El romano Marco Terencio Varrón (116 a. C.-27 a. C.), o simplemente Varrón, fue un hombre con ansia de conocimiento, un polígrafo, además de militar y funcionario de la Antigua Roma, que podemos considerar enciclopedista y antecesor del humanismo. Pero, siendo consciente de la limitación humana, uno de sus aforismos dice: «Nadie puede saberlo todo (Nemo omnia potest scire)».
Varrón escribió De re rustica (De las cosas del campo), obra compuesta de tres libros, y en ella muestra una anticipación de la microbiología y la epidemiología, pues advierte a sus contemporáneos del peligro de los pantanos y las marismas, diciendo que en sus aguas ‘‘hay una raza de ciertas criaturas diminutas que no se pueden ver por los ojos, pero que flotan en el aire y entran al cuerpo por la boca y la nariz y causan enfermedades graves’’. Pequeñísimas criaturas invisibles...
Es una forma primitiva de decir, seguramente una prevención intuitiva, pero que no iba desencaminada a lo que siglos después habría de demostrar la ciencia. Varrón habló de microorganismos, contribuyendo así a la prehistoria de la microbiología.
La fragmentación del conocimiento en medicina de familia...,
inconveniente porque acaba fragmentando al paciente.
La tendencia a la superespecialización de los médicos generales o de familia, ya en diabetes, EPOC o hipertensión, es un modo de sustituir la función del especialista hospitalario y de desvirtuar la esencia del médico de atención primaria, cuyo conocimiento debe ser el de la generalidad de patologías físicas y psíquicas más habituales, sin profundizar en cada una como le corresponde al endocrino, neumólogo o cardiólogo. Es una moda que se ha ido imponiendo en los últimos tiempos, con la que en teoría se pretende resolver más en el primer nivel y así derivar menos al segundo. Algo que aplauden los gestores, centrados en lo hospitalario, pero que acaba distorsionando la función del médico en el centro de salud. Habrá quienes sientan satisfacción con su dominio de una enfermedad concreta y habrá quienes experimenten frustración por no saber tanto de una patología. Y también quienes critiquen una forma de actuar ajena a su formación y a su idea de entender la labor del médico de cabecera.
De esta moda inconveniente, de momento parece salvarse la medicina rural...
El ejercicio de la medicina de familia no debe ser una continua lucha contra el tiempo (plagado de conflictos burocráticos y problemas organizativos), sino un gozoso desempeño en la calma. Es un bello deseo, una hermosa aspiración...
A este desiderátum, responde la IA:
La cita refleja el ideal de la atención primaria, un objetivo que a menudo se ve obstaculizado por la carga administrativa y la falta de recursos.
La lucha contra el tiempo y la burocracia
Aumento de la carga administrativa: Los médicos de familia dedican una cantidad significativa de su tiempo a tareas administrativas. Esto contribuye al agotamiento.
Consultas más cortas: La presión por atender a más pacientes en menos tiempo reduce la duración de las consultas. Esto puede dar lugar a evaluaciones incompletas y a una peor experiencia para el paciente.
Impacto en la atención: La constante presión de tiempo impide que los médicos de familia construyan relaciones sólidas con sus pacientes.
El ideal: el gozoso desempeño en la calma
Mejor calidad asistencial: Una atención no marcada por la prisa permite a los médicos examinar el historial del paciente con detenimiento, comunicarse eficazmente, documentar con precisión y ofrecer educación sanitaria.
Mayor satisfacción y menor agotamiento: Cuando se libera a los médicos de la carga administrativa, pueden centrarse en el cuidado del paciente. Mejora la calidad de la atención, aumenta la satisfacción profesional y reduce el agotamiento.
Relación médico-paciente: Un entorno calmado y con tiempo suficiente fomenta una relación de confianza. Permite un enfoque más integral y centrado en la persona.
Estrategias para lograr la calma
Implementación de tecnología: El uso de la inteligencia artificial (IA) y otras herramientas tecnológicas puede automatizar tareas administrativas, liberando tiempo.
Delegación de tareas: Una distribución más equitativa de las responsabilidades administrativas al resto del equipo puede aliviar la carga de los médicos.
Modernización de la organización: Mejorar los flujos de trabajo, optimizar los sistemas de comunicación y emplear la telemedicina para ciertas consultas.
Cambios de políticas: Simplificar la burocracia y financiar la innovación que ayude a reducir la carga administrativa.
Ampliación del tiempo de consulta: Abogar por un mayor tiempo por consulta* es una medida clave para mejorar la calidad asistencial y la satisfacción de médicos y pacientes.
