sábado, 24 de enero de 2009

Grandeza del médico general



El médico general (MG), de cabecera o de familia, en otro tiempo muy reconocido socialmente, admirado e incluso venerado, está hoy bastante desprestigiado en un sistema público de salud burocratizado y despersonalizado, donde impera una tecnología al alcance del médico especialista (ME). Y sin embargo hay suficientes razones para considerar al MG como elemento esencial del sistema sanitario.
  • El MG no trata la enfermedad, como el ME, sino al individuo en su integridad. Por supuesto, sabe menos de cada parcela concreta que el ME concreto –sería imperdonable lo contrario– pero sabe lo suficiente de cada especialidad. 
  • El MG es, de algún modo, el coordinador de los MMEE; hallándose en la encrucijada, es siempre el punto de convergencia, el orientador del enfermo desvalido y el receptor de todos los problemas, sanitarios y de otra índole.
  • El MG acude al domicilio del paciente, el ME no. Conoce de primera mano las condiciones de la vivienda del enfermo, su medio y sus hábitos de vida, adentrándose en el campo de la sociología. Y es quien lo atiende en su fase terminal.
  • El MG realiza la educación sanitaria integral y muchas veces complementa prescripciones del ME, por ejemplo instruyendo en la administración de determinados fármacos y detectando incompatibilidades o contraindicaciones.
  • El MG tiene incluso que validar oficialmente prescripciones del ME, por descuido de éste o, en ocasiones, por desdén. Asume con humildad hasta lo que no le corresponde.
  • El MG afronta problemas psicosociales que el paciente no cuenta al ME, excepto al psiquiatra. Realiza funciones de confesor y consejero.
  • El MG es el elemento básico dentro del dispositivo de control epidemiológico y el principal valedor en la promoción y protección de la salud. Imprescindible.
  • El MG tiene que realizar una ingente labor de escribanía que en otros ámbitos correspondería al personal auxiliar.
  • El MG tiene que poner medios privados al servicio público, como el transporte para la atención domiciliaria.
  • El MG que trabaja en el sistema público se ve obligado a colaborar con el sector privado (mutuas, accidentes de tráfico, accidentes laborales), sin contraprestaciones.
  • El MG es receptor directo de la inoperancia de organismos ajenos al sistema sanitario. Soporta lo más ingrato sin compensaciones, ni siquiera morales.
  • El MG, además de asumir tareas burocráticas, funciones asistenciales, de educación sanitaria, de confesor, sociales y de salud pública, debe estar preparado para las urgencias y emergencias que se presenten.
Con la responsabilidad derivada de todo lo anterior, el MG debiera tener una consideración social de primer orden, lejos del acostumbrado desprecio de algunos gestores. Su capacitación, su entrega y su importancia social lo justifican. Nadie debiera ignorar el sacrificio de su quehacer diario, a veces sin interrupción, y de su constante puesta al día mediante la formación continuada. El MG es un puntal irremplazable de la sanidad.

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