[Relato]
«Un momento... ¡Ahora!... Esperaré... ¿Para qué...?»
Solo. Confundido. Azorado. Indeciso. Al cabo, nada nuevo, lo de costumbre. ¡Qué asco siente! ¡Cómo se desprecia! Ofuscado por dubitativas nubes, no sabe si permanecer o huir de su persona. Pasa la oscura incertidumbre y desea que su inutilidad sea tragada por una sima o engullida por un agujero negro. Bordea el abismo. Bambolea. Huye a su impreciso refugio. Dormita. Y para salir del estupor se muerde los labios con ahínco; manaría sangre si no fuese porque apenas fluye por sus atorados conductos. Enorme es el clamor interno. Turbadora la brisa. Estrepitoso el silencio. Sería adecuado para la ocasión aquello que suele murmurar Claudina, su impagable cuidadora: «¡Qué infausto! ¡Lástima de hombre! ¡Una pena!». A lo que se podría añadir: ¡Ay!, si la conmiseración curase los males… Su demudado aspecto tendría entonces la inicial frescura, la remota lozanía; pero la sana manzana, en apariencia, lleva demasiado tiempo empodrecida.
«Soy el símbolo de la abulia y la torpeza, paradigma de la negación suprema», pronuncian las gastadas cuerdas de su alma, otrora orgullosamente sonoras.
Sólo el aire escucha el lamento de Jorge Recana. ¿Exagera con tan negativa valoración? Es un hombre con una buena formación, culto; su currículum lo corrobora. Y sin embargo no ha sabido –o, más bien, querido– adquirir las aptitudes para realizarse y sentirse medianamente satisfecho. De enorme inteligencia y ¡cuán poco inteligente! Le faltó tesón para ir más allá del mero conformismo; se limitó al papel de receptor pasivo y efímero. Nada en él dejaba huella, todo se diluía en su insustancial espíritu. Lo poco asimilado –siempre con indiferencia– lo olvidada con prontitud; cualquier conocimiento se desvanecía, lo volatilizaba su carácter inconsistente. ¿Por qué?, se preguntará el lector en la distancia. Porque aprendía de modo rutinario, para salir del paso, casi por obligación; carecía del necesario entusiasmo para dejarse imbuir por algo bueno. Y no respecto a su actividad profesional, sino a los conocimientos básicos de quien pretende sobrevivir en escogida soledad. Nunca supo afrontar dificultades, eludir obstáculos, salir de apuros. Pero ahí está la impagable Claudina para echarle una mano, firme y resignada. «¡Ay, Señor!, ¿qué haría sin mí el señorito? El calzón en el suelo, los zapatos embarrados, la mesa embadurnada...»
¡Qué desastre! En su desdibujada personalidad (singular, como constató una vez un psiquiatra al que acudió forzado), no se asienta el sentido común. Resulta un inmaduro sin lógica disposición para dar respuesta a los asuntos; y ni en mil años se adiestraría para la vida. Además de carecer de razonamiento primario, lo cual pone en cuestión el engranaje de su superior inteligencia, tampoco puede alardear de mañoso; no está capacitado para simplezas (hacer una tortilla, montar una lámpara, doblar una camisa). Es paradigma de la perenne ineptitud. Nunca puso interés en adquirir habilidades y es ejemplo de dejadez. Hasta pasados los cuarenta, vivió con su madre, y muerta ésta se empeñó en que ya no era tiempo de aprender. En suma, Recana no es más que un cero a la izquierda, un discapacitado real, una escoria, un pelele, un estorbo para los demás. Y para sí mismo.
