lunes, 16 de marzo de 2026

Escepticemia


ESCEPTICEMIA. Epidemia de escepticismo, en la que se duda y se sospecha de todo y de todos, motivada por el devenir histórico; término acuñado por Petr Skrabanekdio título a un blog y sirvió de epígrafe a una columna de la revista Jano, de medicina y humanidades. [Léxico médico de la atención primaria]

«Escepticemia, una mirada escéptica sobre la salud y sus aledaños», así nos lo dice Gonzalo Casinomédico y periodista científico. Su blog, titulado con este término, nos induce a sospechar –o, al menos, a dudar–, siendo fuente de información de salud a través del filtro del escepticismo. 

La bitácora Escepticemia, publicada en el pasado por Ediciones Doyma y luego en la revista Jano, hasta tener más tarde su sitio web propio: https://escepticemia.com/, con el lema «Una mirada escéptica sobre la salud y la comunicación», que se mantuvo activo hasta julio de 2024.

Y es que la información sanitaria, como toda información, ha de ser contemplada con la necesaria mirada crítica, no asumida como dogma de fe.

Night Of The Skeptic – The Tin Hat Trio

sábado, 14 de marzo de 2026

Una falla médica

Una falla médica.
Una falla médica por lo que en sanidad falla.
Una falla que representa al ‘médico quemado’.
Una falla que plantan los médicos de Valencia.
Una falla que concreta el hartazgo médico, valenciano e hispano. 
Una falla justificada por problemas de los médicos en el sistema público de salud.
(sobrecarga asistencial en Atención Primaria, guardias de 24 horas extenuantes, falta de relevo generacional, fuga de talentos y pérdida de poder adquisitivo).
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El fallero (pasodoble), José Serrano

viernes, 13 de marzo de 2026

Un año más


Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños.

Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!

Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.

ÁNGEL GONZÁLEZ, Cumpleaños
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El poema «Cumpleaños», de Ángel González (1925-2008), es la celebración amarga de un aniversario de nacimiento, o natalicio, en el que se siente el paso de los años. Espero que la celebración de mi natalicio sea más dulce, a pesar de que los años pesen de algún modo por el envejecimiento, porque celebramos la vida.

Cumpleaños Feliz

martes, 10 de marzo de 2026

La verdad del engaño (Tercera parte)



III

Hace mucho que dejé de ser niño y de hacer perdonables niñerías, pero aún siento pavor al rememorar la experiencia de la Masneda. Igual que a mí me superó la imaginación, sigo creyendo que al viejo Armando lo aterrorizaron las mismas fuerzas naturales que había sobrellevado en su dilatada vida y que, por algún motivo, acabaron sobrepasándolo. No puedo saber qué fue lo que trastocó su razonamiento, si la reciente muerte de su esposa –que algunos apuntaban–, una hiriente frustración existencial u otra causa insuperable. Cualquiera pudo ser el desencadenante de complejas reacciones en su cerebro que le hicieran ver lo inexistente. Bebía demasiado, y es sabido que el alcohol desordena las neuronas. Especular es fácil; y también reírse. 

Este verano coincidí en Melibel con el estudiante de derecho que se había burlado del relato de Armando Cardoso. Era uno de los más escépticos. Se llama Rodolfo Gobierna y ahora es un prestigioso abogado. Como hombre juicioso sigue manteniendo su escepticismo. Razonando sobre el asunto, me dijo:

—No sería difícil desentrañar el misterio. Primero porque de la desaparición de Doín y del ganado se pueden dar explicaciones convincentes. Y porque no siempre acertamos a interpretar fenómenos naturales, por desconocimiento o por desconcierto. Sirva un ejemplo ilustrativo. Los indios americanos, por la ignorancia y el miedo, vieron a los conquistadores como dioses barbados; pero cuando se percataron de que eran simples mortales como ellos, ya sin temores infundados, se vino abajo el mito, igual que se derrumba un edificio sin sólidos cimientos. Al hilo de esto, en una pretérita comunidad occidental de hombres blancos, los negros africanos o los orientales de ojos rasgados fueron vistos en un principio como seres exóticos, hasta que se habituó la mayoría a la minoría y ésta se integró de forma natural. Siempre ha habido recelo ante lo diferente. Si hubiese un drástico rechazo, odio acérrimo o absoluta incomprensión, aparecerían dragones u otros saurios fabulosos. Sucedería lo propio si extravagantes extraterrestres se presentasen de pronto ante los asustadizos terrícolas. 

—De eso tenemos testimonios de afirmación... —dije por lo bajo, con discreción y humana inseguridad, sin cortarle el hilo letrado. 

