Hablar de mundo rural es referirse al medio rural (paisaje rural, zona rural), al campo, al espacio natural donde el ser humano habita, opuesto al espacio urbano. Y la medicina rural es la que se ejerce en el medio rural; una medicina que tiene su parte 'romántica', pero también su inconveniente: aislamiento, trabajo en solitario (circunstancia que también puede verse como punto a favor). Sin pretender idealizarla, es –o era– en general una medicina más humana. Yo podría referir parte de mi experiencia profesional a modo de confesiones de un médico rural, y creo que ya he hecho algunas a lo largo de este blog. Pero mi tiempo profesional ya ha pasado. Ahora ejercen en el medio rural excelentes profesionales de la salud, mujeres y hombres, la mayoría bien formados y con talante humano. De algunos médicos rurales que son ejemplo de buenos médicos y médicos buenos hemos hablado aquí. Unos cuantos entregan su arte y su ciencia en inmensas soledades cuya belleza natural compensa los rigores meteorológicos. Por suerte, no es como en otro tiempo –no tan lejano–, cuando el médico rural trabajaba en soledad, sin ambulancia, disponiendo apenas de su caballo para desplazarse a los domicilios. En este sentido hemos avanzado mucho: raro es trabajar sin compañía, las comunicaciones han mejorado y hay disponibilidad de vehículos motorizados. Con todo, la duda está en el futuro de unos territorios que se van deshabitando. Cuando allí no haya personas a las que tratar, aliviar o consolar, no tendrá que ir ningún médico. Por eso hay que cuidar los espacios rurales y sobre todo a la gente que los habita, para que los campos sigan floreciendo y las personas viviendo en ellos.
Hay algo en esas lápidas y retratos que detiene el tiempo. Son rostros que sonríen congelados en un instante que ya no existe. Algunos me miraban desde el mármol como si aún esperaran mi última visita como médico; otros parecían descansar al fin, en una paz deseada.
(…)
Mientras caminaba entre aquellas tumbas, comprendí que el cementerio, para mí, es un lugar de memoria. Es casi un mapa de mi propia historia médica y humana. Allí están los que me enseñaron a escuchar, los que me dieron las gracias con una sonrisa, los que me hicieron dudar, mis errores, los que me mostraron que curar no siempre es salvar… y que acompañar también es una forma de medicina.
(…)
Pensé que quienes descansan allí siguen, de alguna manera, acompañándome. Y que, tal vez, cada vez que los recuerdo, los resucito un poco. Los que yacen en el camposanto no se han ido del todo. Recuerdo sus nombres, siguen conmigo en mi memoria, en mis manos, y me ayudan como médico en cada decisión que tomo.
...en el que refleja su sentir en una visita al cementerio de su localidad.
Un texto revelador y conmovedor. Apropiado para el día de homenaje a los difuntos, que despierta profundos sentimientos en los vivos. A fin de cuentas, los muertos nos hacen sentir lo que seremos.
Un médico de familia*, competente, entregado a su labor profesional, pero sobrepasado por el número de citaciones que, lógicamente, ocasionan demoras en la atención, le dice a cada usuario que se extraña por la necesidad de espera:
Atiendo a todas las personas que tienen cita previa, veo de inmediato todas las emergencias que llegan y asumo las urgencias que me derivan, previamente priorizadas, desde las consultas de acogida de enfermería. También acudo a los avisos o visitas domiciliarias —ya sean programadas para personas inmovilizadas o solicitadas—, acompaño en ambulancia hasta el hospital a pacientes inestables y, si el tiempo me lo permite, intento resolver problemas administrativos. Todo esto, siempre dentro de mi horario laboral.
No se trata de un robot o un semidiós infatigable, que no precisa alimentarse ni descansar, sino de un ser humano que hace lo que puede y más, pero que tiene sus limitaciones. Y sus pacientes deben comprenderlo.
Pendía de una viga del alpendre a dos palmos del suelo. Limpio y aseado, vestido con su mejor traje, con la cabeza flexionada y la lengua medio sacada, babeante y con el rostro cetrino. Parecía un muñeco de trapo que un niño hubiese simulado estrangular y después decidido colgar, tal vez para hacer una gracia ante sus amigos de juegos, si no fuese porque el tamaño de la víctima y su constitución de carne y hueso descartaban esa lúdica apariencia. El cuerpo yerto de Otilio Fernández se tambaleaba lentamente, rozando los lustrosos zapatos un viejo arcón de madera. Cualquier música triste le iría bien a aquel cuadro sombrío; pero no se escuchaba un adagio lamentoso, ni una marcha fúnebre u otra sonoridad de hondo patetismo. Todo era helada quietud. Sólo rompía el silencio el chirriar del madero por la fricción de la cuerda…
Se dejó oír el canto mañanero del gallo. Había cesado de llover.
A la hora del desayuno, nadie en la casa lo echó en falta, siendo Otilio madrugador, gustoso de salir a la era el primero y trabajador infatigable; todo ello los días que se mantenía sobrio. Eran las ocho y diez cuando Darío, su hijo menor, descubrió la trágica escena. El espanto paralizó sus ágiles extremidades y apretó su garganta juvenil. Comenzó a jadear como un asmático. No sabía si gritar, echar a correr, romper a llorar o restregar los ojos primero, para cerciorarse de que aquello no era un sueño o un incompleto despertar. Apenas el sol matutino quebraba las lúgubres sombras de la larga noche invernal; el rocío engalanaba los prados y los campesinos no habían iniciado las faenas. Pero no necesitaba pellizcarse para advertir la realidad.
Decididamente, Darío tomó aliento y alertó a los demás.
—¡Mamá! ¡Francisco! ¡Sara!... ¡Venid enseguida!
Y alarmados, su madre y sus dos hermanos acudieron presurosos.
—¿Qué pasa? —demandó Francisco, que encabezaba la comitiva.
–¡Papá!... Ahí dentro.
Arrodillado sobre el terreno enlodado de la granja, Darío comenzó a sollozar angustiosamente. Entraron enseguida los otros miembros de la familia y, ante el tétrico espectáculo, emitieron sendas exclamaciones de dolor.
—¡Oh, Dios mío! —clamó Leocadia, la mujer del infortunado.
—Hay que bajarlo enseguida —decidió Francisco, el mayor de los hijos.
La madre no era capaz de soportar aquella escena macabra, y acompañada de Darío abandonó el lugar horrorizada. Sara, más entera, ayudó a su hermano mayor a descender el cuerpo inanimado. Subida a una escalera de mano, cortó la cuerda, a la par que Francisco sostenía desde abajo el tremendo peso del padre inerte. Volvió a entrar el más pequeño de los hermanos, a punto de presenciar cómo el mayor aflojaba la soga, tratando de reanimar al cadáver. Viendo la inutilidad de su intento, comenzó a proferir lamentos de desesperación. «¿Por qué lo habrá hecho, si parecía tan feliz?», se preguntaba Francisco en voz alta. «No encuentro ninguna explicación», balbuceaba Sara, cubriéndose la cara con las manos y gimoteando.
El mismo aire, verdaderamente gélido, se detenía interrogante. Y las nubes grisáceas, poniendo el contrapunto, reanudaron su descarga.
***
Requerido por aquella muerte violenta, el médico de la localidad llegó al lugar, acompañado del juez de paz. Examinó el cadáver y comprobó en el cuello el profundo surco de ahorcadura. El cuerpo estaba rígido y frío; llevaría muerto unas doce horas.
—Doctor Laguna, ¡fíjese en el trozo de cuerda atado a la viga! ¡Y mire el arcón que hay a la derecha! —apuntó Orencio Gutiérrez, experto en estas lides—. No tengo la menor duda: tras subirse al arcón se echó a la izquierda y, ya sin apoyo, logró consumar su propósito. Tuvo que ser de ese modo, igual que han hecho otros.