Para colmo, no es afable ni generoso, sino arisco, orgulloso y despreciativo de lo ajeno. Hasta desdeña la música que no es capaz de sentir y siente animadversión por los interpretes del arte más bello. Al violinista lo tiene por frotacuerdas, al flautista por escupidor, al trompetista por estridente. Más lejos no puede llegar en su descarada displicencia. En su soberbia, se cree superior, defecto de inmadurez que le asigna un halo de antipatía. Entonces, poco puede esperar de los demás; cosecha lo sembrado. Perdió los dos únicos amigos que le quedaban, Fabián y Camilo, demasiado condescendientes con sus extravagancias, y ya nadie mira por su huraña persona. Siente realmente los zarpazos de la más absoluta soledad y sufre como nunca. Sin familia, sin apegados, sin misericordia en derredor, padece lo que no había padecido; solloza en sus adentros, por pudor a exteriorizar su amargura, fruto de un inexplicable resentimiento. Sabe que Claudina, calladamente, lo censura y lo comprende. Y convencido de que fuera mejor no haber nacido, se entrega a una rememoración expiatoria...
«Mi infancia no fue triste; reí como otros niños. En la adolescencia y en la primera juventud hubo sufrimiento: los cepos de la timidez me detenían. No fui mal estudiante, pero las virtudes fueron devoradas por depredadores defectos. Pienso en mis padres, y… ¡qué indigno hijo! Muchísimo me amaron; los progenitores, no las mujeres que hube deseado. Tuve amigos, sí, pero pocos; escasos los vínculos afectivos... ¿Y el amor mundano? A eso voy, aunque me cuesta confesar. No puedo hablar de derrota ni de triunfo; quien no osa aventurarse, no gana y mucho pierde. Escasa fe en la victoria, ya lo dije: dominador retraimiento. ¡Qué rémora! Rayana con lo patológico y, lo peor, apoyada en la huera vanidad... Discreto el paso por las aulas; frialdad entre matraces, pipetas, tubos de ensayo. Y un título universitario para no alcanzar el éxito profesional. ¡Químico enfrascado en la ineptitud, dedicado a la venta de perfumes! ¿Haber estudiado para esto? No entiendo de qué me enorgullecía en otro tiempo… Soltero, en la cincuentena y despedido de la empresa que representaba. No daba más en esa línea comercial; me lo dijeron crudamente. ¿Y qué podría hacer a estas alturas? Pude tener a mi lado a Mercedes, pero mi egoísmo o mi incapacidad de amar... Dejé que se fuera la única mujer que me quiso, a parte de mi madre. Tal vez la eché yo de mi vida. Soy ingrato y ególatra; lo reconozco y me duele. Soy tan inseguro…».
Realizado el breve cuadro biográfico con bruscas pinceladas, se hace cargo de que está totalmente desamparado, como un huérfano al que no prestan auxilio. Si pudiese verlo Camilo, el último amigo que lo aguantó hasta hace poco (el otro, Fabián, no tuvo tanta fortaleza moral para continuar a su lado), tendría motivo para pronunciar su lapidaria sentencia. «He ahí un miserable oculto en su caracola. ¡Qué magna cobardía!» No es de ahora; siempre ha sentido temor, miedo a la vida. Cabizbajo y taciturno, pasó sus huecos días, sus vanos meses, sus baldíos años. Pasó, que no vivió. Preso de angustias, lleno de manías y dominado por inveterada abulia, no tuvo valor para enmendarse o desafiar al destino. Consciente de su miserable devenir, considera que es muy tarde para realizar mudanzas, maduro por lo encanecido y anciano en su esencia. Un dardo de angustia le zahiere, una daga de lamentación se le clava, una flecha de arrepentimiento le traspasa. En su desesperanza, agradecería la ayuda de aquel psiquiatra que un día acertó a definir su singular personalidad. Y arrastrándose desdichado, busca con avidez una mano compasiva que le socorra, una cándida voz que le consuele, unos labios que le besen, una férrea voluntad que le suplante.
«¡Si estuviese aquí mi querido Camilo...!», suspira contradictorio.
