[Relato: 3 capítulos en tres partes]
I
El estrépito de la tormenta hacía más lúgubre el fantasmagórico paraje, y la penumbra ya ahogaba las casas cercanas de Melibel. Un repentino relámpago clareó el sendero profanador de la Masneda, esbozando un amanecer fugaz e iluminando la faz del viejo Armando Cardoso. Bajaba presuroso, a tientas, tropezando con las matas y los pedruscos del camino. Quedó clavado en ese instante, cegado por el imponente resplandor, y sintió poco después la atronadora maldición del cielo, mientras intentaba proseguir su alocado descenso. El aguacero era violento y el agua de lluvia le caía a chorro por los bordes del sombrero de paja, que afianzaba con la mano izquierda, en tanto en la diestra esgrimía un cayado de fresno con el que tanteaba sus pasos. Su conocimiento del terreno la permitía mantener el equilibrio en circunstancias tan adversas. Después de dos horas de bajada, supuso que le quedaba poco para alcanzar la aldea y suspiró aliviado al reconocer –o intuir– los primeros hogares. La orientación en esa elevación perdida era relativamente fácil para un natural de Melibel como Armando; cualquier foráneo en su lugar se hubiese extraviado irremisiblemente, salvo benevolencia de la incierta fortuna. En la más absoluta oscuridad, sólo la descarga eléctrica recordaba que la luz no había desaparecido del mundo.
Alcanzó al fin el pie de la montaña y aceleró la marcha hacia el pueblo.
Plantado frente a la taberna de Eulogio «el Bizco», arremetió con tal impulso contra la puerta de acceso que, hallándose perfectamente cerrada, cedió sin accionar el picaporte, como si fuese de cartón. Cayó de bruces, sobresaltando a los que se cobijaban bajo el vetusto techo de madera enmohecida y embadurnando el suelo, toscamente enlosado, con el barro y los hierbajos que se le habían adherido al pantalón y a la chaqueta de pana rojizos. Hubo un clamor general. Y enseguida acudieron a reincorporarlo los dos hombres que ocupaban el velador más próximo a la entrada.
—¿Qué te ha pasado Armando? —interrogó absorto el de más edad.
—Sí, ¿cómo es que vienes así? —añadió el otro.
—¡Aaah! Dejad que me siente... Y dadme algo de beber para que pueda recuperar las energías y el aliento —«el Bizco» le sirvió presto y certero un vaso de vino tinto que ingirió ávidamente. Centró su mirada hundida en la desviada del hábil tabernero y luego la dirigió hacia quienes le habían socorrido en un inicio. A continuación, reparó en los otros, uno por uno, se lamió los labios y se los secó con la manga del oscuro jersey. Por último, con voz queda y pausada, rompió el silencio—. Eulogio, Cándido, David, y todos los demás, ¡escuchadme! ¡Escuchadme con atención!
Tras las imperativas palabras, ya más sonoras, pronunciadas con su poderoso timbre de barítono recuperado, hizo una pausa en el discurso. Bebió un trago largo y, después de jadear unos segundos y hacer un gesto reflexivo, dio paso a su revelación.
—Amigos, hoy he visto la cara del diablo. Así como suena. No es mi intención asustaros, de ningún modo, pero os aseguro que estoy vivo de milagro.
Vació lo poco que restaba en el vaso y «el Bizco» volvió a llenarlo. Las quince personas que le escuchaban atentas, antes relativamente separadas, se aproximaron de modo instintivo, movidos por el resorte protector que incita a compartir el miedo para mitigarlo (aun siendo todos hombres los que estaban allí, la mayoría pueblerinos altivos que alardeaban de saludables y machotes ante los capitalinos, a quienes tildaban de afeminados y gallinas). Tal era el énfasis con que el viejo articulaba, que un escalofrío, un erizamiento capilar o un pasmo provocado por el temor atávico, embargaba a todos y cada uno de los atentísimos oyentes. En silencio y boquiabiertos, parecían niños deseosos de escuchar un cuento asombroso, aunque fuese por boca de un borracho.
