jueves, 17 de diciembre de 2009

Peticiones y prescripciones inducidas

En la Atención Primaria del Sistema Público de Salud hispano es el pan de cada día recibir peticiones de especialistas, públicos y privados, ya sean analíticas u otras exploraciones complementarias, a través de los pacientes y a veces solamente de palabra. Se trata de una forma de "petición inducida" que provoca malestar en los médicos generales/de cabecera/de familia, porque suscita conflictos y pérdida de tiempo. Respecto a fármacos, la cosa ya clama al cielo, porque se transfiere la responsabilidad de una prescripción farmacológica; con la "prescripción inducida" se rompen todos los esquemas de la racionalidad y de la ética.


Prácticamente a diario, viene alguien pidiendo/exigiendo medicamentos de prescripción ajena, también de palabra, aportando “cartones” (recortes de los envoltorios) o receta blanca, a menudo sin nombre del paciente ni fecha de emisión, como si se tratase de eludir (¿involuntariamente?) toda responsabilidad, de un modo a todas luces insultante. Y claro, el vapuleado MAP (acrónimo con el que los hospitalarios denominan ahora al Médico de AP) tiene dudas, porque debe abrir un episodio en la historia clínica, registrar esa “prescripción inducida” –o “delegada”–, declararse forzadamente prescriptor y hacerse responsable de la medicación que en realidad no prescribe. A veces uno aprieta los dientes, inspira, deglute y traga, aun debilitándose en explicaciones vanas, rendido ante el “poder” del especialista de turno.

Pero cuando la exigencia de prescripción es invertida, exigida por el usuario tras la dispensación sin receta, irresponsable e ilícita, obviando contraindicaciones o resistencias bacterianas y saltándose la Ley del medicamento, el conflicto es mayúsculo. La negativa puede quebrar la relación médico-paciente, crispar los ánimos y acabar en un cambio de facultativo, tan frecuente en los últimos tiempos, en este sistema incomparable, absurdo y único, que sólo se ceba con los médicos de la primera línea, esforzados y capaces, que son moralmente minados, por muy asertivos que se muestren.

Claro que habrá quien diga que toma las decisiones con rigor, que no pasa ni una, que es dueño y señor de su consulta, que le importa un bledo como actúe el resto del equipo (?), que aquí ni dios se le chulea. Pero en el fondo ha de sentir la insatisfacción de un sistema ineficiente, desestructurado y chapucero, que fiscaliza a los honestos y hace vista gorda con los jetas. Esto me enciende. ¡No somos europeos!... Y dudo que algún día lo seamos.
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Lucha antiburocrática.- He tenido noticia de los logros del Grupo AntiBurocracia de Madrid, entre los que se cuentan: un informe jurídico en contra de las “recetas inducidas” (prescripción inducida) y una orden oficial recordando a quienes prescriben la obligación de cumplimentar sus propias recetas. Lástima que no sean de aplicación en otras comunidades autónomas.

2 comentarios:

  1. Yo siempre me he negado rotundamente a prescribir lo que otro colega haya indicado en consulta externa. Si no hay una historia clínica documentada, oleada y sacramentada, debo negarme. Claro, en la sociedad moderna el médico que obre de esta manera será vilipendiado de inmediato, no solo por el paciente, si no por otros energúmenos agregados, e incluso la energúmena opinión pública. Pero si los médicos vamos a renunciar a nuestros derechos, ¿por qué nos quejamos entonces de que ahora somos más vulnerables a las denuncias por mala praxis?

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  2. Es la incoherencia de nuestro proceder, amigo Tony, al ceder y quejarnos al mismo tiempo. Aunque, en verdad, estamos en una situación muy vulnerable, moviéndonos entre la comprensión (que trata de mantener la buena relación interprofesional y médico-paciente) y la racionalidad (que trata de preservar el rigor de la ciencia médica). Encontrar el punto medio no es fácil, y menos mantenerlo. Creo que todo iría mejor con educación sanitaria y seriedad organizativa. Un saludo.

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