—Se entendería la repulsa —continuó— por el temor a lo desconocido. Más tarde, en actitud serena, acostumbrados a lo novedoso, se conseguiría superar ese miedo irracional. Finalmente, podría lograrse un entendimiento mutuo, una relación amistosa, o incluso desde la diferencia llegar a quererse. 

—Supongo que tienes razón, Rodolfo —le dije convencido—. Yo era un niño y creí el relato de Armando. Por eso fui en busca de su verdad, no de la mía. Y descubrí el engaño que él, inocente, con seguridad se llevó a la tumba. Comprendí que no debemos conformarnos con las apariencias, ni ver, sin más, lo desconocido como amenaza. En una primera impresión el desasosiego puede perturbar nuestra interpretación mental, pero como individuos inteligentes tenemos capacidad de acomodación. Por eso la automática sorpresa cede paso al filtro de la razón. Pero solemos ver con ojos escrutadores y deformamos lo existente. 

—Acaso no nos baste lo real —respondió Gobierna—; o no nos guste, e indaguemos por inciertos derroteros en busca de satisfacción o de poético consuelo. Sabemos del poder de la mente, pero también de su debilidad. Como seres pensantes, nos maravilla y nos abruma el mundo; nos encandilan las criaturas que el planeta alberga y recelamos de ellas; pasa otro tanto con nuestros semejantes. Vivimos en la ambivalencia. Nos hallamos a gusto y gozamos con un paisaje; sentimos extrañeza en la propia piel y, para colmo, la naturaleza se revela, en ocasiones hiriendo nuestro cuerpo o alterando nuestro espíritu. Más allá de terremotos, inundaciones, huracanes o erupciones volcánicas, hay cosas que nos asombran y nos espantan. Extraños seres, inorgánica materia que cobra vida, fantasmas que forja el magín en medio de la alucinación o del delirio, nos fascinan y nos aterran como la misma muerte. Y lo diferente nos atemoriza… y nos atrae.

Ahí finalizó la interesante plática. Nuestras inteligencias concordaban en lo sustancial, aunque mi mente fuese más fantasiosa. 

Rodolfo y yo intercambiamos nuestras señas, suponiendo que, en nuestra establecida rutina, habríamos de volver a coincidir en Melibel el próximo verano. En tanto, los colores del otoño se me mostraban propicios para poetizar con los recuerdos o para fantasear con lo visible. Es agradable dejarse sugestionar por la cromática atmósfera sin llegar al límite del aturdimiento enloquecedor. 

***
Y ahora, sin regocijo ni desagrado, ¿por qué no dejar que la mente retroceda otra vez hasta los años de la confusa adolescencia?

En cierta ocasión eché una ojeada a una de esas novelitas rosas a las que mi hermana Juana era tan aficionada. La abrí al azar y leí: 
Isabel se enamoró de Torblik, un ser de otra galaxia cuyas características morfológicas distaban mucho del canon de belleza terrena. No era atrayente para los ojos humanos, pero había algo inexplicable en él que a ella le satisfacía plenamente. 
Supuse que ese Torblik habría llegado en una nave interplanetaria, entre robots y artilugios tecnológicos; la ciencia ficción de los tebeos había azuzado mi imaginación. Pasé la hoja y me detuve en un fragmento dialogado en el que la protagonista le declaraba su amor al amado, muy distinto a otros, que correspondía. 
—Me gusta lo que veo en ti y lo que alberga tu interior; todo tú me agradas. Eres un ser adorable… Y no me importa nada lo que digan los demás. 

—Sé que soy grotesco a los ojos de tu gente; e igual de raros les parecen a los míos los de tu raza. Y, sin embargo, Isabel, nosotros vemos más allá de lo aparente; sentimos mucho más que aquellos que no intentan comprender. 

—¡Ah, Torblik!, te amo como no amé jamás —pronunció ella, apoyando su sonrisa en el pecho del llegado de siderales confines.
En ese relato trivial, lo mismo que en algunas historietas de comic, a las que soy tan aficionado, había más sensatez que en muchas obras enjundiosas. ¡Quién lo diría! Me llenó de contento... Se daba por posible una relación no destructiva –y la amorosa lo es en ocasiones– entre dos seres distintos y distantes, pero parecidos y próximos. 

