viernes, 25 de junio de 2010

Médico de familia, sin más


Médico de familia o especialista en medicina familiar y comunitaria: el mismo que en un tiempo pasado fue médico de cabecera o médico general. Hoy más preparado científicamente, ayer más valorado socialmente. Hoy más mentalizado para el trabajo en equipo, ayer más liberado para decidir por sí mismo. Hoy más orgulloso de su valía, ayer más satisfecho con su labor del día a día.

Érase un médico general o de cabecera, muy reconocido socialmente, admirado e incluso venerado, que se vio de pronto como médico de familia desprestigiado en un sistema público de salud burocratizado y despersonalizado, donde imperaba una tecnología al alcance del médico especialista u hospitalario. Y sin embargo, había suficientes razones para considerarlo como elemento esencial del sistema sanitario.

Debemos tener muy presente que el médico general no trata la enfermedad, como el médico especialista, sino al individuo en su integridad. Por supuesto, sabe menos de cada parcela concreta que el especialista –sería imperdonable lo contrario– pero sabe lo suficiente de cada especialidad. Además, es de algún modo, el coordinador de los especialistas.

Imposible el funcionamiento del sistema necesario sin la intervención del médico de familia. Hallándose en la encrucijada en la que convergen las actuaciones de los especialistas, es el faro orientador del enfermo desvalido y el receptor de todos los problemas, sanitarios y de otra índole. Desde su privilegiado observatorio, da respuestas, dirige y consuela.

Contrariamente al especialista hospitalario, el médico de cabecera acude al domicilio del paciente. Conoce de primera mano las condiciones de la vivienda del enfermo, su medio y sus hábitos de vida, adentrándose en el campo de la sociología. Y es quien lo atiende en su fase terminal. Realiza lo que se ha dado en llamar atención integral o biopsicosocial.

Ordinariamente, el médico de familia realiza educación sanitaria y muchas veces complementa prescripciones del especialista; por ejemplo, instruyendo en la administración de determinados fármacos y detectando incompatibilidades o contraindicaciones. Tiene incluso que validar oficialmente prescripciones de éste, por su descuido o, en ocasiones, por su desdén.

Diariamente, el médico de cabecera afronta problemas psicosociales que el paciente no cuenta al especialista, excepto al psiquiatra; realiza funciones de confesor y consejero. Es receptor directo de la inoperancia de organismos ajenos al sistema sanitario; soporta lo más ingrato sin compensaciones, ni siquiera morales. Inequívocamente, contribuye al bienestar de los ciudadanos. Por todo esto, debe olvidar complejos y sentirse orgulloso.

Es también el elemento básico dentro del dispositivo de control epidemiológico y el principal valedor en la promoción y protección de la salud. Por ello, es un elemento fundamental en el campo de la medicina preventiva y la salud pública. Su importancia ya se ha visto en campañas de vacunación y en epidemias anteriores (en la anunciada pandemia de gripe A, contribuyendo a establecer la calma en una población alarmada).

Forzado por un sistema burocratizado, el médico de cabecera tiene que realizar una ingente labor de escribanía que en otros ámbitos correspondería al personal auxiliar. Forzado por una deficiente planificación, tiene que poner medios privados al servicio público, como el transporte para la atención domiciliaria. Forzado por la inoperancia, se ve obligado a colaborar con el sector privado (mutuas, accidentes de tráfico, accidentes laborales).

Asume tareas burocráticas, funciones asistenciales, de educación sanitaria, de confesor, sociales y de salud pública. Desde la "Declaración de Alma Ata" (Primera Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud, 1978), se responsabiliza de tareas de gestión, vela por la economía de la salud y se centra en cuestiones bioéticas. Y por si fuera poco, debe estar preparado en todo momento para las urgencias y emergencias que se presenten. Ningún otro médico asume tanto.

Más que “internista de la calle”, como lo han llegado a calificar, el médico de familia amplía su acción más allá de la medicina interna: es también cirujano, traumatólogo, dermatólogo, oftalmólogo, otorrinolaringólogo, tocólogo, ginecólogo, psiquiatra, geriatra, urgenciólogo... de la calle. ¿Quién da más? Por correlación atlética, el especialista a secas sería un saltador de pértiga o un lanzador de peso y el médico de cabecera un decatloniano.

La última consideración nos lleva a preguntar: ¿hemos de apreciar más al velocista puro que al atleta total? ¿Hay razones para subestimar aquí la medicina de familia? ¿Por qué no valoran realmente los responsables sanitarios al médico decatloniano, yendo más allá de las vanas promesas?... El cambio de ambulatorio a centro de salud no ha culminado en lo esperado: ha llevado a un progresivo aumento del bournout o queme profesional.

Ignorar la contribución y el sacrificio del médico general en su quehacer diario, a veces sin interrupción, no hará sino degradar un sistema que ha ido perdiendo su sentido humanista. Su constante puesta al día, mediante la formación continuada, y el afán de superación, en pos del beneficio de los pacientes, debieran mejorar su imagen en los medios y en la opinión pública.

Alejemos los fantasmas que hacen dudar de la necesidad del médico general/de familia/de cabecera. Su loable función debiera proporcionarle una consideración social de primer orden, lejos del acostumbrado desprecio de los gestores. Su capacitación, su entrega y su importancia lo justifican. Nadie debiera dudar de que el médico general sea un puntal irremplazable de la sanidad. ¡Resulta imprescindible!
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Consideración esquemática del Médico de Familia en Hispania, en base al acróstico poético y a dos escritos previos:

Grandeza del médico general
Valoración de la medicina de familia

2 comentarios:

  1. Como médico general que me considero, ejerciendo en un medio especial, quiero felicitarte, amigo José Manuel, por esta acertada entrada que suscribo desde la primera hasta la última palabra; por la ilustración del genial Norman Rockwell que la encabeza (y que me ha dado pie para una entrada en mi blog); y por la genial idea del acróstico poético.
    ¡Enhorabuena!

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  2. Querido Francisco, este es un texto que había postergado (como tantos otros que mantengo en el desván de las ideas que reposan), y que he decidido sacar ahora a la luz impulsado por un debate en un foro médico. Pienso editar próximamente otra entrada en torno a la cuestión palpitante de la -por decirlo de alguna manera- crisis vocacional.
    Un abrazo y gracias por tu amable ponderación.

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