martes, 26 de julio de 2016

Para la isla desierta: Séptima sinfonía de Sibelius



El compositor finlandés Jean Sibelius, a cuya figura ya nos hemos referido aquí, es un extraordinario sinfonista. Sus poemas sinfónicos y sus siete sinfonías tienen una belleza incontestable. Si nos quedamos con la gran forma musical y nos planteamos una única elección, como cumbre de una progresiva evolución compositiva que, compartiendo otras opiniones, no tiene desperdicio, habremos de llevarnos a la isla la última de la serie. Y no es que, siguiendo un orden cronológico, cada sinfonía supere a la anterior, porque todas tienen su valor. Como decíamos en su momento, la Primera está próxima al sentir de Borodin y Tchaikovski, e incluso la popular Segunda, aunque ya aparece tempranamente la impronta personal que hará su música inconfundible. Su evolución lo lleva a la ruptura estilística de la Tercera, al sorprendente desafío sonoro de la Cuarta, a la explosión sonora de la Quinta, a la extrema sutileza de la Sexta y a la plenitud deslumbrante de la Séptima, la cumbre de su sabiduría sinfónica, en la que consigue unificar las diferentes partes de la forma clásica en un único movimiento sinfónico. ¡Impresionante! Es por tanto ésta breve pero inmensa sinfonía la que, obligados al sacrificio de las demás, nos llevaríamos como parte de nuestro bagaje melódico.


Apunte médico-melódico.- En un blog como éste cabe decir que el padre de Jean Sibelius era médico de profesión (falleció cuando el futuro compositor solo contaba tres años de edad) y que el compositor tuvo problemas con el alcohol y el tabaco. Pero a pesar del consumo inmoderado de puros y de espiritosos (bien patente en las imágenes del enlace), alcanzó la edad de 91 años, sin que al parecer se haya visto mermada su capacidad compositiva. No por ello hemos dejar de censurar los malos hábitos ni de alabar las bondades de la música, en este caso la de Sibelius, un creador decisivo en la historia de la sinfonía.

Disfrutemos ahora de la Séptima sinfonía de Sibelius, misteriosa y envolvente, sombría y luminosa, mágica, en una extraordinaria interpretación.


Séptima sinfonía de Sibelius
Orquesta Filarmónica de Berlín, Herbert von Karajan

martes, 19 de julio de 2016

Montaigne: sobre médicos y medicina


Al mismo tiempo que valora la salud y cree, como Hipócrates, en el poder curativo de la naturaleza, Montaigne aborrece la medicina como un medio para preservar o recuperar la enfermedad. Sus conceptos sobre médicos y medicina son hirientes e irónicos, como se puede ver en los siguientes pasajes de algunos de sus Ensayos, extractados por el doctor Joffre Marcondes de Rezende. Montaigne sufría de cálculos biliares. Murió a los 59 años de edad, sin duda sin recurrir a los médicos.


Acerca de la medicina, yo creo todo lo bueno y todo lo malo que dicen, porque gracias a Dios rara vez apelo a ella. La trato al contrario de los demás; no me preocupo nunca por ella y cuando enfermo, en vez de confiarme a ella, me pongo a hostigarla, y a tiempo. (Libro I, capítulo 24) 

¿Cuánta gente enferma sólo por el efecto de la imaginación. Es frecuente ver que se hace sangrar, purgar y medicar para curar los males que sólo existen porque se los imagina tener. Cuando nos faltan males verdaderos, la ciencia los proporciona. (Libro II, capítulo 12) 

No es una ciencia menos imprudente con sus conjeturas. Escojamos sólo uno o dos ejemplos, sino nos perderíamos en ese océano tan vasto y turbio de los errores cometidos por los médicos. (Idem) 

¿Cuánto tiempo hace que existe la medicina? Se afirma, sin embargo, que un innovador Paracelso modifica y destruye las viejas reglas y afirma que hasta el momento solo han servido para matar. Creo que probará fácilmente esta afirmación, pero confiarle mi vida para afirmar la superioridad de sus métodos sería una gran estupidez. (Ídem) 