***
Dicho lo cual, no me queda más que confesar con inquietud.

Yo, Jacinto Balboa, arquitecto licenciado, reconozco el límite de la dialéctica y, desde la modestia de mis treinta y nueve años de terrenal historia, dudo todavía. ¿Armando Cardoso era un embustero? ¿Tuvo un delirio transitorio, etílico o motivado por su soledad? ¿Estaba enfermo, padecía demencia senil, sufrió un ataque vesánico? ¿Fue acaso víctima de una pesada broma carnavalesca? ¿Vio realmente el viejo de Melibel lo que creyó ver? Me pregunto todo esto tratando de hallar una respuesta. Si hablase y estuviese vivo, tal vez me la daría León, mi viejo can de palleiro.

No estoy ebrio. No soy mentiroso. No vivo en soledad. No estoy loco. Y no me dejo engañar fácilmente. Lo afirmo creyendo que la Masneda encierra algún secreto. ¡Ríase quien quiera! Y si no, intenten comprender la verdad del engaño.

[1997, 3-5 mar.]

Neptuno «el místico» (de Los planetas), Gustav Holst
 

lunes, 9 de marzo de 2026

La verdad del engaño (Segunda parte)

 


II

Los lustros diluyeron el percance del viejo Armando Cardoso y engulleron, inexorables, míseras existencias. No hay nada que el tiempo no desvanezca. Sin embargo, yo aún recuerdo, pasados más de seis, a ese hombre y a otros ya finados, presentes en la taberna de Eulogio «el Bizco» la noche en la que fui mudo testigo del horripilante relato. Tengo grabada la mirada suplicante de Armando, al que escuchaba arrimado a mi padre, impaciente de cobijarme bajo las mantas de mi cama y sumirme en un sueño amparador. En un niño de ocho años estas vivencias dejan huella. Aquel mismo año abandoné el lugar, y con mis progenitores y mi hermana Juana, dos años menor, me vine a la ciudad; no por el hecho referido, sino porque a mi padre, empleado de una caja de ahorros, lo destinaban forzosamente. Todavía añoro el pueblo, la libertad de la campiña y el contacto con una naturaleza casi intacta. Pasamos cada año algunos días de vacaciones en la casa que perteneció a mi abuelo paterno –y en la que sigue residiendo la tía Luisa, la hermana de mi padre–, pero no es lo mismo que vivir el día a día y percibir el pálpito de los prados, los árboles y los pájaros, o sentir la nobleza de hombres y mujeres ajenos al veloz y competitivo mundo de las grandes urbes. 

Diré que no hubo noticia de ningún nuevo encuentro con seres extraños de las características que describiera Armando, al menos que yo sepa, ni de bestias de la montaña o dinosaurios dados por extintos, y que al cumplir los catorce sentí la necesidad de averiguar por mi cuenta. Intenté hablar con el protagonista y… ¡Ah!, casi siempre es tarde cuando uno se decide. Había fallecido el mes anterior al fin de curso. 

Estoy retrocediendo a un verano en que una chispa de meditación trascendente me suscitó anticipadamente la dicotomía de si, al concluir el bachillerato, debería iniciar estudios de arquitectura (inclinación hoy consumada) o prepararme para trabajar sin mayor dilación en lo que fuese, considerando incluso la aspiración a un puesto en la misma caja de ahorros en la que mi padre prestaba servicios; entonces, se presentaban otras oportunidades. Pero quedaban por delante unos años de reflexión, sin tomas de decisiones alocadas, y aquel estío se me ofrecía para divertirme de espaldas al futuro. Sin abandonar mi principal obsesión, traté de reconstruir el relato que quedara indeleble en el cerebro del chiquillo que había sido, consciente de una hombría prematura.

Y como un investigador, me preparé para indagar sobre el terreno.

***
El inicio de julio era espléndido; no se predecían días tormentosos, sino todo lo contrario, plácidos y azules. Intuitivamente, escogí un día que me pareció propicio. Salí un viernes de madrugada con las provisiones necesarias para afrontar una dura jornada; en mi corta experiencia, sabía que las largas caminatas consumen gran energía, que resecan y despiertan un apetito feroz, por lo que llené mi cantimplora de explorador y eché mano de los restos de la cena. Nadie se percató de mi fuga, y procuré alejarme de cualquier casa rústica para que ningún pueblerino madrugador pudiese sorprenderse de mi presencia a hora desacostumbrada. Todo iba de maravilla. Pero mi solitaria ansia se vio truncada. Me seguía un perro vagabundo, con rasgos de can de palleiro, avispado y dócil, que ya conocía de años anteriores. Sin dueño, pertenecía a todos; jugaba con los niños y siempre había quien le diese un hueso o un trozo de carne. 