Valgan estas estrategias, o al menos algunas de ellas, para pasar de la «lucha contra el tiempo» al «gozoso desempeño». Dicen que no lo verán nuestros ojos...
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*Esto implica atender a menos pacientes por jornada.
De niño me llamó poderosamente la atención un rótulo del hospital de mi ciudad en el que que ponía «Otorrinolaringología» (ORL). Un nombre difícil de pronunciar, con una sílaba más que la de aquel músculo enrevesado que había leído en un libro: esternocleidomastoideo. La especialidad del otorrinolaringólogo (ahora reducida a ‘otorrino’ y humorísticamente a ‘doctor Rino’) quedó resonando en mi cabeza durante mucho tiempo. Creo incluso que me atrajo por un tiempo esa especialidad médica de larguísimo nombre, pero se quedó en recuerdo de infancia.
En su primera obra importante, LaGalatea(1585), novela pastoril, Miguel de Cervantes elogia a cien poetas de su tiempo. En ella, alaba a Góngora, Lope de Vega, Alonso de Ercilla, Fray Luis de León... y a un autor que es menos conocido por su faceta de poeta: Francisco Díaz (1527-1590), famoso cirujano en su tiempo y autor del primer tratado de Urología (considerado por ello “padre de la Urología”), que era amigo de su padre, de profesión cirujano-sangrador. Lo hace en el «Canto de Calíope», en la decimonovena octava, como uno de los médicos-poetas.
De ti, el doctor FRANCISCO DÍAZ, puedo
asegurar a estos mis pastores
que con seguro corazón y ledo,
pueden aventajarse en tus loores.
Y si en ellos yo agora corta quedo,
debiéndose a tu ingenio los mayores,
es porque el tiempo es breve y no me atrevo
a poderte pagar lo que te debo. (*)
Y en el soneto «Al doctor Francisco Díaz», escrito posteriormente, Cervantes vuelve a encomiar al ilustre médico-poeta por la publicación de su Tratado nuevamente impresso de todas las enfermedades de los riñones, vexiga, y las carnosidades de la verga y urina(1588). [v. también AQUÍ] La obra está encabezada por dos sonetos laudatorios de Lope de Vega al autor, llamado a la inmortalidad.
Tú, que con nuevo y sin igual decoro
tantos remedios para un mal ordenas,
bien puedes esperar d'estas arenas,
del sacro Tajo, las que son de oro,
y el lauro que se debe al que un tesoro
halla de ciencia, con tan ricas venas
de raro advertimiento y salud llenas,
contento y risa del enfermo lloro;
que por tu industria una deshecha piedra (**)
mil mármoles, mil bronces a tu fama
dará sin invidiosas competencias;
daráte el cielo palma, el suelo yedra,
pues que el uno y el otro ya te llama
espíritu de Apolo en ambas ciencias.
Antes de su tratado de Urología, Francisco Díaz había escrito otro tratado médico: Compendio de chirurgia: en el qual se trata de todas las cosas tocantes a la theorica y pratica della, y de la anotomia del cuerpo humano, con otro breue tratado de las quatro enfermedades (1575). Este libro está encabezado por dos sonetos laudatorios del poeta y cirujano Juan de Vergara, amigo de Cervantes.
Valga este breve apunte histórico-poético para ahondar en las biografías enlazadas.
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(*) Al parecer, el doctor Díaz había contribuido a pagar su rescate de Argel, ciudad donde estuvo cautivo durante cinco años (1575-1580).
(**) Por piedra hemos de entender cálculo renal o litiasis.
Hablamos de las diferencias entre los médicos de los dos niveles asistenciales en «Médico de familia vs. Médico hospitalario». Pero ahora queremos reflejar un hecho que sirve para ilustrar el diferente grado de dignificación del médico de atención primaria y del médico de hospital, de ambos profesionales de la medicina en el sistema público de salud. Veamos, pues, su diferente realidad.
Si un paciente llega tarde a la consulta con un especialista hospitalario, debe hablar con su auxiliar para que se lo comunique, por si puede atenderlo. Si sucede lo mismo con un médico de familia, que no cuenta con auxiliar, irrumpe en su consulta para decírselo, presuponiendo que lo atenderá aunque haya llegado tarde.
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Nota. Otra diferencia importante entre el médico de atención primaria y el médico hospitalario es la forma de citación en la agenda médica.
Frisaban los setenta, y eran amigos y compañeros de siempre, de juegos infantiles, de escuela, de universidad y ahora de jubilación. Francisco Luna, en el pasado –y en el presente– un digno médico general. Anselmo Gavío, consagrado a una parte de la ciencia y el arte médico: antaño, y hasta la muerte, un insigne oculista. Se desplazaban en el automóvil clásico de Anselmo desde la ciudad de Herculia hasta Valdoseira, el pueblo que viera nacer a este oftalmólogo, y entablaban una charla no poco trascendente. La había iniciado Francisco, quien comentaba lo siguiente.