Podía ser como afirmaba el juez de paz. Pero el galeno constató un hematoma en la frente y una tumefacción occipital que no casaban. Le indicó a Gutiérrez que lo reflejara en las diligencias que le habrían de hacer llegar al juez de distrito, el mismo que decretaría realizar la autopsia, por no tratarse de una muerte natural.
El forense procedió a ejecutarla y emitió su dictamen. Que no había fallecido por propia iniciativa, como le parecía evidente a Orencio, sino que después de haber sido golpeado brutalmente lo habían colgado, ya sin vida, con el supuesto propósito de simular un suicidio. Se descartaba así la muerte voluntaria. ¡De película!
—Es la primera vez en treinta años que hay noticia en Balobia de algo semejante —le dijo perplejo el juez de paz al médico rural, sabidas las conclusiones de la necropsia.
—También a mí me sorprende —admitió el facultativo.
Aquella era una comarca tranquila, demasiado tranquila, donde nunca pasaba nada relevante. Y el pueblo de Balobia, un pacífico remanso. Únicamente los más viejos recordaban el caso de la hacienda de los Ameneiro; dos hermanos se pasaron a cuchillo por cuestión de una herencia. Pero ahora cabía pensar en otro acto criminal.
—Es muy extraño –añadió Gutiérrez—, porque no se le conocían enemigos al pobre hombre. Casi no salía; visitaba ocasionalmente la taberna. No era jugador ni, por descontado, pleitista. No me puedo creer que alguien haya podido ensañarse con Otilio. No lo puedo concebir. Me parece mentira… ¡Si era un buenazo!
Laguna tenía el mismo concepto. Había estado en su consulta en varias ocasiones, aquejado de una bronquitis crónica que se le agudizaba con frecuencia, y siempre le pareció un sujeto afable y discreto; un tanto desconfiado y supersticioso, nada fuera de lo normal en una población aldeana y cerrada. Pero conocedor de este mundo absurdo, sembrado de irracionalidades, ya nada le sorprendía.
Al sepelio de Otilio Fernández acudió casi todo el pueblo, además de familiares y amigos venidos de otras localidades. Un día diluviano del mes de abril. Entre manifestaciones de duelo y pensamientos elevados, bajo los paraguas negros corrían comentarios especulativos. Simples y gratuitos chismorreos.
El muerto entró en el hoyo, y los demás recordaron raudamente que había que vivir en la tierra los cuatro días que el cielo concedía. Un súbito rayo de sol los incitaba a proseguir el camino de los vicios con que el mundo seduce a los mortales.
II
Ya corría el florido mayo cuando la viuda, al tanto del supuesto acto homicida, acudió al doctor Laguna sumida en una comprensible depresión. Venía acompañada por el benjamín, también derrumbado. Leocadia demandaba una terapia para sobrellevar su duelo. Al sensible Darío le bastaba el consuelo de su madre. Los otros dos hijos parecían más enteros, menos vulnerables, fuertes de carácter, según el parecer de Leocadia y la corroboración de Darío. El médico no los había vuelto a ver desde el luctuoso día, un mes atrás, y consideraba una bendición que tuviesen un espíritu enérgico. En trances difíciles es de agradecer que alguien sepa tomar el mando y orientar a los desconcertados y pusilánimes. Sería desastroso que en una catástrofe todos cerrasen los ojos y ocultasen el rostro con las manos. Por fortuna, siempre hay individuos con arrestos que establecen el orden y sirven de guía a los que van a la deriva. De todos modos, Sara y Francisco habrían de estar igualmente afectados en el fondo, por más que supiesen encajar mejor el duro golpe. Laguna trató de animar en lo posible a la afligida viuda y al abatido hijo, haciendo a la postre las recomendaciones oportunas y solicitándole a Leocadia su número de teléfono para mantener contacto.
—¡Gracias, don Andrés! —pronunció ella enjugándose las lágrimas—. Créame que le agradezco su paciencia y sus amables consejos.
—Sé lo que es perder a un ser querido —dijo el médico rural con empatía—, aunque desde luego no en semejantes circunstancias. Les llevará un tiempo recuperar el ánimo, pero lo conseguirán. La vida es así, dura e incomprensible; nos da y nos quita... ¡Mis condolencias, Leocadia! ¡Valor, muchacho! —fueron éstas las últimas palabras de despedida del heredero de Esculapio, después de un enternecedor apretón de manos.
Era otra época; un tiempo de hambre, moderación y cortesía.
La policía había iniciado sus indagaciones, sin fundadas sospechas de nadie en particular. Se inspeccionaron minuciosamente el lugar de los hechos y los aledaños. Pero nada. Se examinó la vestimenta en busca de algún rastro esclarecedor, y tampoco se despejaron dudas. El cadáver portaba un reloj de bolsillo con una leontina de oro, una castaña de indias, una navaja suiza y una cajetilla de cigarrillos.
Un hombre tradicional, temeroso, precavido y fumador, deduciría un investigador. A Andrés Laguna le pareció todo insustancial al relatárselo el forense. Bueno, no todo. Recapacitó y cayó en la cuenta. ¡Otilio no fumaba! Se lo reiteraba cada vez que, agravada su bronquitis crónica, le inquiría sobre el particular. «Hace años que lo dejé, doctor», le juraba. No obstante, quería cerciorarse y llamó a la viuda.
–¡En absoluto, doctor Laguna! Se lo puedo asegurar sin temor a equivocarme. No probaba el tabaco desde nuestro décimo aniversario, por eso lo recuerdo bien, y hace veintidós que nos casamos –le comunicó Leocadia lo que él ya suponía.
Tras despedirse amablemente, colgó el teléfono y marcó el número del forense.
—Hola, Pablo. Tengo una inquietud..., una curiosidad por saber la marca de cigarrillos que se descubrió en la chaqueta del ahorcado.
Lleno de extrañeza, el forense le respondió que lo desconocía, pero que iba a consultar los archivos y después lo llamaría. Pasada media hora, daba su contestación.
—La marca es Cebra. Pero dime, Andrés, ¿es tan importante?
—Sí, Pablo, lo es, porque el difunto dejó el tabaco hace una década, y no creo que volviese a fumar repentinamente, ni que llevase pitillos encima para convidar.
Esto podía dar una pista sobre el agresor. O los agresores, pues no parecía posible que un único individuo hubiese podido colgar a un adulto de noventa quilos, salvo que atesorase una fuerza descomunal, sobrehumana. Y quien extravió la cajetilla, como parecía desprenderse, fumaba una marca inhabitual, por no decir rarísima.
Cabía pensar en individuos próximos y en gente de paso.
Había un dato chocante a ojos extraños: el finado llevaba puestas sus mejores galas en un día de semana. Acaso hiciese barruntar que andaba metido en algún asunto turbio. Para quienes lo frecuentaban era algo banal, una de sus rarezas.
La investigación llevó hasta remotos sospechosos, todos relacionados de algún modo con Otilio Fernández, que prestaron declaración. Pero no se hallaron razones para inculpar a ninguno. Uno de los entrevistados aseguraba, gimoteando, que se sentía muy impresionado, y alegaba andar de gira con la banda municipal esa semana; al sonarse la nariz para liberar su angustia, emitió un sonido más ronco que el de la tuba que tocaba. Otro, anciano y artrósico avanzado, evidenciaba tal rigidez articular que, costándole trabajo valerse por sí mismo, era inconcebible que pudiese arremeter contra otro y levantarlo en peso. Un tercero, también entrado en años, demostró que había permanecido en casa aquejado de un ataque de gota. No cabía sospechar más que de lugareños como éstos; en Balobia recalaban pocos forasteros. Por otra parte, la pregunta fundamental seguía en el aire: ¿qué móvil pudo empujar a alguien a cometer tan grave delito? Desde luego, no el económico, puesto que no se habían llevado nada de valor.