Mi aversión por el arte (médico) es hereditaria. Mi padre vivió 74 años, mi abuelo 69, mi bisabuelo casi 80 años, todos sin tomar ningún medicamento. (Libro II, capítulo 37) 

Antes de nada, me enseñó la experiencia a temer a los médicos, porque no hay quien enferme más rápido y se cure más lentamente que aquellos que se entregan en manos de los médicos. Hasta la salud se altera con las dietas que ellos se inventan. [...] No se contentan los médicos con tratar las enfermedades, vigilan igualmente la salud con el fin que en ningún momento se les escape la víctima. [...] La presencia del médico o boticario aflige a muchos, más que la propia enfermedad. (Ídem) 

Como observa Nicocles, "tienen la suerte de que el sol ilumina sus éxitos y la tierra ocultar sus errores". Además, son expertos en en el arte de sacar partido de los acontecimientos, cualquier que sea. Si, por casualidad, la naturaleza (o cualquier otra causa) actúa favorablemente, atribuyen la cura a su ciencia; les cabe el mérito de todas las mejoras observadas, y se vanaglorian, en suma, junto a los que los solicitan, de aquello que nos curó, a mí y a otros mil, sin su ayuda. (Ídem) 

Si Esculapio, el maestro de todos ellos, fue fulminado por resucitar Hipólito, ¿por qué sus seguidores, que matan a tanta gente, deberían gozar de inmunidad? [...] Cuando se reúnen varios médicos alrededor del mismo caso, pervierten la profesión con disensiones y peleas. [...] ¿Cuántos médicos no vemos, atribuyéndose mutuamente la culpa de la muerte de sus víctimas? (Ídem) 

No los ataco y sí su arte; no los recrimino por sacar provecho de nuestra necedad, ya que todos actúan de la misma manera y no faltan profesiones más o menos honrosas que sólo subsisten y prosperan abusando del público. (Ídem) 

El miedo al dolor y la muerte, el deseo exacerbado de curación nos ciega. Es simplemente la cobardía lo que hace tan complaciente nuestra fe. (Ídem) 

Los médicos describen nuestros males como pregonero de aldea describe el caballo y el perro perdidos, diciendo el color del pelo, el tamaño y la raza, pero incapaces de reconocerlo si se lo presentan. (Libro III, capítulo 13) 

Extractos libremente traducidos del artículo en portugués “O que Montaigne pensava dos médicos e da medicina de sua época”, por el profesor Joffre Marcondes de Rezende.
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Nota.- Si el profesor Marcondes se limita a referir los pensamientos del autor de los Ensayos, y del creador del ensayo como género literario, no faltan escritos críticos a sus consideraciones, como podemos ver en el libro La medicina y los médicos vistos por Montaigne. Crítica de sus curiosos y atrevidos comentarios.



Montaigne

jueves, 14 de julio de 2016

Análisis de laboratorio injustificados


Hace dos días me rechazaron una petición de vitamina D. Al parecer, como consecuencia del gasto de las peticiones (10€ cada determinación) van a denegar las determinaciones cuando haya otra previa antes de 4 meses. En este caso era un control post tratamiento y el analista me pidió disculpas porque sí debería haberse hecho, pro el aplicativo informático no detecta estas contingencias. Os lo comento porque lo del plazo no era conocido, como es habitual con el Complejo Hospitalario, así que tenedlo en cuenta para el futuro. En caso de precisar control por tratamiento, de momento, hay que llamar a teléfono XXXXXX, hablar con Fulanito y pedir que le hagan la determinación. 
Mensaje de un médico de familia a sus compañero de centro de salud.

