lunes, 9 de febrero de 2026

Un hombre vacío


[Relato]

Un terrible dolor de vientre roía las entrañas de don Muchísimo. Desde hacía varios meses, y casi a diario, le surgía de pronto, inoportuno y reiterado. “¡Qué afrenta para mi persona!”, exclamaba, ante tales insolencias álgicas. 

El tal don Muchísimo era, en razón del tratamiento, un hombre importante; en su caso, por el hecho de poseer gran fortuna, cualidad que le proporcionaba bienestar, poder y la dicha de ser admirado. Su privilegiada posición social y su influencia política condicionaban el destino de muchos ciudadanos, gentes de inferior condición que acudían a él en busca de favores y que el capitoste sólo concedía si le deparaban algún provecho. Era una especie de aristócrata vividor y petulante. Su cínico rostro se encendía de gozo cuando le suplicaban, cuando labios temblorosos le demandaban ayuda, cuando otros, mayoría, se sentían abatidos y humillados. 

Pero, ¡injusto destino!, desde hacía un tiempo una vulgar molestia se le mostraba atrevida, desvergonzada, desafiante, lastimosa, angustiosa, insoportable. Y don Muchísimo, harto de sufrir como un humilde, decidió aniquilarla. “He de conseguir el remedio contra este mal interno, cueste lo que cueste”, decía con aire altivo. 

Evidentemente, cualquier virtud quedaba supeditada al nivel socioeconómico, y siendo don Muchísimo agraciado en este sentido estaba en situación ventajosa. Por lo demás, no se diferenciaba del último individuo en el escalafón social. Carecía de conocimientos elementales, habilidades y sensibilidad artística. Tampoco mostraba inquietud alguna. Su único afán era vivir bien, su único fin el placer; ¡un hedonista modelo! Y cuantos dependían de ese egregio individuo para subsistir (los “poco”, los “muy poco”, los “poquísimo“, los “nadie”) le importaban un bledo. Su despreciativa carga moral desmoralizaba al más pintado. Rodeado de una aureola casi divinizada, el distinguido ofrecía una imagen egocéntrica de aparente felicidad. Aparente, pues en su fuero interno escuchaba los aullidos de un vacío que en el silencio de la noche lo aturdían (mientras su mujer, una dama necia, sumisa y fatua, por muy doña Muchísima que fuese, ni se enteraba ni lo pretendía; dormía soñando corderitos) y de mañana negaba. Por consiguiente, se mantenía al margen de la chusma, tratándose únicamente con sus iguales. Y entre éstos, el trato, invariablemente superficial, se revestía de ademanes y simulaciones hipócritas que perseguían, independientemente de grados o de edades, desbordar ríos de envidia para granjearse réditos de orgullo y perverso regocijo. 

“Encantado de conocerlo, don Alguien.”

“El gusto es mío, don Bastante.”

“Permitan que me presente. Soy don Suficiente. Un placer...”

“Yo doña Mucha…” (Alguna mujer identificada entiéndalo en su justo sentido.)

La cuestión radicaba en sobresalir entre la élite, en ser mejor entre los mejores. Siendo un don Alguien se aspiraba a ser un don Algo Más, un don Mucho, un don Muchísimo... y, al fin, don Único. Y el personaje principal parecía seguir el camino adecuado hacia la cúspide suprema (de lo único que su esposa se enorgullecía). “¡Qué hermosa es la vida!”, se decía, consciente de su afortunada situación. 

Nada perturbaba su gozosa existencia, hasta que apareció el maldito dolor de vientre. Sus exclamaciones de júbilo se trocaron entonces en maldiciones rabiosas. Y al límite de su escasa resistencia, decidió acabar con aquella rémora recalcitrante. A toda costa y por cualquier medio. Así que hizo llamar al prestigioso médico don Ojo Clínico, famoso por sus infalibles diagnósticos…

***
El experimentado Ojo Clínico, al saber quien requería sus servicios, supuso que no se trataría de algo vulgar, pues padecimientos vulgares atañían a gentes con tal calificativo, no a personas de relevancia. Cuando vio de frente a nuestro hombre no dudó un instante en su juicio clínico: “¡Estrés social!”. Persuadido por el sistema imperante, pensaba el cegato galeno que un hombre tan insigne, de tanto peso específico, sometido a mil deberes para con sus subordinados, presa de incontables emociones al hacer propios los problemas ajenos, tendría que estar en extremo fatigado, por lo que remató la faena exclamando sin socarronería: 

“Tributo pagado por el ingrato puesto que la sociedad le ha deparado”.