Cierta mañana, más clara que la indagación de la muerte del labriego, Sara se desplazó hasta la consulta del doctor Laguna. Quería una nueva receta para su madre.
—¿Qué tal se encuentra Leocadia?
—Algo mejor, don Andrés. Con lo que le ha dado se ha recuperado bastante. Confía mucho en usted… ¡Ah!, perdóneme, no le di la cartilla.
Sara sacó la cartilla sanitaria de su bolso, a fin de que el galeno le prescribiera, y al hacerlo arrastró consigo un pequeño paquete que Laguna no logró avistar y que fue a parar al suelo. La muchacha se agachó para recogerlo y lo introdujo en el bolso, todo en un movimiento de escasos segundos, que los ojos del sanitario aprovecharon para seguir y constatar que se trataba de una cajetilla de cigarrillos.
—Perdón, señorita, ¿cuál es la marca que fuma?
—Véalo usted mismo, doctor. Pero... ¡no me diga que es fumador!
—Me avergüenza reconocerlo —dijo Laguna en un tono de aparente arrepentimiento; él, que no había fumado en su vida (y en un tiempo en el que no existían las restricciones sanitarias que habrían de venir). Y dispuesto a alcanzar alguna meta, continuó con su artificio—. Es original el envoltorio.
—Sí, no es tabaco corriente; estos cigarrillos son bastante especiales. Los adquiero en un establecimiento especializado de Vizana. Son muy buenos y aromáticos. ¿Quiere probar uno? —lo convidó alargando su delgado y femenino brazo.
—¡Gracias! Lo fumaré más tarde, cuando finalice la consulta. No está bien visto que los médicos fumen, y menos en presencia de sus pacientes.
Sara se despidió, sin mostrar ningún gesto de desconfianza, ni actitud defensiva en su comportamiento, y el doctor Laguna se quedó unos instantes contemplando el pitillo... ¡Oh, sorpresa!, comprobó el nombre al pie del filtro: Cebra. Singular como la belleza de la muchacha, blanca y sombría, de claro mirar y oscura mirada.
Finalmente, se constató que correspondía con la cajetilla hallada en la chaqueta del fallecido, que tenía la imagen del équido rayado. Entonces las sospechas apuntaron irremediablemente hacia la hija del occiso. Inimaginable en un principio, ahora había fundamentos para señalarla, aunque no suficientes para condenarla, considerando lo engañoso de los indicios (y de ser parte de la certeza, en base a lo referido, faltaba averiguar la identidad del cómplice, o de los cómplices). Sus hermosos ojos no delataban maldad y menos un alma asesina; si acaso complejidad, amalgama amorosa de comprensión y recelo, como su homónima bíblica.
III
Llamada a comparecer ante el juez, la muchacha se extrañaba de que pudiese haber pruebas en su contra. Y negaba la acusación con vehemencia.
—¿Cómo pueden implicar a una hija en la muerte de su padre? —interpelaba con dulce furia, encarándose a su señoría por semejante atrocidad.
—No la acuso yo, sino las evidencias —apostilló la autoridad judicial—. Y los indicios sugieren que su hermano Francisco es coautor del parricidio; no se muestra nada apenado... —su señoría se detuvo unos instantes, consciente de esta valoración subjetiva. Luego añadió—: La cajetilla de cigarrillos que apareció en la chaqueta de su padre ha sido decisiva. Su médico de cabecera nos ha ayudado a esclarecer los hechos.
—¿El doctor Laguna? ¡Maldito! –con esta imprecación y sin argumentos para rebatir al juez, Sara, frágil y hermosa, se desvaneció por la emoción.
Poco quedaba para poner punto final al asunto.
Sin embargo, el verdadero desenlace de la farsa fue otro bien distinto. Inesperado e increíble. Produjo el asombro general. Darío, de quien nadie había sospechado, se presentó voluntariamente ante la policía y confesó la autoría del crimen.
Pero ¿qué explicación había para lo sucedido? ¿Qué justificación para profanar el quinto mandamiento? ¿Qué motivación en el hijo menor de Otilio?
Retrocedamos a través de las brumas...
Descubrimos a un hombre que aparentaba buena persona, y lo era fuera del hogar, porque de puertas adentro se vivían situaciones de extrema tensión y violencia. Otilio se emborrachaba sin salir de casa y se mostraba brusco con los hijos, imponiéndoles sus criterios por la fuerza. Intentara incluso abusar de su hija, siendo sorprendido por el hijo pequeño. Leocadia tampoco se salvaba de su ira y se sometía al esposo sin condiciones, callando su humillación por esa atávica vergüenza que esclaviza las conciencias. Darío lo relató con temblor en los labios y húmedo brillo en las pupilas, sin entender por qué y sin disimular el afecto que le guardaba a su padre, quien, a pesar de todo, en los buenos momentos sabía ser tierno y cariñoso. Escudriñar complejidades emocionales que den respuesta a comportamientos antagónicos en un ser humano puede llevarnos a sinuosas veredas. La cuestión es que el hijo menor, no pudiendo soportar más sus vejaciones, tomó la drástica resolución aquella tarde abrileña, hallándose ausentes los demás miembros de la familia; Leocadia estaba en casa de su madre, sola y enferma; Francisco y Sara habían ido de compras a Vizana, la ciudad más cercana a Balobia y cabeza del partido judicial, donde finalmente se habría de juzgar el presunto homicidio. A la vuelta, pasaron a visitar a la abuela y, junto a su madre, volvieron a medianoche, justo cuando la lluvia hacía acto de presencia (no había llovido en varios días), ajenos los tres a los trágicos acontecimientos y sin constatar ella la ausencia de su marido. Se acostó, como tantas veces, en la segunda cama que había en el cuarto de Darío, que fingía dormir, para evitarle molestias al irascible Otilio (de su mal despertar podría esperarse cualquier reacción colérica).
Si al benjamín se le había pasado por la cabeza acabar con el tiránico progenitor, ¿qué mejor oportunidad que aquélla? El padre estaba bebido, sentado en su silla patriarcal, agarrado a una botella de aguardiente y, lo más curioso, vestido con su traje de gala; bajo los efectos del alcohol, era la forma acostumbrada de sentirse elegantemente dominador. No dejaba de proferir insultos y amenazas contra él, su madre y sus hermanos, sin motivos, elevando la voz con cada improperio. Ya no aguantaba más. Empuñó el báculo que Otilio solía llevar en sus caminatas por los montes cercanos y lo golpeó en la nuca con contundencia. El agredido, enorme, cayó redondo, de espaldas, como un pajarito; y se quedó en posición supina con los ojos entreabiertos, como un desmesurado muñeco diabólico. En un impulso incontrolable, remató la faena machacando sañudamente la frente de aquel padre poco ejemplar.
Preso del nerviosismo, cogió la cajetilla y el mechero que su hermana dejara olvidados en la mesa del comedor. Encendió un cigarrillo, le dio un par de caladas y lo arrojó casi entero a la chimenea. Tenía que tomar una rápida decisión. Faltaba poco para las nueve de la noche. Algo más sereno, creyó conveniente borrar sus huellas del arma homicida con el aguardiente que el padre no había consumido. Seguidamente, asió el cadáver por los pies, y poco a poco, con todas sus fuerzas, lo fue arrastrando hasta el alpendre. Por suerte, el suelo estaba seco. Consiguió una cuerda gruesa de esparto e hizo un nudo corredizo en un extremo. Elevando la cabeza del progenitor, la introdujo en el lazo y realizó un buen ajuste cervical. Y con la ayuda de una polea lo colgó de una viga, procurando después que no quedase ningún vestigio de su terrible actuación.