—Yo había salido muy de madrugada hacia los prados de la laguna, acompañado de Doín, mi perro fiel, y siete de mis vacas rubias —comenzó así su relato Armando Cardoso—. El día aparentaba plácido y no daba signos de que fuese a cambiar de la forma que lo hizo. Tú Isaac sabes leer en el cielo, y me comentaste hace un par de días que no llovería en dos semanas, ¿no es cierto? –miró hacia el aludido y éste, contrariado, aseveró con la cabeza; entonces continuó sin pausa–. Sin embargo, sobre las tres de la tarde el azul se volvió marrón, gris y después negro. Sí, negro como la boca de un pozo o de una cueva. ¡Nunca vi pasar del día a la noche de semejante manera! Pensé que sería un eclipse, pero no estaba anunciado ninguno; que yo sepa...
Los presentes le confirmaron que no se había producido un eclipse. Y desconcertado, hizo un pavoroso gesto que no le impidió seguir hablando.
—Sorprendido, me dispuse a emprender el regreso. Llamé a Doín para que reuniera el ganado y su ladrido contestó a mi llamada. Pero de pronto una niebla espesa lo envolvió todo y no podía ver ni al perro ni a las vacas; de éstas no escuchaba ni el cencerreo ni los mugidos; de mi perro pastor oí aullidos que se desvanecían lentamente, como mitigados en una lejanía creciente. Creí que soñaba o que me había sentado mal el aguardiente, pero ¡no había ni desenroscado el tapón de la botella! Conociendo la Masneda mejor que mi propia casa, me hallaba perdido, sin saber a dónde dirigirme. El prado y el lago no eran tales; no existía hierba ni agua, sólo una bruma densa. Y de repente... —echó otro trago reconfortante y prosiguió—: De repente alguien me tocó el hombro. Me volví y... ¡Oh Dios mío! ¡No puede ser verdad!
—¡Tranquilízate, Armando! —le aconsejó don Benito, el cura, que solía estar a esa hora en la taberna de Eulogio «el Bizco»—. Habla con calma y no te angusties, que las emociones hay que combatirlas con el sosiego y la confianza divina.
Pareció tomar en consideración las palabras del párroco, porque se alivió en un hondo suspiro y recobró parte del color perdido relajando el desencajado semblante que traía de la montaña. Al distender los músculos de la cara su aspecto era más humano.
—Padre, por favor ¡escúcheme! Se lo ruego... —el cura, resignado, lo dejó seguir—. En ese instante vi una criatura que hace atractivo al mismísimo Satán. Contemplé un ser monstruoso de enorme cabeza, ojos amarillentos y lengua de fuego, de cuerpo estrambótico, con largas extremidades y garras en vez de manos, que se mantenía en el aire sin apoyo. Con mirada fiera y actitud hostil amenazaba a este pobre viejo… Corrí despavorido ante aquel espectro verdoso surgido de la niebla, llevado por un pánico como nunca creí tener. Pero mi escapada era inútil, no había salida; estaba rodeado de múltiples criaturas parecidas a la primera que me cerraban el paso. En ese momento no sé si pensaba en algo o si me encomendaba definitivamente a Dios. El sueño eterno me atrapaba cuando, haciendo un giro involuntario, detrás de un grupo de eses monstruos mis ojos fueron encendidos. Efectivamente, ¡encendidos!, no cegados, por luces de increíble intensidad que rodeaban un artefacto parecido a… Sí, a un platillo volante —el murmullo de los oyentes no detuvo su discurso—. Igual que los de las películas, o como los que han salido fotografiados en revistas y periódicos, que siempre creí fantasía o invención de embaucadores. Le aseguro padre, y os aseguro a todos, que lo que vieron mis ojos era real. ¡Sabéis que no soy un farsante!
Tras la rotunda exclamación, las candorosas pupilas del viejo se posaron en las escépticas de don Benito, para remontar el vuelo y detenerse brevemente en cada una de las otras, todas asombradas y recelosas. La incredulidad llenaba la estancia. Y sin gran convencimiento de sus propias palabras, dio remate a la narración.
—Viéndome ya capturado por los extraños y repulsivos seres, el terreno cedió milagrosamente a mis pies y caí por una pendiente hasta el borde mismo del río. Como no sé nadar, el rumor del agua aún me asustó más; aunque, si os digo la verdad, preferiría morir ahogado que devorado. Me incorporé con una rapidez que ni de joven, y corrí como un poseso hasta aquí. Del resto no merece la pena decir nada. Nada.