—Los seres humanos precisamos unos de otros para vivir, y cada vez de manera más terminante. No habría de ser así en los albores de la humanidad, pero parece tan natural en la actualidad que no le damos el valor que merece.
—¿A qué te refieres, Paco?
—Pues a que no sopesamos la dureza del pasado remoto. Si lo hiciésemos, admiraríamos la capacidad del hombre primitivo para sobrevivir. El hombre y, por supuesto, la mujer. Imagínate: un mono desnudo, en todos los sentidos, en lucha despiadada con la naturaleza, esforzándose día a día por no perecer.
No se demoró la réplica del otro.
—Yo no lo veo así. El hombre de las cavernas necesitaría también de sus congéneres. Casi con seguridad que colaboraban todos los miembros de un grupo en sus faenas cotidianas. Cada uno aportando lo mejor de sí mismo. ¿No sé si me entiendes?
—Sí, querido Anselmo... Pero cada cual, debería adquirir múltiples habilidades. Todos habrían de tener destreza para la caza y la pesca, conocer los rudimentos agrícolas, ser hábiles artesanos, capaces de elaborar vestimentas y útiles... ¡Qué sé yo! Tendrían que realizar todos los trabajos que la supervivencia exigía.
—¿Cómo un moderno Robinson en su isla?
—¡Exactamente! Pero además algunos emplearían parte de su tiempo en ocupaciones improductivas. Se complacerían con el arte y la decoración, pintando las paredes naturales de sus hogares y modelando figuras. ¿Qué me dices de eso? Y lo harían por mero placer, sin buscar utilidad práctica. Sólo para llenar el espíritu.
Tampoco se dilató aquí el argumento antitético del oculista.
—¡Estás equivocado! Quienes pintaban o tallaban estarían exentos de las demás labores. Otros cazarían en su lugar, o buscarían agua, o velarían por su seguridad… Cada individuo estaría especializado en una determinada tarea. En suma, cada cual, con su misión, aunque no fuese de modo tan concluyente como en nuestro tiempo. ¡Ah!, y te recuerdo que pintaban animales porque creían que así sería más venturosa la caza, y que esculpían voluminosas formas femeninas para implorar la fecundidad. Ya en la escuela nos hablaban de esto. ¡Te estás haciendo viejo, Paco!
Levemente contrariado, éste se detuvo brevemente, pero volvió por sus fueros.
—Bueno, tienes razón en parte —Luna no quería dar su brazo a torcer—. Pero los móviles atribuidos al arte primitivo son especulaciones. E insisto, todos estarían obligados a hacer un poco de todo. Sería inaudito que en tiempos remotos algún hombre se dedicara en exclusiva a las artes plásticas. No habría tiempo para el ocio, un lujo proveniente del reparto del trabajo en las sociedades modernas. Quien no quisiera ser borrado de la faz de la tierra, debería conocer al menos lo esencial.
Ya enredados Luna y Gavío en tales disquisiciones atávicas, había que proseguir la sustanciosa plática. De modo que el segundo interpeló al primero.
—¿Y a qué llamas tú esencial?
—A lo imprescindible para sobrevivir. Mi buen amigo, lo esencial para todo ser viviente es alimentarse, y el hombre no es una excepción. Lo demás va detrás. Y para conseguirlo, habría que procurarse los medios: la caza y la pesca exigían utensilios que había que elaborar, lo mismo que para cultivar la tierra. Obtenido el alimento, nuestros ancestros deberían protegerse, tanto de las inclemencias del tiempo, procurándose adecuadas prendas de abrigo, como de las fieras o de los individuos de otros grupos tribales; y para esto último, debían fabricar armas para su defensa. Todos necesitaban tener diferentes capacidades.
—Toda esa argumentación está muy bien —dijo Anselmo—. Aunque lo que afirmas sólo habría de ser necesario hasta que el hombre adquirió conciencia social y compartió trabajo y beneficios. No niego que en principio existiera un hombre cazador, pescador, agricultor, guerrero y artista. Si quieres, un «hombre completo». Pero después cada uno con su tarea respectiva. ¿O no lo consideras así, Paco?
Francisco se ensimismó en busca de una réplica contundente que no logró asir.
—Desgraciadamente sí. Aunque yo, la verdad, admiro más la capacidad de los primeros, de esos hombres completos, poseedores de conocimientos varios.
