sábado, 2 de mayo de 2026

Ruptura doble


[Relato]

Cerró la puerta con inusitado ímpetu, y el estruendo dejado tras de sí seguía retumbando en sus oídos. Cruzaba la calle con paso apurado y rostro abotargado, colérico, mascullando exabruptos y dispuesto a poner fin a su relación con Berta. Nueve años de convivencia heterogénea, pasables los tres primeros, infaustos y mortificadores los restantes. «No seguiré ni un día más a su lado. ¡Ya está bien! Se ha colmado el vaso. Mañana mismo iniciaré los trámites de divorcio…», eran sus expresiones menos atroces, casi ligeras y por eso audibles. Los pensamientos de Ramiro Vasio convergían en una firme decisión, irreversible: romper el absurdo vínculo que mantenía con su esposa. Quebrado el amor, el odio campeaba. Si de la atracción a la aversión hay sólo un paso, de la vida en grata compañía a la soledad más espantosa el espacio temporal es nimio. Pero siendo elección libre, Ramiro se oponía al desaliento y al drama, diciéndose con aparente entereza que mejor solo que en mala compañía. 

Y al día siguiente, con premeditación veloz, maletas presurosas y un cargamento de inquietud, el esposo desencantado partía para su pueblo natal, dejando los trámites correspondientes para mejor ocasión, para cuando pudiese pensar con frialdad. Abandonaba familia, amigos y trabajo (en realidad éste no exactamente), dispuesto más bien a desligarse de un sin vivir que a comenzar una nueva vida. No porque hubiese por medio alguna buena mujer –o una mala hembra engañosamente bienintencionada–, como pudiera presuponerse, sino por no hallar en la oficialmente suya lo que buscaba desde hacía años con ingenuidad de adolescente inveterado. Como orgulloso macho, no sólo estaba seguro de que no recibía las atenciones y el cariño de los que, inmodesto, se consideraba merecedor, sino que, por encima, se creía víctima de dejadez e incluso de afrentas por parte de Berta. «¡Qué diferente cuando la conocí! No hay rastro de lo que era. Lo que fue narciso, hoy es cardo. Le he dado lo que ningún hombre podrá darle. Y mi amor sincero con desprecio lo ha pagado», se torturaba con su propia adulación. 

En aquel inicio de primavera, casi doce años atrás, su aparente fragilidad, su donaire y, sobre todo, su fresca sonrisa, cautivaron su corazón noble y por entonces humilde. Nada comparable al resplandor de sus ojos garzos sobre esa fuente de luz destellante. Los reunió el azar, y al hablarle fue correspondido por la dulzura de una voz melodiosa y cristalina que lo encandiló al momento. Entonces, ¡qué suave en el decir! Ahora estaba en la antípoda: estentórea y opaca, un rodillo de púas girando dentro de un pozo negro; más que hacer uso de un lenguaje comunicador ajustado a las reglas de la cortesía, emitía gruñidos y vomitaba reptiles nauseabundos. Venida más que a menos, relegada a las cavernas por una personalidad distorsionada. Todo a tenor, claro, de las apreciaciones subjetivas de Ramiro, cansado, dolido, impaciente, ahíto, infausto, mohíno, quejumbroso... y, pese a todo, quizás enamorado todavía de Berta.

–¡Me marcho!... 

–¡No vuelvas!... (¡Pum!) 

Él amenazante, ella orgullosa… y el portazo.

En su cabeza seguía retumbando el golpe de la madera habitualmente maltratada, después de rotar bruscamente en sus goznes, en tanto el autocar lo iba alejando felizmente de lo que aborrecía. Con rumbo fijo, y unas ocho horas de rodadura por delante, visionaba con detalle lo pasado... 

***
–¡Perdón caballero! Está cargando su cuerpo sobre el mío –le advirtió el viajero que estaba a su vera, en el asiento del pasillo. 

–¿Qué?... ¡Cuánto lo siento! Me estaba adormeciendo. No he pegado ojo en toda la noche ¿sabe usted? –se disculpó Ramiro parpadeando por el fulgurante colorido que percibía a través de la ventanilla. Unos pastizales enmarcaban una laguna azul y plata donde se reflejaban amorosas escenas engullidas por el tiempo inmisericorde.

–Pues no, no, ¿cómo lo voy a saber? Yo he dormido esta noche a pierna suelta, pero de cómo la ha pasado usted no tengo ni idea.

–¡Perdóneme! Soy un estúpido –se desperezó discretamente y dispuso su mente en actitud de confesión, liberada e ingenua–. La cuestión es que tuve una discusión con mi mujer. Mejor dicho, una batalla decisiva en una guerra interminable. 

