ramón! —exclamó el vendedor—. No me lo explico, se han repartido todos los números.

La presidencia, sin perder tiempo, decretó entonces que se procedería a extraer otra bola. Obedecí al requerimiento y esta vez salió el «quince», el último de la serie. Inexplicablemente, tampoco se manifestaba el afortunado. «Repetimos: ¡el quince, la niña bonita!, reiteraba, el presidente, al que ya le corría el sudor, pese a la baja temperatura. Pero nadie respondía y, desde el desconcierto, solicitó que cada portador de boleto diera su número de viva voz para la comprobación. 

—¡El tres! —gritó el más presto.

—¿Cómo? ¡Si ese lo tengo yo! —replicó el segundo.

—¡Imposible! ¡Ese es mi número! —dijo el tercero de la serie.

Era inaudito. El «tres» lo tenían otros tantos. Dos llevaban el «siete» y otros dos el «once». Cada uno de los ocho jugadores restantes llevaba un número que no coincidía. Y fueron a salir de entrada el «seis» y el «quince», justamente dos números que ninguno portaba. Se miraban unos a otros sin saber qué decir.

La mirada inquisidora del presidente no desveló culpables; ningún miembro de la organización se hacía responsable de las papeletas. Dos niños a quienes nadie prestaba atención reían con malicia, al ritmo del pasodoble de El gato montés, emitido por los altavoces de ambiente. Entonces, por mandato presidencial se extrajeron todas las bolas y... ¡sorpresa! Había quince unidades, pero ahora los números seis y quince se repetían, y el dos y el ocho no figuraban. «Esto parece obra de encantamiento, algo sobrenatural, acto de hechicería», se decía Ramón, el propietario de Estrella. Otra mirada de la máxima autoridad ferial interrogaba al resto de organizadores, sin necesidad de pronunciar lo que anunciaba su crispado pensamiento: «¿Por qué no se comprobaron las bolas?». En tanto, los dos pilluelos decidieron irse a jugar a otra parte.

—¡Esto es una provocación! —prorrumpió, exasperado, un aspirante.

—Tiene razón este hombre –convino otro con voz ronca y ojos afilados—. ¡Nos están tomando el pelo! Y de ninguna manera lo debemos consentir.

—Lo mismo digo —apuntó un tercero con voz aflautada—. Si no quieren vender el animal que no jueguen con nosotros, que ya somos mayorcitos.

***
Casi todos los presentes mostraban su indignación, en particular los quince que se creían burlados. Se había acabado su paciencia. Perdidos los papeles, los que se sentían vilipendiados avanzaban hacia el estrado de los organizadores en actitud hosca y con ánimo vengativo, inequívoca animadversión en los ojos y los músculos contraídos, dispuestos a descargar la energía acumulada. Y cuando ya se temía lo peor, reapareció oportunamente en escena el ángel guardián de los impacientes.

—¡Tranquilidad! Nuevamente les ruego que se calmen. Resolveremos esta cuestión de modo que todos salgan beneficiados. Todos, sin excepción.

Se hizo un silencio general, cortante, un escalofriante silencio de los que sólo se logra en los momentos de máxima expectación o en señal de respeto. Duró muy poco. El dueño de la fantástica vaca, que no salía de su asombro, acabó por romperlo.

—¿Todos beneficiados? ¿De qué modo?

—Propongo una solución que habrá de satisfacer a estos quince señores —los treinta ojos de los aludidos se clavaban en la refulgente diana—: Estrella será vendida a todos, pagando cada uno su parte alícuota. Se harán cargo de ella de modo rotativo, durante el tiempo que estimen oportuno, y los beneficios de la producción se repartirán proporcionalmente. Así se garantizará que cada cual muestre celo en los cuidados de ese maravilloso ejemplar —aquí, el público dirigió una mirada de admiración a la vaca como si de una verdadera estrella de cine se tratase—. Me parece lo más conveniente, la única forma de evitar recelos y de alcanzar el universal contento. 

Ramón seguía atónito, pero enseguida hizo ademanes de afirmación. Los ganaderos discutían; no parecían muy conformes. Cada candidato pretendía todo o nada, aspiraba a un pingüe beneficio y no a una fracción miserable de las ganancias que pudiese deparar la lechera. Se repetía el dicho de que «vaca de muchos, bien ordeñada y mal mantenida». El orador, que no perdía detalle de lo que acontecía leyendo en los distantes labios, prosiguió su discurso, convencido de lograr una avenencia.