Es preciso imaginar la elongación simiesca de la faz del hombre principal al oír tal desatino. Expresiva y turbadora. De ser el caso, habría de estar cansado, agotado o destrozado por la desenfrenada y libidinosa vida que llevaba, no por la desinteresada entrega a sus súbditos. Un pensamiento vedado para don Ojo Clínico que, obcecado por la figura del magnate, le aconsejó hacer menos suyo el sufrimiento de sus conciudadanos, le prescribió reposo absoluto y, como coadyuvante, le suministró una sustancia química de probada utilidad en gentes de su categoría y condición.

Transcurrió el tiempo y la cosa seguía igual, o peor, y don Muchísimo maldijo a don Ojo Clínico. Dominado por la cólera, se valió de su gran influencia para que nadie jamás demandase sus servicios y, por supuesto, le retiró el don. Acudió seguidamente a su llamada el doctor Hipnotizador, cuyo fabuloso poder de sugestión presagiaba el fin de los tradicionales métodos de analgesia y anestesia. Éste aplicó toda su sabiduría, convencido de la eficacia de su ciencia y, de paso, ¡oh, humana debilidad!, procurando ese mismo don que, pese a su prestigio, aún se le negaba. Pero, incomprensiblemente, fue el hombre influyente quien –eso sí, de modo involuntario– hizo mella en la voluntad del Hipnotizador, trastocando el pretendido efecto. El experto conocedor de la psique, despojado de su autocontrol, víctima de una súbita enajenación, se suicidó precipitándose por una ventana, ante los ojos atónitos de su paciente, de la impasible esposa y de dos criados circunspectos. ¡Tragicómica escena!

Le tocó el turno al doctor Cirujano –éste sí poseedor del preciado don–, cuyas mágicas manos casi hacían milagros. Sometió al enfermo a una revisión rigurosa, de la cabeza a los pies, pero no detectó la causa generadora del dolor. Desconcertado y temeroso de que el reputado paciente reaccionase de modo inconveniente a su sinceridad, no dudó un momento en emitir su conveniente conclusión: “El origen de su dolor radica en lo más recóndito de la cavidad abdominal, de su ilustre abdomen”. Su juicio aparentaba firmeza y contundencia, expresado con lenguaje rotundo de sabio vanidoso. Le pidió con respeto que se dejase someter a una intervención, a fin de localizar con exactitud el mal. Don Muchísimo no se opuso a su sugerencia, pero le advirtió que si le quedaba alguna secuela fuese pensando en lo peor. El profesional deglutió su inquietud y, tras oportunos preparativos, procedió a expulsar el tumor que presuntamente albergaba y con el que, por su propio bien, anhelaba toparse. Inició la laparotomía... y cuando el bisturí tomó contacto con la piel del prohombre brotó un líquido negruzco, y el temerario operador cayó desplomado bajo la mesa de operaciones, electrocutado por una esotérica descarga que nadie pudo desentrañar. 

“¿Qué hice para merecer esto?”, sollozaba don Muchísimo casi humanamente, pero sin lágrimas. “¿Y quién habló de crecer en el sufrimiento?, rezongaba”.