El vecino echó una rauda mirada al exterior, como descargando su sorpresa y sopesando las palabras de Ramiro. Tenía un engañoso aspecto de hombre serio, de ser un tipo reflexivo y taciturno. Se atusó el negro y afilado bigote, casi daliniano, y enseguida dio muestras de su caluroso espíritu y de su verbo fácil.

–Hombre, las discusiones de pareja se dan a menudo. Todos tenemos enfrentamientos, alguna que otra vez. Sin ir más lejos, la semana pasada mi esposa y yo nos peleamos por la compra de un sofá... –la desenfrenada lengua daba fe de su extroversión con este preludio íntimo. Para corroborar la sospecha, escuchemos lo que siguió hilvanando–. Yo tenía decidido el modelo, y Marta estaba de acuerdo conmigo. ¡Qué sorpresa cuando llego a casa y compruebo que habían traído uno diferente! Era horripilante. Como casi siempre, se había entrometido la foca de mi suegra. ¿Qué digo?, es algo así como una mezcla de hipopótamo y ornitorrinco, de jabalí africano y sapo común, de cachalote y erizo espinoso. ¿Se hace a la idea? Esa pécora supo influir, como de costumbre, sobre su apocada hija. ¡Ay!, pero de ninguna manera lo iba a consentir; si usted me conociera... Al final me salí con la mía y el sofá retornó a su expositor. En su lugar está el que elegimos en un principio. ¡Faltaría más! Un hombre debe dejar claro cuál es su lugar y hacerse respetar. ¿No le parece, amigo, que obré en consecuencia? 

El rostro ancho y afable de su interlocutor, que contrastaba con la desabrida delgadez del suyo, le daba confianza a Ramiro, que seguía un tanto apagado, dominado por un cansancio más espiritual que físico. Tardó un poco en reaccionar. Entonces, asiéndose al interrogante del otro, habló largo y tendido. 

–Sí... sí... Yo no tengo una suegra entrometida. Por suerte vive a más de tres mil kilómetros. Y mi madre, con la que voy a encontrarme en Balobia, es el símbolo de la discreción. No, lo nuestro no es una simple confrontación estética. Es algo más importante. Tan grave que he decidido abandonar el hogar conyugal. Verá… –se despegó un poco del respaldo del asiento para hablar con más comodidad–. Nuestras disputas no son las de un matrimonio normal. Nuestra relación es un perpetuo desacuerdo, un tormento insufrible. Llevamos aguantándonos nueve años. Poco o mucho, según se vea, de relación marital; en mi caso, una mortificadora eternidad. Bueno, si he de ser justo debo decirle que los tres primeros podría calificarlos de aceptables; durante ese tiempo fuimos... no sé si felices, pero al menos su compañía me era agradable. Después, un infierno. Un verdadero infierno el que he vivido a su lado.

En este punto, el otro se sobresaltó, como si se percatase de que un vehículo viniese de frente a colisionar con el autobús o hubiese tenido una visión terrorífica de quitar el hipo. Acaso por escuchar la palabra llameante. El ánimo de Ramiro estaba tan afectado que desahogaría sus desdichas con cualquiera, y lo estaba haciendo sin reticencias con un desconocido, el cual se mostraba receptivo ante las liberadoras confesiones, e interesado –acaso morbosamente– por saber más de la vida de Vasio.

–¿No han tenido hijos? –inquirió el compañero de viaje. 

El marido insatisfecho permaneció unos instantes ensimismado, sin responder, con la mirada perdida en los campos y en el río que los atravesaba, con la cabeza apoyada en la ventanilla; unos críos combatían en el agua la tórrida temperatura que anunciaba el inminente estío. Imágenes dulces y agrias se mezclaban en la mente de Ramiro Vasio. El otro, le repitió la pregunta, y el cónyuge huido salió del semiletargo.  

–Tenemos un hijo, Carlos, que el mes próximo cumplirá ocho años. Está interno en un colegio de las afueras de Vizana. ¡No me mire con extrañeza! No es crueldad, es lo mejor para su formación, apartado de las disputas paternas. ¡Menos mal que sólo hemos tenido este hijo! Lo quiero y lo echo mucho de menos... 

Los ojos de Ramiro se humedecieron y el acompañante se dio cuenta. Éste, a punto de contagiarse, le dio una palmadita de consuelo; fue suficiente para que Ramiro recuperase la entereza y pudiese continuar su sentida declaración. 

–Soy un mal padre, lo reconozco; pero mi mujer tampoco está preparada para asumir las normas de comportamiento que delimitan la condición de madre. Antes de internar al niño, se mostraba tan brusca con él como conmigo. Es demasiado temperamental. Es una competente auxiliar de enfermería, pero en casa pierde la paciencia… ¡Oh Dios!, nunca llegué a comprender por qué cambió tan de repente. Aunque dicen que traemos el modo de ser en los genes, yo he sido testigo de una transmutación. O tal vez fue siempre así su carácter y no me he dado cuenta.