León, que así lo llamaban, me miró con ojos tiernos y emitió un sonido lánguido en busca de aceptación. Comprendí su deseo de acompañarme, acaso porque su fino olfato había descubierto el secreto alimenticio de mi mochila, de modo que a un simple ademán de consentimiento corrió hacia mí meneando la cola alegremente. 

Nos dirigimos hacia el sendero que conduce a la Masneda. El sol despuntaba por el robledal lindante con el pueblo por oriente; noté la caricia de los tibios dedos de la alborada. Atravesamos el puente colgante que salva el río y nos adentramos en la espesura del bosque, al pie de la vertiente sureste de la montaña. En la umbría sentí frío, quizás más por representar mi magín enrevesadas escenas que por el abandono de Helios. Al ir ascendiendo, el bosque se hacía menos espeso y la luminosidad más patente. A mitad de camino apenas algún pino rompía el monótono discurrir de los tojos, que advertían su presencia al clavarse en mis manos caminantes. Al fin alcanzamos la cumbre del monte, desde donde admiramos el valle y el terreno recorrido. Eché la mirada atrás y León hizo lo propio, complacido de alcanzar la meta. 

Me allegué a la sombra de unos peñascos y extraje la pitanza que portaba en la mochila, de color naranja, vistosa y bien visible a distancia, que me regalara tía Luisa por mi cumpleaños. Pollo, tortilla, plátanos y pan algo revenido. Manjares al aire libre que compartí con mi canino amigo. Bebí agua de la cantimplora y eché una poca en un cuenco para que León se hidratase. Me sentía en el paraíso.

Se me fue la vista hacia poniente, donde aparecía la hermosa laguna de Melibel, enmarcada por una soberbia pradería. Su presencia relajaba el espíritu, alimentado con los aromas y el colorido del entorno. La Masneda era todo calma, absoluta quietud. Pensaba en cómo sería todo aquello profanado por modernas construcciones y de qué manera yo sería un arquitecto respetuoso. Pero los ladridos de mi amigo me sacaron del embeleso, llevando mi atención hacia un enorme lagarto que tomaba su baño solar sobre una piedra. Una mariposa podalirio que sobrevoló nuestras cabezas, delicada y esquiva, me evocó el platillo de Cardoso. Escuchamos el canto del cuco y los graznidos de la urraca. Después, murmullos y silencio. Ese impresionante silencio que a pequeñas dosis vitaliza y llegado un punto angustia y empequeñece. 

El sopor me fue atenazando y permanecí en duermevela casi una hora. Lo suficiente para recuperar la energía gastada en la caminata y emprender el viaje de regreso, convencido de la confusión del viejo Armando, tal vez debida a las reiteradas jornadas de ensordecedor silencio. Aquellas soledades podían enloquecer a cualquiera. 

***
La vuelta era a priori más sencilla, con la confianza de que en bajada todos los santos ayudan y el menosprecio del peligro. Pura teoría. Uno casi nunca sabe el terreno que pisa, y menos si lo está hollando por primera vez.

Y, ¡oh desgracia inoportuna!, tuvo que ocurrir lo que menos hubiese esperado. 

A menos de cien metros del río tropecé en la raíz sobresaliente de un abedul y fui rápidamente hacia abajo, tambaleándome, por un abrupto talud. Me detuvo un enorme pedrusco cubierto de musgo; el suave verde de la piedra amortiguó, afortunadamente, mi caída. El dolor del tobillo izquierdo era intenso; su chasquido previo indicaba que podía haberse fracturado o que, como mínimo, sufría una torcedura grave, un esguince severo. Debía dar gracias por no haber perdido el conocimiento tras el desgraciado traspié; habría sido fatal y probablemente no estaría aquí para contarlo. 

Incorporarme me llevó lo suyo. Ya la tarde estival iba cayendo y las fuerzas no me sobraban. León, que ya consideraba mío, parecía hablarme con su canino lenguaje como preguntando de qué modo me podía ayudar. Pasé mi mano por su cabeza en señal de agradecimiento y observé en sus ojos pardos lo que escasea en los humanos. 

A duras penas, sirviéndome de su lomo como apoyo, fui avanzando poco a poco. ¡Quién tuviera una vara de fresno! Podía enviar al perro al pueblo en busca de auxilio, pero el orgullo me obligaba a valerme por mí mismo y poner a prueba mi capacidad, mi autosuficiencia. Iba renqueando y arrastrando la pierna izquierda. Nubes lejanas ocultaban el sol debilitado. La noche se imponía dominadora y misteriosa. 

