viernes, 16 de octubre de 2009

Sergei Rachmaninov, la melancolía rusa


En una obra no muy extensa, el piano de Rachmaninov se erige como protagonista: Conciertos para piano, donde el segundo descuella por popularidad y el tercero por refinamiento; la Rapsodia sobre un tema de Paganini, otro concierto atípico donde piano y orquesta dialogan sensual y poderosamente; 24 Preludios que suponen la esencia de su música para piano solo, junto a los Etudes-Tableaux. Pero aparte, su maestría orquestal le permitió elaborar 3 Sinfonías numeradas, donde la segunda sobresale por su embriagador embrujo melódico antes que por su estructura formal; sin olvidar la sinfonía coral Las campanas –para soprano, tenor, barítono, coros y orquesta–, basada en un poema de Edgar Allan Poe, las Danzas sinfónicas –tres piezas para orquesta– y el poema sinfónico La isla de la muerte, inspirado en un cuadro de Arnold Böcklin.

Es de denotar la afectación que le produjo el fracaso de su Primera sinfonía y especialmente la crítica destructiva de César Cui, uno de los miembros del famoso “Grupo de los Cinco”. El compositor ruso, nacido el 1 de abril de 1873, había pretendido una composición continuadora de la obra de Tchaikovski, y la carencia del triunfo esperado le produjo un derrumbe moral, hasta el punto de quedar momentáneamente paralizado para la creación musical, postrado por una verdadera depresión. Es sabido que buscó ayuda médica en el Dr. Nicolás Dahl, de quien le llegara noticia de sus prodigios (había curado a varios enfermos mediante la terapia de hipnotismo), y el prestigioso especialista le hizo recuperar la confianza, animándole mediante su poder hipocrático a que siguiese escribiendo música. La psicoterapia de sugestión surtió efecto en el compositor y éste, agradecido, le dedicó a Dahl su famosísimo Concierto para piano nº2.

A pesar de este hecho feliz, su labor compositiva y su itinerario vital no fueron fáciles. Las primeras intentonas revolucionarias en contra de la política zarista y la Primera Guerra Mundial lo habrían de llenar de confusión, hallando el necesario apoyo moral en la escritora Marietta Shaginian, que además le aconsejó textos inspiradores de sus canciones. Dirigió el teatro Boshoi de Moscú de 1904 a 1908 y realizó giras como pianista por diferentes países europeos (Italia, Francia, Suiza…), llegando a establecerse en Dresde, atraído por el ambiente musical de esta ciudad alemana. En 1909 hizo su primera gran gira por Estados Unidos, estrenando en Nueva York su Concierto para piano nº 3 y repitiendo su interpretación bajo la dirección de Gustav Mahler. Tras la revolución bolchevique de 1917, partió para Estocolmo y después residió en París, emigrando en 1918 al gran país norteamericano y asentándose precisamente en la ciudad de los rascacielos. En su etapa americana se dedicó fundamentalmente a la labor interpretativa en detrimento de la compositiva, desde entonces discontinua; llegó a convertirse en un ídolo de multitudes, rindiéndose el público americano a aquellas grandes manos que se posaban magistralmente sobre el teclado, mientras en la recién nacida Unión Soviética su música era prohibida por burguesa y peligrosa.

Sus firmes convicciones artísticas, de índole conservadora, al igual que su posicionamiento político, le hicieron ser blanco de los defensores de las vanguardias; allí estaba experimentando su compatriota Stravinski, también exilado, y por entonces andaban investigando Schöenberg y Bartók, después de que Debussy ya hubiera revolucionado el mundo musical. Y sin embargo, cuando el prudente Sergei hizo un tímido guiño a las avanzadillas y se desvió de la senda prefijada, el éxito le volvió la espalda, como sucedió con el estreno en Filadelfia del Concierto para piano nº 4. Paradojas que acaecen.

Al final de su vida, el pianista-compositor decidió trasladarse desde su residencia neoyorkina a Beverly Hills, en el condado de Los Ángeles-California, ciudad donde falleció el 28 de marzo de 1943, un año después de que le hubiesen diagnosticado un melanoma avanzado, en medio de la Segunda Guerra Mundial, nostálgico de su tierra natal, y a sólo cuatro días de su septuagésimo cumpleaños. Al parecer esbozando una sonrisa que anunciaba el imaginario viaje de vuelta, y sin retorno, a su añorada Rusia. Quién sabe si con los ecos del Dies Irae –tema omnipresente en sus composiciones– resonando en sus oídos.

Acusado a menudo de romántico trasnochado, este gran músico que prefirió ser epígono de Tchaikovski (a cuya memoria dedicó su Trío elegíaco para piano, violín y violonchelo) en lugar de un creador original, a la manera de un Mussorgski, es digno al menos de un mínimo aprecio. Si no por excelso arquitecto sinfónico o inventor de nuevas sonoridades, sí por extraordinario pianista e imaginativo pintor de inolvidables cuadros melódicos, amables confesiones de sus afectos. Un hombre honesto, compasivo e inefable –como Vocalise, su célebre canción sin palabras–, que merece no ser olvidado.


Obras esenciales de Sergei Rachmaninov (orden cronológico)
  • 4 Conciertos para piano: nº 1 en fa sostenido menor, Op. 1 (1890, rev. 1917); nº 2 en do menor, Op. 18 (1901); nº 3 en re menor, Op. 30 (1909); nº 4 en sol menor, Op. 40 (1927).
  • Preludio en do sostenido menor, Op. 3 nº 2 (1892).
  • Trío elegíaco en re menor, Op. 9 (1893).
  • 10 preludios, Op. 23 (1903).
  • Sinfonía nº 2 en mi menor, Op. 27 (1907).
  • La isla de la muerte, Op. 29 (1909).
  • 13 preludios, Op. 32 (1910).
  • 6 Etudes-Tableaux, Op. 33 (1911).
  • Vocalise, Op. 34 nº 14, de 14 canciones, Op. 34 (1912).
  • Las Campanas, Op. 35 (1913).
  • 6 canciones, Op. 38 (1916).
  • 9 Etudes-Tableaux, Op. 39 (1916).
  • Rapsodia sobre un tema de Paganini, Op. 43 (1934).
  • Sinfonía nº 3 en la menor, Op. 44 (1936).
  • Danzas sinfónicas, Op. 45 (1940).
***
Esta es una aproximación somera a la vida y obra de Sergei Rachmaninov, que forma parte del artículo Músicos atrapados en las redes del tiempo, publicado en OpusMusica (revista de música clásica).

Enlace de interés:

Como ilustración musical, traigo dos muestras:

Las siete últimas variaciones de la soberbia Rapsodia sobre un tema de Paganini (desde la famosísima nº 18 hasta la nº 24), por Mikhail Pletnev al piano, la Orquesta Filarmónica de Berlín y Claudio Abbado a la batuta.



El tercer movimiento de la Segunda sinfonía, con su sensual solo de clarinete, por la Nippon Hoso Kyokai Symphony Orchestra dirigida por André Previn.

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