El doctor Luna quería convencerse de que el mérito es de quien sabe de todo un poco y no de los que se aíslan en una parcela del saber. Algo natural en un médico general. Por su parte, el doctor Gavío trataba de convencerlo de lo contrario.
—En nuestro tiempo –dijo el especialista de los ojos—, y cada vez más, la comunidad propone que cada individuo se especialice, de manera que conozca amplia y profundamente una materia. Las exigencias de nuestra época lo imponen.
—¿Aunque de lo demás no se tenga ni remota idea, Anselmo?
—Entiéndeme, Paco. El tener conocimientos de otras cuestiones, no está de más; aunque sean someros, siempre pueden ser útiles. No obstante, ¡cada uno a lo suyo!
—Admito que cada individuo debe ser gran conocedor de su particular oficio. Mas no por ello hemos de renunciar a otros campos del conocimiento, ya por curiosidad, por simple placer o por liberarnos temporalmente del cerco que impone el cotidiano quehacer. ¿O es que un carpintero no puede cultivar su jardín, un jardinero tocar un instrumento musical o un músico elaborar un mueble de madera? El hombre es una criatura ávida de conocimiento, y en mayor o menor grado todo le interesa —Luna quemaba sus últimos cartuchos, tratando de ganar una difícil batalla.
—Sí, pero –apuntó Gavío– a la hora de la verdad echamos mano de los especialistas, conocedores de un pequeño trozo de saber. Cuando no podemos solucionar algo buscamos a quien de ese algo lo sabe casi todo. Un hombre actual poco haría en un paraje ancestral solo y desamparado. Aun suministrándole medios para facilitarle la empresa, ésta le sería harto difícil, por no decir imposible. Si le proporcionásemos vivienda a la vera de un río, rodeada de toda la flora y la fauna imaginables, y le dijésemos «toma un cuchillo, un hacha una escopeta o lo que quieras y ¡hala!, a ver cómo sobrevives en ese edén», no tardaría en implorar ayuda al cielo. Lo contrario sólo sucede en las películas, no es más que pura ficción.
Tras tomarse unos instantes para la inteligente reflexión, precisa para evitar el desbocado pensamiento, el médico general creyó conveniente decir lo que afluía a su cabeza. No daba el brazo a torcer e insistía en su idea de conocimiento global.
—Yo creo que podríamos hacer un poco de todo –remarcó–. En nuestro campo profesional, más vale un todólogo que un cachitólogo —aquí Gavío se rascó la cabeza, pensativo—. Nada debiera sernos ajeno, convendría saber algo de todo, o de casi todo, lo que durante siglos hemos logrado aprender. ¿No es bueno saber injertar una planta, fabricar un taburete y tocar un instrumento? Entiendo que la autosuficiencia, hasta cierto punto, proporciona seguridad y satisfacción.
Francisco llevaba la idea del humanismo a sus últimas con secuencias, con la terquedad del profesional de la medicina, del médico de cabecera (hoy denominado médico de familia), que ve al individuo en su integridad. Y el amigo, más corto de miras, acotado en su especialidad y casi afrentado, la seguía cuestionando.
—Creo que eso no es más que una utopía. Cada uno tiene su lugar en el engranaje social y en su sector laboral. Se dan pocas facilidades para una formación plena e integral. Somos muchos y hay que repartir funciones. ¡Qué remedio!
—Ese es el gran error, Anselmo. ¡El gran error!
El oculista, callando, parecía avenirse. Puro espejismo: sólo bajaba el tono de su discurso. Si el otro era terco, éste le ganaba en obstinado.
—Yo siempre me dediqué a lo mío. Conozco bien lo concerniente al ojo humano; del resto me considero un profano. Además, cada vez surgen más subespecialidades, o sea que la fragmentación va a más. En nuestra profesión es evidente.
Aquí se desvaneció el coloquio. Recorrieron varios kilómetros en silencio, contemplando el verde paisaje y reflexionando ambos amigos sobre el asunto.
***
Cerca del pueblo de Gavío, Luna retornó la palabra.
—Disfruté mucho de mi profesión, con sus satisfacciones y malos tragos. La abnegación se compensa con el bien causado, aliviando el dolor, curando la enfermedad o consolando en la desgracia. No me quejo del destino. ¡No!
—Te puedo decir otro tanto. Además, no hay forma de volver atrás.
—¿No has tenido otras inquietudes? —avivó Francisco.
—Ya sabes —dijo el oculista— que pinto al óleo en mis ratos libres. La creatividad me complace y me relaja. Pienso que también habría sido feliz entregado a la pintura.