Al llegar al río sólo se distinguía lo que permitía el plenilunio. Menos mal que teníamos la luna, y al verla en lo alto, luminosa y vigilante, adiviné su sonrisa plateada, dulce y pícara a la vez, sus largas pestañas en torno a unos ojos esmeraldinos y hechizantes, su elegante mentón y sus coloreados mofletes; me turbó su belleza y desvié la mirada. No debía dejarme subyugar por la loca fantasía.

Al borde del sendero descubrí dos luces fosforescentes: mágica luminosidad de las luciérnagas. Más brillantes que mi mochila. Absorto, contemplé en cada interior un aposento, con sus respectivas parejas de hombrecillos, varón y mujer, sentados a la mesa y degustando su apetitosa cena: en una comían higos y fresas; en la otra, moras y cerezas. Llamó a mi puerta el hambre al verlos saborear aquellos deliciosos frutos silvestres, y hube de deglutir al llenárseme la boca. En su sobremesa, viéndolos tocar el violín y cantar, me di palmadas en la cara; ya lo dije: la fantasía no era conveniente. 

***
Quería olvidarme del dolor del tobillo y apuré la marcha hacia casa.  

Ya estaba cerca de Melibel cuando una luz móvil, extremadamente intensa e inquietante, tan distinta a la de los insectos luminosos, me deslumbró. Oscilaba de un lado a otro, arriba y abajo, sin cesar. El resplandor me amenazaba, sin duda me atacaba con afán de hacerme daño. ¡Oh Dios, demasiado joven para morir!, resonaba la conciencia. Mareado, casi caigo a tierra nuevamente, pero resistí su agresión y, siseando, me agarré a León, que había advertido el peligro antes que yo. Ambos nos apartamos del sendero. 

Una revelación interior me decía que se trataba de una nave interplanetaria, dotada de tecnología inimaginable y tripulada por seres intergalácticos provenientes de un remoto lugar del universo. ¿Había hallado la verdad de Armando? No creía que fuese una jugarreta del subconsciente. Las piernas me temblaban, sudaba frío, el corazón se me salía, y lloraría si no me considerase un hombre hecho y derecho. 

Mi fiel amigo comenzó a ladrar estrepitosamente. Me asaltaron pensamientos macabros, e impotente me entregué a los designios del destino. 

Entorné los ojos a la espera del fin...

—¡Jacinto! Gracias a Dios que te encontramos. ¿Dónde te habías metido, muchacho? Llevamos todo el día buscándote. ¿Estás herido?

—¡Papá! Yo creí que... He pasado tanto miedo que tengo paralizado el cuerpo. Entonces, no era más que una linterna y no… ¡Mi tobillo…!

—Hijo mío, el pueblo entero está rastreando la montaña me hizo saber, mientras inspeccionaba la articulación lesionada. Todos andan en tu búsqueda. 

—Siento haber causado tantas molestias me lamentaba.

—¿Por qué no nos avisaste de que salías? Nunca nos habías hecho pasar tan mal trago –me reprochó mi padre, comprensiblemente molesto por mi actitud.

—Os dejé una nota, ¿no la visteis? le hice saber, extrañado de que no la hubiese leído. Pensaba decírselo a Juana para que os avisara y no os preocupaseis, pero temí que se fuese de la lengua antes de tiempo y me prohibieseis la aventura.

—No encontramos ninguna nota. Bueno, ahora qué más da, ya nos lo contarás todo en casa y, tras sugerir silencio, me cargaba a sus espaldas.

León no dejaba de mover el rabo alegremente.

Un vehículo todoterreno de Protección Civil nos recogió y llegamos felizmente al hogar, donde aguardaban llorosas mi madre y tía Luisa. ¡Qué alegría de volver a verlas! Con serio semblante, permanecía mi hermana Juana, más entera y confiada en mis dotes de orientación y supervivencia, de las que sabía por lo que yo le contaba de los campamentos infantiles a los que había ido y de los libros que leyera. Lo de Juana era una pose: acabó quebrándose y liberando la emoción.

Entre tiernos abrazos y besos, las mujeres de la casa y un servidor nos aliviamos del amargo trago. El médico del pueblo me vendó el tobillo, y al día siguiente mis padres, mi hermana y yo cantamos alegres canciones populares para celebrar nuestra dicha. Recuerdo a mi padre rasgueando su guitarra, a mi madre con la pandereta y a Juana con castañuelas. Ahora, en la distancia, me parece que no era yo el protagonista.

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Fin de Segunda parte. Continúa y finaliza en: Tercera parte.