El compañero de viaje buscó rápidamente argumentos afectivos.

–A nosotros el enamoramiento nos ciega tanto que no vemos los defectos de las féminas. Ellas nos pierden… Son el mayor misterio que hay bajo los cielos; bajo una apariencia divina pueden encerrar una esencia brujesca. Imposible conocerlas. ¡Y que no me oiga ninguna feminista o me descalabra! Pienso que la liberación de la mujer ha hecho cambiar los papeles tradicionales y en la actualidad son ellas las que ordenan. No se les puede llevar la contraria o te levantan la voz, incluso la mano. Y, además, lo que más me fastidia es que disfrutan humillándote delante de cualquiera. 

Ramiro dejó claro varias cosas. Que él no estaba en contra de la emancipación femenina, ni sentía un impulso hominista, y que colaboraba en las tareas del hogar, sin disgusto. Que había que tener en cuenta que ambos trabajaban, Berta en un hospital de Vizana (ya le había hecho saber que era auxiliar de enfermería) y él en una gestoría; aunque su oficina acababa de cerrar las puertas y estaba percibiendo el subsidio oficial (le quedaban unos meses para que también se cerrase el grifo de la ayuda legítima). Y que jamás su brusquedad lo habría de llevar a reaccionar de manera brutal. 

Después de estas explicaciones remachó drásticamente:

–No, no soy de los que pretenden que la mujer se pliegue a los mandatos del marido, un machista retrógrado, por decirlo llanamente. En este sentido creo, ¡y no se ofenda!, que soy más liberal que usted... Por cierto, ¿cuál es su nombre? 

–Eligio me llaman. Eligio Santisteban.

–Ramiro, Ramiro Vasio... (Apretón de manos.) Pues le diré, Eligio, que, aunque no soy de los que condenan a la mujer a estar entre pucheros y a dedicarse en cuerpo y alma al cuidado del esposo y de los hijos, tampoco admito que me pasen por encima. Soy medianamente tolerante. ¡Ay!, pero cómo me engaño… En realidad, me he dejado pisotear estos años, hasta que decidí tomar esta drástica decisión, este gesto de hombría, de lo poco que me iba quedando ya de masculinidad. De la ruptura con mi mu..., ¿qué digo?, exmujer, usted es el primero que conoce mi decisión, aparte de mi madre.

–Desde luego, Ramiro, examinando su argumentación, no dudo que su proceder sea acertado. Pero supongo que usted se alejará una temporada, se apaciguarán los ánimos, cobrarán nuevo impulso y retornará al nido, donde le aguardará una compañera que también habrá reflexionado. Hallará otro trabajo, encontrarán la estabilidad emocional y volverán las aguas a su cauce... –insinuó Santisteban, con cierta intención perversa por saber más de lo que le importaba. Su bigotillo pícaro apuntaba al cielo.

–Está muy equivocado. ¡No regresaré jamás a su lado! No volveré al nido, en este caso de víbora –afirmó Vasio con rotundidad–. Habré de verla para tramitar la separación legal, pero lo nuestro se acabó definitivamente. 

– ¿Y su hijo Carlos? 

–Sé que el juez ha de decretar la custodia materna, como es habitual, pero reclamaré el derecho a estar junto a él el tiempo que me corresponda. 

En este punto, Ramiro Vasio mostraba una expresión de rabia contenida, marcando un silencio más significativo que sus palabras. Sus ojos decían que de ningún modo renunciaría a su hijo, por el amor que le tenía y, sobre todo, por despecho.

–De ninguna manera habría de dejar que me privase de Carlos.

–No merecería que le mirasen a la cara si no lo luchase por su derecho –dijo Santisteban con severidad–, ¡y perdone el atrevimiento! Un niño precisa de un padre. Yo –prosiguió Santisteban, ahora con un tono inequívocamente amargo– me crié sin el mío, que murió al poco de mi nacimiento. Siempre lamenté ese vacío...

Callaron para entregarse a la introspección y retomaron la conversación, interrumpida a ratos y aderezada con otros temas, desde políticos a deportivos. Eligio se permitió algún chascarrillo: «Leí en uno de esos azulejos humorísticos: ¡Viva el amor libre! Dame a tu esposa y toma a mi suegra... ¡Ja, ja, ja!». Sonaron también las carcajadas de Ramiro, que tomó el relevo. En un abanico variopinto y liberador de chistes e historietas fueron aligerando las horas del rodante viaje. 

***
Llegados a la pequeña población de Balobia, Vasio bajó del autobús, no sin antes haberse intercambiado las señas. Eligio Santisteban Fuentes, representante de instrumentos musicales, decía la tarjeta de presentación que se llevaba Ramiro. Sin poder corresponder de igual modo, éste escribió en un trozo de papel las suyas.