Pero, ¡ay!, por imperdonable descuido, el joven introdujo la cajetilla en la chaqueta del padre, antes de arrastrarlo, quizás presa del nerviosismo, tal vez cegado por el inmediato remordimiento. De todas formas, habría sido igual, pues confesaría tarde o temprano; como reconoció ante el juez, no podría vivir ocultando ese acto infame.
Es de suponer que Leocadia no llegase a saber realmente lo sucedido, porque de lo contrario, para eludir sospechas y proteger así a su hijo, le hubiese comunicado al doctor Laguna que su marido todavía fumaba. De cualquier manera, probablemente no habría de reparar en la importancia crucial de la revelación u ocultamiento del hecho de fumar.
Sobran otras explicaciones.
Los dos hermanos de Darío, mayores de edad, quedaron en libertad. Eran completamente inocentes. Laguna respiró aliviado; cruzó su mirada con la de Sara y creyó ver en ella un sincero perdón. Darío fue juzgado por un tribunal de menores. Dicho tribunal, en pro de una sentencia justa, tuvo muy en cuenta las circunstancias antes de pronunciar su veredicto... ¿Que cuál? He de callar. Prefiero que el lector emita su particular sentencia, en absoluto silencio reflexivo, sin necesidad de dramáticos acordes, supuestamente sabedor de que lo que comprensible no siempre es justificable.
Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre.
Muchas de las reflexiones del doctor Andoni Mendoza*, médico rural que ejerce en la Sierra de Gredos, son verdaderos poemas naturales de gran densidad humana. Y en una de sus poéticas meditaciones, a la cabecera del enfermo, nos recuerda las limitaciones de la Medicina, en concreto la limitación máxima: la mortalidad.
Medicina de cabecera.
En la cabecera de la cama del enfermo.
—Luciano, al hospital.
Trato de trasmitirle paz.
Pero ni mis ojos ni los suyos esconden que no volverá al pueblo.
Salgo de la modesta casa.
Ha nevado, el frío de la medicina en la cabecera me atraviesa el alma.
En la España vaciada –o que han vaciado– faltan profesionales esenciales. Entre ellos, médicos, médicos de pueblo de toda la vida, aunque tengan ahora otra denominación moderna. La cuestión es cómo seducir a los licenciados en medicina de familia para que se convenzan de las bondades de ejercer en el medio rural, y sobre todo en los lugares más inhóspitos. En el pasado, los profesionales de la medicina que ejercían de médicos rurales tenían que sacrificarse con un horario prácticamente continuado (no solía haber turnos de guardia, salvo en fines de semana o festivos), pero tenían ciertas ventajas, entre ellas la casa del médico. También ahora cabría otorgar prebendas para que los médicos de familia se animasen a entregar su vida profesional al servicio de una comunidad rural.
Hacer atractiva la medicina rural es la única solución para que los médicos rurales, los médicos de pueblo, no acaben por desaparecer. Sin relevo no hay nada que hacer. Así lo manifiestan los veteranos médicos protagonistas, que se sienten los últimos ejercientes de una medicina casi romántica.
La cuestión ya no es tener médico fijo en el medio rural, sino tener algún médico que te atienda. La falta de planificación durante decenios y la desincentivación han derivado en esta situación lamentable. Entre los incentivos olvidados, los complementos económicos de penosidad, dispersión o aislamiento.
El Dr. RILKE, antes del comienzo de la jornada habitual, entra en la consulta del Dr. GAMIR, que sigue en compañía de CRISTINA, y lo hace con andar mayestático, llevando un periódico bajo el brazo.
Dr. RILKE. Fíjate, Gustavo, lo que viene en El Candelero.
Dr. GAMIR. (Leyendo la noticia en el principal periódico de Vizana.) «Próxima jubilación del doctor Rilke. El pueblo de Balobia le va a organizar la despedida que se merece.» ¡Guau! Qué menos para quien ha dedicado su vida al servicio de este pueblo. Deberían levantarte un monumento. ¡Te voy a echar de menos, compañero!
Dr. RILKE. ¡Calma! Todavía me quedan dos meses hasta el retiro.
CRISTINA. A mí me sorprende mucho esta noticia, Fernando. No sabía que te ibas a jubilar tan pronto. Te veo joven, y en muy buena forma.
Dr. RILKE. Me faltan un par de años para los sesenta y cinco, pero he decidido jubilarme anticipadamente. Sobre todo por Colibia, mi mujer, que ha empeorado de su artritis reumatoide y quiero dedicarle más tiempo. Además, las cosas no pintan bien actualmente para la medicina general, o de familia como se dice desde los últimos treinta años. Los vuelcos que ha dado el sistema de salud y, sobre todo, la atención primaria, primero para bien y después para mal… (Mirando a los ojos a CRISTINA.) En confianza: si puedes, elige una especialidad hospitalaria. Me duele decirlo, y a lo mejor Gustavo me reprende, pero hoy en día es lo más sensato.
CRISTINA. (Mirando al Dr. GARMIR, con quien ya tiene suficiente confianza.) ¿Tú qué dices, Gustavo? ¿No opinas igual?
Dr. GAMIR. No tengo argumentos para contradecir a Fernando. La medicina de familia es apasionante, se centra en la persona, no en la enfermedad; y el médico que la ejerce es un «decatleta» sanitario: sabe un poco de todo. Sería ideal ejercer como médico de cabecera en buenas condiciones, que por desgracia no se nos brindan en la actualidad.
Dr. RILKE. Desde luego las condiciones no son las deseables, ni siquiera en el medio rural, que es donde mejor se puede ejercer una medicina total y trabajar en favor de la comunidad, con más proximidad a las personas… Pero dejémonos ahora de pensamientos negativos. Tú, Cristina, elige libremente lo que mejor te parezca. ¡Ah!, y me encantaría que vinieses a mi despedida.
CRISTINA. Al acabar el mes regreso a Vizana, pero si no me surge ningún contratiempo estaré aquí para la ocasión. Me hace ilusión asistir a tu homenaje.
Sale FERNANDO en dirección a su consultorio. Todavía faltan quince minutos para el comienzo de la consulta programada.
ESCENA UNDÉCIMA
GUSTAVO, CRISTINA
GUSTAVO habla en la intimidad con CRISTINA. Ya se han comunicado previamente sus sentimientos y vuelven sobre ello.
Dr. GAMIR. Te voy a ser sincero, Cristina: me gustas mucho y he sentido una fuerte atracción hacia ti. Por tu causa he llegado a pensar en... Sí, en dejar mi relación con Sonia. Pero creo que sigo enamorado de ella, a pesar de sus defectos.
CRISTINA. Nunca se sabe qué nos deparará el futuro. (Desviando la mirada hacia la ventana que está a su lado derecho.) Te diré que he comenzado a salir con Julio, el maestro. Me parece buen chico, aunque todavía no me siento enamorada.
Dr. GAMIR. Es un gran amigo. Compartimos el gusto por la música. Es algo tímido, mientras no coge confianza, pero es un buen tipo. Os deseo mucha suerte.
CRISTINA. No sabemos qué nos deparará el futuro. Tal vez…
CRISTINA se calla, después de repetir su pensamiento, para que el elocuente silencio hable por ella, y GUSTAVO, buen entendedor, parece responderle con la mirada.
