domingo, 10 de enero de 2010

Reforma educativa


La elección de un sistema educativo es más importante para un pueblo 

que su gobierno. Gustave Le Bon

En marzo de 2005, mientras se estaba planteando una reforma educativa que habría de finalizar en la Ley Orgánica de Educación (LOE) de 2006, mi inquieta sesera, que de continuo anda capturando mensajes del entorno, recogía quejas sobre la insuficiente calidad educativa, el alto porcentaje de fracaso escolar y la falta de autoridad del profesorado, para enseguida desarrollar tres ideas elementales en torno al supremo valor de la educación, partiendo del escepticismo, de la pura teoría y del ninguneo.


Se anuncian proyectos educativos que habrán de dar buenos resultados… Que tendremos que partir casi de cero. Que la mejora nos aguarda. Que dignificaremos la formación profesional. Que evitaremos caer en prejuicios. Que no admitiremos discriminaciones. Que seremos flexibles. Que no caeremos en el dogmatismo. Que incrementaremos los presupuestos. Que un prometedor futuro justifica el coste. Que la enseñanza pública será de calidad. Que la cultura es lo principal. Que el gobierno actuará en consecuencia… y al final el cambio para que todo siga igual.

Se dice siempre que la teoría educativa ha de seguirse de la práctica… Que de nada vale una preparación en las aulas sin aplicación de los conocimientos. Que los alumnos tendrán un buen aprendizaje si los profesores les sirven de ejemplo. Que los docentes deben estar ilusionados y actuar movidos por vocación, no como meros funcionarios. Que nadie puede negar que el entusiasmo sea el principal motor de rendimiento educativo, y de cualquier índole. Que ése es el gran valor del arte pedagógico... y al final nos quedamos en el conocimiento especulativo.

Se habla de “reciclaje” para mejorar la calidad de la enseñanza… Que no es que se desconfíe de la preparación del profesorado. Que se reconoce la experiencia y no se duda de la oportuna puesta al día. Que no se pretende echar por tierra todo lo anterior. Que no se va a arrinconar a los viejos y a enarbolar cínicamente la bandera de la modernidad. Que se reconoce la igualdad de oportunidades. Que nadie debiera sentirse ofendido por el hecho de reciclarse. Que hay magníficos profesores veteranos a quienes los noveles debieran imitar... y más de uno siente que le han echado al cubo de la basura.

Iniciado 2010, a cuatro años de la última reforma educativa, siguen en el aire las mismas quejas, el pensamiento se retuerce, el profesorado lamenta que el poder político no tenga en cuenta la voz de los docentes, se ven perpetuados los errores del sistema educativo (parecidos a los del sanitario), retornan los fantasmas del pasado, se ahonda en los porqués del gran salto pretérito desde el autoritarismo a la permisividad, de la reprobable táctica de “la letra con sangre entra” a la indisciplina con el amoroso trato, echándose en falta la aplicación del sabio aforismo: la educación debe mostrar caminos pero nunca imponerlos. Lo que me lleva a sentenciar que tampoco los métodos educativos debieran ser impuestos.

2 comentarios:

  1. Muy buen diagnóstico, Pepe. Enumeras todos los problemas que aquejan a la enseñanza y llamas la atención sobre el hecho de que son recursivos. ¿Pasará lo mismo esta vez? A una edad como la nuestra, lo normal es ser escéptico y no pronunciarse hasta que los hechos no lo hagan primero.

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  2. No es cuestión de escepticismo, Pablo, sino de realismo... con visión histórica.

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