miércoles, 27 de mayo de 2026

Caprichosa memoria


[Relato]

A quien pueda escucharme, he de decirle que me lamento en vano por lo perdido, después de haber ganado tanto. Si alcancé el triunfo, fue tan dura la caída que no aspiro ni a zurcir una pequeña parte del pecho desgarrado. Pecando de ingenuidad –o confiando en los abrazos–, cometí errores abismales. En la distancia, añoro las épocas más luminosas: una acariciando con sedosas manos la guitarra clásica; otra besando el saxo con sensibles labios. No os extrañéis por el arranque del discurso. Fue el gusto por la diversidad; una búsqueda continua que, en un desmedido optimismo, me llevaría al estrepitoso fracaso... Entregué mis mejores días confiado y generoso, porque mi credo era dar sin esperar ninguna recompensa. Di lo mejor para conseguir las más sublimes armonías, por el propio placer y el disfrute ajeno, sin ansia por la fama, encomendado a mi arte sin jactancia. ¡Os lo prometo con artística sinceridad! Y bien rodaban mis proyectos desde el anónimo deleite, hasta aquel año en que, de sopetón, mis manos perdieron su delicadeza y, enloquecidas, quisieron destrozar el mundo a puñetazos.

Como girar la cabeza quien sufre una tortícolis, a mí me cuesta mirar atrás...

Comencé con la guitarra, primero como un juego, después con el interés puesto en una total entrega, digamos profesionalizada, si bien no me gusta considerarlo así por su peyorativa connotación funcionarial, ya me entendéis. En rigor, al principio confiaba en el mejor de los instrumentos, en el único natural, en la propia voz de barítono que el cielo, por seguir el tópico, o la madre naturaleza tuvo a bien concederme. La misma deidad o fuerza terrena me la arrebató en plena juventud. Una laringitis mal curada, que acabaría cronificándose, me obligó a desistir de los deseos de depurar el canto; en verdad mi bello canto, ¡y lo sentencio sin ambages para eludir falsas modestias!, lo que supuso el más doloroso trauma, aparte de la muerte de seres queridos o de los grandes abandonos. Pude haber sido un Ausensi, un Fischer-Dieskau, un Milnes… o un Sinatra. Pero no, no conseguí ser lo que soñaba. A los diecinueve años cedí ante la evidencia y puse mi interés en ese instrumento de madera y seis cuerdas que, al decir de los varones sensuales, remeda un hermoso cuerpo de mujer. Un comienzo algo tardío que no fue un hándicap para mi crecimiento como guitarrista; el empeño y, ¿por qué no admitirlo?, unas cualidades innatas, me llevaron a alcanzar en poco tiempo un importante virtuosismo. Tocaba composiciones de Sor, de Tárrega, de Albéniz, de Barrios, con una técnica muy depurada y, sobre todo, con una sensibilidad exquisita. La guitarra no tenía secretos ni límites para mí. Armonicé sencillas melodías folclóricas que ennoblecí en mis recitales; y tanteé con el flamenco, demostrando una capacidad ilimitada y una invariable buena forma. No es vanagloria, es que creo necesario revelar mi mérito. En poco más de siete años, a los veintiséis, era reconocido como uno de los mejores concertistas del planeta, hasta que, ¡ay!, el sino, que tantas veces se nos tuerce, dio al traste con mi prometedor futuro... El camión vino de frente, no pude reaccionar a tiempo y... un negro túnel me absorbió de pronto. Un inacabable túnel...