ESCENA DUODÉCIMA
DON RAIMUNDO, Dr. RILKE Y EL RESTO DE PERSONAJES
En el homenaje de despedida al Dr. RILKE. Un ambiente festivo. Después de una comida multitudinaria, a la que asisten familiares, amigos, conocidos y pacientes, el alcalde, que preside la mesa ceremonial comienza con el obligado discurso.
DON RAIMUNDO. Señoras y señores, es para mí un honor presidir este homenaje a un gran galeno que, por imperativos de la vida, más que por sus deseos, llega al fin de su vida profesional, alcanzando así un merecido retiro. El doctor Fernando Rilke es un médico humanista, admirado por sus colegas y querido por sus pacientes, que... (Sigue leyendo el discurso protocolario con voz enfática.)
A continuación, tras el largo panegírico del alcalde –que incluye un poema ripioso de su autoría–, responde el homenajeado con voz más natural y emocionada.
Dr. RILKE. Todo tiene su fin, como dice la canción; el tiempo pasa haciendo sus estragos. Uno va perdiendo agilidad y teniendo cada vez más riesgo de errores; y aunque todos los cometemos, en el caso de los médicos las consecuencias suelen ser de mayor gravedad. Entre una mayoría de momentos buenos, he vivido algunos malos, no voy a negarlo. Pero no puedo tener más que palabras de agradecimiento para este pueblo de acogida. Aquí he desarrollado casi toda mi labor y aquí he sido feliz durante más de treinta años. (Le hace un guiño a su mujer, COLIBIA, y a sus dos hijos, COPRINO y LACARIA, treintañeros y haciendo vida de solteros, que están a su lado.) Dejo mis obligaciones sin abandonar mi eterna vocación. Los tiempos cambian, pero no los sentimientos. De modo que, en lo que pueda, trataré de seguir ayudando y orientando a la gente.
Dr. GAMIR. (Aplaudiendo el primero.) ¡Bravo! ¡Bravo!
CRISTINA, JULIO, SONIA y FELICIA. (Uniéndose a los aplausos.) ¡Bravo! ¡Bravo!
GUSTAVO y SONIA se besan. JULIO y CRISTINA hacen lo propio. Sin que se detengan los vítores, parece que al fin cada oveja está a gusto con su pareja.
LOLA y DORINDO. (Al unísono, como si lo hubiesen ensayado.) ¡Viva el doctor Rilke! (Y lo mismo corean todos los presentes.)
COLIBIA. ¡Bien por mi esposo! (Para sí.) ¡Qué feliz soy!
COPRINO y LACARIA. ¡Eres el mejor, papá!
Se oyen sonidos de acordeón y rasgueos de guitarra. Los músicos son JULIO y GUSTAVO, que han ensayado previamente y han venido preparados con sus instrumentos musicales para una ocasión tan propicia.
EMILIA y OTROS SANITARIOS. (Entonando sus voces.) «Es un muchacho excelente, es un muchacho excelente…». (Un grupo de pacientes, OBDULIA entre ellos, los secundan. Algunos se esfuerzan en sonreír mientras se enjugan las lágrimas que no pueden contener.)
MARCIAL. (Dirigiéndose a GUSTAVO.) No podía perderme este acto. Uno es hombre de orden, pero por encima de todo es un ser humano que tiene su corazoncito.
Dr. GAMIR. Los médicos de cabecera tenemos un dicho: nuestro deber es curar o aliviar la enfermedad, pero por encima de todo consolar al doliente.
MARCIAL. Me gusta, me gusta. Sí señor, una frase definitiva que voy a apuntar.
GUSTAVO, dejando su guitarra en manos de SONIA, se dirige al centro de la sala, y como inesperado maestro de ceremonias comienza a hablar.
Dr. GAMIR. Se dice que tres cosas hay en la vida, pero una no es lo que la mayoría piensa. (DON RAIMUNDO, sintiéndose parte de los que piensan en el dinero, carraspea ligeramente.) En definitiva, esto es lo que importa: salud, paz y amor. Nada más..., ni nada menos. Por favor, llenen sus copas y, con permiso del señor alcalde, propongo un brindis: ¡Por don Fernando, vuestro querido doctor Rilke, por Balobia y por todos nosotros!... ¡Salud!
Todos levantan sus copas, las chocan y repiten la fórmula tradicional de saludo. Se mezclan en el cálido ambiente risas y sollozos. El joven médico y el médico veterano se funden en un emocionante abrazo. FERNANDO no puede evitar el húmedo testimonio de la agridulce emoción. La felicidad envuelve hoy las almas de GUSTAVO, SONIA, JULIO, CRISTINA y demás asistentes a la celebración. Rompen a cantar un jubiloso himno de hermanamiento… El mañana es un incierto cantar. Como dijo la alumna de medicina de esta comedia, nunca se sabe qué nos deparará el futuro. Y aunque habrá de tener su inevitable final, para todos y cada uno, de momento la vida continúa.
Comienza la consulta del Dr. GAMIR, con su alumna CRISTINA sentada a su derecha. Los pacientes van entrando por turno, después de ser llamados por su nombre. Unos vienen con un problema, otros con varios problemas. Algunos llegan con asuntos burocráticos, incluyendo partes de confirmación de bajas laborales y recetas para renovar, aunque desde que se ha establecido la consulta médica telefónica a muchos se les satisface esta necesidad sin venir a consulta. Los formularios que se solicitan para diversos organismos, directamente o a través de la trabajadora social, sorprenden a la joven aspirante a médico, que comprueba que no todos son pacientes, pues hay quienes acuden mostrando la simple condición de usuarios.
Dr. GAMIR. (Después de haber atendido a veinte pacientes.) Como puedes comprobar, Cristina, son frecuentes las policonsultas.
CRISTINA. Ya lo veo.
Dr. GAMIR. El doctor Rilke dice que antes la gente venía con un problema concreto. Pero de un tiempo a esta parte suelen acudir con dos, tres, cuatro o más problemas. De modo que si tienes treinta y cinco pacientes con dos problemas de media por cada uno de ellos, es como si tuvieses setenta. Las consultas se multiplican y es difícil, o imposible, dar respuesta a todos los asuntos en una sesión.
CRISTINA. Con tantos usuarios y el poco tiempo disponible para cada uno, ¿no es aconsejable que en cada consulta se trate un solo problema de salud?
Dr. GAMIR. No es fácil. Muchos te dicen que no tienen tiempo y que quieren aprovechar una sola consulta para resolverlo todo. Esto a Fernando, salvo excepciones, no le parece adecuado. Y a mí tampoco. Los dos somos partidarios de frenar esta deriva. Nos hemos planteado poner un tope de dos motivos de consulta por sesión, los dos más importantes si hay más, ateniéndonos a la ética profesional. Porque después de que se impone un nuevo hábito, cuesta mucho volver atrás.
CRISTINA. Me parece una buena idea.
Dr. GAMIR. Tampoco hay que olvidar a los hiperfrecuentadores, los que realizan visitas con mucha frecuencia. Ya verás como algunas personas vienen muy a menudo a consulta, sin una necesidad que lo justifique.
CRISTINA. ¿Y a qué es debido?
Dr. GAMIR. A diferentes factores. El principal es la presión que se ejerce para que la gente utilice los servicios sanitarios de un modo excesivo.
CRISTINA. No comprendo.
Dr. GAMIR. A ver si me explico. Se está produciendo un consumo abusivo y adictivo de los servicios sanitarios. En este sentido, se habla de una enfermedad social. Pero lo cierto es que está inducida por proveedores interesados. Y no sólo farmacéuticos, también de la medicina privada.
CRISTINA. ¡Vaya! Yo pensaba que la ética estaba por encima de todo.