Es bien sabido que los análisis de laboratorio suponen una parte importante parte del gasto sanitario. No sé si tan importante como la del apartado farmacéutico, pero no creo que mucho menos. Y es motivo de preocupación, sin duda. Y el gasto en análisis de laboratorio por uso inadecuado ha ido creciendo de modo imparable. ¿Por qué? Se han invocado diversas causas: medicolegales (medicina defensiva), falta de tiempo en consulta (medicina apresurada), cribados de enfermedades (medicina preventiva), presiones del paciente (empoderamiento), inseguridad del profesional, repeticiones injustificadas, etc. No dejan de sorprender las peticiones simultáneas de diferentes especialistas descoordinados. Por otra parte, no son infrecuentes las peticiones analíticas en el sistema público a requerimiento de profesionales del ámbito privado, incluidos nutricionistas. Se ha alertado sobre el uso inadecuado del laboratorio clínico y, en consecuencia, sobre la necesidad de patrones de actuación correcta. Se sabe que no hay relación entre número de análisis de laboratorio y calidad asistencial. Por el contrario, hay razones para tratar de remediar el abuso de las pruebas de laboratorio, la irracionalidad y el despilfarro, en una dinámica general de consumismo sanitario contraproducente. 

Partamos del hecho que si a un individuo sano le hacemos 10 pruebas de laboratorio la probabilidad de que uno de los resultados sea anormal será del 40%. Si además la sobrecarga innecesaria de trabajo en el laboratorio genera ineficiencia, y ésta provoca a su vez ineficiencia en otros servicios (consultas, exploraciones adicionales y prolongación de hospitalización), el gasto sanitario aumenta en cadena, dando lugar a un derroche inadmisible. Las estrategias para controlar el gasto en análisis de laboratorio (programas de educación e información, auditorías internas, modificación de formularios de solicitud, algoritmos diagnósticos, programas para la detección y eliminación de redundancias y repeticiones prematuras) no parecen haber sido afortunadas. Recuerdo una teleconferencia de un jefe de laboratorio, dirigido a centros de salud, para evitar peticiones sistemáticas de PSA que, sin la necesaria claridad y con ideas contradictorias, no supuso más que una pérdida de tiempo. Y mensajes como el que encabeza este escrito, pretendiendo ahorrar el chocolate del loro, son totalmente desafortunados. De cualquier manera, no hay que limitarse a lo negativo; conviene implementar medidas de mejora en las decisiones de peticiones analíticas.

Es evidente que la tecnología se ha impuesto a la práctica clínica: las pruebas de laboratorio prevalecen a menudo sobre la anamnesis y la exploración física. Hasta cierto punto, es consecuencia de la prisa, de la inquietud, del estrés sanitario espoleado por el estrés social. El preciado tiempo se lo lleva la medición biométrica. Se hacen demasiados análisis, de manera rutinaria, que no resuelven los problemas de salud de los pacientes, y que por encima suponen un gasto superfluo que sustrae recursos económicos limitados. Algunas pruebas realmente costosas (marcadores tumorales, hormonas...) se solicitan demasiado a la ligera. Hay que hacer un adecuado enfoque de los costes de laboratorio. Se habla  de la necesidad de cambiar hábitos y patrones de solicitud analítica, así como de consensuar la implementación de estrategias que optimicen su rendimiento diagnóstico. Se habla de la necesidad de interacción entre los facultativos del laboratorio y los clínicos y convencerlos. Pero del dicho al hecho... No debiera ser así. Se precisa calma, sensatez y rigor. Sin embargo es preciso un esfuerzo general para que impere sentido común y que las pruebas de laboratorio se soliciten con un mínimo de justificación.
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Nota.- Este post está basado en el artículo:
El laboratorio clínico: uso y abuso, modelos de gestión y gasto sanitario.

Desligada de la sugerente clínica, no tiene sentido la fría analítica...