Happiness, Dominik Hauser

domingo, 8 de marzo de 2026

La verdad del engaño (Primera parte)


[Relato: 3 capítulos en tres partes]

I

El estrépito de la tormenta hacía más lúgubre el fantasmagórico paraje, y la penumbra ya ahogaba las casas cercanas de Melibel. Un repentino relámpago clareó el sendero profanador de la Masneda, esbozando un amanecer fugaz e iluminando la faz del viejo Armando Cardoso. Bajaba presuroso, a tientas, tropezando con las matas y los pedruscos del camino. Quedó clavado en ese instante, cegado por el imponente resplandor, y sintió poco después la atronadora maldición del cielo, mientras intentaba proseguir su alocado descenso. El aguacero era violento y el agua de lluvia le caía a chorro por los bordes del sombrero de paja, que afianzaba con la mano izquierda, en tanto en la diestra esgrimía un cayado de fresno con el que tanteaba sus pasos. Su conocimiento del terreno la permitía mantener el equilibrio en circunstancias tan adversas. Después de dos horas de bajada, supuso que le quedaba poco para alcanzar la aldea y suspiró aliviado al reconocer –o intuir– los primeros hogares. La orientación en esa elevación perdida era relativamente fácil para un natural de Melibel como Armando; cualquier foráneo en su lugar se hubiese extraviado irremisiblemente, salvo benevolencia de la incierta fortuna. En la más absoluta oscuridad, sólo la descarga eléctrica recordaba que la luz no había desaparecido del mundo. 

Alcanzó al fin el pie de la montaña y aceleró la marcha hacia el pueblo. 

Plantado frente a la taberna de Eulogio «el Bizco», arremetió con tal impulso contra la puerta de acceso que, hallándose perfectamente cerrada, cedió sin accionar el picaporte, como si fuese de cartón. Cayó de bruces, sobresaltando a los que se cobijaban bajo el vetusto techo de madera enmohecida y embadurnando el suelo, toscamente enlosado, con el barro y los hierbajos que se le habían adherido al pantalón y a la chaqueta de pana rojizos. Hubo un clamor general. Y enseguida acudieron a reincorporarlo los dos hombres que ocupaban el velador más próximo a la entrada.

—¿Qué te ha pasado Armando?  —interrogó absorto el de más edad.

—Sí, ¿cómo es que vienes así? —añadió el otro.

—¡Aaah! Dejad que me siente... Y dadme algo de beber para que pueda recuperar las energías y el aliento —«el Bizco» le sirvió presto y certero un vaso de vino tinto que ingirió ávidamente. Centró su mirada hundida en la desviada del hábil tabernero y luego la dirigió hacia quienes le habían socorrido en un inicio. A continuación, reparó en los otros, uno por uno, se lamió los labios y se los secó con la manga del oscuro jersey. Por último, con voz queda y pausada, rompió el silencio—. Eulogio, Cándido, David, y todos los demás, ¡escuchadme! ¡Escuchadme con atención!

Tras las imperativas palabras, ya más sonoras, pronunciadas con su poderoso timbre de barítono recuperado, hizo una pausa en el discurso. Bebió un trago largo y, después de jadear unos segundos y hacer un gesto reflexivo, dio paso a su revelación.

—Amigos, hoy he visto la cara del diablo. Así como suena. No es mi intención asustaros, de ningún modo, pero os aseguro que estoy vivo de milagro.

Vació lo poco que restaba en el vaso y «el Bizco» volvió a llenarlo. Las quince personas que le escuchaban atentas, antes relativamente separadas, se aproximaron de modo instintivo, movidos por el resorte protector que incita a compartir el miedo para mitigarlo (aun siendo todos hombres los que estaban allí, la mayoría pueblerinos altivos que alardeaban de saludables y machotes ante los capitalinos, a quienes tildaban de afeminados y gallinas). Tal era el énfasis con que el viejo articulaba, que un escalofrío, un erizamiento capilar o un pasmo provocado por el temor atávico, embargaba a todos y cada uno de los atentísimos oyentes. En silencio y boquiabiertos, parecían niños deseosos de escuchar un cuento asombroso, aunque fuese por boca de un borracho.

—Yo había salido muy de madrugada hacia los prados de la laguna, acompañado de Doín, mi perro fiel, y siete de mis vacas rubias —comenzó así su relato Armando Cardoso—. El día aparentaba plácido y no daba signos de que fuese a cambiar de la forma que lo hizo. Tú Isaac sabes leer en el cielo, y me comentaste hace un par de días que no llovería en dos semanas, ¿no es cierto? –miró hacia el aludido y éste, contrariado, aseveró con la cabeza; entonces continuó sin pausa–. Sin embargo, sobre las tres de la tarde el azul se volvió marrón, gris y después negro. Sí, negro como la boca de un pozo o de una cueva. ¡Nunca vi pasar del día a la noche de semejante manera! Pensé que sería un eclipse, pero no estaba anunciado ninguno; que yo sepa...