—¡Ah!, mi frustración es la música —suspiró el médico general—; llegué a creerme un gran concertista de violín. Lejos de emular al legendario Sarasate, no llegué ni a acariciar el pequeño instrumento de cuatro cuerdas; a pesar de mi melódica pasión y mi sensible oído. Necesitaría otra oportunidad, otra vida para llenar ese vacío.
Sonrieron ambos, a la par que sus ojos traslucían una inequívoca aura de melancolía. Pero Anselmo acabó poniendo coto a la fugaz tristeza.
—La vida es así, querido Paco. Se tienen ilusiones y se disipan sin darnos cuenta. Pero no nos pongamos nostálgicos, que parecemos dos carcamales. Yo te aseguro que he sido aceptablemente feliz en mi trabajo, obligado a conocer todo de un poco. Cataratas, glaucomas, desprendimientos de retina… acapararon mi tiempo.
—¡Sí hombre, yo también! —exclamó Francisco, aunque no totalmente convencido—. Por mi parte, tenía que saber un poco de todo: enfrentarme a una infección pulmonar, a un traumatismo, a un parto o a una crisis nerviosa. Debía actuar más que como «internista de la calle» (así se nos ha llegado a calificar a los médicos generales), sobrepasando los límites de la medicina interna: haciendo de cirujano, traumatólogo, dermatólogo, oftalmólogo, otorrinolaringólogo, tocólogo, ginecólogo, psiquiatra, geriatra o urgenciólogo de la calle. Por correlación atlética, yo diría que el médico de cabecera es un decatloniano. En fin, nada me debía ser extraño.
***
Ya a la entrada de Valdoseira, un niño les hacía ademanes de bienvenida. Anselmo, sonriente, hizo saber a su amigo que se trataba del menor de sus nietos. Detuvieron el auto y se apearon. Y Gavío pronunció orgulloso:
—Aquí tienes a Carlos, que ya tiene once años.
—¡Encantado de conocerte! —saludó Francisco, estrechando la mano al pequeño, que ahora se mostraba serio, y dándole un beso en la mejilla. Después añadió el tópico consabido—: Y dime Carlitos, ¿qué quieres ser de mayor?
—Oculista, como mi abuelo —dijo sin pensarlo y, para que no quedase ninguna duda, señalando al aludido, que no cabía en sí de tan ufano.
El generalista correspondió al gesto del especialista cuando se cruzaron sus miradas. En breve, el niño se despidió, quedándose con otros niños en el umbral del pueblo. Entonces, Francisco hizo un comentario concluyente.
—Al hacer esta pregunta tópica no debiéramos esperar respuestas concretas como «quiero ser médico, bombero, astronauta...». Tendríamos que aspirar a ser, como tú bien calificaste, hombres completos y… –la atención se le fue golosamente tras la hermosa silueta de una fémina que pasaba distante– mujeres completas.
—No pides nada... —y el oculista corrió solidario hacia el mismo punto de mira.
El sustancioso diálogo se había coronado con ese estético cierre. Y se disponían a transitar el escaso trecho que restaba para llegar a la casa rural de Anselmo, donde les aguardaba el resto de su familia, cuando, a los pocos metros (después de haber recorrido más de sesenta kilómetros desde Herculia), el coche se detuvo. Intentó el oculista ponerlo en marcha; sus conocimientos eran escasos en la materia, por no decir nulos, y el vehículo no encendía por el hecho de mirar ciegamente el motor. Comprobó en vano la tensión de las correas y enseguida desistió. Francisco echó un vistazo general al motor, revisó sus piezas elementales –que algo más de idea tenía–, pero tampoco consiguió atisbar la avería. Ambos miraban sin ver. Finalmente, rendidos a la evidencia de desconocer los entresijos del coche, estuvieron de acuerdo: ¡Había que buscar un mecánico del automóvil!
[1986]
Simon & Garfunkel "Old Friends" - Instrumental Arranged & Performed
El médico de familia, o de atención primaria, es especialista en medicina extrahospitalaria (medicina familiar y comunitaria). El médico hospitalario está formado en alguna especialidad que desarrolla en el ámbito hospitalario (cardiología, traumatología, oftalmología, hematología, etc.); en algunos países hay especialistas en medicina hospitalaria u hospitalistas. Hubo un tiempo en el que el médico de familia –entonces médico de cabecera–, además de atender a sus pacientes en el consultorio y en el domicilio, también hacía un seguimiento de sus enfermos en el hospital, siendo raro que un médico hospitalario hiciese una visita al domicilio de paciente. Sin embargo, había una relación cordial entre los médicos de ambos niveles, primario y hospitalario, que en gran medida se ha perdido.