Análisis clínicos y estudios de laboratorio

martes, 12 de julio de 2016

Mal uso de las Urgencias: un comentario para reflexionar



Cuatro años viviendo en Dublín me enseñaron mucho sobre cuándo acudir al médico, incluido al de familia. Allí no es gratis, salvo para personas con muy pocos recursos, por lo que te lo piensas dos veces antes de ir a pagar entre 50 y 70€ por una consulta por unas toses o unos mocos. Cuando mis amigas con sus bebés iban casi semanalmente al pediatra, mi hija no vio un pediatra en su vida (hasta que volvimos a Spain), el pediatra solo atiende casos GRAVES. Es un especialista. 
En adultos, es el médico el que te refiere a urgencias, si vas así, no pagas, si vas por tu cuenta, pagas 100€. Ambulancia, si se considera justificado (en mi caso casi no llego a parir al hospital), no pagas, sino, te toca pagar los gastos de la ambulancia. [...] 
Ahora vivimos en UK, donde hay un servicio telefónico cuando es fuera de horario de consulta. Te hacen una serie de preguntas y deciden si tu caso requiere hospital o no. Si lo requiere, puede que sea grave, en cuyo caso ellos y mismos tramitan lo que sea y te dan cita inmediatamente, o si no es grave, pero convendría que te viera un médico en las próximas horas, te recomiendan ir, y allí esperas hasta que te atiendan. Obvia decir que a tu llegada una enfermera examina tu estado y te califica por colores en función de la gravedad. Para mi, ir a urgencias es una perdida de tiempo, por lo que solo voy si la cosa es muy necesaria. Creo que un poquito de formación general no vendría nada mal, a ver si todos aprendemos a diferenciar una cosa urgente de unos mocos
Comentario extraído de AQUÍ
Sigue siendo necesaria la reflexión sobre el mal uso de las Urgencias, incluida la demanda urgente en los centros de salud. Cualquiera con sentido común se cuestiona la bondad del "gratis total", pondera la decisión médica emanada de un profesional cualificado, entiende las limitaciones o la importancia de una consulta telefónica (¡cuántas aclaraciones se pueden hacer y cuántas orientaciones se pueden dar a través de un teléfono sanitario!) y comprende el valor que tiene la educación. Pero el sentido común escasea cada vez más por estas latitudes y el abuso de unos se impone al derecho de otros: "Mi moco no admite espera, mi picor es prioritario, mi reciente diarrea no puede esperar a mi médico, mi tapón de cera me lo tienen que sacar ya...". Es preciso una intervención comunitaria, informativa, comunicativa y normativa, por el bien común que depara el justo acceso a la atención urgente. No podemos ser diferentes, inconvenientemente diferentes; no debemos esperar a tener que ir al otros extremo, tan malo o aun peor, por eso del característico movimiento pendular hispano. No debemos dejar el barco sanitario público a la deriva. Ha de imponerse con urgencia la sanitaria racionalidad. 


El mal uso de las urgencias, antes y ahora...
Se dan datos de costes poco rigurosos, pero no he hallado un vídeo mejor

viernes, 8 de julio de 2016

El ruido que acecha



Por encima de niveles soportables de ruido se habla de contaminación acústica o sonora. O de ruido nocivo. El ruido nocivo es perturbador y perjudicial para la salud. De modo mantenido, el alto nivel de ruido puede llegar a afectar la audición y provocar trastornos nerviosos, siendo causa de irritabilidad y alteraciones emocionales. Si el ruido impide dormir, los efectos perjudiciales se redoblan, desde la falta de concentración hasta los problemas cardiovasculares. 

No sólo cuenta el volumen del ruido, sino también otros parámetros: la presión sonora (decibelios: dB), el número de vibraciones (hercios: Hz) y, sobre todo, el tiempo de exposición. Los sonidos aceptables no superan los 70-80 dB y se encuentran en el rango de frecuencias de 20 a 20.000 Hz. Y cuanto mayor es la potencia de un sonido, menor es el tiempo que se puede soportar. 

La presión sonora y el tiempo de permanencia son determinantes, de modo que para el ruido ambiental o permanente tolerable se ha establecido un límite de 55 dB durante el día y 45 dB durante la noche. Límites que a menudo se superan, para desesperación de los sufridores afectados, que han de ser pacientes, pues por lo general sus quejas no serán atendidas, al menos en un plazo breve o razonable.

El ruido excesivo es pernicioso, sus efectos innegables. El estrés sonoro llega a ser crispante, sobre todo para los oídos más sensibles, receptivos a la música y a los agradables sonidos de la naturaleza. Vehículos rodados (incluidas ambulancias), aviones, máquinas industriales, altavoces, electrodomésticos... hacen desagradable la vida de muchos ciudadanos y de trabajadores sometidos a ambientes ruidosos. 