Dr. GAMIR. Así debería ser. Pero, desgraciadamente, por encima de todo está el dinero. Son muchos los que ven la salud como un puro negocio.
CRISTINA. No soy tan ingenua para no saber que nadie hace nada por amor al arte. O casi nadie. Sin embargo, me resisto a admitir que sólo se persigan ganancias.
Dr. GAMIR. Pues, querida Cristina, me temo que así es. Y el medio más eficaz para conseguir ganancias es infundir temor. ¡Mete miedo y ganarás!
CRISTINA. ¡Uf! Es repugnante.
Dr. GAMIR. A los sanitarios que trabajamos de buena fe nos produce náuseas. Por eso debemos informar a los pacientes con claridad, liberarlos de inconvenientes temores y convencerlos de que deben evitar las informaciones tóxicas.
CRISTINA. He oído hablar de la infoxicación.
Dr. GAMIR. Pues la infoxicación en salud es la peor de todas. La que más daña.
ESCENA CUARTA
Dr. RILKE, Dr. GAMIR, CRISTINA
A punto de finalizar la jornada matutina, entra el Dr. RILKE en el consultorio del Dr. GAMIR, que se halla junto a CRISTINA.
Dr. RILKE. ¿Ha ido todo bien?
Dr. GAMIR. En general sí. Hemos atendido un par de urgencias, una crisis asmática y un cólico nefrítico. Y hemos tenido un conflicto con una paciente que quería que le diese un narcótico para su dolor de rodilla. Pero la mujer, que sufre de artrosis, no tiene la culpa; es una moda que se está extendiendo desde las unidades de dolor.
Dr. RILKE. Están matando moscas a cañonazos. Después de todo, son anestesistas. Tienen la mano demasiado suelta para prescribir opiáceos.
CRISTINA. Durante la rotación hospitalaria nos han dicho que los mórficos deben reservarse para el dolor grave. Creo que es lo que recomiendan las guías de práctica clínica. Yo he metido baza con buena intención, tratando de apoyar esta postura, pero esa señora me miró con hostilidad. Hizo que me sintiera mal.
Dr. GAMIR. Cristina ha intervenido de buena fe y muy educadamente, pero la irritable mujer, Flora Gripa, que tú bien conoces, Fernando, acabó insultándola. Le dijo que se callase y, viéndola tan joven y discreta, la llamó mosquita muerta.
Dr. RILKE. ¿La que fue paciente mía y se cambió para ti?
Dr. GAMIR. La misma.
Dr. RILKE. (Encolerizado.) No tolero la falta de respeto. Y no soporto que algunos no aprecien lo que tienen. Puedo imaginarme un día en que no haya médicos, porque las circunstancias han llevado a que nadie tenga vocación para entregarse a la ciencia, arte y oficio de la medicina. Un día en que ya nadie quiera seguir los pasos de Hipócrates, porque no merezca la pena dedicarse a una labor que no es reconocida ni valorada. Entonces, aquellos que vociferaban sus derechos se darán cuenta de lo que han perdido.
Dr. GAMIR. No creo que lleguemos a tal extremo, Fernando.
Dr. RILKE. Pues en mi opinión, Gustavo, no es descabellado imaginarlo. (Dirigiéndose hacia la alumna en prácticas.) No pretendo asustarte, Cristina, pero la práctica de la medicina tiene sus sinsabores. Sin duda, tiene muchas compensaciones, siempre que la ames y te dediques con convicción y en plenitud a ella. ¡No hay nada más digno que aliviar el sufrimiento! Pero no tenemos por qué tragar sapos ni dejarnos estresar continuamente, a riesgo de tener una úlcera de estómago o, peor aún, un infarto. Como le escuché decir a un compañero: «Primero piensa en tus coronarias». ¡Toma nota, querida! Con el tiempo entenderás que hay que poner ciertos límites, por el bien de todos y sobre todo de los pacientes.
Dr. GAMIR. Hazle caso, Cristina. Tiene experiencia, conocimiento y sensatez. (Haciéndole un guiño al Dr. RILKE.) Fernando es un sabio.
CRISTINA. Tomaré nota.
Dr. RILKE. No soy sabio, soy viejo. (Tras unos segundos de reflexión.) Hay que ser optimista, desde luego, pero moderadamente. Y hemos de asumir que el mundo no se acaba entre las cuatro paredes de un consultorio. Ni mucho menos.
Día a día, jornada a jornada, CRISTINA va adquiriendo experiencia al lado del joven galeno, que se muestra cada vez más cómodo al lado de su alumna, y también más atraído por sus encantos personales. No es de extrañar. Es una chica con buenas cualidades humanas, inteligente y, por encima, tiene una hermosura incontestable. GUSTAVO cree estar enamorado de SONIA, pero su nueva atracción llega a hacerle dudar. Hasta el momento guarda para sí su sentimiento y no lo exterioriza, por discreción y también por conveniencia.
___
(Continuará)
‘‘Lever du jour’’ de Daphnis et Chloe, Maurice Ravel
GUSTAVO entra en la Cervecería Abrente, uno de los establecimientos donde habitualmente suele parar. Y al llegar se encuentra con FERNANDO RILKE.
Dr. GAMIR. ¡Hola, Fernando! Me alegro de encontrarte.
Dr. RILKE. ¿Qué tal Gustavo? ¡Siéntate!
Dr. GAMIR. (Después de hacer señal al camarero de que le sirva lo de costumbre.) Mañana viene mi alumna para comenzar sus prácticas.
Dr. RILKE. Eso está bien. A mi consulta también va a acudir un rapaz que vino a presentarse el otro día. Es raro, porque ahora son mayoría las mujeres que estudian medicina. En el pasado predominaban los hombres; lo habitual era que las féminas estudiasen para ser enfermeras. Hemos ido de un extremo a otro.
El camarero le sirve a GUSTAVO la cerveza que acostumbra a tomar.
Dr. GAMIR. ¡Gracias, Eulogio!... Respecto a eso, dice Julio, el maestro, que nuestra sociedad se mueve hacia los extremos. Antiguamente era aquello de «la letra con sangre entra», y ahora no le roces un pelo a un chiquillo que te llevan detenido.
Dr. RILKE. Cierto. Tampoco el paciente te discutía un tratamiento y en la actualidad está tan empoderado, e «informado» por el Dr. Google, que tienes que darle mil explicaciones e insistir para que se convenza de que las recomendaciones que le das son las más adecuadas. Tú eres muy joven y no tienes mi perspectiva temporal. No puedes notar este contraste que se ha producido en treinta años.
Dr. GAMIR. Llevo cuatro años aquí, alejado del mar, y año a año noto cambios.
Dr. RILKE. A peor, ¡a que sí! (GUSTAVO asiente.) Es reflejo de los cambios sociales, siguiendo un movimiento pendular. Ahora a todo el mundo le asisten los derechos y son cada vez menos los que sienten la obligación de acatar los deberes. Yo antes tenía la mentalidad abierta hacia la libertad absoluta, creyendo que todo quisque era bueno. A estas alturas estoy desengañado, y aunque no renuncio a mis antiguas ideas, que distan un mundo de las del señor alcalde, por poner un ejemplo, lo veo todo muy diferente. Los jóvenes ya no te muestran respeto y los viejos parecen haberse contagiado de ese desprecio que muestran aquellos a quienes desde la cuna les han dado todo hecho. Que son mayoría. Muchos no dan palo al agua y se creen los reyes del mambo. ¡Apropiados tópicos! Y si por casualidad trabajan, ya están cansados al tercer día. Te vienen a por una baja alegando una lumbalgia o simulando una depresión. Hay demasiados vagos. ¡Qué te voy a contar! Tú lo estarás viviendo en tu corta carrera profesional. A mí ya poco me queda.
