martes, 18 de agosto de 2009

Incendios forestales

En agosto de 1989, tras la lectura de algunos artículos periodísticos sobre los incendios forestales de aquella década en Galicia, dejé escritas algunas consideraciones sobre los posibles factores causales; no los dependientes estrictamente de la climatología y la negligencia, sino los que entrañan dejadez, voluntariedad e interés. Veinte años después, el fuego sigue haciendo estragos, aunque este verano de 2009 más en otras comunidades que en la galaica, al menos por ahora. Los incendios forestales suponen un gran problema, que implica importantes costes económicos, sociales y medioambientales; y no olvidemos que el medioambiente es uno de los determinantes de la salud. Por eso he decidido volver a las reflexiones de entonces.


Se alude en Galicia (*) a diversas causas: escasa rentabilidad de muchos montes, por la emigración y la fragmentación; falta de política forestal que siente las bases para la prevención del fuego y saque al monte de su desamparo; ausencia de medidas serias de orden público respecto a los incendiarios; insensibilidad social ante la destrucción del monte; pirómanos megalómanos; urbanizadores de terrenos para segundas residencias; cazadores individualistas y cómodos que se abren caminos a base de calcinar parte del bosque… (*) En Galicia se producen más de la mitad de los incendios forestales españoles, según refieren Ecologistas en Acción.

Por acción u omisión, se quema el monte. Unos le echan la culpa a los madereros, ya que tras un incendio baja el precio de la materia prima de sus industrias –celulosas y papeleras–. Por el contrario, éstos afirman que la combustión inutiliza la madera y que, además, retrae de nuevas inversiones para futuras repoblaciones, por lo que sólo grupos ajenos podrían estar interesados. También se implica a intermediarios forestales. Y a vecinos malintencionados, por venganzas, rencillas, envidias u otras formas de disfrute psíquico del mal ajeno.

El monte arde fácilmente porque no se cuida por quien debe. No se ha establecido un dispositivo en el que los propios paisanos y los ayuntamientos se ocupen, de forma estable, de la extinción del fuego. Por otra parte, se habla de una “industria del fuego”, o un negocio delictivo generado por la necesidad de medios materiales y humanos. En otras latitudes se han creado sistemas estables de cuerpos de bomberos forestales y vinculan los costes del sistema a los titulares del monte.

Se ha llegado a hablar de auténtica crisis forestal, con causas de origen histórico cuya perpetuación sería debida al caos e incoherencia de la política forestal, con escasez de profesionales forestales, predominio del propietario absentista, falta de cooperación entre administración forestal e industria, desprecio de los políticos hacia el bosque, etc. En Galicia, las ¾ partes de los montes están en manos privadas, y esos propietarios, salvo masoquismo generalizado, no queman sus propiedades, si acaso las ajenas. O tal vez algunos lo hagan para convertir el monte en prado.


Sean cuales sean las causas –que algunos resumen: ¡el dinero!–, ahí tenemos el problema. Y para prevenir, lo más importante es informar –educar– y después tomar las oportunas medidas para disuadir. Si hubiese una estricta correspondencia entre causas y efectos, quemarían principalmente los montes los individuos discrepantes de la política forestal o los disconformes con el estado de la vida social. El deterioro biológico y, por tanto, económico del monte no lo desea nadie, excepto sujetos con algún trastorno de la personalidad, empecinados en destruir lo ajeno… y lo que es de todos.
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En 2006, un año desolador, se volvió a hacer hincapié en la intencionalidad (aludiendo incluso a nuevos motivos de índole política) y en la necesidad de soluciones ante el exceso de incendios forestales. No sé hasta qué punto ha habido avances en política forestal en relación a la prevención de este problema –tratado de modo diferente en cada comunidad autónoma–, pero parecen necesarias medidas conjuntas, educativas, de vigilancia, legales, protectoras, disuasorias y sancionadoras: fomento del amor por la naturaleza (educación en las escuelas), vigilancia forestal continua (no sólo en época estival), desarrollo del marco normativo (ley forestal), limpieza de montes (privados, comunales y estatales), no recalificación de áreas quemadas (prohibir construcción), prohibición de la caza, aplicación de sanciones… Y tal vez otras que a las mentes pensantes se les ocurran. Porque la ardiente historia continúa.

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