La insonorización se hace necesaria, pero la protección frente al ruido no siempre se considera; es más, se descuida en edificios públicos, en industrias y en carreteras o autopistas próximas a viviendas; se olvida incluso en los centros sanitarios, con paredes y puertas permeables al ruido exterior. El ruido industrial se contempla como una actividad molesta y las actividades molestas están reguladas: Reglamento de Actividades Molestas, Insalubres, Nocivas y Peligrosas. 

Las autoridades han de asumir su responsabilidad, vigilando el nivel sonoro, actuando en consecuencia y previendo el ruido nocivo. No hay derecho a eludir la ley y despreciar la salud de los ciudadanos. Hay que combatir la contaminación sonora, tanto en las grandes urbes como en las poblaciones pequeñas. Hasta en las aldeas hallamos este tipo de contaminación perceptible.

El problema del ruido viene de lejos. En la antigua Roma ya se impusieron normas para controlar el ruido emitido por las ruedas de hierro de los carros sobre las piedras del pavimento. Nada hay nuevo bajo el sol, ni siquiera sobre la prevención del ruido ambiental. Pero el ruido es hoy más alarmante, procedente del transporte motorizado, de obras en construcción y de sistemas de audio de gran potencia. 

¡Atención al exceso de ruido!, ojo a los decibelios. Veamos algunos ejemplos de ruidos perjudiciales: taladro neumático en vía pública (100 dB), bocina de auto (120 dB), sirena de ambulancia (90 dB), concierto de rock (90-130 dB). De modo mantenido puede causar pérdida de audición, hipoacusia en mayor o menor medida, incluso la sordera absoluta. Comparemos con sonidos benignos: susurro (10 dB), rumor de hojas (20 dB), oleaje suave (30 dB). 

Es preciso prevenir los daños por ruido inconveniente, tanto del aparato auditivo como generales, controlando la contaminación acústica del medio ambiente urbano y aminorando los decibelios del ambiente laboral. El sentido de la audición es un tesoro y los sonidos perniciosos atentan contra su integridad. Hemos de detectar las fuentes de riesgo, notificar su existencia, protegernos de ellas y denunciar el incumplimiento de las normas anti-ruido. El ruido está ahí, el ruido nos acecha...


La contaminación acústica
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ADENDA.- EL RUIDO EN LAS CIUDADES SUPONE UN PROBLEMA DE SALUD PÚBLICA. Y EN CONSECUENCIA, CREO QUE DEBIERA SER AFRONTADO DIRECTAMENTE POR LOS DEPARTAMENTOS DE SANIDAD, POR ENCIMA DE LOS DE URBANISMO O MEDIO AMBIENTE.

martes, 5 de julio de 2016

Al final de una vida

Crepuscular - Faro de Domaio, Moaña / Ría de Vigo 

Cuando se hace inventario o recuento, no esperando ya nada de esta vida, uno se puede reafirmar sinceramente en lo vivido, satisfecho de su glorioso paso, o hipócritamente, porque no se puede volver atrás para enmendar errores. Por otro lado, quizás se lamente en vano, convencido de que todo forma parte de una gran mentira y queriendo, en su honesta rebeldía, alzar hasta el último momento el estandarte de la sinceridad. Aceptar el final, con mayor o menor serenidad, es rendirse a la evidencia de la muerte como realidad inapelable. Lamentarse de lo que pudo ser y no fue solo acarreará sufrimiento a quien, sin remedio, dejará de ser. 

Sabias palabras que no sé con certeza de dónde me han llegado. De todos modos, en su final uno puede sentirse herido... 