Dr. GAMIR. Por mi parte, noto cada vez más personas que te vienen a pedir justificantes para excusarse de cualquier obligación. Es algo que cuesta entender.
Dr. RILKE. Y eso que estamos en un pueblo. ¡Imagínate en la ciudad! A mí me ha venido ayer uno, que llevará un año viviendo aquí, para que le diese un justificante que confirmase que el día anterior se encontraba mal y no pudo ir a trabajar. Ya era la tercera vez en poco tiempo que venía con algo parecido y corté por lo sano. Soy tolerante, pero la comprensión tiene sus límites. Le propuse que hiciese una declaración jurada o acudiese al notario, a ver si, pagando el servicio, le daba fe de que en efecto estaba mal. Ése ya no vuelve con cuentos semejantes, me dije.
Dr. GAMIR. Seguro que no.
Dr. RILKE. Te diré algo en confianza. Este no es lugar ni estamos en un tiempo para hacer dinero. Lo que ha sido una profesión liberal ha pasado a ser un desempeño funcionarial. Ahora estamos supeditados a gestores que siguen dictámenes políticos. Tratan de aparentar nobles deseos de mejorar el sistema público de salud y lo que persiguen es buscar su ruina, para favorecer los intereses de consorcios y entidades privadas, de las que ellos mismos habrán de obtener compensaciones. No nos engañemos, los tiempos en los que el médico tenía un elevado estatus, poder e influencia, han pasado. Tampoco defiendo a los colegas de antaño que engañaban a su clientela para sacarles los cuartos. Aún quedan algunos al estilo de los de la vieja guardia; incluso de los que usan con habilidad la mejor arma del negocio de la salud: el charlatanismo. Me asquean esos galenos engañadores, los charlatanes, los vendedores de humo. Son indignos quienes apelan engañosamente al interés de la medicina, por encima del bien del paciente y en interés propio. Hacer dinero no es mi principal cometido. No. Sin embargo, no puedo callar ante la evidente proletarización a la que nos han condenado. Creo que me queda un poco de dignidad. Y no soy un soñador… Pero a pesar de inconvenientes y sinsabores, aún sigo disfrutando de esta digna profesión. Mantengo el entusiasmo necesario para resistir sin quemarme, como tantos compañeros incapaces de soportar la actual carga de trabajo, sin sustitutos, con recortes, sin derechos, con demasiados ninguneos. No veo un futuro alentador en el campo de la medicina de familia y de la atención primaria en general. (Advierte los ojos entornados de su compañero.) Y no quiero desalentarte, Gustavo. Tienes muchos años por delante, y gente como tú es la que tiene que impulsar una refundación del sistema, para que esto vuelva a encontrar el norte que ha perdido hace mucho tiempo.
Dr. GAMIR. (Con gesto más alegre.) Yo confío en lo que dices, Fernando. También entiendo tu desencanto. Y admiro tu pundonor y tu entrega profesional.
Dr. RILKE. Por cierto, quería proponerte un cambio de guardia para el próximo mes. (Le hace la propuesta concreta y GUSTAVO acepta sin ver inconveniente.)
FERNANDO le hace saber a GUSTAVO que, pudiendo librar las guardias, por rebasar la edad de cincuenta y cinco años, continúa haciéndolas por solidaridad con los compañeros, para que no se vean sobrecargados, al haber llegado a una situación de escasez de galenos en Hispania. Situación debida a la emigración médica de los últimos años en busca de mejores horizontes profesionales, a otros países europeos e incluso a las antípodas. Después de tomarse otras cervezas y derivar la conversación hacia asuntos no profesionales, tan relajantes como los baños termales, la pesca fluvial o el senderismo, se despiden cordialmente. La admiración que siente el Dr. GAMIR por su veterano colega es reverencial. Cuando llegó a Balobia, el Dr. RILKE le prestó una gran ayuda. Se siente muy agradecido de su generosa actitud y tiene por impagable el conocimiento que le transmitió del medio y de la gente. Y además está fascinado por su inmenso saber médico y su extraordinaria capacidad de comunicación.
ESCENA SEGUNDA
Dr. GAMIR, Dr. RILKE, CRISTINA
A primera hora, GUSTAVO acompaña a CRISTINA hasta la consulta de FERNANDO, con el propósito de que se conozcan.
Dr. GAMIR. ¡Buenos días, Fernando! Te presento a mi alumna, Cristina Ríos.
Dr. RILKE. ¡Bienvenida, Cristina! (Le da un beso en cada mejilla.) Estás en buenas manos. Gustavo es un tutor paciente, yo no tanto. (El Dr. GAMIR lo niega con un gesto de desaprobación por su modestia.) Vas a comprobar que aquí hacemos medicina total. Más que médicos generales o de familia, somos «todólogos», especialistas en todo el individuo. Lejos del hospital, estamos preparados para actuar en cualquier circunstancia. Así es la medicina rural, opuesta a la hospitalaria de los «cachitólogos», especializados en un pedacito del saber médico. Quizás ayer ya lo hayas constatado.
CRISTINA. (Sonriendo por la curiosa descripción que RILKE acaba de hacer.) Sí, ayer he visto que se hace un poco de todo. Y Gustavo me ha puesto al tanto de las actividades que desarrolláis en el pueblo. Muy interesante vuestro trabajo.
Dr. RILKE. Verás con qué facilidad se pasa de la rutina al drama, del cargante papeleo a la emergencia inesperada, de los procesos banales a pacientes con cáncer o enfermedades raras. Te encontrarás con individuos quejicas y con admirables pacientes que llevan una grave enfermedad crónica con dignidad. Bueno, lo irás advirtiendo poco a poco… No sé si Gustavo te ha hablado de las charlas educativas que solemos dar.
Dr. GAMIR. (Adelantándose.) Cristina tiene conocimiento de nuestra labor de educación sanitaria y de todo lo demás. Hasta del cuestionamiento de algunas medidas preventivas de las que tanto hemos debatido. Le he hablado de ello.
Dr. RILKE. ¿Sí? ¿Y qué opinas, Cristina?, en breve doctora Ríos.
CRISTINA. Durante la carrera todo es pura teoría y dogmatismo. Te inculcan eso de que es mejor prevenir que curar, y Gustavo me ha convencido de que no siempre es así. Creo que las prácticas deberían comenzar antes de la licenciatura. Nos abriría los ojos cuanto antes y no nos sorprenderíamos de lo que nos espera al acabar.
Dr. RILKE. Totalmente de acuerdo. En eso coincidimos la mayoría. Sí. Llevamos años instando a cambios en los programas educativos, pero por desgracia no hemos logrado que cambie nada. Todo continúa igual que estaba. La gente sigue saliendo de la facultad sin haber visto un paciente. Desconociendo la realidad social, los problemas de alcoholismo y drogadicción, la soledad de los ancianos, la pobreza... Y cuando un médico joven, recién licenciado o acabada su especialidad de medicina de familia, llega a un pueblo y comprueba que ha de atender sobre la marcha un traumatismo grave, un infarto de miocardio, un ahogamiento o un brote psicótico, navegando en un mar de continua incertidumbre y sin dejar de soportar la carga de un ingente papeleo, puede acabar agobiado y lamentando haber elegido este oficio o satisfecho de su labor y confiando en futuras mejoras asistenciales. Espero que tú, Cristina, sientas satisfacción y confianza.
Dr. GAMIR. (Mirando su reloj.) Va a ser mejor que dejemos de teorizar. Es hora de comenzar la consulta… Pero no veo a tu alumno, Fernando.
