lunes, 6 de septiembre de 2010

Menos química y más calor humano


A continuación reproduzco una interesante carta al director, publicada recientemente en un diario de mi ciudad, que me ha hecho reflexionar sobre la comunicación con los pacientes y el hecho cotidiano de prescribir medicamentos. De este texto amargo, duro y recriminador, escrito por una mujer y titulado “Medicar y sus efectos secundarios”, subrayo los párrafos que me parecen clave.

En mi peregrinar en el transcurso de estos últimos años por las unidades de “insalud mental” siempre he salido de ellas horrorizada por lo que mis ojos veían y mi alma no alcanzaba a comprender. Pacientes que van por los pasillos como si de un triller de zombies se tratara.
Muy poco tiempo dedicado a las terapias durante la estancia y menos después de ella. Medicación abundante donde no existe límite, y si el enfermo molesta o protesta se le administra una inyección para sedarlo todavía más. A todo este festín de barbitúricos (drogas) hay que añadir los devastadores efectos secundarios que provocan.
En multitud de ocasiones se utilizan personas como cobayas, sobre todo con estos pacientes, total ellos no protestan y si protestan se les administra más pastillitas. Los familiares tampoco protestan porque realmente no saben qué se les administra.
Entre estos efectos secundarios tenemos: somnolencia (dificulta cualquier intento de realizar alguna actividad), obesidad, pérdida de equilibrio (haciendo ir medio inclinado al enfermo o caer de bruces por no poder controlar su cuerpo), desmayos, lapsus de memoria, ansia de fumar, descontrol de vejiga y esfínteres (imagínense que eso les pasa en la calle o en el autobús, terrible…), estreñimiento crónico, disfunciones sexuales y un larguísimo etcétera. Mucha gente se pregunta: ¿por qué dejan de tomar la medicación?
Estas serían algunas de las respuestas, a las que se añaden el olvido, el que no les enseñan a aceptar y entender su enfermedad y a que ellos se sienten mejor sin la medicación. Después de un tiempo sin tomarla ya no tienen ningún control sobre sí mismos al no ser conscientes de su estado (aquí es donde empieza el calvario familiar).
Cuando a una persona se le diagnostica una enfermedad mental se le niega todo: libertad, sexualidad, independencia, opinión...
El entorno familiar se reduce, los amigos desaparecen y comienza un periplo de discriminación en prácticamente todo lo que le rodea.
El psiquiatra que no apuesta por una terapia unida a la medicación no ha evolucionado en el tiempo. Psiquiatría tiene que ir unido a Psicología.
El enfermo necesita muchas dosis de cariño, comprensión, valoración de su inteligencia, actividad física y mental, motivación continua, medicación justa y una terapia adecuada (profesionales especializados con verdadera vocación).

Es ésta una visión personal de alguien que se siente víctima de la (mala) actuación de los profesionales de la salud mental, si se quiere exagerada y criticable desde el punto de vista técnico. Pero al mismo tiempo objetiva una indiscutible realidad: la situación de frialdad comunicativa imperante en la sanidad; al fin y al cabo, nada diferente a la establecida en la sociedad en general y la misma que predomina en otros organismos de la administración pública. Casi todo se hace por obligación, sin ir más allá de lo justo y necesario. Se echan en falta actitudes profesionales que generen confianza, amables gestos que aproximen voluntades, claridad en el lenguaje que acerque y que convenza. Además, es preciso echar freno a la terapia farmacológica desmedida, aplicando adecuados criterios. Por eso propugno lo que está pidiendo esta paciente: menos química y más calor humano.
***
Enlace de interés:
Psiquiatras & 'Big Pharma': ¿Somos parte del problema o parte de la solución?, en el blog "Desde el Manicomio" del Dr. Lizardo Cruzado

3 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  2. Pues sin duda que el buen trato no tiene el prestigio de una sofisticada molécula pero mira cómo al final podría resultar que con una relación empática y comedida se logre también una 'buena química'. ;)

    Qué bueno fuese sólo una atracción veleidosa por las moléculas lo que quita el sueño a algunos colegas en desmedro de otras exigencias de su trabajo. Lastimosamente son muchas veces los apetitos pecuniarios alimentados por la industria lo que los distrae, y ello sí que es muy triste, sí, señor, muy triste e indignante.

    Te agradezco efusivamente la gentileza del enlace, amigo José Manuel. Siempre un cariñoso saludo para ti y tus lectores desde el manicomio.

    (He borrado el anterior comentario por un escrúpulo ortográfico que tú sabras excusar.)

    ResponderEliminar
  3. Aunque todo hay que relativizarlo, el talante suele ser una buena arma terapéutica; al menos en cuanto a lograr la confianza y alcanzar una alianza con el paciente. Por lo demás, no procede demonizar -ni mucho menos- la terapia farmacológica, reconocida su validez cuando su uso es adecuado.
    Agradecido por tu aportación, querido Lizardo, cabe decir que me siento honrado por divulgar tu conocimiento y buen hacer.

    ResponderEliminar