Hurt - Johnny Cash

viernes, 1 de julio de 2016

Optimismo sanitario



El optimismo es la fe que conduce al éxito. Helen Keller
El optimismo no tiene por qué ser ciego, pues el análisis de lo que nos toca vivir da pie a la esperanza en un mejor mundo, un sistema sanitario más sano y una medicina sobresaliente. Hay en España todo un mundo en ebullición que deberíamos apoyar, utilizar y difundir para que el estado mental de los profesionales sanitarios sea el del pesimismo moderadamente optimista, o, al menos, el del optimismo con fe de carbonero. Es importante para la salud de nuestros pacientes, y para nuestra propia salud de profesionales.
Síntesis del artículo "Razones para el optimismo en el sistema sanitario", por Juan Gérvas, en Acta Sanitaria. 

Si la actitud optimista es conveniente en cualquier circunstancia vital, en el ámbito sanitario el optimismo se hace necesario para mantener un buen estado de ánimo con el que poder hacer frente a tantas adversidades. Un médico optimista, lo mismo que un enfermero optimista, sea hombre o mujer, dispone de mayor fuerza terapéutica que otro desilusionado, por muchas aptitudes técnicas que posea. La buena actitud es primordial, y en ocasiones decisiva. Como ejemplo a seguir, el doctor Juan Gérvas demuestra un entusiasmo permanente y admirable, que ojalá fuese contagioso, benignamente mantenido como un Allegro Sostenuto...

Allegro sostenuto del Cuarteto nº 2 de Prokofiev

martes, 28 de junio de 2016

El daño que puede producir la biometría



Nos detenemos a reflexionar sobre las alertas que suscitan los parámetros biométricos, per se, sin manifestaciones clínicas acompañantes. En la revisión de un artículo crítico sobre la urgencia hipertensiva, se hace hincapié en lo habitual de las medidas terapéuticas desproporcionadas. Cifras de tensión arterial de 180/110 mm de mercurio detectadas casualmente, e interpretadas como “urgencia hipertensiva” (asintomática, sin disfunción de órganos diana), no como “emergencia hipertensiva” (sintomática, con disfunción de órganos diana: dolor torácico, disnea, déficit neurológico), son a menudo tratadas inmediatamente mediante fármacos, y en ocasiones el paciente acaba siendo derivado al hospital. No es infrecuente que algún paciente llegue alarmado a un centro de salud desde una oficina de farmacia, a la que acudió para una medición rutinaria de su tensión arterial. El excesivo celo, no sólo en casos como éste, acaba convirtiendo al paciente en una víctima de salud. Pasa algo parecido con otros factores de riesgo cardiovascular detectados en pruebas de laboratorio, como el colesterol o la glucosa, que no pocas veces suscitan alarma infundada o sobrediagnóstico, que no hacen más que dañar al paciente, cargándolo de una excesiva preocupación o sometiéndolo a un tratamiento innecesario. También sucede con el PSA, o antígeno prostático específico, y con otras mediciones de laboratorio.

No son pocos los individuos que, angustiados o decaídos por el impacto de la biometría médica, acaban siendo adictos a psicofármacos (ansiolíticos, hipnóticos y/o antidepresivos), después de haberlos hecho extremadamente susceptibles o quisquillosos. Repetidamente se ha incidido sobre el exceso de intervenciones médicas y de mensajes sustentados en el temor, pero las llamadas a la sensatez parece tropezar con inmensos muros de irracionalidad o de interés (no por el bien del paciente, sino en beneficio de terceros). Es cierto que se emiten mensajes contradictorios y que hay desacuerdos sobre los protocolos médicos. Y desgraciadamente, también la administración sanitaria fomenta controles excesivos que generan un indeseable e innecesario gasto, del que luego se lamentan quienes primero los han propiciado. Cuántas pacientes no salen de las consultas preocupados por análisis de laboratorio rutinarios, solicitados por el facultativo o a petición propia, en los que los asteriscos marcados en la hoja de resultados señalan pequeñas desviaciones en algunos parámetros, totalmente irrelevantes o insustanciales, desligados de patologías concretas. Incluso tras explicarles que esas mínimas alteraciones carecen de importancia, se van cargados con el peso de la preocupación o solicitan interconsultas con especialistas hospitalarios.