Desperté de un extraño sueño del que no recuerdo más que oscuras pinceladas; cuarenta y cinco días en coma para asombrarme de los acordes que tanto dominaba. Había olvidado sucesos importantes y también el método pedagógico de Marcelino Abré, gran maestro y tío paterno. Se admite por lo general que uno jamás descuida ciertas cosas que ha asimilado, como la tabla de multiplicar, montar en bicicleta, escribir a máquina o nadar, por lo que les chocaba a los neurólogos que desconociera los rudimentos de la guitarra (sabemos que la medicina no es ciencia exacta y que los médicos tienen sus limitaciones). La veía ante mí, me sonaba como una cara familiar que no se puede explicar con exactitud, la ceñía instintivamente y rasgaba las cuerdas con la mano derecha como un principiante, ignorando qué hacer con la izquierda. Pasados seis meses poco había avanzado en la reconquista de este campo técnico, aunque de manera milagrosa recobré la memoria. ¡Increíble para el profano y desconcertante para la ciencia! La memoria viene a ser la savia de la ciencia y del arte… No sabría responder a la pregunta de si llegué a recuperarla del todo o si el accidente dejó lagunas, pues siendo de ordinario selectiva ignora muchos pasajes y magnifica o distorsiona otros. De lo que estoy seguro es que no disponía de ánimos para adquirir de nuevo las habilidades, a pesar de las muchas cartas que recibí de admiradores y de las palabras de aliento de mis amigos, de mis pocos pero incondicionales amigos. «¡No te rindas, Mauricio! Tú eres fuerte y saldrás de ésta», me decían con la mejor intención, sin que yo, impotente, pudiese complacer su sincero deseo. 

De modo que, sin haber cumplido los veintisiete, tenía que afrontar la realidad: ¡una gran carrera cercenada de golpe y para siempre! Igual que le acaeció al tío Marcelino en su momento. Metralla de guerra le paralizó dos dedos y hubo de conformarse con la enseñanza, obligado a olvidarse, con hondo pesar, de su excepcional faceta interpretativa. Con todo, lo mío era peor; para llorar sin debilidad. Podía sobrevivir una temporada con la indemnización recibida, pues la culpa fue del camionero, aunque lo justo hubiese sido compensar el daño real producido, porque supondría otorgarme un subsidio de por vida. No obstante, como no se pudo demostrar una amnesia..., digamos que específicamente musical, los tribunales no sentenciaron a favor de la propuesta de mi abogado ni de las múltiples testificaciones. Una injusticia como tantas. De la vida, más que de los ciegos juzgadores. Superados los treinta tuve que recurrir a la caridad pública y ampararme en los nunca bien ponderados servicios sociales. Tan joven y como un trasto inservible; era un ser improductivo, un jubilado adelantado y sin pensión digna. En humillante situación, para satisfacer una necesidad transitoria hube de abrigarme como un niño bajo el amoroso manto de mis padres (¡su extravagante hijo les queda eternamente agradecido!). Jaime y Ricardo, mis mejores amigos, tampoco me abandonaron en la desgracia e hicieron por su parte lo imposible. 

Pero mi orgullo quería volar en solitario. ¿En solitario? 

Siendo sincero, siempre he necesitado compañía… Andrea, mi gran amor, me abandonó tras cuatro años de intenso noviazgo, antes del calamitoso accidente. ¡Cómo eché en falta sus besos! Nunca supe la razón exacta, porque reíamos juntos, nuestras miradas eran limpias, había suficiente ternura y el fuego necesario para fundirnos en un solo latir. Acaso pensaba que estaba más en mi guitarra que en ella… Eso sí, os aseguro que no recalé en otros ojos; también os puedo garantizar que no fue una infidelidad suya la causa de mi naufragio. Conocí a Rosa ocho meses más tarde y vivimos un apasionado romance, en realidad una seria relación que prometía una unión bendecida y aclamada, con todas las de la ley, como se suele decir. Acababa de dejarla en su casa aquel día desgraciado. Estuvo conmigo durante la convalecencia, pero notaba día a día que su cariño se desvanecía, que más y más se distanciaba. La tarde de otoño que le manifesté que se había esfumado mi esperanza de recuperar el virtuosismo de antaño fue decisiva; me dejó por un motivo opuesto al de Andrea. Ésta parecía tener celos de mi guitarra y en cambio Rosa me rechazaba por no compartir sus amores con ella. Luego vinieron otras mujeres y… más de lo mismo. ¿Quién las entiende? Bueno, no soy justo; es fácil decir desde la otra parte. 


