viernes, 3 de abril de 2009

El médico rural a través del tiempo


El oficio de médico de aldea era entonces, y seguirá siendo ahora, difícil, mal pagado y de gran responsabilidad. A mí me parece penoso y duro, aunque, ciertamente, tenía algunas compensaciones. 
Pío Baroja (“Familia, infancia, juventud”)

En un período de unos veinticinco años, se ha verificado en Hispania un cambio social del que la medicina no ha sido ajena. Desde la reforma de la Atención Primaria en 1984, el trabajo de los profesionales sanitarios se ha visto transformado, especialmente en el medio rural, para bien y para mal. El médico rural de antaño como personalidad relevante, reconocido, respetado, incluso admirado, autónomo e independiente en sus decisiones, escasamente equipado, con su maletín de piel y desplazándose a lomos de un équido, dio paso al funcionario de la salud, anónimo, distante del entorno, dependiente de un grupo, mejor proveído, con medios tecnológicos y motorizado. Eso sí, caballo y vehículo siempre por cuenta propia. En esencia, las variaciones producidas en el ejercicio profesional de los médicos rurales se enumeran a continuación.
  • De parteros a geriatras, de ayudar a nacer a ayudar a morir, de la alegría en los nacimientos al envejecimiento poblacional.
  • De la patología aguda a los procesos crónicos (tumores malignos, procesos degenerativos, cardiopatías, broncopatías, artrosis, HTA, enfermedades metabólicas…).
  • De las dolencias físicas a las enfermedades psicosomáticas, de las alteraciones orgánicas a los trastornos afectivos.
  • Del alcoholismo a las drogodependencias, de las enfermedades clásicas a las nuevas patologías.
  • Del desplazamiento a caballo al traslado motorizado, de las distancias insalvables a la mejora de las comunicaciones.
  • De la heroica asistencia a la tecnología en urgencias, de la carencia de medios a las dotaciones más sofisticadas.
  • Del trabajo en soledad al “equipo” de Atención Primaria, del aislamiento profesional al ejercicio en compañía.
  • De la continua disponibilidad al reparto de la carga asistencial, de la atención continua y permanente a las urgencias al horario reglado con periodos de descanso.
  • De la beneficencia a la universalización de la asistencia, de la atención selectiva a la masificación. 
  • De la atención a enfermos a la medicina de complacencia, de las quejas reales a la inadmisibilidad de la mínima perturbación.
  • De la relación cordial a la frialdad de trato, del paciente al usuario, del médico-amigo al médico-funcionario.
  • Del respeto a la irreverencia, de la prudencia del paciente a la violencia verbal del usuario.
  • Del ojo clínico a la medicina basada en la evidencia, del tratamiento sintomático a la indagación etiológica.
  • Del estancamiento formativo a la formación continuada, del conocimiento por la experiencia al estudio permanente.
  • De la ilusión al desencanto, del entusiasmo médico al médico quemado.
En líneas generales, se ha producido un cambio favorable en las condiciones laborales del médico rural, pero desfavorable en otros sentidos. ¿En cuáles? Pues en la relación médico-paciente y en el aspecto profesional. Es vanagloria creer que el arte médico ha devenido en cientifismo, cuando no se ha alcanzado lo que los más optimistas profetizaban. Como otros facultativos, el médico rural no es ajeno a la desmotivación y a la insatisfacción profesional, frutos de las crecientes exigencias, de la presión asistencial, del distanciamiento con los directivos y de la falta de reconocimiento. Salvo excepciones, la percepción es que no se mejora, o que se empeora, aun asumiendo la necesaria capacidad de adaptación. ¿Debemos concluir que el pasado fue mejor para el médico rural? Sí y no. Una ambigüedad que dependerá del punto de vista, del espacio y del tiempo. La medicina rural puede ser a la vez dura y estimulante, agotadora y agradable, aborrecible y satisfactoria. Quién la probó, lo sabe.
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Fuente de inspiración:
Médicos rurales, de parteros a geriatras. El País semanal, 1989
Informe de 2005 sobre la reforma de 1984:

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