Los presentes le confirmaron que no se había producido un eclipse. Y desconcertado, hizo un pavoroso gesto que no le impidió seguir hablando.

—Sorprendido, me dispuse a emprender el regreso. Llamé a Doín para que reuniera el ganado y su ladrido contestó a mi llamada. Pero de pronto una niebla espesa lo envolvió todo y no podía ver ni al perro ni a las vacas; de éstas no escuchaba ni el cencerreo ni los mugidos; de mi perro pastor oí aullidos que se desvanecían lentamente, como mitigados en una lejanía creciente. Creí que soñaba o que me había sentado mal el aguardiente, pero ¡no había ni desenroscado el tapón de la botella! Conociendo la Masneda mejor que mi propia casa, me hallaba perdido, sin saber a dónde dirigirme. El prado y el lago no eran tales; no existía hierba ni agua, sólo una bruma densa. Y de repente... —echó otro trago reconfortante y prosiguió—: De repente alguien me tocó el hombro. Me volví y... ¡Oh Dios mío! ¡No puede ser verdad!

—¡Tranquilízate, Armando! —le aconsejó don Benito, el cura, que solía estar a esa hora en la taberna de Eulogio «el Bizco»—. Habla con calma y no te angusties, que las emociones hay que combatirlas con el sosiego y la confianza divina.

Pareció tomar en consideración las palabras del párroco, porque se alivió en un hondo suspiro y recobró parte del color perdido relajando el desencajado semblante que traía de la montaña. Al distender los músculos de la cara su aspecto era más humano.

—Padre, por favor ¡escúcheme! Se lo ruego... —el cura, resignado, lo dejó seguir—. En ese instante vi una criatura que hace atractivo al mismísimo Satán. Contemplé un ser monstruoso de enorme cabeza, ojos amarillentos y lengua de fuego, de cuerpo estrambótico, con largas extremidades y garras en vez de manos, que se mantenía en el aire sin apoyo. Con mirada fiera y actitud hostil amenazaba a este pobre viejo… Corrí despavorido ante aquel espectro verdoso surgido de la niebla, llevado por un pánico como nunca creí tener. Pero mi escapada era inútil, no había salida; estaba rodeado de múltiples criaturas parecidas a la primera que me cerraban el paso. En ese momento no sé si pensaba en algo o si me encomendaba definitivamente a Dios. El sueño eterno me atrapaba cuando, haciendo un giro involuntario, detrás de un grupo de eses monstruos mis ojos fueron encendidos. Efectivamente, ¡encendidos!, no cegados, por luces de increíble intensidad que rodeaban un artefacto parecido a… Sí, a un platillo volante —el murmullo de los oyentes no detuvo su discurso—. Igual que los de las películas, o como los que han salido fotografiados en revistas y periódicos, que siempre creí fantasía o invención de embaucadores. Le aseguro padre, y os aseguro a todos, que lo que vieron mis ojos era real. ¡Sabéis que no soy un farsante!

Tras la rotunda exclamación, las candorosas pupilas del viejo se posaron en las escépticas de don Benito, para remontar el vuelo y detenerse brevemente en cada una de las otras, todas asombradas y recelosas. La incredulidad llenaba la estancia. Y sin gran convencimiento de sus propias palabras, dio remate a la narración.

—Viéndome ya capturado por los extraños y repulsivos seres, el terreno cedió milagrosamente a mis pies y caí por una pendiente hasta el borde mismo del río. Como no sé nadar, el rumor del agua aún me asustó más; aunque, si os digo la verdad, preferiría morir ahogado que devorado. Me incorporé con una rapidez que ni de joven, y corrí como un poseso hasta aquí. Del resto no merece la pena decir nada. Nada.


Hubo un corto silencio funerario al llegar a este punto del relato. Y un murmullo general acabó por relajar el ambiente ahogado por la mudez.

—Este hombre debe tener síntomas de chochez —arguyó un estudiante de tercero de derecho que estaba pasando los días de carnaval en el pueblo—. De no ser así, cabe pensar en que le hayan tratado de intimidar los vecinos del otro lado del río. Es probable que se disfrazaran de dragones o de saurios prehistóricos y reflejasen luces de linternas, o sabe Dios qué, haciendo un círculo con la intención de meterse con el primero de aquí que les sirviera de víctima. Me han contado que desde siempre están ustedes enzarzados en disputas. Por otra parte, el día no ha sido tan infernal como cuenta.