Es preciso reflexionar sobre esta cuestión de la fría biometría, que lejos de mejorar los niveles de salud se afianza como un factor de riesgo para la salud mental y, por ende, como elemento favorecedor de infelicidad. Hallar el punto medio de equilibrio entre la angustiosa preocupación y el total abandono sería lo ideal. Pero ahora nos conformamos con no dañar con los excesos biométricos.

Es tiempo de verano y, como en todo tiempo, estamos a tiempo de no hacer daño...

Summertime - Ella Fitzgerald & Louis Armstrong

miércoles, 22 de junio de 2016

La humana fragilidad



Había rebasado la barrera de los 90 y todavía se mantenía ágil. Jugaba a las cartas con otros jubilados, realizaba a diario buenas caminatas, se defendía cocinando y razonaba lo suficiente para no ser etiquetado de sujeto con demencia. Se mantenía joven en su edad provecta. Era mi abuelo, antaño ferroviario, un hombre sano hasta poco después de entrar en su décima década; mantenía una buenísima funcionalidad en comparación con la mayoría de los de su quinta. Pero un día perdió sus facultades físicas, que no las mentales, y se fue deteriorando con una rapidez inusitada. Se convirtió de la noche a la mañana en un anciano frágil, demasiado vulnerable, en un ser que precisaba ayuda, cuidados que hasta entonces no había necesitado. Cosas del sensor del envejecimiento y del tumor pancreático que comenzaba a manifestarse con toda su crudeza hasta acabar con su vida. 

Por mucho que uno lleve una vida “sana”, todo tiene un límite. 


La pérdida de la funcionalidad y el comienzo de la fragilidad en los ancianos no siempre es obvia. Se intuye con la edad muy avanzada, las caídas frecuentes, las hospitalizaciones, la debilidad muscular, la pérdida de habilidades, la dificultad para realizar tardas cotidianas… y se constata con el deterioro de órganos y sistemas corporales, con la discapacidad manifiesta y la dependencia absoluta. El anciano frágil es un individuo discapacitado y dependiente, inestable y ya poco o nada adaptable, que necesita de muchos cuidados, de particular protección, de un mimo especial. La expectativa de vida ha aumentado mucho y, en consecuencia, el número de individuos frágiles que requieren atención geriátrica. Morir en plenitud de facultades a una edad muy avanzada no es moneda corriente.

Al fin y al cabo, todos somos frágiles hombres de hojalata...

Tin Man - America

Y el mismo Hombre de hojalata muchos años después:

domingo, 12 de junio de 2016

Un homenaje al médico rural


Leyendo el blog El parte de confirmación, hemos sabido del médico y cineasta francés Thomas Lilti y de su película Un doctor en la campiña (Médecin de champagne), su segundo film, tras Hipócrates. Y gracias al enlace que nos proporciona el doctor Jas de la Vera, el autor del referido blog, sabemos de una entrevista a dicho director de cine y médico sin ejercicio, en la que confiesa que hizo muchas sustituciones como médico rural que le marcaron muchísimo. De la medicina rural, dice Lilti que “no es una medicina que se aprenda en un hospital, sino una medicina que pide calidades humanas y para la que no todo el mundo está capacitado”, y afirma que con esta película quería rendir un homenaje al médico rural. Refiriéndose a Francia, habla del despoblamiento de zonas rurales y de que la medicina rural se está perdiendo; la gente emigra a las ciudades y los médicos desaparecen del campo, donde la vida se ha hecho muy difícil, resultando un drama: gente que no tiene acceso a los servicios médicos. Se lamenta Lilti de la pérdida de los médicos rurales, profesionales cercanos y de gran calidad humana. 

En Un doctor en la campiña muestra Lilti el “paralelismo entre la medicina hospitalaria y la medicina rural, que exige mucha empatía, intercambio, conversación…”, una medicina muy particular, que requiere la entrega del médico y en la que éste también recibe mucho del paciente, aunque, concluye, que al final “el médico da al paciente su conocimiento pero no recibe demasiado”. Como hecho relevante destaca la historia de un anciano que desea morir en casa, algo que le afecta particularmente, en lo personal y en lo profesional, y se lamenta de que uno no pueda ejercer el derecho a morir en su propia casa. Se pregunta el por qué y no halla respuestas. Por otra parte, la dura realidad del médico enfermo también es recogida por Lilti, quien, además, reconoce que su vocación siempre ha sido la medicina y continúa siéndolo. “Hago películas –dice– que hablan de medicina. Las hago sobre todo como médico. Mi formación es de médico. No aprendí el oficio de cineasta y mi mirada sobre las cosas creo que es la de un médico.”