Inerme ante los vaivenes de la fortuna, cumplidos los treinta y uno, muy tarde, hice un musical descubrimiento: el maravilloso sonido del saxo tenor. No es que no lo hubiera escuchado antes, es que no le había prestado la atención debida, entregado a la llamada música clásica y descuidado del apasionante mundo de la música negra. ¡Oh, el jazz!, denominación un tanto misteriosa donde casi todo se funde, libre de encorsetamientos; bello vocablo debatido y alargado en un encantador siseo. Apareció aquel saxo ante mí, el amado saxofón que, pensaba, habría de acompañarme hasta el fin de mis días, en una tienda de objetos usados, o sea, de segunda mano. Al contemplarlo allí, rodeado de muebles vetustos, de cuadros sin autor, de libros ajados por el tiempo y de insólitas muñecas de porcelana, me aproximé para tocar su metálico resplandor, pedí permiso para soplarlo y... ¡No era posible! Las notas salían espontáneas y los dedos se deslizaban con inexplicable naturalidad. Esto iba más allá de lo que los músicos llamamos memoria de los dedos. Nunca había tocado un instrumento de viento, al margen de una flauta de pico, y mal, a no ser que mi memoria, mi caprichosa memoria, me traicione. Tenía lo justo para pagar su importe y me lo llevé a casa, alegre como un niño con zapatos nuevos. En mi soledad volví a ceñir su curvado y reluciente cuerpo, a besar su sabrosa boquilla… Dios, ¡cómo sonaba aquello!: rítmico, melodioso, extraordinario. Sin exageración, la comparanza me igualaría con un Hawkins, un Webster, un Rollins o –casi mejor– un Getz. No podía creerlo, como tampoco podía concebir que hubiese olvidado toda la técnica guitarrística. Suponía una compensación, ¿por qué no?, merecida. Siempre me había impresionado, por encima de todo, la sonoridad de la trompeta, y en especial la del sin par Gillespie. Sin embargo, no desmerecía el aterciopelado poderío del saxo tenor, dignamente representado por los grandes instrumentistas referidos y por otros que, supongo, conoceréis. 

Se hizo el prodigio y recuperé la confianza en mí mismo... 

De alguna manera debía dar gracias al cielo. Tenía que hacerlo para no sentir el peso de esa deuda moral. Me planteé hacer el Camino de Santiago, idea que iba postergando y que renacía cada vez que tocaba y escuchaba los aplausos. El saxo –lloro cada vez que lo recuerdo– me devolvió la gloria. Toqué a dúo con egregios pianistas; formé tríos, cuartetos, quintetos, sextetos, combos; acompañé a voces principales (¡un suspiro por mi primera frustración instrumental!); participé como miembro de espléndidas big bands. Ninguna formación, pequeña o grande, me era ajena. Y ningún estilo se me resistía: swing, bebop, cool, hard bop... Incluso exploré, sin duda con acierto, el jazz vanguardista y experimental, tan querido por unos pocos y abominado por tantos. Era intérprete y compositor; recreaba piezas ajenas y disfrutaba creando mis propias obras. No había ritmo que se me resistiese, afroamericano, hispano, cubano; combinaba los ritmos y salían otros nuevos que resultaban explosivos. Compuse boleros, mambos, foxtrots, baladas… Desde la imitación inicial, inevitable, y sin negar las influencias de los dioses del jazz, logré la originalidad que todo creador persigue; y me acuerdo ahora de Ellington, de Miller, de Goodman. Estaba bendecido por la musa Euterpe. Mi inspiración no decayó durante años, durante los mejores años de vida musical… y terrenal. Plenamente integrado en el fabuloso mundo de los ritmos sincopados, aunque sustraído de sus malos hábitos (de la química nefasta, no de la adicción al sexo que se suele vincular al rock' n' roll), recorrí el país entero y di la vuelta al globo varias veces. ¡Qué actuaciones memorables! ¡Qué sesiones clamorosas! ¡Qué locura colectiva! Las sonoridades envolventes –no el alcohol ni las drogas– daban colorido a las noches y disipaban los fantasmas del pasado. Muchas féminas llamaron a mi puerta y algunas se colaron en mi vida, entre ellas una cantante de color de la que creí estar enamorado; su flexible voz me evocaba a Sarah Vaughan.  