Hubo un corto silencio funerario al llegar a este punto del relato. Y un murmullo general acabó por relajar el ambiente ahogado por la mudez.
—Este hombre debe tener síntomas de chochez —arguyó un estudiante de tercero de derecho que estaba pasando los días de carnaval en el pueblo—. De no ser así, cabe pensar en que le hayan tratado de intimidar los vecinos del otro lado del río. Es probable que se disfrazaran de dragones o de saurios prehistóricos y reflejasen luces de linternas, o sabe Dios qué, haciendo un círculo con la intención de meterse con el primero de aquí que les sirviera de víctima. Me han contado que desde siempre están ustedes enzarzados en disputas. Por otra parte, el día no ha sido tan infernal como cuenta.
—No se recuerda en Melibel una broma semejante, nada de tan mal gusto como lo que refieres muchacho —dijo el cura—. Riñas por nimiedades ha habido muchas, incluso peleas no acabadas en tragedia de milagro; es mucha la sangre de Caín que corre por las venas de la gente de este pueblo y de sus aldeas. Pero meterle el miedo en el cuerpo, y en el alma, a un hombre de edad en pleno descampado, en un prematuro anochecer tempestuoso, premeditadamente y tan bien tramado, con una nave o lo que fuera, dando a entender una invasión de alienígenas, es pensar demasiado enrevesadamente. Si fueses del lugar sabrías que las inclemencias se ensañan en la Masneda, que la neblina suele rodear su falda desde el río y que las nubes de tormenta tienen avidez por su cumbre. De todos modos, no puedo creer lo que cuenta Armando. Monstruos y platillos… ¡Pamplinas!
—Piense usted lo que quiera, don Benito. Pensad todos lo que os venga en gana; pero os puedo asegurar que ni estoy chocho ni soy un mentiroso. Y mucho menos un chistoso que disfrute con estupideces infantiles. Nunca he sido bromista. Me conocéis bien, y os juro que lo que vi era tan real como que estoy ahora aquí con mis convecinos. No, no eran de este mundo; y si lo eran, desde luego no de estas latitudes.
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| Fuente |
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Lo que el anciano Cardoso decía haber observado en la montaña era fascinante; para sentir atracción y miedo a un tiempo. Quizás para infundir más temor en un hombre que en una mujer, aunque les pese a los integrantes del sexo «fuerte». En los testigos del relato, aparte del cura, comenzó a albergarse la duda: ¿realidad o alucinación? En el fondo preferirían lo segundo. El protagonista del presunto suceso singular era hombre serio y respetable, pero aun admitiendo su sinceridad, ¿quién aseguraría que aquellas imágenes inverosímiles no eran fruto de una ilusión desatada por etílicos efectos? No obstante, hablaba como un individuo temeroso y no como alguien poseído por la bebida. Se abrían posibilidades.
Seguramente avistaría algo anómalo y estaría confuso por el choque emocional. Era la opinión mayoritaria. Algunos pensaban en un estado delirante. Y nadie quería admitir lo referido como absolutamente verídico. La vida rutinaria y tediosa de aquella pequeña población justificaba el espoleo mental, impulsando acontecimientos que diesen contrapunto a la habitual monotonía. Tampoco era despreciable el hecho del fallecimiento de Clara, la esposa de Armando, y la consecuente soledad del viejo desde seis meses atrás. Además, los medios influían y las gentes acudían a los cinematógrafos de la capital los fines de semana. De modo que la ficción mal entendida podría provocar estragos en la mente simple y cansada de un lugareño entrado en años.
Como fuere, el misterio estaba servido, porque nada se supo de la suerte de Doín, ni del ganado. «Bien pudo haber vendido las vacas», pensaron algunos, los mismos que se cuestionaban que hiciese otro tanto con el can, un sumiso animal muy unido al dueño. ¿Muerto? Incluso si hubiese sido devorado habría de quedar algún resto.
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Fin de Primera parte. Continúa en: Segunda parte.
Mystery, Miles Davis




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