Cine y Medicina. Pasen y vean...

Un doctor en la campiña (tráiler)

viernes, 10 de junio de 2016

Asumiendo riesgos

Temerario - Buenos Aires


¿Quién no asume riesgos? Los asume un niño –aunque sea inconscientemente– cuando se sube a una silla, un adulto cuando solicita un crédito bancario, un anciano cuando se empeña en una tarea impropia de su edad. Los asume un conductor cuando se pone al volante y los asume un médico cuando toma una decisión clínica. Asumen riesgos las personas “sanas” cuando se empecinan en malos hábitos y los enfermos que no aceptan los cuidados de su propia enfermedad. Y el riesgo puede ser individual o colectivo: quien se lanza en picado al mar desde lo alto de un acantilado arriesga su vida, el montañero que va en grupo escalando la vertical de una montaña comparte el riesgo con los demás.

Se define el riesgo como la asunción una determinada vulnerabilidad frente a cada tipo de peligro. A mayor vulnerabilidad, mayor riesgo; a mayor peligro al que uno se enfrenta, mayor riesgo también. Asumen riesgos tanto hombres como mujeres, pero seguramente las mujeres en mayor proporción por su mayor vulnerabilidad. Y en ocasiones el riesgo no es una asunción voluntaria, sino obligada, como la del soldado que recibe la orden de un superior de atacar al enemigo o de atravesar un campo minado. En cualquier caso, imposible eludir el riesgo.

Además del riesgo natural, de la posibilidad de que se produzca un desastre natural (contra esta amenaza no siempre podemos prevenirnos), los riesgos humanos son diversos: el económico-financiero y el laboral están en la mente de todos. El riesgo sanitario está particularmente en las mente de los profesionales de la salud, por la posibilidad de perjuicio laboral y de daño del paciente. Ya hemos hablado de riesgos laborales de la profesión médica y de seguridad del paciente (tiene en este blog su propia etiqueta); incluso, medio en broma, de riesgos de la consulta telefónica.

La cuestión es medir la magnitud del riesgo para obrar en consecuencia, asumiéndolo o no, aplicando medidas preventivas para minimizar sus malas consecuencias o disponiendo de medios para reparar los daños cuando ya se han producido. No hemos de mirar para otro lado, obviando la realidad del riesgo; hemos de considerarlo en cada ámbito y en cada circunstancia.

Que cada cual asuma sus riesgos, pero con cabeza…

Singing in the rain

miércoles, 8 de junio de 2016

Las diferentes caras de la medicina



La observación reciente de diversos blogs sanitarios me inspira este post a cuatro bandas, por emplear un término billarístico, a modo de muestra de las diferentes caras de la medicina, en general y del sistema sanitario en particular: sensibilidad, malestar, comprensión, indignación. Son cuatro caras de una misma actividad humana (la más humana de la ciencias y la más científicas de las humanidades) que tiene muchas facetas, que satisface y, al a vez, consume a sus protagonistas.

La sensibilidad del médico, o de los profesionales de la sanidad en general, ante la contemplación del sufrimiento ajeno: "Un ángel menos en la desdichada Siria".


El malestar ante la sobrecarga asistencial, como absoluta degradación: "El sistema informático sanitario, como prueba de la explotación de los médicos de familia".


La compasión del galeno ante el enfermo terminal o con una dolencia invalidante y su humanismo en torno a una filosofía del dolor: "Sufrir ¿para qué?"...


El desconcierto del médico ante el comportamiento exaltado o vandálico de algunos usuarios del sistema sanitario: "Vandalismo sin cita"...


Son diferentes caras de una misma realidad sanitaria...

Different faces