viernes, 23 de enero de 2009

Romántica estulticia


Creyéndome ya sin capacidad de asombro, me tropiezo todavía con interrogantes de sufrientes médicos del Sistema Público de Salud que llevan lustros dejándose engañar o aprisionados en la maraña del autoengaño. Se preguntan: ¿en qué se ha mejorado?, ¿qué se ha conseguido desde el hito de Alma-Ata?, ¿realmente se ha verificado un cambio sustancial?, ¿a dónde ha llegado la bendita Atención Primaria?, ¿qué podemos esperar atrapados en un largo inmovilismo sanitario?

Suplican tiempo para pensar con calma y decidir con acierto. Exigen desburocratización (ver burocracia médica) para no acabar definitivamente descerebrados. Solicitan un mínimo de calidad, por dignidad. Reclaman el protagonismo y la actuación comunitaria que les pertenece. Alertan porque sufren el imparable aumento de la carga asistencial, se ven cada vez más agobiados por papeles inútiles y, limitados en su capacidad resolutiva, advierten que la degradación del sistema perfora un fondo que se había tocado hacía mucho.

Promueven una
formación continuada a sabiendas de que para poco sirve, exceptuando la autocomplacencia, imposibilitados de llevar a la práctica tanta sapiencia científica, en tanto el agobio de la consulta, la novedosa “intersustitución”, la disponibilidad para todo (¡ay!, las necesidades del servicio) y el machaque continuo, los atolondra y mortifica en grado extremo. Sabedores de que la cantidad se opone a la calidad, no pudiendo aplicar los protocolos y perdiendo en eficacia y eficiencia, exclaman: ¡cuánta energía disipada!, ¡qué desaprovechamiento de talento!... ¡qué negación absoluta de la inteligencia!

Apelan a una relación entre niveles o
integración asistencial, en tanto el alejamiento entre profesionales se hace más patente con cada declaración de intenciones. Procuran la mejora de la relación médico-paciente y asisten a un aumento de reclamaciones y a una oleada de agresiones, en medio de una “psiquiatrización” social y de continuas quejas por lo más banal, consecuencia de la debilidad y el desconcierto, en un largo ciclo de aparente progreso que habrá de tener, como todo, su final.

Incluso llegan a añorar un pasado que se hace idílico en su memoria, pero que no fue mejor, ni mucho menos, excepto acaso por la afabilidad de trato, tal vez por un ambiente de consideración o respeto, y por tratarse de los años jóvenes. Constatan que el endiosamiento médico de antaño, la limitada cobertura asistencial, la total desinformación y la dificultosa accesibilidad se han convertido en ninguneo del galeno, universalización, bombardeo mediático y “barra libre”.

Súbitamente crispados, envenenados, claman a los cielos; rabiosos ante la exasperante debacle, apelan a sus derechos y demandan una urgente
reorganización de la asistencia, con inclusión del copago como medida de racionalización extrema –a imitación del entorno europeo–. Y tras el desvarío callan para volver a su silencioso cautiverio. Son conscientes del gerencialismo hipertrofiado que han promovido los iluminados de la nueva gestión, saben del dislate gestor en la aplicación de modelos de la empresa privada americana, padecen en silencio los abusos y, atrevidos, llegan a tildar a algunos directivos de talibanes. Pero regresan a su actitud sufriente, procuran adaptarse y en su interior se desangran.

Con todo, aguardan inocentes soluciones llovidas del cielo y que la situación cambie por arte de birlebirloque o por milagro mesiánico, pacientemente resignados. Despreciando a los escépticos, confían estúpidos en un futuro que va adelgazándose. Esperan los frutos de un indefinido “efecto llamada” que atraiga a los médicos foráneos y haga retornar al redil a los que han emigrado en busca de mejores perspectivas profesionales y laborales. Permanecen chamuscándose mientras contemplan boquiabiertos cómo los decididos –o inteligentes– huyen raudos del sinsentido hacia otros ámbitos más gratos, acaso en busca del necesario hálito, de la racionalidad de otros países en los que el menos común de los sentidos todavía subsiste.

Aspiran a que un buen día, aunque sea al borde mismo de la vida productiva, al fin dispongan de los diez minutillos por usuario, del apoyo auxiliar que les proporcione un respiro, del necesario oxígeno moral, de una receta a la europea donde plasmar todo el tratamiento farmacológico de cada individuo, de unos formularios simples que les permitan reflejar en un único acto el estado de salud de sus pacientes, de un medio de transporte oficial para la atención pública domiciliaria que ahora prestan con sus propios medios, de unas consultas adecuadas al uso para las que teóricamente van destinadas y que no atenten contra su propia salud. Sueñan con una empresa concordante con el país avanzado, social y económicamente, en el que se supone que están viviendo, y muriendo, porque soñar los hace revivir.
Romántica estulticia

Y sumidos en su inconveniente sueño, prosigue imparable su desgaste, se acrecienta calladamente su sufrimiento, se alarga indescriptible su impotencia.

(Reflexión crítica de un día de diciembre de 2007)

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