—Piensen, señores, que si hay pérdidas también serán repartidas y, por lo tanto, menos dolorosas. En caso de que el animal enfermase, ¡Dios no lo quiera!, el perjuicio habrá de sobrellevarse mejor. Considero que es la postura más inteligente, tratándose de un ejemplar tan peculiar… —a la pausa retórica, los lugareños, que escuchaban con mucha atención, respondían en silencio con expresiones reveladoras de escasa inteligencia—. No le den vueltas, ¡acójanse a mi sugerencia! Es lo mejor.

Ante los argumentos que les brindaba, con un discurso casi mesiánico, los ganaderos decidieron finalmente avenirse a razones; aceptaron la propuesta, no sin la comprensible desconfianza de una comunidad desengañada. Zanjada la peliaguda situación, las gentes fueron abandonando el lugar comentando lo acaecido; tenían tema para unos días. Los copartícipes del negocio brindaban con vino añejo, ya más distendidos y sonrientes, casi dichosos. La junta presidencial se retiraba con aire mayestático y fatuidad en los rostros. Pasó coqueta la rubia de ojos verdes y roja sonrisa, dejando un aromático rastro en el entorno maloliente y alcanzándome con su bello destello. Y nuestro gran hombre, rezagado y ausente, recogía los bártulos, privado del más nimio gesto de reconocimiento, viendo la espalda de la ingratitud. 

***
Me aproximé a él vacilante y le manifesté mi adhesión más sincera.

—Permítame que me presente: mi nombre es Saladino Barreiros. He de decirle que lo que ha hecho tiene un enorme mérito, amigo. Le felicito sinceramente.

—¡Mucho gusto, Saladino! A mí me llaman Tony, Tony Rial... Alguien tenía que hacer frente a la situación y hoy me ha tocado a mí. No le doy más importancia. Es de esperar que mañana sean otros los que me alumbren a mí en la oscuridad. 

—No sea tan modesto, Tony; es un valiente. Hay que tener gran fortaleza de espíritu para encararse a estos patanes. Si lo sabré yo, que conozco bien la psicología de este paisanaje, y los culos de muchos de Pontelia que han pasado por el hospital de Vizana. Es que soy practicante, no vaya a pensar otra cosa. Y digo más: me parece…, me parece usted un individuo verdaderamente excepcional –al decir esto, Rial no disimulaba su turbación, y, por un momento, vi empequeñecido a aquél que ante la multitud se agigantara–. Pero dígame, ¿por qué se ha aventurado y qué provecho ha sacado?

—Lo hice porque lo creía un deber, sin más; no me ha movido el ansia de notoriedad ni de exhibicionismo. Y de provecho… —sin muestras de ofenderse, marcó una pausa reflexiva y continuó resueltamente—. De provecho, la satisfacción de haber resuelto un desaguisado o, ¡quién sabe!, evitado un desastre. ¿No le parece suficiente?

—Desde luego que sí, Tony, pero… ¿en lo material? Ha podido comprobar que aquí todos buscaban un beneficio. Nadie venía a pasar el rato o hacer obras de caridad.

—No formo parte de la organización, aunque seguro que alguno lo habrá pensado, ni voy a percibir mercedes por la transacción. Soy un vulgar maestro de escuela que en estos momentos no tiene alumnos ni destino, abocado a un retiro adelantado. Antes era don Antonio; ahora... ya no estoy seguro de nada. Lo único que le puedo asegurar es que las dificultades y las injusticias me espolean de tal modo que soy incapaz de permanecer parado e impasible ante ellas. ¡Ya ve qué paradoja! Pero a mí con ser útil me basta, y una sonrisa me paga –dijo con un semblante sonriente.

Pues esta vez ni eso, me lamentaba. No podía entender que lo privasen de la docencia, siendo un comunicador nato, lleno de vigor y entusiasmo. Me sentía incómodo, asqueado del mundo, avergonzado de los demás, y de mí mismo. Apestaba el ambiente y convenía sahumarlo. Abracé su humanidad y creí simbolizar el multitudinario agradecimiento que, indudablemente, merecía. En mi pecho golpeaba la emoción. Y al estrechar su mano, fuerte y tierna, se ruborizó mi espíritu, tan falto del calor y enjundia rebosantes en aquel tipo admirable. Recuerdo su despedida: «¡Nunca desista, joven! Quien lucha por lo que cree justo jamás pierde, aunque los demás no lo valoren o simplemente no lo comprendan». Desde entonces, pienso en Tony Rial, en don Antonio, cada vez que flaqueo. Lo tengo, por un símbolo de honestidad y entereza, por un don Quijote redivivo. Si al escuchar la música vigorizante del divino Mozart me cargo de energía y me lleno de gozo, al evocar el verbo alentador del memorable maestro (por encima de aquellos pasodobles) me torno bizarro y sonriente.

[1994, abr.]

Sonata n.º 8 ‘Patética’: Rondó Allegro, Beethoven

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