***
Volvamos la mirada atrás: ¿dónde ha estado su sitio en el orbe? Recorrió aldeas minúsculas, pueblos pequeños y enormes ciudades, del litoral y de tierra adentro; se estableció en privilegiadas zonas residenciales, en barrios medios y en sórdidos arrabales; habitó viviendas céntricas, pisos periféricos y apartadas casuchas labriegas; desde la suavidad climática, experimentó el contraste de latitudes cálidas y gélidas; buscó la radiación intensa y la tibieza de la luz mortecina; esperanzado, se dejó llevar por vívidos ritmos, solemnes cantos y dulces melodías. Una inacabable e inquieta búsqueda para no hallar apropiada morada, albergue que le sirviera, aposento que le bastara, hogar que le satisficiera, son que le deleitara. Fue en verdad un culo de mal asiento, infeliz en todo tiempo y lugar, pues no puede entrar la dicha en los amurallados corazones. Bien sabe Claudina que el problema no está en el mundo exterior, y cuando lo ve sumido en su infinita tristeza, intenta levantar su ánimo y le canta con fervor.
Sonríe, hoy nada se acaba,
sonríe, ancho es el mañana.
El cielo habrá de darte su fulgor…
Pero este hombre parece desconocer el sentimiento de alegría. Y al cabo de un trasiego indiferente, ahora es víctima de su tristísima pusilanimidad. Ha reconocido de pronto lo que siempre quiso negar, cegado por la inmodestia, y al fin ha descubierto en mala hora lo que es: una piltrafa al borde del fracaso final, acaso de su liberación definitiva. Frustrado por su propia inadaptación, marginado de una sociedad en la que no supo asentarse, sin expectativas y sin ilusión alguna, Recana tiene en su mano la oportunidad de dar remate a su estólida existencia. ¿Demasiado corta? Cincuenta y dos años recién cumplidos. Entonces, ¿a qué espera? Una fuerza antagónica lucha desesperadamente por eludir el trance. Si por una parte tiene la convicción de que lo mejor es acabar de una vez, una insospechada autoridad ordena en su interior.
«¡Detente, no te des por vencido, no te arredres! ¡Otórgate una última oportunidad! ¡Aún es posible cambiar, si pones el empeño necesario!»
De ahí que el cañón de la pistola que dirige a su sien cimbrea por la duda, a la espera de dar paso al proyectil que apague para siempre la luz de su martirio. Sólo basta que el indeciso y trémulo dedo haga detonar el mecanismo mortífero. Pero, como en tantas ocasiones en las que tiene que decidir por sí mismo, oscila vacilante. Si ora pretende ceder en su disparatado intento, animoso fugazmente y con intención de iniciar una nueva andadura, enseguida da un vuelvo a su pensamiento. Titubea en su victimismo.
«Nadie llorará mi pérdida», musita instalado en antagónico quiero y no quiero.
Presupone de modo pesimista para justificar la acción de ser su propio verdugo. Una y otra vez en esta última tesitura. Su rostro se enciende febril y suda profusamente. Hace retroceder un poco el disparador del arma que está asiendo. Vuelve presto a la posición de espera. Retorna a su idea inicial y de nuevo a la opuesta, alternativamente. Vislumbra imágenes vividas… o sufridas. Situaciones vergonzantes, fracasos estrepitosos, perennes temores, amorosos quebrantos y sueños irrealizados (sí, llegó a tener coloreadas ilusiones). Su desánimo acrece de continuo; su hundimiento moral roza el límite de lo humanamente soportable, mientras escucha un redoble de tambor que lo enloquece (siendo melófobo, lo atronaría también el dulce sonido de un oboe). Se mira al espejo del cuarto de aseo, sin dejar de amenazarse, y se da lástima.
«¡Qué repulsivo mi semblante! No me daría la absolución un confesor.»