Nuestro desgraciado estaba desesperado y, desprendido de su cicatería, prometió colmar de riquezas a quien lograse aliviarle del indescriptible dolor, cada vez más intenso y persistente, devorador y destructivo. En tanto no llegaba el esperado redentor trataba de restar importancia a su problema: “Seguramente se trata de un achaque estomacal insignificante, o algo banal del intestino, o del hígado…”. No hallando consuelo, dio en pensar que algún celoso de su poder y situación sería el responsable: “Quizás algún veneno en la bebida o el alimento. Puede que me hayan inyectado un germen maligno. O tal vez...”. Entre conjeturas, juraba que el culpable habría de pagar con un tormento mil veces mayor que el suyo. 

Juramento que no llegó a amedrentar otros oídos, pues ávidos de ganar su favor y la tentadora gratificación prometida fueron muchos los aspirantes a sanadores. A ninguno le vendría mal una posición más elevada en la jerarquía comunitaria, conseguir el respeto y la admiración que hasta el momento se les negaba. Hubo tantos candidatos, hombres y mujeres, que sería interminable su relación: mecánicos, fontaneros, electricistas, abogados, químicos, clérigos, payasos, curanderos, acróbatas, músicos... Se dejó someter a curas diversas: baños termales, emplastos, cataplasmas, acupuntura, hechizos... Y todo fue inútil, si bien mejoró un poco con la musicoterapia aplicada por un experto que, sin razón aparente, en mitad de una sesión de terapia musical se puso a bailar una tarantela y no paró hasta que, después de dieciocho horas de danza ininterrumpida, se le detuvo el corazón y cayó al suelo, boca abajo, en una extraña pose de araña, a la que contribuían las cuatro nuevas extremidades que le habían salido. A la postre, podría pensarse que don Muchísimo estaba hechizado, pero brujos y brujas estaban sometidos a su voluntad. Y decir que estaba loco sería una temeridad, porque la locura era patrimonio de los desheredados. Convenía sopesar con prudencia. 

“¡Pobre hombre!”, lamentaban sus vasallos –aunque parezca chiste–; los mismos que añadían con languidez: “Lo tiene todo, excepto paz y sosiego”.

***
Tardó en perder la esperanza, y ésta se desvaneció con su ser. Pereció quejumbroso, preguntándose cuál era su pecado. Fue sometido a un proceso de hibernación –ese había sido su deseo–, aguardando un milagro futuro que perpetuase su egoísmo. Pasados los siglos, la Sociedad alcanzó un grado de perfección insospechado en la era de don Muchísimo; sorprendentemente, las relaciones humanas alcanzaron la paridad con el avance tecnológico y científico. Sin embargo, no se logró volver a la vida a los seres que se mantenían orgánicamente íntegros por congelación. A los tres mil años se declaró improcedente la idea de instalar individuos de épocas pretéritas en ese futuro utópico y se decidió aprovechar sus cuerpos, perfectamente conservados, para fines de utilidad pública. En efecto, se diseccionaban, se analizaban sus órganos y se sometían a sofisticadas pruebas de laboratorio sus tejidos y componentes celulares, comparándolos con los del tiempo presente. De modo que al cuerpo de don Muchísimo le depararon esa suerte; lo retiraron de la máquina que mantenía su forma, lo cortaron, lo trocearon, lo desmenuzaron en multitud de partes que fueron observadas detenidamente por un grupo de estudiosos. Entonces resultó lo más increíble, la conclusión final... El jefe del equipo científico encargado de los restos de don Muchísimo hizo una revelación, en nombre propio y en el de sus colaboradores, a toda la comunidad científica: “¡Cada una de las porciones evidencia la misma frialdad que el medio que las ha conservado! Y lo más sorprendente: ¡la observación de sus tejidos revela un inexplicable vacío! Hemos estudiado su genoma y constatado que difiere del patrón de nuestra especie. ¿Una mutación u otra variabilidad genética? Señores, les confieso mi ignorancia…”. Y tras su comprensible asombro, los nuevos hombres, racionalmente equilibrados, consintieron que la Era en que vivían difería enormemente de las pasadas, ya incomprensibles a su generoso raciocinio.

[1982]

Marcha fúnebre (de Eleonore Prochaska WoO 96), Ludwig van Beethoven

No hay comentarios:

Publicar un comentario