Dr. RILKE. Vendrá mañana. Hoy tenía que resolver un papeleo en la Gerencia de Atención Primaria. Aquí los trámites no se simplifican ni con la informatización; no hay manera de que seamos prácticos. En fin… ¡Pongámonos a trabajar!
Dr. GAMIR. ¡Comencemos que ya es hora!
GUSTAVO y CRISTINA salen de la consulta de FERNANDO.
Alguien llama a la puerta de la consulta del DR. GAMIR.
Dr. GAMIR. ¡Adelante!
CRISTINA. ¡Con permiso! Soy Cristina, la estudiante de medicina.
Dr. GAMIR. ¡Ah, sí! Te estaba aguardando. Espero no defraudarte.
Se dan cortésmente la mano.
CRISTINA. Me han hablado muy bien de usted como tutor. Y como persona. Yo soy optimista por naturaleza y confío en aprender mucho a su lado.
Dr. GAMIR. Puedes tutearme; al fin y al cabo, somos colegas. Y aunque yo no sea viejo, tú eres muy joven. (Hace un breve silencio mientras contempla a su alumna de diecinueve años.) Bien. Te enseñaré cómo funciona esto y mañana ya lo irás viendo sobre la marcha. Como verás, aparte del ecógrafo, es poco el aparataje que tenemos.
GUSTAVO le va dando las oportunas explicaciones a CRISTINA y ésta, mostrando gran interés, permanece muy atenta.
CRISTINA. Me han dicho que la medicina rural es muy diferente a la de la ciudad.
Dr. GAMIR. Se lleva con un poco más de calma. En general las relaciones son más cordiales, la gente suele ser paciente y bastante agradecida. No hay tanta agresividad ni violencia como en la ciudad. Aunque todo está cambiando. No lo digo yo, que llevo ejerciendo poco más de cuatro años, sino veteranos como Fernando Rilke, a quien ya te presentaré. Dice que ha ido aumentando progresivamente el número de pacientes con trastornos mentales, sobre todo somatizaciones, porque la vida se ha ido acelerando también en el ámbito rural.
CRISTINA. No lo sabía.
Dr. GAMIR. (Tras una pausa.) A Fernando le disgusta que haya crecido tanto el consumo de psicofármacos, en particular de ansiolíticos, a consecuencia de la mayor cantidad de problemas sociales, más que psiquiátricos. Y le preocupa mucho el incremento de los suicidios. El doctor Rilke es un médico muy experimentado y sensible con los problemas de la gente, como un doctor Benassis*. Hoy está trabajando en un consultorio periférico. Se ha embarcado en una cruzada contra la medicalización y es un paladín de la prevención cuaternaria.
CRISTINA. (Dubitativa por lo último que acaba de decir GUSTAVO.) No sé muy bien de eso, pero me llama la atención lo de los suicidios.
Dr. GAMIR. Sí, más intentos de suicidio y más suicidios consumados. Es una triste realidad.
CRISTINA. (Preocupada.) También se hacen más visitas domiciliarias, ¿no es así?
Dr. GAMIR. Ten en cuenta que la población está dispersa y que los medios de comunicación no son los de la ciudad. Aquí las personas dependientes tienen más dificultad para desplazarse. Por eso hay que ir a verlas a menudo a sus casas.
CRISTINA. (Con gesto pensativo.) ¿Y el ordenador hay que utilizarlo para todo?
Dr. GAMIR. Me temo que sí. La historia clínica es electrónica desde hace un tiempo y todos los registros se llevan a cabo informáticamente. ¿Quieres saber algo más?
CRISTINA. De momento no se me ocurre ninguna otra cosa.
Dr. GAMIR. ¡Ah! No sé si estás al tanto. Se ha establecido la consulta telefónica.
CRISTINA. Sí, ya lo sé. Lo que no tengo claro en qué casos se utiliza.
Dr. GAMIR. Tal y como se ha puesto en marcha, los pacientes deciden. Aunque en mi opinión sólo sirve para dos supuestos. Uno es la renovación de recetas crónicas, que, como supongo que sabes, son electrónicas. El otro, la aclaración de una duda concreta sobre un problema de salud. Para lo demás, es preciso la consulta presencial.
CRISTINA. Eso parece lo razonable.
Dr. GAMIR. (Asintiendo con la cabeza.) Entonces, nos volvemos a ver mañana.
CRISTINA. De acuerdo. ¡Hasta mañana, doctor Gamir! (Fijándose en la naturalidad con que su tutor lleva el fonendoscopio al cuello, le da la mano en señal de hasta la vista.)
Dr. GAMIR. (Sin desprender la mano de CRISTINA y reparando en sus hermosas facciones.) Aquí te espero. A ver si sacas algo de provecho. Y, por favor, ¡tutéame!
___
*Doctor Benassis. Personaje principal, bondadoso y filántropo, de la novela de Honoré de Balzac El médico rural. [Wiki. Lectura online AQUÍ]
ESCENA QUINTA
SONIA, Dr. GAMIR
Entra SONIA justo cuando sale CRISTINA.
SONIA. ¿Quién es ésa? Es muy joven. No me parece una paciente.
Dr. GAMIR. Es la estudiante de medicina que me han asignado. Es muy agradable. Y apenas tiene dos años menos que tú. Le estaba enseñando el consultorio y poniéndola al tanto de las actividades diarias de la consulta.
SONIA. Pues tiene más bien pinta de…
Dr. GAMIR. ¿De qué?
SONIA. De nada.
Dr. GAMIR. Pero ¿por qué eres tan suspicaz, Sonia?
SONIA. Yo suspicaz…
Dr. GAMIR. Anda, que algo te conozco. Lo suficiente para saber que eres…
SONIA. ¿Que soy qué?
Dr. GAMIR. Celosa. Y no admites que nadie se interponga en tu camino.
SONIA. ¿Qué dices? ¿Celosa yo? No tengo por qué. Soy lo suficientemente atractiva para no tener nada que temer. Mi personalidad es fuerte, nunca me doy por vencida. Y tengo una situación económica que me da seguridad.
Dr. GAMIR. Ya está bien, déjalo. Sabes que te quiero, a pesar de tus caprichos.
SONIA. Por encima me llamas caprichosa.
Dr. GAMIR. Yo no he dicho eso.
SONIA. Lo insinúas.
Dr. GAMIR. Dejémoslo en que eres una niña… un tanto mimada.
SONIA. (Enrojecida.) ¿Mimada yo? Te voy a…
Dr. GAMIR. (Frenándole el brazo.) Pones una mirada tan inquisidora que si la viese Torquemada se asustaba. Ven aquí, fierecilla… (Cogiéndola por la cintura la besa en los labios.) ¿A qué vienen esos celos? Si te quiero sólo a ti…, ya lo sabes.
SONIA. ¿De verdad, Gustavo?
Dr. GAMIR. De verdad, Sonia. De verdad.
SONIA. El sábado salimos a bailar.
Dr. GAMIR. El sábado… Sí. No tengo guardia el fin de semana. Saldremos a bailar. Y, por cierto, el último domingo del mes estamos invitados a comer en casa de Lola y Dorindo. (SONIA se da por enterada y no pone impedimento.)
Se despiden con otro beso, esta vez de mutuo acuerdo. GUSTAVO mira la hora en su reloj de pulsera y la coteja con la del reloj de pared de su despacho. Tiene tiempo suficiente para comer antes de hacer las dos visitas domiciliarias. Se trata de dos ancianos, una mujer y un hombre, polipatológicos y con frecuentes achaques. Enfermos dependientes ambos. Su consulta de pueblo, en la que lleva escasamente cuatro años, tiene cada año que pasa un tinte más geriátrico.