—No se recuerda en Melibel una broma semejante, nada de tan mal gusto como lo que refieres muchacho —dijo el cura—. Riñas por nimiedades ha habido muchas, incluso peleas no acabadas en tragedia de milagro; es mucha la sangre de Caín que corre por las venas de la gente de este pueblo y de sus aldeas. Pero meterle el miedo en el cuerpo, y en el alma, a un hombre de edad en pleno descampado, en un prematuro anochecer tempestuoso, premeditadamente y tan bien tramado, con una nave o lo que fuera, dando a entender una invasión de alienígenas, es pensar demasiado enrevesadamente. Si fueses del lugar sabrías que las inclemencias se ensañan en la Masneda, que la neblina suele rodear su falda desde el río y que las nubes de tormenta tienen avidez por su cumbre. De todos modos, no puedo creer lo que cuenta Armando. Monstruos y platillos… ¡Pamplinas!

—Piense usted lo que quiera, don Benito. Pensad todos lo que os venga en gana; pero os puedo asegurar que ni estoy chocho ni soy un mentiroso. Y mucho menos un chistoso que disfrute con estupideces infantiles. Nunca he sido bromista. Me conocéis bien, y os juro que lo que vi era tan real como que estoy ahora aquí con mis convecinos. No, no eran de este mundo; y si lo eran, desde luego no de estas latitudes.

Fuente
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Lo que el anciano Cardoso decía haber observado en la montaña era fascinante; para sentir atracción y miedo a un tiempo. Quizás para infundir más temor en un hombre que en una mujer, aunque les pese a los integrantes del sexo «fuerte». En los testigos del relato, aparte del cura, comenzó a albergarse la duda: ¿realidad o alucinación? En el fondo preferirían lo segundo. El protagonista del presunto suceso singular era hombre serio y respetable, pero aun admitiendo su sinceridad, ¿quién aseguraría que aquellas imágenes inverosímiles no eran fruto de una ilusión desatada por etílicos efectos? No obstante, hablaba como un individuo temeroso y no como alguien poseído por la bebida. Se abrían posibilidades.
 
Seguramente avistaría algo anómalo y estaría confuso por el choque emocional. Era la opinión mayoritaria. Algunos pensaban en un estado delirante. Y nadie quería admitir lo referido como absolutamente verídico. La vida rutinaria y tediosa de aquella pequeña población justificaba el espoleo mental, impulsando acontecimientos que diesen contrapunto a la habitual monotonía. Tampoco era despreciable el hecho del fallecimiento de Clara, la esposa de Armando, y la consecuente soledad del viejo desde seis meses atrás. Además, los medios influían y las gentes acudían a los cinematógrafos de la capital los fines de semana. De modo que la ficción mal entendida podría provocar estragos en la mente simple y cansada de un lugareño entrado en años. 

Como fuere, el misterio estaba servido, porque nada se supo de la suerte de Doín, ni del ganado. «Bien pudo haber vendido las vacas», pensaron algunos, los mismos que se cuestionaban que hiciese otro tanto con el can, un sumiso animal muy unido al dueño. ¿Muerto? Incluso si hubiese sido devorado habría de quedar algún resto.
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Fin de Primera parte. Continúa en: Segunda parte.

Mystery, Miles Davis

lunes, 2 de marzo de 2026

Aberraciones del sistema sanitario


La costumbre hace que lo aberrante parezca normal.

No son aberrantes sólo las guardias médicas hospitalarias de 24 horas, que atentan contra la salud laboral. Lo son también los Puntos de Atención Continuada (PAC), que hace muchísimos años sustituyeron a los Servicios de Urgencias Extrahospitalarios, para crear confusión o generar demanda no urgente en todo momento. Y lo son además las agendas médicas de Atención Primaria, abiertas sin límite, ad infinitum, por contentar al usuario-votante y despreciando el principio básico de la atención de calidad, un insulto al médico y un engaño del paciente. Son tres cuestiones, entre otras, que reflejan la situación de deterioro estructural en nuestro Sistema Nacional de Salud, causante de un desgaste profesional que perjudica a toda la población que depende de su funcionamiento. 

Urgen cambios drásticos en todo el sistema sanitario, con sus servicios de salud autonómicos incluidos, para revertir una situación inconveniente para trabajadores de la salud y pacientes. Necesitamos una sustancial mejora de la atención primaria.

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