Hay que señalar la paradoja de que en España la formación de medicina de familia es mayormente hospitalaria, siendo extrahospitalario el ejercicio de esta especialidad. Pero para las especialidades de ejercicio hospitalario no existe una mínima aproximación al centro de salud. De esta circunstancia formativa, podemos deducir que es la principal razón de que el médico de hospital no valore la labor del médico que ejerce en un ámbito externo (no suele suceder a la inversa). Y es que lo que no se conoce, no se puede entender ni comprender. Sería conveniente, pues, un acercamiento entre los profesionales de la salud de los diferentes niveles de atención para llegar a una mutua comprensión. A todos nos beneficiaría.
Uno puede preguntarse si compensa estudiar medicina y entregarse a una profesión sacrificada. La carrera es larga y, además de tiempo, exige dinero y esfuerzo. Y el ejercicio supone gran responsabilidad, entraña riesgo y requiere entrega, acaso incluyendo noches, fines de semana y días festivos. Trabajar como médico en esas horas, que para la mayoría de la población son tiempo libre o descanso, no es lo mismo que hacerlo en una determinada actividad artística. No obstante, la medicina también tiene su parte buena: es una profesión apasionante que reporta grandes satisfacciones; el compromiso con las personas y las poblaciones reporta el agradecimiento de quienes reciben cuidados o ven mejorada su salud. En definitiva, hay que sopesar las ventajas y desventajas de estudiar medicina (por un lado: satisfacción, prestigio, sueldo...; por otro: exigencia, guardias, formación continua...), que no son absolutas, dependen de cada circunstancia. La vocación puede ser determinante, por encima de intereses prácticos. Pero, hoy más que nunca, cabe la pregunta: ¿Estudiar medicina es rentable? Dirá alguno que, como en todo, depende. Que cada cual responda, atendiendo a la realidad y a su conciencia. O siga con su sueño...
A Dream within a Dream - Alan Parsons Project
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Connotaciones de la Medicina
Tiene la Medicina, unas connotaciones que no lleva ninguna otra actividad humana, y que la hace, de algún modo, singular: 1-Que es y será siempre, una ciencia inexacta: 2- Que se desenvuelve en extremos de máxima responsabilidad. —Juan F. Jiménez Borreguero, Las tres lacras de la Medicina.
Casi todos los médicos tienen su enfermedad favorita.
HENRY FIELDING
Si nos atenemos a la frase de Fielding, el autor de la novela Tom Jones, los médicos parecen centrar su atención en las dolencias, no en los enfermos. Y particularmente en alguna en concreto, según el propio gusto de lo patológico. No podemos negar esa inclinación, por más que haya que poner al paciente por encima de la enfermedad. También sabemos que cada enfermo, que sufre una o varias patologías, precisa un tiempo determinado de atención; el tiempo necesario para dar una respuesta adecuada. Y ese enfoque sobre las enfermedades, más propio de especialistas hospitalarios (contrario al enfoque sobre la persona de los médicos generales o de familia), y ese tiempo casi siempre insuficiente, nos han inspirado un poema con un título consecuente...
ENFOQUE Y TIEMPO
Cada médico especialista pone el foco
en lo suyo… El cardiólogo en su infarto de miocardio. En su EPOC el neumólogo. El neurólogo en su esclerosis múltiple. En su esquizofrenia el psiquiatra. El dermatólogo en su melanoma. En su insuficiencia renal el nefrólogo. El endocrino en su diabetes. En su neoplasia de colon el gastroenterólogo. El oftalmólogo en su retinopatía. En su hipoacusia el otorrino. El urólogo en su impotencia. En su mioma el ginecólogo…
La enfermedad
es la estrella, y el tiempo corre en contra.
(Aunque los mejores especialistas en salud dirigen su atención hacia el enfermo.)
¿Y a dónde apunta el de familia, además de enfocar íntegramente a la persona? —A todo… y en definitiva a nada. Queriendo abarcar tanto, se pierde sin su tiempo.
Nos están vendiendo enfermedades psiquiátricas con el fin de vendernos píldoras de la felicidad. Nos estamos convirtiendo en una sociedad de adictos a las pastillas. Allen Frances
Allen Frances, uno de los psiquiatras más prestigiosos de EEUU, ha estado recientemente en España hablando de la psiquiatría y cómo está relacionada con la sociedad. (...)
El doctor Frances está involucrado en la elaboración del libro DSM, manual estadounidense dónde se recogen los diagnósticos de las enfermedades. Colaboró en la tercera edición y dirigió la cuarta. En la quinta edición no ha participado y es la que más críticas está levantando. En esta última edición se han categorizado enfermedades que el doctor Frances no considera como enfermedades reales, un ejemplo de ello sería la adicción al sexo. Según su punto de vista y el de muchos otros especialistas, lo que se pretende es psiquiatrizar a la sociedad.
