sábado, 5 de diciembre de 2009

Profesionales quemados

Seguramente los médicos de cabecera, generales, de familia o de atención primaria (¡cuatro en uno!), sufrimos más los envites emocionales de pacientes y usuarios difíciles, por estar en primera línea y ser muy accesibles. Y su número aumenta progresivamente en una población cada vez más “psiquiatrizada”; paradójica epidemia de malestar en la sociedad del bienestar. Por condicionantes de índole sociológica, se ha ido haciendo más difícil la relación con el paciente (difícil o no), y el queme profesional se acrecienta. Dijo Fernando Pessoa que “el alma humana es un manicomio de caricaturas”, y yo me pregunto si acabarán las almas viviendo –o muriendo– en un inmenso manicomio. Aunque también me protejo diciéndome: si quieres pasar ratos felices, no analices…


Este párrafo es parte de un comentario al artículo “Quemados” en el estupendo blog del doctor Lizardo Cruzado, de significativo título: Desde el manicomio. Este psiquiatra peruano hablaba del concepto síndrome de “burnout” (del “quemado” o desgaste profesional), de su origen y de su sintomatología, considerando que esta etapa avanzada del estrés profesional afecta a diversos profesionales y especialmente a los psiquiatras. Cuando lo leí estaba preparando una sesión clínica sobre hiperfrecuentadores, somatizadores y otros pacientes difíciles: “abusuarios”, exigentes-agresivos, incumplidores-negadores, manipuladores, querulantes. Una tipología que va en aumento para regocijo de los estudiosos y desesperación de los clínicos.

La entrada “Quemado, síndrome del” forma parte de mi particular “Léxico médico de la atención primaria”. Tristemente el número de médicos quemados ha ido en aumento en los últimos años, y hasta un blog sanitario se hace eco del problema con su sugerente título: “Blog de un médico quemado”. Por el contrario, convendría tomarla como un reto y tratar de cambiar el estado de cosas, particularmente de la empresa sanitaria pública; y al mismo tiempo, emplear estrategias anti-queme.

Si la empresa no confía en sus trabajadores, éstos nunca creerán en ella (¡vaya aforismo que me ha salido!). Les dará todo igual, caerán en la indiferencia o se quemarán. Por eso es preferible distenderse que enfermar y, en este sentido, el humor puede ayudarnos. Creo que es bueno seguir las tres recomendaciones de un compañero. “Primero, piensa en tus coronarias y no te impliques en demasía. Segundo, si no puedes solucionar el problema de alguien, comenta con empatía: lo comprendo, tiene usted razón… pero no está en mi mano. Tercero, busca de continuo alguna vía de liberación”. Sabios consejos para no quemarse.

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