Su ajado y hosco rostro le ofende; no ve un pliegue agradable, amistoso, dulce, tierno. Con los párpados entornados, respira jadeante, antes de volver a mirarse con espanto. Lanza un oscuro escupitajo contra el espejo que vela parte de su ruindad. Un restallar de hojas muertas llena sus oídos. De nuevo entorna los otoñales ojos, por la fatiga que acarrea la emotiva tensión, y otra vez los reabre. Se deslizan lágrimas turbias, mixtura de rabia y desconsuelo. Las miserias le salen por los poros en tropel, como imprevisibles ríos que pierden su cauce, arrasando la única pizca de orgullo que le queda. Asiste impotente al hundimiento de su diminuta dignidad. Y al límite del agotamiento, extenuado por las hirientes reflexiones, el desarbolado navío se va a pique, creyendo escuchar entre la marejada la voz enternecida de su ángel guardián...
Y verás que la vida es bella,
aun lejos, lejos de esta tierra.
¡Sonríe caminando sin temor!
Imposible referir la órbita de su alborotado pensamiento. No estando receptivo, no puede dejarse seducir por melódicas palabras: su sinfonía acaba disarmónica. Desplomado de bruces, golpea el espejo que reflejaba su alma sórdida. Estallido. Exhalación. Silencio... Su cara resbala por la vidriada superficie, ensangrentándola con su postrero y expiatorio sollozo. Queda retenida en la pila del lavabo. La mano que empuña la pistola bambolea ampliamente. En pocos segundos libera el arma suicida, que cae con desgana en el plomizo enlosado. Yace en actitud grotesca, acorde con su ridícula biografía: la mano izquierda sobre el grifo y la faz sesgada bajo el mismo, como intentando sorber la última gota de esperanza; la contraria colgando y todavía algo oscilante; plegado por la cintura sobre la pieza de porcelana y con las piernas flexionadas, en impúdica postura. Y la boca entreabierta parece decir algo.
«He logrado mi propósito. Me he librado de mí mismo. ¡Me siento orgulloso!»
¿Qué razón podía tener para un engreimiento póstumo? ¿No fue la suya una actitud cobarde? ¿No temía decidir, aventurarse a obrar por propia voluntad? Bueno, no soy yo quien para juzgar o hacer reproches; apenas traté a Recana. En todo caso podría reprocharle no haber buscado una salida más airosa, acaso entrando en el Club de los Suicidas para acabar con la pantomima de manera elegante. Allí le habrían indicado el camino propicio hacia la muerte voluntaria: ahorcamiento, envenenamiento, ahogamiento, defenestración, harakiri, desangramiento... o quién sabe si la misma arma de fuego. Pero ya sin posibilidad de enmienda, debo adoptar la actitud piadosa de la admirable asistenta que asumió sus rarezas durante casi diez años.
***
Por la mañana, Claudina descubre la escena y no se sobresalta en absoluto (su serena expresión no casa con un solemne acorde de órgano, sino con un arpegio disonante e irónico de guitarra; en cualquier caso, Jorge hubiese desaprobado cualquier sonoridad, de modo que baste la música del silencio para enfatizar su desgracia). Simplemente menea la cabeza con gesto de resignación y haciendo la señal de la cruz. Después, tranquilamente, marca el número de la policía y comunica lo acaecido. Ella acompañará el cadáver; habrá de ser todo su séquito. Escueto adiós. Nadie más la seguirá atribulado hasta su última y adelantada morada, ni siquiera Camilo.
Un ser humano, al menos, le brinda caritativa despedida y reza ante su tumba. ¿Qué más puede pedir quien no fue digno de tal merecimiento? Supone casi una victoria crepuscular en su nada triunfal existencia. Una victoriosa derrota. ¡Que todos se enteren! ¡Que lo sepa el mundo! ¡Una mujer, que no es su madre, ni Mercedes, lo aprecia, lo quiere! Y su corazón, recién detenido, se enternece: a través de la madera fúnebre parece escucharse la voz de Jorge Recana, con una dulzura inusitada.
«¡Gracias, Claudina!»
[1994, 18-19 nov.]
Sospiri, Edward Elgar




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