¿Somos todos enfermos mentales? Manifiesto contra los abusos de la Psiquiatría(Ariel) es como se llama su libro y el motivo de su visita a Madrid. En él afirma que si siguiese los patrones del nuevo DSM, él mismo padecería un trastorno neurocognitivo menor ya que según se hace mayor se olvida de algunas cosas, también sufriría el síndrome de atracones ya que le gusta comer y todo lo que ve o tiene a su alcance se lo come.
Además del manual, también es muy culpable de querer achacar enfermedades a todo el lobby de la industria farmacéutica. (...) Por ello se necesita una reeducación que afecte a toda la población. Muchos pacientes se sienten mal y piensan que por ir al médico y que éste les recete una pastilla van a estar mejor y no siempre es así.
Su homólogo el doctor Peter Gotzsche, director del Nordic Cochrane Center (centro dedicado a evaluar la evidencia científica en tratamientos médicos, denuncia que el uso de medicamentos prescritos es la tercera causa de muerte después del cáncer y de las enfermedades cardíacas. (...) “algunos medicamentos, como los antidepresivos, tienen una eficacia similar a la del placebo”.
Según las estadísticas, España ocupa el segundo puesto en consumo de tranquilizantes. Antonio Cano, catedrático de Psicología de la Universidad Complutense afirma: “No somos un país con más trastornos de ansiedad. Tendemos a psicopatologizar algunos problemas de la vida, por ejemplo, el duelo. La tristeza es normal tras perder a un ser querido. Ir al médico a sabiendas que te va a dar una pastilla es patologizar un problema que no es una enfermedad. La OMS dice que en los duelos no se deben dar psicofármacos. No lo dice por cuestión ideológica sino porque hay personas que se pueden enganchar para toda la vida”.
Otro problema que puede derivar al uso incontrolado de los fármacos es la atención primaria. Los médicos de esta unidad tienen aproximadamente tres o cuatro minutos para atender a cada paciente. (...) En España, ha aumentado el consumo de ansiolíticos e hiptnóticos en un 57,4% entre el año 2000 y 2012. Muchos de los problemas emocionales o psiquiátricos están derivados de la crisis económica: ansiedad y depresión por el paro, situación económica, fracaso escolar, etc.
Vemos por tanto una preocupante afectación de la salud mental de la población; y la psiquiatría, como ciencia médica, tiene mucho que decir... o que callar (el exceso farmacológico y la desatención de los factores sociales, nos hacen reparar en la antipsiquiatría). Además, como parte de la medicalización de la vida, se habla de psiquiatrización de la vida, en el sentido de que todo malestar psíquico se interpreta como algo patológico. La educación y la información, o más bien la deficiencia educativa y la intoxicación informativa, contribuyen a este nuevo mal. Cabe plantearse el dar un nuevo enfoque a la atención a la salud mental (con los ‘necesarios’ psiquiatras y psicólogos clínicos), en este contexto de psiquiatrización de la vida, que conlleva muchísima demanda y desborba los servicios de salud. Necesitamos calidad de atención, no cantidad.
SALUD MENTAL. Estado de bienestar mental, que ha ido empeorando por diversos motivos: exceso de información (los ignorantes parece que son más felices), especialmente con la llegada de Internet, con la desmembración familiar y con el envejecimiento poblacional (tendencia a la marginalización del anciano). Podríamos concluir, de modo dramático, que vivimos en un mundo de locos –del que el médico no se escapa–, sin que las auténticas enfermedades mentales hayan aumentado. Pero si no hay bienestar, por definición tampoco hay salud… ¡Vaya lío!
Allen Frances: Abusos de la Psiquiatría y algunas enfermedades inventadas
Los médicos están prescribiendo pastillas como si fueran caramelos.
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La psiquiatría, rama de la medicina que se encargaba del estudio de las enfermedades mentales, se llamó frenopatía [etim.], que también significa «enfermedad mental».
Caminamos hacia una medicina por protocolos y hacia una sociedad de enfermos, porque lo que antes era normal –ahora siguiendo el esquema de salud que auspició la OMS–, ha pasado a ser enfermedad. Según ese esquema, nadie está sano: un adolescente por ser adolescente, una persona mayor, por ser mayor; algo absurdo.
La sociedad desquiciada
En su clásico «La sociedad sana» (1955), el psicólogo Erich Fromm proponía que no los individuos, sino las sociedades enteras «puede que estén careciendo de cordura». Fromm argumentaba que una de las características más decepcionantes de la vida social entraña «la validación consensual».
