viernes, 8 de enero de 2010

Leonard Bernstein, un director expresivo


El compositor, pianista y director de orquesta estadounidense Leonard Bernstein (1918-1990), citado en mis “sueños de director”, adoptaba en el podio una actitud muy gestual, absolutamente extravertida; acompañaba la mímica facial con movimientos corporales estrambóticos, incluyendo saltitos en los momentos de máxima explosión sonora. Recibió repulsas por sus exagerados ademanes, pero fue un director bien considerado por los músicos y admirado por el público, que agradecía su total entrega. Por su parte, la crítica adopta diferentes posturas al ver un antes y un después en su carrera de director.

Algunos críticos observan un cambio negativo en la dirección orquestal de Bernstein tras la muerte de su mujer, Felicia, a causa de un cáncer de pulmón en 1978; desde entonces, lo encuentran más sombrío y pesado, marcando tiempos excesivamente prolongados. Otros advierten que en su último periodo hay una exageración estilística –en el modo de dirigir– típica de los directores que van envejeciendo, sin más. Un tercer grupo de críticos consideran que la dirección de Bernstein en la última parte de su carrera fue la mejor de todas. En fin, que nunca llueve a gusto de todos.

La conclusión que yo extraigo al contemplar las imágenes grabadas de este gran director, pues no tuve la fortuna de admirar a "Lenny" en vivo, es que disfrutaba en el podio como pocos, que se entregaba sin límite y que vivía cada compás, independientemente del producto sonoro y de la satisfacción como oyente. Debo admitir, dándole aquí la razón a un sector crítico, que los tiempos escogidos para algunos movimientos de las sinfonías que dirigió en los últimos años me parecen, por comparación, demasiado lentos. Sin embargo, su capacidad de emocionar visualmente lo sitúa en las antípodas de otros directores poco entregados al lucimiento, característica que lo hace grato incluso a quienes dicen no asimilar la música clásica. Transmite un optimismo amortiguado por un velo melancólico (¡la vida, los avatares, las luchas internas!) y una ternura que suaviza los pasajes más ásperos y profundos; es mi impresión ante Leonard Bernstein. Su fuerza interpretativa le insufla vida a la música.
***
Traigo como muestra sonoro-visual el final del último movimiento de la Sinfonía nº 1 de Sibelius, en el que podemos comprobar cómo vive Bernstein la interpretación; se engancha al trepidante ritmo, pega un salto en el clímax y se deja llevar por el arrebatador tema melódico; no oculta su emoción, entorna los ojos, eleva los brazos al cielo, los deja caer, danza y hace una ofrenda; se quita las lentes en la coda, aprieta los párpados y, sudoroso, se derrumba con los pizzicatos finales, como si se hubiese dejado la piel. Tal vez la ejecución no sea suficientemente idiomática, como diría nuestro amigo y especialista en el compositor finlandés David Revilla, pero no hay duda de que contagia su entusiasmo. Escuchen las explosiones de júbilo del público y observen el abrazo y los besos de Lenny al concertino (que aparenta también emocionarse y dejarse querer). Lo mismo se repite cuando interpreta a Mahler –otra de sus especialidades– u otros compositores que ama. ¡Disfruten con don Leonardo!

 

Otros enlaces sonoro-visuales de interés:

2 comentarios:

  1. Debo hacer una pequeña disertación sobre el tema, mi estimado colega, partiendo de la pregunta ¿Cuál es la labor del director de orquesta? Básicamente la labor se puede dividir en una parte funcional y otra artística. La funcional es la de marcar el tempo y las entradas de los instrumentos. Eso lo puede hacer cualquiera, hasta Bill Clinton y un robot japonés se han atrevido a hacerlo. Diablos, hasta yo podría hacerlo. La labor titánica del director es un espectáculo jamás presenciado por el público asistente. Es la labor que se realiza en los ensayos. Allí el director tiene que pulir una y mil veces cada detalle en la dinámica y rítmica de los ejecutantes, para poder resaltar esos detalles conmovedores en las melodías o harmonías de las obras orquestales. Bernstein es un buen director, el polo opuesto del gran Mravinsky, que casi ni se movía. Pero más que una expresión corporal exagerada, el director debe tener una expresión facial concreta, saber "dialogar" con el ejecutante que está llevando el peso de la línea melódica. En estos tiempos tenemos al genial Valery Guergiev, que también da algunos Saltitos Bersteinianos, pero su rostro habla mucho más que sus gestos o aspavientos.

    (te cuento como un aparte, que he mudado mi blog de spaces para blogspot, espero que me des una visita, un abrazo)

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  2. Bien dices, amigo Tony, que la labor fundamental del director es la que no se ve, esa dura tarea de los ensayos previos a los conciertos. Por eso le puede sorprender a los profanos que un director como Mravinsky, tan parco en movimientos, consiguiera tan precisa y preciosa respuesta de los músicos de la Orquesta Filarmónica de Leningrado; lo mismo que Fritz Reiner, otro director poco gestual, pero igualmente genial, con los de la Orquesta Sinfónica de Chicago. Gracias por tu interesante aportación. Me daré un paseo por tu bitácora.

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