–Cuando vuelva a pasar por aquí no dude en visitarnos, Eligio –le decía Ramiro, con los pies en el asfalto, ya cerca del hogar materno que iba a recobrar–. Le dejé anotada la dirección de la casa y el teléfono de mi madre, Antonia. ¡Ha sido un placer!

–Lo mismo digo. ¡Hasta la vista, y suerte! 

–¡Adiós! ¡Buen viaje! 

El que quedaba en tierra daba su saludo de despedida agitando su mano derecha, al pie de las dos maletas medianas y oscuras, azorado con el entremetido recuerdo de la blanca y delicada mano de la Berta de antaño, deseándole suerte desde el andén mientras él se alejaba en el tren humeante que lo llevaba al cumplimiento del servicio patriótico. Difícil desprenderse de aromas y colorido ausentes.  

***
Ramiro tomó un taxi para aproximarse a la casa de mamá Antonia, que le aguardaba. No restó emoción al encuentro el hecho de haberla advertido de antemano. Ella lo recibió llorosa y alegre, por esa dualidad emocional de la que nadie escapa. 

 –¡Hijo!... ¡Pasa, pasa!... ¿Cómo habéis podido llegar a este extremo, querido? 

–Debió de haber pasado mucho antes, madre. Nos hubiéramos evitado muchos sinsabores. Tenlo por seguro. Lo nuestro era un continuo sinvivir.

–En fin... Te he preparado algo de cenar. Come y luego descansa. Mañana ya hablaremos con calma... ¿Y perdiste el puesto de trabajo? Bueno, no digas nada, y cena con tranquilidad. Mañana..., mañana hablaremos de eso. 

El retornado mascaba con dificultad el filete preparado amorosamente por Antonia, y escuchaba la inquietud materna, precisando apurar un vaso de vino para deglutir. No era la carne la que no pasaba sino el mal trago existencial. Se acostó a una hora desacostumbrada, antes de que su hijo Carlos lo hiciese en el internado. «Poco más de una semana para las vacaciones», pensó entre brumas. Contempló la foto del hijo que llevaba en la billetera y a continuación dirigió la mirada al retrato que había en la pared del cuarto: su padre, en actitud solemne, le brindaba su sonrisa transmundana y tierna, que se iba apagando conforme entraba en la dimensión de los sueños. Y su cuerpo entrelazado, sumergido en las aguas gozosas de un mar de amor contradictorio: con el hablar callado que dice tanto, jadeando en el placer inefable, la danza de las inquietas lenguas y las pieles ardorosas descargando la energía que mueve el mundo; totalmente entregado, rendido, consintiendo la dulce derrota en las honduras de la mente jubilosa.

***
Al día siguiente, Antonia descubrió con asombro la ausencia de su único vástago. Se había ido sin aviso, con los primeros rayos de la mañana, dejando sobre la cama una nota de despedida que comenzó a leer temblorosa. 

Me voy lejos, madre. Lo he pensado bien y he decidido huir de lo que me es cercano, no de ti sino de las gentes que me conocen y que me señalarían con el dedo. No podría soportar habladurías. Que si dejé a mi mujer por otra, que si soy un tarambana, que si me despidieron de la empresa, que si soy un mal padre, que si huyo de la justicia, que si me he quedado en la ruina, que si tal, que si cual. No podría vivir en Balobia. No podría respirar en ningún lugar provinciano. Me pondré en contacto contigo, descuida. No te preocupes por mí. Tu hijo que te quiere, Ramiro.

La madre rompió en un sollozo liberador, entornó lastimosa sus rugosos párpados y acercó el escrito contra su viejo pecho cansado, repitiendo quedamente el nombre del vástago e interrogándose: «¿A dónde habrá ido mi pequeño?».

No nos extrañemos de lo humanamente comprensible. Sin necesidad de estar atrapadas por la demencia, las madres verán siempre a sus descendientes directos como los niños que fueron, y a fin de cuentas siguen siendo. Y Antonia no era excepción.

La ciudad en la que residía Eligio Santisteban, no tan populosa como Vizana, pero igualmente industrial y abierta, se apuntaba como destino. Ramiro tenía conocimientos, estaba bien preparado, y con un poco de suerte encontraría un empleo. Doble era la ruptura. En el lugar del representante de instrumentos musicales nadie más le conocía; allí no habría de ser zaherido por comadreos y críticas. En su mente llevaba la mirada interrogante de su vieja. Y la de Carlos, con una sonrisa apagada. Por lo demás, caminaba hacia la incertidumbre, rumbo a la aventura. A otra arriesgada aventura vital que sonaba a música; no a un simple golpe de timbal, o a un rudo portazo.

[1996, 6 mar.]

Franz Liszt: Consolación n.º 3