«Se asume ingenuamente que el hecho de que la mayoría de la gente comparta ciertas ideas o sentimientos prueba la validez de esas ideas y sentimientos. Nada más lejos de la realidad… De la misma forma que existe la «folie à deux» [locura de dos: trastorno psicótico compartido] existe la «folie à millions» [locura de millones]. El hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no hace de esos vicios virtudes, el hecho de que compartan tantas equivocaciones no convierte esas equivocaciones en certezas, y el hecho de que millones de personas compartan la misma forma de patología mental no los convierte en cuerdos». Fromm concluía que la sociedad occidental moderna estaba perturbada, y que esta locura amenazaba a la mismísima supervivencia de la especie humana.
Amarga reflexión complementaria
Buenos tiempos para la Psiquiatría: hay más gente que nunca con trastornos mentales. Preocupante...
21st Century Schizoid Man (El hombre esquizoide de siglo XXI) – King Crimson
Saber algo más que los otros es fácil, lo difícil es saber algo mejor que los otros. Séneca
Hace muchos años escuché de boca de mi padre que un jefe de servicio de cirugía, muy orgulloso de su dominio de las técnicas quirúrgicas y demasiado desconfiado, pretendía operarse a sí mismo al verse aquejado de una apendicitis. Pensaba hacerlo con la ayuda de un espejo. Yo, que era un adolescente, me quedé pensativo y boquiabierto ante la osadía de aquel singular maestro del quirófano.
Entonces desconocía el hecho de que el cirujano ruso Leonid Rógozov se había operado a sí mismo de apendicitis durante una expedición a la Antártida, en 1961. Lo había hecho por necesidad, ya que era el único médico en el equipo expedicionario. En cambio, la actitud del doctor Altanero, por llamarle de algún modo, era caprichosa (y no fue consumada: acabó interviniéndolo un compañero).
El caso de Rógozov, en situación desesperada, es comprensible y admirable; y no es el único. El ejemplo de Altanero, en situación controlada, es el del hombre que se cree único y todopoderoso, en el límite de una soberbia rayana con la estupidez. Alguien dijo que los cementerios están llenos de gente que se creía imprescindible.
Tenemos tanta necesidad de los demás que deberíamos llenarnos de humildad, haciéndonos cargo de las propias limitaciones. La recomendación va dirigida a todos, desde políticos a limpiabotas, pasando por abogados, mecánicos, ingenieros, cocineros, músicos, peluqueros, religiosos, militares, arquitectos y bomberos.
Nadie queda exento del pecado de vanidad, del orgullo mundano...
En el ámbito de la sanidad hay muchos que se creen únicos, omnipotentes, infalibles, indispensables. Lo mismo que el doctor Altanero, cirujano incomparable, excepcional, un semidiós del quirófano. Hay cardiólogos, anestesistas, psiquiatras, rehabilitadores... Y hay gestores sanitarios, con su inevitable aureola política, cuyas palabras y acciones tienen, en su inmodesta opinión, el valor del oro puro.
Todos ellos, Altaneros, creen únicamente en sí mismos. ¡Enfermizo narcisismo! Solo confían en sus propias capacidades, irremediablemente limitadas. Solo tienen en cuenta su particular conocimiento, por fuerza insuficiente. Recelosos, se autotratarían médicamente o se operarían a sí mismos. Porque desconfían de los demás. Porque, egoístas, no quieren que les roben ni una pizca de su terreno. Porque, en fin, son víctimas de la inseguridad y en el fondo necesitan amor, el aprecio de aquellos a quienes consideran inferiores; al fin y al cabo, semejantes.
Proud Mary (Orgullosa María)
Creedence Clearwater Revival
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SOBRE LA APENDICITIS
La apendicitis es una inflamación aguda del apéndice (o apéndice vermiforme) que precisa intervención quirúrgica urgente, mediante su extirpación (apendicectomía), para evitar una peritonitis y la consecuente septicemia. Suele producir dolor cólico abdominal, en el cuadrante inferior derecho (fosa ilíaca derecha). En la antigüedad, por su pronóstico fatal, se la llamaba “cólico miserere”. Hoy en día, la técnica quirúrgica permite su extirpación sin necesidad de abrir el abdomen (laparotomía), mediante la menos cruenta laparoscopia.
En cirugía también es aplicable el arte de la prudencia...
Prudencia: virtud de actuar con cautela.
AFORISMOS SOBRE PRUDENCIA (Precaución, Cautela, Prevención, Sensatez, Reflexión vs. Imprudencia, Audacia, Temeridad, Locura)