Embriagado de una nueva luz, todo volvía a tener sentido… 


Debo puntualizar que no se me subió el éxito a la cabeza; siempre me mantuve alejado de la soberbia, nunca miré a la gente corriente desde arriba. Juro que no soy de los que se sientan en un alto trono de altivez. Al contrario, mi humildad era franciscana, y aún lo sigue siendo. No estaba aislado del mundo real, no era uno de esos artistas que viven en las estrellas. No, no era un antipático divo. Me acercaba a mis fans, hablaba con ellos y firmaba autógrafos, sin sentirme molesto en ningún momento, mostrando una sonrisa franca, casi melódica. La felicidad de mis admiradores era la mía. No obstante, algunos críticos me tildaron de endiosado o engreído, y escuché calificativos insultantes, no sé si graciosos o cargados de mala fe, que me dañaron en lo más hondo. Prefiero olvidarlos. Y no vayáis a pensar que no tengo sentido del humor. Es más, considero que es bueno reírse de uno mismo. Salvo en los periodos de abatimiento, que toda persona tiene, el resplandor de mis dientes daba fe de mi dicha. Salvando las distancias, era un Armstrong blanco. 

Fui muy afortunado... (¡Debí haber hecho el Camino de Santiago!)

¿Y por qué decía al comienzo que reconocía enormes equivocaciones? Porque a causa de mi estulto proceder, ahora no tengo ni tan siquiera el adorado saxofón. Lo perdí por mi obstinada ingenuidad, dando y confiando sin precaución alguna; dicen que es un defecto de los Abré. Robaron mi instrumento y mi música; sí, la música que había compuesto, el fruto de una fecunda y espléndida inspiración. Cada vez que lo pienso me río de los derechos de propiedad intelectual, y de mi propia sombra. Habían escrito un libro sobre mi vida y desapareció. Las grabaciones que realicé con esmero se esfumaron como por ensalmo; no hallé ninguna copia que certificase mi dominio saxístico y tampoco muestras inequívocas de mis habilidades como guitarrista. Dijeron que mis piezas, muchas de las cuales se convirtieron en estándares, pertenecían a otros autores; me engañaron como a un bobalicón carente de malicia. El mundillo artístico es complicado, resbaladizo, cambiante, traicionero…; quizá peor que el de la política. Me pregunto cuál fue mi peor culpa... (¿Y si todo se debe a no haber hecho el Camino?)

¡Si fuese percusionista habría de desahogarme con tambores y platillos! 

No basta con vivir en paz, libre de enfermedad y alejado de la absoluta pobreza. Estoy en los sesenta y sin saber cómo el tiempo inmisericorde se ha fugado, con lo bueno y con lo malo. Imágenes, olores y sensaciones se han sumido en un inescrutable abismo, como olvidados acordes de una irrepetible y ahogada sinfonía. Apenas distingo vagamente una oscilación de copas entre humo de cigarrillos. Os confieso que no me queda nada, ni de la gloria ni del infierno. Nada, excepto un batiburrillo agobiante en la sesera que se disipa en un lamento. Perdí a mis padres hace mucho. Jaime pasó a mejor vida hace un lustro y Ricardo acaba de irse por la misma senda (cáncer y suicidio; tan jóvenes y tan buenas personas… ¡Cómo los echo de menos!). Mi tío Marcelino anda perdido en una residencia de ancianos, ausente en su demencia senil. Y el amor, si en verdad lo tuve, también se me perdió. ¡Asquerosa memoria! O dichoso cerebro. Alguna vez he pensado si estaría mal de la cabeza; después de todo podría suponer un cierto alivio. Por fortuna, o por desgracia, no estoy loco. No. O al menos tengo mi razón, llámese cordura de uno o locura de todos. En mi razón, sólo me consuelo con los prodigios de la técnica… 

Y ahora ruego silencio, que van a sonar encantadoras voces, y envolventes guitarras, y poderosas trompetas, y, junto a piano, contrabajo y batería, un asombroso e inesperado saxo. Sí, un saxo singular y salvador. ¿Que quién lo toca? Leo en los créditos del disco que un tal John Coltrane... Pues no. No. ¡No! Es mi evidencia... Lo toca Mauricio Abré. 

[2003, 6 ago.]

John Coltrane - In A Sentimental Mood

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